Muladíes

En la época de la invasión musulmana y aún durante un periodo más o menos largo, los habitantes de la Península pudieron elegir libremente entre abrazar el Islam o permanecer en el seno de su antigua religión. En el primer caso entraban automáticamente a disfrutar del estatuto personal de los musulmanes de nacimiento, libres o esclavos, con todas las ventajas que ello suponía; en el segundo se convertían en tributarios (dhimmíes) y quedaban sujetos, por ende, a un determinado número de obligaciones y al pago de impuestos especiales: estos son los mozárabes

Los españoles convertidos al Islam vinieron a constituir desde entonces el elemento principal de la población musulmana andaluza, sobre todo en la región sureste de la Península. Para designarlos existen dos nombres genéricos, empleados con frecuencia simultáneamente: musálima o nuevos musulmanes, y muwalladun (en singular, muwallad), que dio origen al término español muladíes. Musálima parece que se aplicaba más bien a los conversos propiamente dichos, mientras que muwalladun designaba a sus descendientes, es decir, a los no árabes nacidos de padres musulmanes y educados en la religión islámica; huelga, por tanto, advertir que la traducción de muwalladun por renegados no responde exactamente a la verdad de su contenido.

En cuanto a los españoles que conservaron la religión cristiana, los cronistas árabes los llaman frecuentemente acham, que quiere decir extranjeros, no musulmanes. La islamización de los españoles que abrazaron la nueva religión fue tan rápida que al cabo de algunas generaciones no era fácil distinguirlos a primera vista de los musulmanes inmigrados; a esta fusión contribuyó indudablemente la poca tolerancia de algunos emires, sobre todo en el siglo IX, así como la actitud intransigente de ciertos grupos mozárabes.

Entre los muladíes los habia libres, esclavos y libertos o emancipados, de los cuales estos últimos, al adoptar el nombre étnico de su patrono, fueron perdiendo insensiblemente el recuerdo de su propio origen. Algunos de sus descendientes se convirtieron en opulentos burgueses y aun poderosos magnates, haciéndose forjar a precio de oro ilustres genealogías, que les permitían gloriarse de una supuesta ascendencia árabe; otros, en cambio, conservaron sus nombres de familia típicamente romanos, por los que eran fácilmente reconocibles, como ocurría con los Banú Angelino y los Banú Sabarico de Sevilla, de Sevilla; y el mismo cronista Ibn al-Qutiyya se gloriaba, en el siglo X, de su linaje, entroncado con la propia familia del rey Vitiza y que le valía su patronímico, el hijo de la Goda.

Este sentimiento, que pervivía en la subconsciencia de los antiguos habitantes de la Península, subía en ocasiones a la superficie, originando verdaderos conflictos entre árabes y muladíes; recordemos, tan solo por vía de ejemplo, el surgido en Sevilla durante el reinado del emir Abd Allah entre las familias árabes de los Banú Hachchach y Banú Jaldún y las muladíes de los Banú Angelino y Banú Sabarico, ya mencionadas.

Sin embargo, los frecuentes matrimonios entre muladíes y musulmanes inmigrados borraron paulatinamente en las familias el recuerdo de su lejana ascendencia hispánica, aunque sin disminuir nunca su personalidad de españoles, que hizo de al Andalus una provincia de fisonomía original dentro del mundo islámico, en lo cual influyó sensiblemente su posición excéntrica y en cierto modo insular respecto a los demás territorios musulmanes. A esto debe añadirse que la lengua árabe no fue la única empleada en al-Andalus, sobre todo a partir del siglo IX, ya que muchos de sus habitantes hablaban igualmente dialectos romances influidos de ibéricos y árabe, pero derivados primordialmente del latín.

CABANELAS, Darío, O. F. M. Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. F-M, págs. 1154.