El emir Muhammad I

Datos biográficos

Emir de Córdoba: 852-886
Nacimiento: 823
Fallecimiento: 886
Predecesor: Abderramán II
Sucesor: al-Mundhir
Padre: Abderramán II

Índice

Biografía
La sublevación de Toledo
Rebeliones musulmanas
Conflictos con los cristianos

Biografía

Quinto monarca omeya de al-Andalus. Era hijo de Abd al-Rahmán II, y su madre fue un esclava apodada Buhayr que falleció a poco de darle a luz. Asumió el poder al producirse la repentina y sospechosa muerte de su padre, y, a pesar de que la célebre favorita Tarub, que no fue tal vez ajena al inesperado óbito, intrigó lo inenarrable para que fuera proclamado de nuevo soberano un hermano paterno de Muhammad e hijo de ella, llamado Abd Allah.

Desde el instante mismo en que se posesionó del trono, procuró ser un continuador de la política inaugurada por su padre y aprovechó el suceso de su advenimiento para estrechar más aún los lazos de amistad que Córdoba había trabado con Tahart, la capital del pequeño principado africano de los rustumíes, mediante el envío de un importante regalo en especie al imam Aflah, y para ratificar a Musa ben Musa, el jefe a la sazón de los Banu Qasi tudelanos, los privilegios que el mismo venía disfrutando en calidad de príncipe vasallo del solio cordobés; pero, simultáneamente y con el fin de no caer en los mismos errores en que había incurrido su progenitor, se esforzó en anular, desde los primeros momentos. la perniciosa influencia que las mujeres y los eunucos del harén regio venían ejerciendo sobre la corona.

En el orden interno, su reinado lo abrieron el conflicto que habían planteado años atrás a Abd al-Rahmán II los mozárabes cordobeses con sus martirios voluntarios y que aún seguía en pie, y la consabida sublevación con que los toledanos celebraban el advenimiento de un nuevo monarca. Para resolver la cuestión mozárabe, Muhammad concedió la libertad al presbítero Eulogio y le obligó a ausentarse de Córdoba por algún tiempo; pero esta especie de destierro no vino a solucionar nada, pues solo produjo una merma transitoria en el místico fervor que embargaba a los exaltados, la cual cesó tan pronto como el santo varón retorno a la capital e intensificó sus sermones y conferencias.

Entonces el monarca hizo demoler el monasterio de Tábanos, donde radicaba, al parecer, el centro principal de propaganda de los amotinados; mas estos encajaron bien el golpe; la agitación siguió su curso, y la lista de los mártires se vio enriquecida con nuevos nombres. Por último, en 859, el soberano, cansado ya de condescender, puso en prisión a Eulogio, a quien se acusaba de tener oculta en su casa una doncella cristiana que había insultado públicamente al profeta Mahoma, y le hizo comparecer ante el cadí, el cual le condenó a morir decapitado; la sentencia se cumplió el 11 de marzo del citado año, y cuatro días más tarde fue ejecutada la virgen Leocricia, la protegida de Eulogio. Y desde entonces el ardor entre los mozárabes se fue apagando paulatinamente hasta que terminó por extinguirse en absoluto.

La sublevación de Toledo

Respecto a la sublevación de Toledo, comenzó unas semanas después de la proclamación de Muhammad, y so pretexto de que no se devolvían a la ciudad los rehenes que la misma hubo de entregar a Abd al-Rahmán II por efecto de la insurrección del año 837. En un principio, los toledanos se contentaron con encarcelar al general omeya de la plaza y no le soltaron hasta que el monarca libertó a los aludidos rehenes. Después, y en vista del éxito inicial que habían obtenido, pusieron nutridas tropas en pie de guerra y fueron a hostilizar la plaza fuerte de Calatrava —Calatrava la Vieja— con tanto ímpetu que obligaron a los soldados omeyas que las guarnecían a evacuarla, lo que les permitió hacerse dueños de la fortaleza para retirarse acto seguido de ella, tras de dejarla desmantelada.

En el verano de 853 el príncipe al-Hakam, hermano de Muhammad, recobró Calatrava e inició la reconstrucción de sus defensas, y entre tanto, los toledanos arrasaron las granjas del río Jándula e hicieron caer en una emboscada a un fuerte ejército cordobés que estaba acampado en Andújar a la sazón, el cual tuvo que replegarse en plena derrota, abandonando armas e impedimenta.

Este descalabro de las tropas reales indujo al soberano a salir personalmente contra los rebeldes al siguiente año; pero, enterados estos de los designios de Muhammad, demandaron ayuda a Ordoño I, y el asturiano les envió un poderoso contingente de tropas al mando de Gastón, conde del Bierzo. Los toledanos y sus aliados vinieron a chocar con las tropas del monarca a orillas del río Guazalete, y se dio entonces la batalla de este nombre, la cual supuso una terrible derrota para los enemigos de Muhammad, pues en ella encontraron la muerte unos ocho mil asturianos y cerca de doce mil rebeldes.

Dos años más tarde, el príncipe heredero al-Mundhir puso cerco a Toledo sin obtener ningún resultado práctico, y en 858 el propio soberano realizó la misma operación con lisonjero éxito, ya que, tras de haber hecho minar por sus ingenieros el puente del Tajo, provocó una salida de los defensores de la ciudad, y la construcción se desplomó bajo el peso de los mismos, causándoles grave quebranto.

Esta derrota y el abandono de que eran objeto por parte de Ordoño obligaron a los toledanos a solicitar una amnistía, que les fue concedida, y vivieron en la obediencia algo más de diez años. Finalmente, en 875, intentaron insurreccionarse otra vez; más el soberano cayó oportunamente sobre ellos, los apaciguó, exigiendoles buen número de rehenes y les impuso a su hijo al-Mutarrif como gobernador, con todo lo cual logró que la levantisca ciudad le permaneciera fiel hasta el fin de su reinado.

Rebeliones musulmanas

Entre tanto, en otros sectores de al-Andalus se desarrollaron rebeliones de igual o mayor gravedad para Córdoba, que la de Toledo, y, desde luego, muchísimo más trascendentales, ya que ellas fueron las que debilitaron de modo notable el poderío real y originaron ese fraccionamiento de la unidad política de la España musulmana, al que Abd al-Rahmán III al Nasir habría de venir a poner fin bastantes años más tarde.

Entre tales rebeliones sobresalieron, por su importancia, las siguientes, de signo muladi: La de Abd al-Rahmán al-Chilliqí, el más significativo miembro de la familia española de los Banu Marwán, en el sector de Mérida; la de los Banu Qasi, sucesores del ya citado Musa ben Musa, en la Marca superior, y la del gran caudillo Umar ben Hafsún.

La rebelión de Ibn al-Chilliqí comenzó el 868 y dio lugar a no pocos sucesos, cuya relación se haría interminable; sirvió, por el momento, para que Badajoz trocara su condición de humilde aldea por la de ciudad floreciente y próspera, y para que Muhammad I, ya en el ocaso de su vida, entrara en negociaciones con el famoso muladí y dejara a este la libre disposición de la flamante urbe.

Los Banu Qasi se declararon independientes en 871, y, adueñándose de Zaragoza en los primeros momentos, tuvieron ya en jaque a los ejércitos omeyas en torno a la misma durante todo lo que resto del reinado de Muhammad I, pues solo muy a última hora se decidieron a entregar la plaza a Córdoba y previo pago por esta de un precio estipulado entre ambas partes.

Finalmente, Umar ben Hafsún se alzó contra Muhammad I, unos seis años antes de morir este, por lo que puede decirse que, cuando acaeció el óbito del monarca, el muladí acababa prácticamente de iniciar su celebérrimo movimiento, y, no obstante, era ya dueño para entonces de Auta, Comares, Mijas e, incluso, de la plaza fuerte de Archidona, además de la fortaleza de Bobastro, cuna de su insurrección.

Conflictos con los cristianos

En el orden externo, el reinado de Muhammad I se inauguró con dos campañas que realizó Musa ben Musa contra los dominios cristianos inmediatos a su principado, cumplimentando órdenes de Córdoba. La primera de tales campañas tuvo lugar el 855, y su objetivo fueron las tierras de Álava, las cuales se devastaron según costumbre. Y la segunda, que fue mucho más fructífera, en 856, y en el curso de la misma, Musa asoló Barcelona, hizo prisioneros a los condes francos Sancho de Gascuña y Emenon de Périgord y tomó por asalto el castillo de Tárrega. Tres años más tarde, Ordoño I se apuntó una buena victoria sobre Musa en el monte Laturce y arrebató al célebre muladí la plaza de Albelda, que acababa de ser construida por el mismo.

En 860, Muhammad I fue personalmente a devastar Pamplona, ocupó los castillos de Caparroso, Falces y el actual Milagro, y en esta última fortaleza hizo prisionero a un hijo del rey García de Navarra llamado Fortún y apodado al Anqar por los musulmanes porque era tuerto, el cual estaba llamado a ser, andando los años, el bisabuelo materno de Abd al-Rahmán III al Násir.

En 863 el sector de Álava fue nuevamente devastado en el curso de una aceita o campaña estival que dirigió el príncipe Abd al Rahmán, hijo del monarca. Dos años después, otro príncipe, al-Mundhir, ocupó los castillos vecinos al paso de Prádanos, muy cerca de la Briviesca actual; pasó a sangre y fuego la Bureba, feudo del conde Rodrigo, y destrozó las huestes de este castellano cuando intentaban interponérsele en su camino, de regreso a al-Andalus.

En 866 y 867 hubo también sendas campañas contra Alava, poco productivas. Al año siguiente los musulmanes perdieron Oporto, que fue tomada por el conde Vimarano Pérez. En 872, Muhammad I subió a la Marca Superior en campaña contra los Banu Qasi y, después de arrebatar a estos la plaza de Tudela, se internó por el territorio pamplonés y lo devastó. Al siguiente año otra aceifa emprendida contra los Banu Qasi, y dirigida esta vez por el príncipe al-Mundhir, derivó, asimismo, en un infructuoso ataque a Pamplona.

Hacia 877, el mismo al-Mundhir realizó una estéril tentativa contra León, mientras otro ejército cordobés atacó el Bierzo sin obtener provecho alguno, y estos fracasos fueron aprovechados seguidamente por Alfonso III para apoderarse de las plazas de Atienza y Deza. En 878, al-Mundhir subió contra Astorga y León, Alfonso III destrozó en Polvoraria ciertos contingentes musulmanes que iban a reforzar al príncipe cordobés, y este hubo de retirarse a continuación sin haber cubierto sus objetivos; mientras tanto, un ejército musulmán que habla salido de Coimbra realizó algunos estragos por tierras gallegas, y el conde Hermenegildo, en represalia, bajo contra la misma Coimbra y se hizo dueño de ella.

Al año siguiente el Gobierno de Córdoba organizó una expedición marítima contra Galicia, que resultó un completo fracaso, pues la flota musulmana fue alcanzada por un violento temporal y quedó casi totalmente destruida mucho antes de haber alcanzado las costas galaicas. Poco más tarde parece ser que Alfonso III aprovechó la circunstancia de que los ejércitos cordobeses estaban entretenidos por el sur de la Península y realizó una profunda incursión por tierras de al Andalus, que no había sido recogida por los analistas árabes. Por último, en 882 el príncipe al-Mundhir atacó sin éxito las plazas alavesas de Cellorigo y Pancorbo, se apoderó de la castellana de Castrogeriz y se reintegró después a al-Andalus en virtud de ciertas negociaciones que entabló con Alfonso III, y la misma campaña la repitió al año siguiente, con resultados casi idénticos e igual final.

Incursiones normandas

También durante el reinado de Muhammad I, concretamente hacia el año 859, los normandos hicieron una incursión por el litoral de al-Andalus. Una flota compuesta por 62 bajeles hizo su aparición en aguas del Atlántico y, después de un intento fallido de desembarco en Galicia, bajaron hasta la desembocadura del Guadalquivir, con proyecto de adelantarse por este hacia Sevilla, como en otras ocasiones; pero, advertidos de que un ejército omeya venía contra ellos, desistieron de su propósito y se desviaron hacia Algeciras en la que desembarcaron, llegando a saquearla y a incendiar su mezquita mayor.

De allí fueron rechazados con toda rapidez, y entonces se trasladaron hacia el litoral alicantino, donde, internándose por el Segura, hicieron una incursión hasta Orihuela, tras de los cual abandonaron las cosas de al Andalus, en las que llevaban ya perdidos unos 40 barcos por efecto de los ataques de la flota omeya, y fueron a proseguir sus rapiñas por el litoral de la Marca Hispánica, las Baleares y el Mediodía francés.

A Muhammad I le describen sus biógrafos como a un varón de estatura regular, de cuello corto, de tez blanca y ligeramente sonrosada, de mirada penetrante y firme y de barba y cabello abundante, que se teñía con plantas tintóreas y odoríficas. Y añaden que poseía una inteligencia muy despierta y suma perspicacia; que era enemigo de prestar atención a los insidiosos y a dichos dubitables; que, cuando hablaba, captábase fácilmente la admiración y el afecto del auditorio mediante su conversación dulce, elocuente, franca y salpicada de frases delicadas e ingeniosas; que profesaba gran amor a las ciencias en general y a las matemáticas en particular, y, finalmente, que esta su especial inclinación hacia el cálculo le llevaba a revisar por sí mismo las cuentas que le presentaban sus funcionarios fiscales, y era tan diestro en la comprobación, que, en ciertas ocasiones, le bastó un simple golpe de vista para apreciar errores numéricos que después no fueron capaces de localizar tales funcionarios a pesar del empeño extraordinario con que los buscaron.

No falta autor que, interpretando mal estos hechos, acuse a Muhammad de avariento; pero queda constancia de que fue pródigo generoso, en especial para con los sabios. Continuador en todo de la obra emprendida por su padre y antecesor, dio adecuado remate a la ampliación que este inició en la Mezquita de Córdoba, y además dotó al monumento de una maqsura o recinto acotado para la oración del monarca y de su séquito. También realizó importantes reformas en el viejo alcázar del emirato o Qasr al Umara, en el año 864. Murió el día 4 de agosto de 886, a los sesenta y tres años de edad y treinta y cuatro de reinado, y se le enterró en la Rawda o panteón real del Alcázar de Córdoba. Le sucedió su hijo Abu-l-Hakam al Mundhir.

OCAÑA JIMÉNEZ, Manuel, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo F-M, págs. 1143-1145.