Una de las clases sociales que alcanza mayor importancia en la España musulmana, sobre todo en Córdoba, hacia mediados del siglo X, es la de los esclavos de palacio designados bajo el nombre genérico de saqaliba, plural correspondiente a las formas singulares siqlabi y saqlábi, equivalente a o eslavones. Tal denominación aplicada por los geógrafos árabes medievales a los pueblos de origen diverso que habitaban en los territorios limítrofes con los jázaros, entre Constantinopla y el país de los búlgaros, adquiere muy pronto un especial matiz, casi paralelo al de la palabra eslavo en las lenguas románicas. Se aplica, desde luego, a los cautivos que los ejércitos germánicos traían de sus expediciones contra los , y que los corredores revendían luego en la Península Ibérica o en otras comarcas del mundo musulmán y aún en el imperio bizantino.

Según el geógrafo Ibn Hawqal, Masalik, ed. Kramers, Leiden 1938, páginas 77-85, que visitó el occidente islámico a mediados del siglo X, se daba en al-Andalus el nombre de saqáliba a todos los esclavos extranjeros de origen europeo encuadrados en las milicias del califa o encargados de los diversos servicios de sus palacios y harenes, provenientes en su mayoría, no solo de las costas del mar Negro, sino también de Calabria, Lombardía, Cataluña y Galicia, reclutados en buena proporción por los golpes de mano de los piratas magrebíes y andaluces en las costas europeas del Mediterráneo central y occidental.

Los eunucos destinados a la vigilancia de los gineceos eran objeto de un comercio especial por parte de los mercaderes judíos , que en la ciudad de Verdún poseían un importante centro de exportación. Gran número de estos cautivos eran muy jóvenes al llegar a España, donde aprendían rápidamente el árabe y la lengua romance y se hacían, por lo general, musulmanes. Desde el reinado de Abd al-Rahmán III se multiplican progresivamente; algunos se libran de su condición servil, comienzan a ocupar elevados puestos en la sociedad y se enriquecen notablemente, llegando a poseer vastas haciendas y aun esclavos propios.

Los manumitidos por el soberano, bien en vida, bien a su muerte, por disposición testamentaria, se convertían en mawali (del singular mawla ), y, para distinguirlos de los demás libertos, recibían el título —no siempre bien interpretado— de julafa (en singular: jalifa ). En general, se aficionaron al contacto de la civilización andaluza, y aun hubo entre ellos notables poetas, bibliófilos, etc. Por manera similar a los pretorianos en el imperio romano, los esclavos de al-Andalus, a medida que su número aumentaba y crecía su importancia social, estaban llamados a desempeñar un papel político cada día más decisivo, sirviendo a los califas para contrarrestar y, a veces, combatir la marcada influencia de la aristocracia árabe.

Puede afirmarse, sin embargo, que su conducta arrogante, su desmesurada ambición y su tendencia innata al despotismo, les llevaron a una intervención extremadamente nefasta para el califato cordobés en su período de decadencia, hallándose casi siempre complicados en todas las revueltas fraguadas en el palacio califal. En los siglos posteriores es menos conocido el papel jugado por los de al-Andalus; pero es muy verosímil que aquellos convertidos al Islam se fundiesen paulatinamente con el resto de la población y perdiesen, al mismo tiempo que el recuerdo de su origen extranjero, la importancia que se habían atribuido en épocas anteriores.

CABANELAS, Darío, O. F. M. Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. A-E, págs. 1300-1301.