El emir Al Mundir I

Datos biográficos

Emir de Córdoba: 886-888
Nacimiento: 843
Fallecimiento: 888
Predecesor: Muhammad I
Sucesor: Abdállah

Índice

Biografía
Lucha contra Hasim Abd al Aziz
Lucha contra Ibn Hafsun

Biografía

Abu al Hakam b. Muhammad b. Abd al Rahman b. al Hakam. Córdoba, 843 / Bobastro (Málaga), 29-VI-888. Sexto emir omeya de Córdoba (independiente). Nacido de madre beréber, de nombre Atl, que lo dio a luz a los siete meses de concepción, al Mundir era alto, moreno, de pelo crespo y el rostro picado de viruela. Según un relato probablemente apócrifo, su madre había mostrado desde su infancia un carácter soberbio y engreído, por lo que su familia, harta de soportar sus ínfulas, la vendió como esclava en Córdoba; la compradora fue la madre del todopoderoso visir Hasim b. Abd al Aziz, a quien le fue regalada.

Cuando el visir quiso gozar de ella, se encontró con la negativa inamovible por parte de la esclava, cuya obsesión era llegar a ser madre de un califa, algo que, a pesar de la elevada posición de Hasim, nunca podría conseguir con él. Molesto por el rechazo de la muchacha, la golpeó con cierta dureza; ella no solo no cedió en su postura, sino que se atrevió a amenazar a su amo advirtiéndole que su hijo se encargaría de tomar cumplida venganza.

En efecto, Atl consiguió la libertad, casó con el emir Muhammad y tuvo de el un hijo llamado al Mundir, que acabaría siendo el sucesor de su padre y que, cuando subió al trono, encarceló y posteriormente hizo dar muerte a Hasim b. Abd al Aziz.

En el momento en que se produjo el fallecimiento del emir Muhammad, el jueves 4-VIII-886, al Mundir se hallaba cercando Alhama de Granada, plaza donde se había hecho fuerte Ibn Hafsun en compañía del cabecilla local, Ibn Hamdun. En cuanto le llegó la noticia de la muerte de su padre, regresó con rapidez a Córdoba y allí recibió el juramento de fidelidad entre el domingo y el lunes.

Lucha contra Hasim Abd al Aziz

No debía estar al Mundir muy seguro de su posición y por ello dio todos los pasos para asentarse en el trono con una celeridad vertiginosa: no solo hizo el viaje de Alhama a Córdoba a uña de caballo, sino que, nada más llegar a la capital, ordenó que diera comienzo la ceremonia de la jura, a la que asistió todavía ataviado con la mismas ropas con las que había efectuado el viaje tambaleándose en algún momento por la extrema fatiga que los embargaba.

Cuando al día siguiente, concluyó el acto, al Mundir se encontró con un reino en el que dos importantes personajes representaban una limitación a su poder: dentro de su gobierno tenía a Hasim b. Abd al Aziz, visir y general que había gozado durante el reinado del emir Muhammad de un poder casi omnímodo; en un territorio no muy lejano a su capital tenía a un rebelde que, aunque todavía no había adquirido la relevancia que tendría en años posteriores, era ya una obsesión para al Mundir, Umar b. Hafsun.

Se ignoran las razones exactas de la caída en desgracia de Hasim, pues las explicaciones que dan los cronistas son tan poco creíbles como la historia de Atl —y con mucho menos encanto—. Lo cierto es que Hasim, confirmado en un primer momento como senescal hayib, muy pronto fue encarcelado, junto a casi todos sus hijos, y más tarde, el 26 de marzo del 887, ajusticiado. Más problemas le planteó Ibn Hafsun.

Lucha contra Ibn Hafsun

Si el reinado de al Mundir se inicia mientras estaba cercando al rebelde en Alhama, su punto final se escribió frente a Bobastro, la capital de la revuelta, el 29-VI-888. En los dos años que transcurrieron entre ambos acontecimientos, casi toda la actividad de al Mundir estuvo centrada en los intentos de acabar con Ibn Hafsun, intentos que consiguieron relativo éxito. Logró arrebatarle castillos como Iznájar, Priego, Cabra y Archidona y lo acosó tanto que el rebelde se vio obligado a entablar negociaciones con el Emir, si bien su propósito no era otro que ganar tiempo y refugiarse de nuevo en la inaccesible Bobastro.

El engaño provocó las iras de al Mundir que en el verano de 888 puso cerco a esa fortaleza, decidido a permanecer allí hasta su capitulación, pero, tras cuarenta días de asedio, una rápida enfermedad acabó con la vida del Emir. A pesar de que en el momento de su fallecimiento ya había llegado a los reales el heredero al trono, su hermano Abdállah, las tropas omeyas emprendieron el camino de regreso a Córdoba de una forma que se asemejaba mucho más a una desbandada, lo que no dejó de aprovechar Ibn Hafsun para hacer una salida y saquear el campamento semi abandonado.

Como es habitual en los casos de muerte repentina e inesperada de un soberano, los rumores sobre las causas del fallecimiento brotaban por todos lados. Los cronistas recogen la sospecha de que el sucesor de al Mundir, su hermano Abdállah, había sobornado al médico del Emir para que causase su muerte utilizando para sangrarlo una lanceta envenenada. El comportamiento posterior de Abdállah durante su reinado no contribuye a juzgar descabellada esa acusación.

La brevedad de su reinado impide caracterizarlo con unos rasgos acusados. Las fuentes árabes coinciden en la apreciación de que, de haber vivido un solo año más, al Mundir hubiera acabado definitivamente con la revuelta de Ibn Hafsun, que se hallaba realmente en serios aprietos en el momento de la muerte del Emir.

Es probable que, si el cerco de Bobastro se hubiera prolongado unas semanas más, hubiera terminado por caer en manos de las tropas cordobesas, pero no habría significado el apaciguamiento definitivo de la disidencia.

Ibn Hafsun era un problema, tal vez, incluso un problema con unas raíces peculiares que lo diferenciaban en parte de la multitud de rebeldes que salpican la historia omeya de al Andalus, pero más aún era un síntoma de una enfermedad subyacente que en unas ocasiones remitía y en otras se exacerbaba, pero que nunca llegó a curarse a lo largo de la historia de al Andalus: el sentimiento de pertenencia a una comunidad religiosa, la islámica, no fue suficiente para aglutinar a la sociedad andalusí como comunidad política y social; los interese locales y particulares siempre prevalecieron sobre las tibias y casi siempre retóricas proclamaciones de andalusidad.

MOLINA MARTÍNEZ, Luis, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2010, Vol XXXVI, págs. 778-779.