Fatimíes

Califato fatimí

Dinastía musulmana (909-1171), cuyo fundador es Ubaid Allah, que se constituye como califa y emir al-mu'minin y toma el título de mahdí, estableciendo su capital en la ciudad por él creada, al-Mahdiya, junto a la antigua Thapsus, al borde del Mediterráneo; se hace pasar por descendiente de Fátima, la hija de Mahoma, casada con el primo e hijo adoptivo de este, Alí, y de ella toman el nombre por el que él y sus descendientes son conocidos en la historia. El nuevo soberano extiende primeramente su dominio por África del Norte, que llega a dominar por completo (hacia 925), a excepción de Ceuta, donde se establece una guarnición hispana enviada por Abderramán III; pero también desde el primer momento busca la expansión hacia Oriente, y más concretamente hacia Egipto, pero sin resultado positivo. Es lógico que como pretendido descendiente de Alí (no está clara su genealogía ni la determinación de su verdadero origen), se aparte de la doctrina maliki, imperante en África, y, saliéndose de la ortodoxia, implanta la doctrina shi’í y, especificando más, la subsecta de los ismailíes, pero no puede abolir totalmente las prácticas malikíes, ya firmemente establecidas en aquel territorio y arraigadas en los bereberes.

Siguiendo la política del fundador, el cuarto califa, Al-Mu'izz, emprende la conquista de Egipto, que se concluye en rápida y feliz campaña (969); se funda El Cairo, junto a Fustat, la ciudad antigua, y la Universidad de al-Azhar, y la dinastía queda ya establecida definitivamente en Egipto, abandonando el Magrib en manos de los Ziríes, que empiezan como gobernadores para constituirse luego como reyes independientes; las ambiciones de los fatimíes se dirigen ahora hacia Siria, donde toman Jaffa y Damasco, aunque esta por breve tiempo, manteniendo allí constantes luchas, sin llegar a establecer pie firme en Asia; las ciudades santas, La Meca y Medina, reconocen la soberanía fatimí.

Al Mu'izz es también el rival de Abderramán III, y en sus luchas con este ordena a su gobernador en Sicilia al-Hasán Alí que organice una expedición contra las costas de al-Andalus; expedición que lleva a cabo con el saqueo de Almería (955). Es notable el segundo sucesor de al-Mu'izz, el loco y disparatado al-Hakim, hijo de una cristiana, que tras dar una serie de disposiciones absurdas y contradictorias, se declara el séptimo imán oculto de los ismailíes (shi’íes); un turco llamado Darazi pretendió demostrar públicamente en la mezquita que el espíritu de Adam había pasado a Alí y de él a los fatimíes, y al-Hakim en particular, iniciando una tendencia de verdadera divinización del califa, que originó grandes protestas, teniendo Darazi que huir, protegido por su soberano, pasando al Líbano, donde fundó una secta, la de los Drusos, que todavía hoy veneran al Fatimí como a un dios, cuya vuelta esperan. Para acabar de dar ambiente a esta situación, nada se sabe de la muerte de al-Hakim, que una noche desapareció misteriosamente.

El califato fatimí dura hasta la aparición de los turcos selchuquíes que les derrotan completamente en Siria primero y más tarde, Saladino, en hábil golpe de Estado, depone al último califa, al-Adid, y restablece la ortodoxia (1171). Dos siglos ha durado la dominación fatimí en Egipto, y con ella la doctrina shi’í; además de por este detalle heterodoxo, se caracteriza aquella por su afán de llevar a cabo grandes construcciones y cuantiosos gastos, aunque muchos de ellos fueran invertidos en obras de utilidad pública, por desarrollar un lujo enorme y establecer una organización jerárquica sumamente compleja; y a ella se debe también que Egipto vaya adquiriendo fisonomía y personalidad propias dentro de la comunidad islámica, como primer paso hacia la admirable y moderna nación, verdadero centro cultural del Islam actual.

PERPIÑÁ, Enrique, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. F-M, págs. 11-12.