El emir Abderramán II

Datos biográficos

Emir de Córdoba: 822-852
Nacimiento: 792
Fallecimiento: 852
Predecesor: Al Hakam I
Sucesor: Muhammad I
Padre: Al Hakam I

Índice

Biografía
La proclamación del emir
La Marca Superior
La Marca Media
La Marca Inferior
Otras disensiones externas

Biografía

Emir de Córdoba 822-852. Abderramán II, Abderramán b. al Hakam b. Hisam b. Abderramán Abu l Mutarrif. Nació en Toledo, donde su padre, el que más tarde sería emir Al Hakam I, era gobernador, el 11-XII-792 y murió en Córdoba el 22-IX-852. Si bien desde un punto de vista político su reinado no tuvo la transcendencia del de su bisabuelo, el instaurador de la dinastía (al Dajil), o del de su biznieto al Nasir, el primer califa andalusí, su gobierno representó un cambio radical en otros muchos aspectos: consolidación de las estructuras administrativas, apertura cultural a Oriente, enriquecimiento financiero del Estado, sustancial fomento de las obras públicas.

Todos los cronistas árabes coinciden en afirmar que sus días fueron los más felices de toda la época omeya, hasta el punto de que alguno de ellos llegó a denominar su reinado como La luna de miel.

Por otra parte, a su afortunado destino histórico se une un dichoso avatar historiográfico: se trata del único gobernante omeya de al Andalus del que se ha conservado íntegro el capítulo correspondiente del Muqtabis, la más importante crónica escrita en la Península Ibérica musulmana, lo cual implica que el reinado de Abderramán II es, con diferencia, el mejor documentado de toda la historia omeya de al Andalus.

La prosperidad económica, la relativa paz interna, el florecimiento cultural, la creciente actividad diplomática, todos estos factores convierten el gobierno de Abderramán II en un periodo venturoso y feliz, pero sería injusto considerar al emir responsable de este clima de bienestar, puesto que de la la descripción que de su actividad hacen las fuentes se desprende más bien que el soberano, más que esforzarse en alcanzar esa prosperidad en todos los campos, lo que hizo fue disfrutar de ella sin restricciones, dejando para otros la tarea de conducir la nave del estado.

Abderramán II no fue en absoluto un emir incapaz o inoperante poseedor de una amplísima cultura y de una inteligencia no desdeñable, en determinados momentos podía dar muestras de resolución y firmeza y llegó a dirigir personalmente varias campañas militares. Pero no es menos cierto que, sin que fuera merecedor del calificativo de disoluto, su principal objetivo en la vida fue siempre disfrutar de todo tipo de placeres, placeres entre los que no estaba la dedicación a las tareas de gobierno.

De manera ciertamente asombrosa, entre las noticias que los anales del Muqtabis refieren en su primer año de reinado, junto a revueltas, embajadas y nombramientos, se mencionan dos cacerías del emir, dato que corrobora otras informaciones indirectas que hablan de la afición de Abderramán II por la caza, lo cual llevó al pueblo cordobés a llamarlo el de las grullas y a esta ave, la preferida por el emir, la Abd al rahmana (que pasó al castellano con la forma Abdarramía).

También disfrutaba grandemente de la compañía de poetas, músicos y cantores, que formaron una corte cultural a su alrededor bastante alocada e irreverente, en la que el género que se cultivaba con mayor afán era el de la sátira, en sus manifestaciones más crueles y obscenas.

Como se ha mencionado antes, el emir dirigió en persona muchas campañas militares, más que la mayoría de sus antecesores y de sus descendientes, pero no fueron escasas las ocasiones en las que a mitad del camino regresó a Córdoba dejando las tropas en manos de sus lugartenientes (años 838 y 844) o que, cuando el ejército estaba a punto de partir, decidió enviarlo a las órdenes de otro, mientras él permanecía en su alcázar (año 841).

Según algunos relatos, al menos en un caso el abandono de sus obligaciones como comandante del Ejército se debió a un sueño erótico del que despertó con el deseo irrefrenable de estar cerca de una de sus mujeres, deseo que no vaciló en satisfacer sin más dilación que la impuesta por el largo camino que debía recorrer hasta alcanzar el objeto de su pasión.

Porque fue ese y no otro el placer al que con más entusiasmo y dedicación se entregó Abderramán II; de su inclinación a las mujeres es buena muestra su desmesurada prole: cien hijos. Pero la intensidad y amplitud de su empeño en esta tarea no le impedía ser exquisitamente selectivo, pues solo compraba o aceptaba como regalo esclavas de especial hermosura y, sobre todo, vírgenes, llegando su cuidado en este punto a tenerlas en una especie de cuarentena antes de acceder por primera vez a ellas, para que en ese plazo se revelara cualquier vicio oculto.

A la vista del carácter y de las aficiones de Abderramán II no es de extrañar que delegara en otros las tareas fastidiosas o laboriosas. Tres fueron las personas que libraron al emir de esas responsabilidades: Nasr, uno de sus servidores de palacio se adueñó de la gestión del poder político; Yahya b. Yahya, prestigioso Alfaquí, manejaba a su antojo la judicatura, y Tarub, su esclava favorita, reinaba en el alcázar y el el corazón del soberano.

Abderramán era perfectamente consciente de que era dominado por estos tres personajes y de que en ocasiones no se comportaban con la justicia y la honradez deseables, pero les dejaba hacer por dejadez y comodidad hasta que uno de ellos, Nasr, intentó librarle definitivamente de toda preocupación terrenal y el emir tuvo que reaccionar y prescindir de tan eficaz y desleal colaborador. Tarub, que con toda probabilidad habría participado también en la conjura, salvó sin embargo la vida.

Proclamación del emir

Hijo de una esclava de nombre Halawa, las fuentes lo describen como persona de elevada estatura, cabello y ojos negros, nariz aguileña y poblada barba. Cuando su padre, al Hakam I, presintió que se acercaba su final, hizo que Abderramán se instalara en el alcázar, dejando en sus manos los asuntos del reino. Asimismo hizo que se le prestara juramento de fidelidad por parte de sus súbditos para garantizar una sucesión al trono sin problemas. También se prestó juramento a otro de sus hijos , al Mugira, como sucesor del sucesor, pero más tarde, cuando Abderramán ya reinaba, lo convenció —probablemente con argumentos irrechazables— para que renunciara a sus derechos sucesorios.

Esta jura tuvo lugar a finales de abril del 822 y pocos días más tarde. el 22-V-822 fallecía al Hakam I y ocupaba su lugar Abderramán II. Una de sus primeras medidas fue el ajusticiamiento del comes Rabí (jefe de la terrible guardia palatina y recaudador de contribuciones) y mano derecha de su padre en los últimos años de su gobierno, al que el pueblo acusaba de todas las desgracias que habían acaecido en Córdoba en ese periodo, en especial de la dura represión del levantamiento del Arrabal.

Con ello pretendía congraciarse con la población y, al mismo tiempo, descargar de responsabilidades la figura de su padre, señalando al crucificado Rabi como culpable de los desmanes cometidos por el Gobierno. Las mismas motivaciones populistas habría que ver en otra decisión tomada inmediatamente después de su asunción de funciones de emir: la destrucción de las tabernas en las que se vendía vino.

Entre los actos que acompañaban la subida del trono de un emir omeya en al Andalus había uno que se había convertido casi en un ritual: la sublevación del pretendiente Abd Allah, hijo de Abderramán I, que se había alzado en armas para reclamar sus derechos tanto contra su hermano Hisam I como contra su sobrino al Hakam, al principio en compañía de al Sulayman y, tras la muerte de este, en solitario. Enterado este Abd al Allah, llamado el Valenciano por haberse instalado en esta región, de la muerte de al Hakam y de la entronización de Abderramán II, su reacción fue automática; declararse en rebeldía, ocupar la vecina ciudad de Murcia y reclutar una mesnada. Pero esta sería la última vez que el ritual se cumpliría. Cuando Abd Allah se hallaba pronunciando el sermón del viernes en la mezquita, sufrió una embolia que lo dejó paralizado. Trasladado a Valencia, falleció al año siguiente sin haber recuperado la movilidad.

Los cronistas destacan la paz que reinó dentro de las fronteras de al Andalus durante los treinta años de gobierno de Abderramán II y subrayan que únicamente los problemas en la Marca Superior con uno de los Banu Qasim, Musa b. Musa, y en la Marca Inferior con los rebeldes de Mérida, alteraron la tranquilidad de su reinado.

Esto no es del todo exacto, pues parecen olvidar que Toledo no se sometió hasta el año 937 y que en algunas zonas no fronterizas hubo también algunos disturbios, como sucedió en Murcia, en las sierras de Ronda y Algeciras, en el Algarve o en Baleares. Sin embargo, no es menos cierto que esos disturbios fueron de muy escasa entidad y que Toledo, tras su conquista, no volvió a causar el menor trastorno en vida de Abderramán II; fueron quince años de tranquilidad, algo inusitado en la historia de las relaciones entre la antigua capital visigoda y el emirato omeya.

Al comienzo del reinado las tres marcas seguían en estado de permanente resistencia al poder central que caracterizó toda su historia hasta que Abderramán II consiguió dominarlas ya bien entrado el s. X. Cada una estas regiones presentaba unas características sociales muy distintas, lo cual se veía reflejado en la forma en la que se manifestaba el rechazo al poder cordobés.

La Marca Superior

La Marca Superior estaba dominada por una serie de grupos familiares tanto indígenas muladíes como árabes que se disputaban el dominio de la zona con la participación, casi siempre secundaria, de otros dos protagonistas, los señores cristianos de Pamplona y los gobernadores enviados por los Omeyas. En la época de Abderramán II la familia dominante en la Marca era la de los Banu Qasim, a cuyo frente se encontraba la figura más destacada de ese linaje en toda su historia, Musa b. Musa, que se hacía llamar (tertium regem in Spania).

Este personaje, hermano por parte de madre del señor de Pamplona Íñigo Arista, permaneció en un primer momento fiel al emir, participando en las campañas del 839, contra Álava y los Castillos, y del 842, contra Pamplona. Pero en esta última, en la que no es seguro que acudiera él personalmente, se enturbiaron las relaciones y el emir envió inmediatamente a un hombre de confianza, al Harit b. Bazi para que se ocupara de acabar con el problema, pero, a pesar de que inicialmente consiguió expulsar a los Banu Qasim de Borja y de Tudela, Musa, aliado con García I Íñiguez, le tendió una celada y lo hizo prisionero en la batalla de Palma, cerca de Calahorra.

Abderramán II no estaba dispuesto a consentir esa afrenta y en los años siguientes dirigió tres expediciones contra Musa y sus aliados de Pamplona, en las que causó grandes destrucciones en territorio enemigo. La última de estas campañas, culminada por el infante Muhammad, consiguió en el año 844 que Musa se sometiera y que, al año siguiente aceptara un pacto, pacto que no tuvo una vigencia muy larga, puesto que en dos ocasiones más, en el 846-847 y en el 849-850 volvió momentáneamente a la rebelión, si bien depuso las armas en cuanto el ejército del emir apareció por las cercanías.

Poco antes de la muerte de Abderramán II, Musa protagonizaría la batalla de Albelda, cerca de Viguera, en la que, después de pasar por muchas dificultades y de resultar él mismo herido, logró la victoria sobre las fuerzas vasconas.

La Marca Media

En la Marca Media el foco de rebeldía estaba situado en una única ciudad, Toledo, que sufrió una represión muy violenta en repetidas ocasiones, en contraste con los continuos intentos de apaciguamiento que los Omeyas aplicaron a los sediciosos de la Marca Superior. Los habitantes de la ciudad, en su mayoría muladíes, vieron como una y otra ves las tropas del emir asolaban sus casas, pero esto no les amilanaba y, a la primera ocasión retornaban a su pertinaz desobediencia.

En tiempos de Abderramán II, Toledo aparece en las crónicas por dos motivos: el primero de ellos es la insurgencia de Hasim al Darrab (el Herrero), toledano emigrado a Córdoba después de que su ciudad fuese arrasada en tiempos de al Hakam I y que en el año 829 regresó a su patria para reunir una partida de sediciosos con la que comenzó a saquear la zona del Alto Tajo, atacando indistintamente asentamientos árabes y bereberes hasta que el emir dio órdenes a su gobernador Ibn Rustum para que pusiese fin a los desmanes.

Hasim, cuyas andanzas le habían llevado hasta la laguna de Gallocanta, se topó con las tropas Omeyas en Daroca y fue derrotado y muerto (831). Esta revuelta no puede ser considerada en puridad una manifestación más de la tradicional disidencia toledana porque, aunque protagonizada por habitantes de la ciudad, no se desarrolló en ella sino en comarcas bastante alejadas de allí.

Más se ajustan al patrón habitual los acontecimientos de los años 834 a 837. En el primero de los años el emir envió un ejército, al mando de su hermano Umayya, para someter una Toledo nuevamente sublevada, en esta ocasión siguiendo a Ayman b. Muhayir. La ciudad resistió el ataque, por lo que Umayya decidió regresar a Córdoba, dejando una guarnición en Calatrava para hostigarla.

Los toledanos, confiados en la debilidad del destacamento de Calatrava, se lanzaron muy pronto contra ella, pero sufrieron un muy duro revés. El año siguiente la aceifa dirigida por Abderramán II contra Mérida pasó por Toledo, aunque no se entretuvo en demasía allí. También dirigió personalmente la del año posterior (836), sin conseguir conquistar la ciudad, pero disensiones internas lograron la defección del cabecilla de la revuelta, Ayman b. Muhayir, se pasara al bando omeya y se presentara ante el gobernador establecido en Calatrava, para ponerse a sus órdenes.

Reforzado con las tropas del ejército emiral, Ayman no dejó de acosar a sus antiguos correligionarios durante todo el año, cuando se presentó ante sus murallas la aceifa siguiente, la situación de Toledo era ya insostenible. Enterado de ello Abderramán II, quiso entrar personalmente en la ciudad y se unió al cerco en julio de 837, consiguiendo la rendición de la plaza. En la quincena de años que transcurrió hasta la muerte del emir, Toledo permaneció bajo control de Córdoba, sin que las crónicas recojan el menor disturbio en ese periodo, algo insólito en la historia de la capital de la Marca Media.

La Marca Inferior

La tercera zona de frontera de al Andalus era la Marca Inferior, llamada también por las fuentes árabes al Yawf (el interior), Su población era mayoritariamente rural, con importantes asentamientos bereberes que convivían con grupos muladíes y cristianos. La presencia del estado omeya en esta zona era casi testimonial, lo que provocó que las pocas incursiones que los ejércitos astur leoneses hicieron en territorio musulmán antes de la caída del califato cordobés entrasen por esta comarcas.

Sus habitantes, por otra parte, nunca dieron muestras de poseer un espíritu de unidad étnica o política que los aglutinase en contra del poder central. Por todo ello esta región vivió casi siempre en un estado de marginalidad en el que no se sentía la necesidad ni la utilidad de romper los tenues vínculos de dependencia con Córdoba.

Los rebeldes de esta zona no son ni miembros de dinastías señoriales, como en la Marca Superior, ni habitantes de una ciudad histórica y políticamente importante, como los toledanos; son casi siempre aventureros a medio camino entre la insurrección y el bandolerismo que viven principalmente de sus rapiñas y que incluso pasan a territorio cristiano para ponerse al servicio del rey asturleonés de turno.

Esta descripción le cuadraría bien al toledano Hasim al Darrab (el herrero de la Marca Media), pero los ejemplos más cumplidos de este tipo de personajes se encuentran en la : un beréber en tiempos de Abderramán II, Mahmud b. Abd al Yabbar, y un muladí en los de Muhammad, Abderramán b. Marwan al Yilliqi.

Ya en el año 826 se habían producido los primeros enfrentamientos en la región, cuando un grupo de bereberes atacó y derrotó a una hueste enviada por el emir. Entre la treintena de hombres que cayeron en combate estaba el gobernador de Mérida Marwán al Yilliqi, antiguo rebelde pasado al servicio de los Omeyas y padre de Abderramán b. Marwan al Yilliqi. El vacío de poder en Mérida fue aprovechado por dos cabecillas locales, Mahmud b. Abd al Yabbar y Sulayman b. Martin, que se pusieron al frente de la sedición de la ciudad.

Atacados en el 829 y en el 830, acabaron por someterse temporalmente, para volver a la rebeldía en cuanto las tropas se alejaron. Pero con el paso de los meses su situación empeoró, ya que otros grupos bereberes toman el relevo del ejército emiral y los hostigan incesantemente. De esta forma se vieron obligados a abandonar Mérida e instalarse en Badajoz, de donde también acabaron saliendo con sus seguidores y sus familias para iniciar un peregrinaje por las regiones occidentales de al Andalus, huyendo del emir y de los habitantes de esas comarcas, que no deseaban tenerlos como vecinos.

En el transcurso del nomadeo surgieron diferencias entre los dos jefes, que se separaron; Sulayman b. Martin se encastilló en santa Cruz (cerca de Trujillo), donde fue cercado por Abderramán II. Amparado por la oscuridad de la noche, el rebelde intentó huir por una brecha de la muralla, pero la poca visibilidad y lo escabroso del terreno hicieron que se despeñara. Los compañeros que lograron sobrevivir se unieron a Mahmud b. Abd al Yabbar que se había refugiado en Badajoz.

De allí partieron todos hacia el Algarve, encontrándose con una fuerte resistencia por parte de sus habitantes, quienes, a pesar de su superioridad numérica sobre los setecientos jinetes de Mahmud, fueron derrotados. Tras saquear a su antojo aquellas tierras se acogió a la Sierra de Monchique, de donde intentó desalojarlo sin éxito Abderramán II en el año 835, fracaso debido en parte a las dificultades del terreno y en parte a que las tropas comenzaron a quejarse de la dureza de la campaña, prevista inicialmente solo contra Badajoz. A pesar de este traspié, el emir no cejó en su empeño de acabar con el rebelde, para lo que ordenó a sus gobernadores en la zona combatirlo sin tregua.

No le quedó a Mahmud más salida que iniciar el camino hacia el norte con los restos de su mesnada, pues apenas le quedaban cien jinetes; en el recorrido le salió al paso un caudillo beréber en Lisboa con fuerzas muy superiores, pero, una vez más, Mahmud y los suyos consiguieron vencer; por fin llegaron a territorio cristiano, donde el rey Alfonso II les dio cobijo, instalándolos en una fortaleza que, desde entonces tomó el nombre de su poblador, tal vez, cerca de Oporto.

Allí vivió durante algún tiempo hasta que, deseoso de volver a su patria, el rebelde entró en tratos secretos con el emir, que accedió a perdonarlo y recibirlo de nuevo en sus tierras. Pero los tratos no fueron lo suficientemente discretos y el rey asturiano tuvo conocimiento de ellos, por lo que decidió acudir al castillo de Mahmud para castigarlo.

Fiel a su conducta de toda la vida, el beréber se resistió con valor, pero lo que no habían conseguido sus múltiples rivales los consiguió el destino: de regreso de una salida contra los sitiadores, su caballo se encabritó y lo descabalgó, con la mala fortuna de que cayó sobre un árbol y murió en el acto. Su muerte acaeció en 840. Sus seguidores, salvo unos pocos que lograron huir, fueron muertos o cautivos, entre estos últimos su hermana Yamila, célebre tanto por su belleza como por su valor, que cayó en manos de un noble cristiano, quien la convirtió a su religión y la desposó. Entre los hijos habidos de este matrimonio hubo uno que llegó a se obispo de Santiago

Otras disensiones externas

El enorme empeño puesto por Abderramán II para acabar con celeridad con todas las disensiones internas no le impidió continuar la política de campañas de castigo contra los reinos cristianos. Sus contactos con Pamplona estuvieron siempre intermediados, en un sentido u otro, por las relaciones con el qasi Musa b. Musa, mientras que el reino franco no fue objeto de atención por parte del emir en la medida en que lo había sido en reinados anteriores; apenas un par de campañas, la del 827 contra Barcelona y Gerona y la del 841 contra Vic y Taradell, además de la ayuda prestada al conde tolosano Guillermo II contra Carlos el Calvo, que acudió a Córdoba en el 846-847 a pedir apoyo para enfrentase al carolingio.

Con el concurso del gobernador de la Marca Superior, el conde Guillermo hostigó durante algún tiempo a los francos, llegando a asediar Barcelona y Gerona en el 848-849, hasta que fue capturado y ejecutado poco después.

Pero el objetivo principal de la actividad militar de Abderramán II fue el reino de Asturias, que sufrió durante esos años la continua amenaza de las aceifas musulmanas, tanto en su sector oriental, la Álava y los Castillos (823-825.826-838-839,849), como en el occidental (Viseu y Coimbra en el invierno del 825-826, Viseu en el 838, una de objetivo desconocido en el 840, León en el 846, en la que conquista la ciudad, la arrasa, pero no puede derribar sus fuertes murallas.

Estas campañas, como ocurrió a lo largo de la historia de los Omeyas de al Andalus, únicamente perseguían el castigo del territorio enemigo y la obtención de botín, pero no reconquistar las tierras de las que poco a poco se iban apoderando los cristianos; es probable que tras esta política de no aprovechamiento de la habitual superioridad militar musulmana se esconda un sensible déficit demográfico andalusí.

Por otra parte, el interés primordial del emir se centró en las acechanzas internas, de modo que, cuando surgen problemas en Mérida y Toledo, los ataques a territorio cristiano se suspenden (entre el 827 y el 838). Las ciudades y comarcas del sur de al Andalus, alejadas de las fronteras con los cristianos —y de los no menos peligrosos musulmanes fronterizos—, llevaban una existencia apacible, libres del temor a un ataque exterior, pues ningún enemigo acechaba las costas meridionales de la Península. Por ello, ciudades como Sevilla no estaban protegidas por murallas, que, a juicio de los emires omeyas, solo podían servir para que sus habitantes tuvieran tentaciones de protegerse tras ellas y alzarse contra Córdoba.

Pero en el año 844 el país alegre y confiado despertó a la realidad de una manera inopinada y brutal: tras algunas escaramuzas en Lisboa, Cádiz y Sidonia, una cincuentena de navíos normados fondearon en la isla Menor , en el Guadalquivir y desde allí fueron remontando el río arrasando a su paso Coria hasta llegar a Sevilla. Sus habitantes, abandonados por su gobernador, que huyó a Carmona, intentaron resistir, pero su débil oposición terminó el 1 de octubre.

Los normandos entraron en la ciudad a sangre y fuego, matando a todo ser viviente, hombres y bestias que hallaban a su paso, y allí permanecieron todo ese día, para luego regresar a sus naves a la mañana siguiente. Navegaron con una terrible flota de ochenta naves por el Guadalquivir, cayeron sobre Sevilla, asesinando a cuantos vivientes, incluso las bestias encontraron a su paso y allí permanecieron todo ese día, para luego regresar a sus naves a la mañana siguiente.

El emir Abderramán, que ya tenía noticias de su presencia en las costas andalusíes por mensajes enviados desde Lisboa, envió inmediatamente tropas hacia Sevilla, sin esperar a que el ejército estuviese reunido, de forma que iban llegando pequeños destacamentos en días sucesivos. Estas tropas consiguieron para a los invasores, causarles algunas bajas y apoderarse de cuatro navíos, que fueron quemados después de sacar de ellos el valioso botín que transportaban.

Aunque las crónicas árabes hablen de resonantes victorias sobre los normandos, lo cierto es que no solo no fueron aniquilados, sino que, con bajas más o menos apreciables, pudieron abandonar sin dificultad el Guadalquivir y continuar sus andanzas por el Atlántico.

La rápida reacción del emir sirvió, sin embargo, para que los normandos no avanzaran más hacia el interior y para demostrarles que al Andalus no era presa fácil. Quince años más tarde, reinando ya el emir Muhammad, los normandos volverían a aparecer en las costas meridionales de al Andalus, pero en esta ocasión la marina omeya estaba bien preparada. Escarmentado por el grave descalabro de Sevilla, Abderramán II tomó medidas para que sucesos como este no se repitieran, una de las cuales fue la construcción de murallas para esa ciudad.

Creador de un Estado

Abderramán II fue un monarca preocupado por convertir un al Andalus provinciano, apartado del resto del mundo islámico y subdesarrollado culturalmente en un estado dotado de una Administración amplia y eficaz, una Corte espléndida y ceremoniosa, unas obras públicas sólidas y útiles y en una sociedad inmersa en las tendencias culturales que predominan en la otrora casi innombrable Bagdad, capital de los odiados Abasíes.

Consciente de las limitaciones del estado omeya de al Andalus, el holgachón y culto emir no aspira a ampliar sus fronteras con grandes conquistas ni a proyectar su influencia política sobre países vecinos, sino que prefiere emplear los abundantes ingresos fiscales que la prosperidad económica de al Andalus le proporciona en embellecer Córdoba (ampliación de la mezquita mayor, nueva edificación de otras mezquitas en los barrios, construcción de acueductos, ampliación del alcázar) y, en menor medida, otras ciudades, en crear una compleja y eficaz administración, posiblemente imitada de la Abbasí (magistraturas, ceca, taller de ropa suntuaria y tapices, tesorería), en adquirir en cualquier precio las joyas de Oriente, tanto de cultura (libros religiosos y profanos, en especial de astronomía, música, medicina) como de la artesanía de lujo, muchas de las cuales habían salido al mercado a resultas de los saqueos que vivió Bagdad por la guerra civil entre al Amin y al Mamun.

Venido de Oriente fue también un personaje que modificó sustancialmente las costumbres cotidianas de la sociedad cordobesa: Ziryab, un músico iraquí que se vio obligado a salir de Bagdad por oscuros motivos y que tuvo la fortuna de encontrar en Córdoba el ambiente ideal para medrar: una Corte ansiosa por asimilar todo lo que, por venir de oriente, les parecía elegante, sofisticado y merecedor de ser imitado. Ziryab tuvo la habilidad de aprovechar la corriente y el músico desconocido en Bagdad se convirtió en Occidente en árbitro de la elegancia, innovador de costumbres y formador del gusto. Teniendo en cuenta el carácter y las ambiciones de Abderramán II, uno de los momentos de mayor euforia de su reinado debió ser sin duda el intercambió de embajadas con el emperador de Bizancio, Teófilo, de quien había partido la iniciativa al enviar a Córdoba un legado con una misiva y ricos presentes.

El bizantino, agobiado por sus enfrentamientos con los Abasíes en Oriente, con los aglabíes en Sicilia y con los andalusíes exiliados que se habían adueñado de Creta, buscaba en el omeya andalusí una ayuda contra todos esos enemigos comunes. El embajador bizantino regresó acompañado de dos emisarios andalusíes, uno de ellos el célebre poeta y astrónomo al Gazal; de esta embajada no ha llegado una poco creíble pero muy entretenida descripción en el Muqtabis de Ibn Hayyan.

Los resultados prácticos de estos contactos fueron nulos, pero la satisfacción del emir debió ser inmensa. Abderramán II falleció el 22 Septiembre de 852 tras una enfermedad que se le había manifestado tres años antes y que mermó mucho sus capacidades en los últimos años de su vida.

Murió sin haber nombrado oficialmente heredero, aunque siempre había mostrado predilección por su hijo Muhammad. La conjura que había puesto en peligro su vida en el año 851 y que le costó la vida al eunuco Nasr tenía justamente como objetivo impedir el ascenso al trono de Muhammad y colocar en su lugar al hijo de su favorita Tarub, aliada de Nasr. Finalmente fue Muhammad quien, sin aparentes problemas, recibió el juramento de fidelidad de sus súbditos inmediatamente después de la muerte de su padre.

MOLINA MARTÍNEZ, Luis, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2009, Vol I, págs. 147-153.