El emir Abdállah

Datos biográficos

Emir de Córdoba: 888-912
Nacimiento: 844
Fallecimiento: 912
Predecesor: al-Mundhir
Sucesor: Abderramán III

Índice

Biografía
La decadencia omeya
Lucha contra Ibn Hafsun
Muerte de Muhammad

Biografía

Emir de Córdoba 888-912. Abdállah era hijo del emir Muhammad, fruto de su relación con la concubina Assar. Existen discrepancias en las fuentes respecto al momento de su nacimiento, pues Ibn Idari cita la fecha-I-844, mientras que otras crónicas más tardías afirman que fue en 843. El emir Abdállah es descrito por los cronistas árabes como un personaje piadoso, recto y justo, adaptado a los cánones del buen soberano musulmán.

Su acceso al poder se produjo en circunstancias algo especiales, debido a la muerte prematura e inesperada de su hermano, el emir al Mundir, en 888, poco más de un año después de su proclamación, cuando asediaba la fortaleza malagueña de Bobastro, sede de Umar b. Hafsun, el más conspicuo rebelde contra la autoridad omeya.

El célebre polígrafo cordobés de la época taifa, Ibn Azm, formula de forma abierta la acusación de asesinato de Abdállah contra su hermano, quien, sostiene, acordó con el médico que lo atendía que pusiera veneno en el instrumental con el que había de sangrarlo para tratarle sus heridas. Tampoco se conoce la fecha exacta de su muerte, que algunas fuentes sitúan el 29-VI-888.

En cualquier caso Abdállah no perdió un instante y, según la narración de Ibn Hayyan, exigió su inmediato reconocimiento como nuevo soberano a todas las personas en el campamento, obteniéndola, al parecer, sin ninguna objeción ni resistencia por parte de nadie.

Acto seguido, partió hacia Córdoba con el cadáver de su hermano, trasladado a lomos de camello. Tras los funerales del fallecido emir, que fue enterrado al lado de su padre, el el cementerio palatino de los omeya, llamado al Rawda y situado dentro del alcázar, se convocó un segunda ceremonia de proclamación, el 1 de julio, a la que, según el citado cronista, asistió gran parte del pueblo cordobés.

La decadencia omeya

Se inicia a partir de ese momento el periodo conocido como la fitna, la primera gran crisis del poder Omeya de Córdoba desde su instauración a mediados del s. VIII con el triunfo de Abderramán I. Esta situación fue producto del surgimiento de numerosos focos de rebeldía contrarios a la dominación omeya, de los cuales el más importante fue, sin duda, el protagonizado por Umar b. Hafsun desde su fortaleza de Bobastro.

De esta forma los veinticinco años de gobierno del emir Abdállah se caracterizan por una gran inestabilidad política interna y por la ausencia de una autoridad fuerte por parte del soberano de Córdoba, a tal punto que, en esta época y en los momentos más graves de las revueltas, el poder efectivo del emir apenas superaba los límites del propio territorio cordobés, no habiendo, como afirma un cronista anónimo tardío, 'una sola ciudad que le ‘obedeciera’.

De esta forma, la actividad principal del emir se concentra en intentar conservar su escaso poder, más que en combatir realmente a los rebeldes. Una clara muestra de desorganización que llegó a registrarse en la administración omeya durante la época de Abdállah consiste en la interrupción de emisiones monetarias a partir de 899 y durante casi treinta años, cuando la victoria de Abderramán III sobre los rebeldes quedó consagrada con la proclamación del califato.

No obstante, pese a todo lo dicho, es cierto que nuestra perspectiva está muy condicionada por las fuentes, en especial por Ibn Hayyán, el mejor cronista andalusí, que se extiende en la descripción pormenorizada de los clientes, casi siempre cercanos a los territorios nucleares del emirato cordobés, mientras que dedica mucha menos atención a otras regiones que siguieron fieles a la obediencia omeya. Tal es, por ejemplo, el caso de la lejana Tortosa, en la que consta el nombramiento de gobernadores en los años 888-889, 891-892 y 893-894.

Los comienzos de la rebeldía se remontan al año 878-879, durante la época de Muhammad I, y se registran en la regiones meridionales de Sidonia, Algeciras y Málaga. Para algunos autores árabes, los motivos serían las rivalidades de tipo étnico que enfrentaban a la población indígena con los árabes. En cambio, otros investigadores, explican los conflictos debido a problemas de índole social y político, en particular la persistencia de señores de renta, de origen visigodo, que mantenían aún a mediados del s. IX sólidas bases de poder y se resistían a ser asimilados al sistema tributario islámico.

Los protagonistas de los diversos focos rebeldes son principalmente caudillos árabes o muladíes, mientras que, en cambio, los cristianos apenas aparecen mencionados, salvo en el caso de Ibn Hafsun, a pesar de que en esta época aún formaban una parte muy importante de la población.

En efecto, algunos de los casos estudiados no confirman la caracterización étnica de las rivalidades y enfrentamientos que establecen las fuentes árabes. Tal es el caso de Pechina, cerca de Almería, donde a mediados del s. IX los emires habían establecido una guarnición militar para prevenir posibles ataques vikingos.

Junto a ese centro militar árabe surgió un núcleo urbano integrado por elementos indígenas y de vocación marinera, dedicado al comercio y a la piratería. De esta forma se desarrolló a finales del s. IX la conocida como república de los marinos, una ciudad autónoma que se erigió en centro económico de gran relevancia.

El análisis de la terminología usada para designar a los rebeldes ofrece una variedad de grupos entre los cuales cabe destacar, al menos los cuatro siguientes. Por un lado los bereberes de la Marca Inferior y Media, designados siempre por sus nombres tribales y encabezados por jefes que reciben la designación de jeque. Otros son grupos de árabes que conforman linajes dirigidos por un miembro preeminente que recibe la denominación de señor. El tercer elemento lo integran sociedades jerarquizadas con fuertes lazos de dependencia, tales como los afsuníes o los Yilliquíes, asimismo, bajo la dirección de caudillos designados como señores.

Finalmente, hay también sociedades urbanas, que funcionan mediante asambleas o consejos, y a cuyo frente se encuentra un número variable de caudillos o arráeces. Los vínculos étnicos no resultan determinantes en la conformación de las alianzas existentes entre estos distintos grupo, ni tampoco los religiosos.

Por otra parte la conducta de todos ellos resulta bastante semejante y se basa en el saqueo y la depredación, aunque en algunos casos, como el de Ibn Hafsun y otros rebeldes, se da un paso más, imponiendo tributos a las poblaciones dominadas. Resulta prácticamente imposible ofrecer una relación exhaustiva de las múltiples localidades, ciudades y núcleos fortificados, dominados por un jefe o señor local, que conforman otras tantas células políticamente autónomas.

Entre la multitud de situaciones de agitación y rebeldía que caracterizan esta época es preciso distinguir entre los poderes locales de escasa envergadura y aquellos otros de una dimensión más relevante, bien por tener como centro núcleos urbanos importantes o por haber logrado el dominio de extensos conjuntos territoriales. Entre los primeros se puede destacar el caso de Sevilla, que, a partir del año 889, fue el escenario de la disputa entre dos grandes linajes árabes yemeníes, los Banu Hayyay y los Banu Jaldun.

Lucha contra Ibn Hafsun

Las tensiones entre los distintos elementos implicados en aquel contexto condujeron en el año 891 a una gran matanza de muladíes efectuada por los árabes yemeníes, quienes a continuación se deshicieron del gobernador omeya de la ciudad y lograron controlar el poder. Poco más adelante, en 899, Ibraim b. Hayyay eliminó a su hasta entonces aliado, Kurayb b. Jaldun, y estableció una especie de principado que gobernó de forma independiente respecto a la soberanía de los omeya.

El principal linaje muladí fue el de los Banu Qasim, de origen visigodo y sólidamente asentados en el alto valle del Ebro, territorio sobre el que desde comienzos del s. IX ejercieron pleno control, si bien a partir de 890 irán progresivamente perdiendo poder a favor del linaje árabe de los Tuyibíes, gobernadores de Zaragoza nombrados por Abdállah. Pero sin lugar a dudas, el papel protagonista en esta época corresponde al ya citado Ibn Hafsun, el único rebelde que, por si solo, llegó a representar una amenaza real para la soberanía de los emires de Córdoba, no solo desde el punto de vista político, sino también ideológico.

En efecto, Ibn Hafsun buscó la asimilación con la figura de Abderramán I, fundador de la dinastía Omeya, en una actuación de reivindicación de la legitimidad de sus aspiraciones. No es casual que ciertos aspectos de su biografía coincidan con la del primer omeya, tales como las predicciones que aseguraban que llegaría a gobernar y el hecho de que ambos residiesen un periodo en Tahert para luego pasar a la Península.

La actividad de Umar b. Hafsun comienza a registrarse desde el año 880, momento a partir del cual empieza a atraerse el apoyo de las poblaciones de las zonas rurales y montañosas de Málaga, pobladas de manera predominante por cristianos y muladíes, quienes se adhirieron a él como forma de combatir la opresión de los árabes. El emir al Mundir estuvo, tal vez, en condiciones de acabar con este incipiente foco de rebeldía pero, a su muerte su poder se extendió de manera considerable.

En el momento del apogeo de su poder, Ibn Hafsun controlaba un extenso territorio con centro en la serranía de Málaga y que se extendía por parte de las actuales provincias de Málaga, Jaén y Córdoba, incluyendo el dominio de importantes núcleos urbanos de la campiña andaluza, como Écija y Poley (Aguilar de la Frontera), situados apenas a cincuenta kilómetros de distancia de la capital cordobesa.

De hecho, una fuente magrebí anónima y tardía llega a señalar que Ibn Hafsun aparecía todos los días ante Córdoba sin que el emir, encerrado dentro de la capital, pudiera hacer nada para impedirlo. Su supremacía le granjeó el reconocimiento de otros rebeldes de zonas próximas, como Jaén e incluso Murcia, llegando a establecer alianzas con linajes árabes como los sevillanos Banu Hayyay.

Asimismo, con el fin de consolidar su autoridad, buscó la legitimación de diversos poderes islámicos extra peninsulares, tales como el califato Abbasí de Bagdad (a través de los Aglabíes de Qayrawán, los Idrisíes de Fez y los propios fatimíes). En realidad, parece claro que Ibn Hafsun no tenía un programa político muy definido ni tampoco sus adscripciones religiosas eran muy estables: originario de una familia muladí, al parecer apostató de la fe islámica y volvió al cristianismo.

No obstante fue el más duradero de los insurgentes, ya que, aunque murió en 918, en núcleo de Bobastro no pudo ser sometido hasta 928, ya en época de Abderramán III. En realidad, aparte del ya citado caso de Umar b. Hafsun, la mayoría de los poderes establecidos en los distintos núcleos y territorios no atacó nunca de forma directa al emir de Córdoba, ni cuestionó su pertenencia a la comunidad musulmana. Al contrario, muchos de ellos, aunque ejercían el poder de manera independiente, buscaban el reconocimiento explícito de su legitimidad en la autoridad del soberano omeya.

Uno de los casos mejor documentados a este respecto es el de Ibn Marwan al Yilliqi de Badajoz, el cual, apoyándose en los muladíes de Mérida y del valle medio del Guadiana, logró gobernar sobre aquella zona de manera independiente, si bien ello no le impedía reconocer la soberanía del emir Abdállah, a quien pidió el envío de personal cualificado para urbanizar la nueva ciudad según las pautas islámicas, procediendo a edificar mezquitas y baños.

Por otro lado, pese al estado generalizado de anarquía política y atomización del poder, el emir Abdállah siguió conservando cierta capacidad de actuación. De esta manera, en mayo de 891 pudo recuperar el control de Poley y Écija, lo cual le permitió salvar Córdoba, que ya no sería amenazada de forma tan directa, pese a que la revuelta de Ibn Hafsun aún subsistiría largo tiempo.

Asimismo, en 896-897 encabezó otra campaña, esta vez sobre Murcia, acompañado por el caíd Ibn Abi Abda. En otras ocasiones fueron sus hijos, principalmente Mutarrif y Abán, los que encabezaron campañas destinadas a controlar a los rebeldes.

Lo mismo indica la expedición llevada a cabo en 902 por un rico cordobés, Isam al Jawlani, quien, a su costa pero con la previa autorización del emir Abdállah, organizó una expedición naval en nombre de los omeya con el fin de someter las islas Baleares a la soberanía cordobesa.

En el ámbito exterior, la época de Abdállah, momento de máxima crisis política en al Andalus, coincide en la zona cristiana con el reinado de Alfonso III (866-910) como soberano del reino astur, que alcanza ahora su máximo apogeo, pues a la espectacular expansión exterior se añade la culminación de la organización política y administrativa del reino, así como los máximos logros alcanzados por el movimiento cultural iniciado en la capital ovetense por Alfonso II.

Asimismo, en el ámbito musulmán es de enorme importancia la proclamación del califato chií fatimí en Ifriquiya (Túnez) en el año 909. De esta forma, la decadencia política omeya se veía acentuada por el desarrollo de entidades situadas en ámbitos geográficos inmediatos y que suponían una indudable amenaza política, territorial e ideológica para el emirato cordobés.

La presencia de una dinastía chií que reivindicaba el califato en una posición geográficamente muy próxima a la Península Ibérica constituía una clara amenaza a la legitimidad y soberanía de los emires cordobeses.

De hecho, en el año 901 tuvo lugar un episodio que denotaba el peligro que implicaba la difusión de la propaganda fatimí. El escenario fue la zona de la Marca Media, zona habitada predominantemente por bereberes, tradicionalmente muy sensibles a la propaganda religiosa.

Allí encontraron apoyo las ideas de Abu Ali al Sarray, un agitador de inspiración fatimí que presentaba al omeya Ibn al Qitt, descendiente de Hisam I, como el Madhi, figura de resonancias mesiánicas que guardan una estrecha relación con la propaganda fatimí. Ambos recibieron el apoyo de grandes multitudes bereberes en su proyecto de ‘yihad’ contra la ciudad cristiana de Zamora, pero Ibn al Qitt fue abandonado por los jefes tribales en el momento decisivo, al parecer por miedo a que la victoria otorgase demasiado prestigio al omeya y mermase la propia autoridad de los jeques, siendo su cabeza colgada de las murallas de la ciudad que había querido conquistar.

Sin haber sido capaz de recuperar la estabilidad, el emir Abdállah murió el 15-X-912, siendo sucedido por su nieto Abderramán. Esta peculiar sucesión presenta elementos de interés dentro de la tradición omeya cordobesa, primero por la eliminación violenta de los dos principales candidatos a la sucesión y segundo, por la elección de su nieto como heredero pese a tener otros hijos que podían haberle sucedido. En efecto, Muhammad, hijo del emir Abdállah y de Durr y padre de Abderramán, fue asesinado por su hermanastro Mutarrif, nacido de la relación del emir con otra mujer, Gizlan.

Muerte de Muhammad

Las fuentes árabes atribuyen la fuerte rivalidad entre hermanastros desencadena el haz de acontecimientos que produjeron la muerte de Muhammad, que era el primogénito de Abdállah y había sido designado por el emir como su sucesor. Tras un enfrentamiento con uno de los caballeros de Mutarrif, Muhammad habría huido de Córdoba, refugiándose junto a Umar b. Hafsun durante un tiempo.

El emir le ofreció perdón si regresaba y Muhammad volvió a Córdoba, pero desde entonces Mutarrif no dejó de instigar al emir en su contra, pretendiendo que seguía en contacto con Umar b. Hafsun para atentar contra él. Muhammad fue encarcelado el año 891 por orden de su padre.

Tras pertinentes averiguaciones, decidió liberarlo y su hermanastro Mutarrif lo mató, y no recibió castigo alguno, al menos de forma inmediata. Sin embargo, cuatro años más tarde, en 895, el propio Mutarrif fue ejecutado por orden del emir, al parecer debido a sus relaciones con los rebeldes sevillanos, aunque fue acusado además de otros delitos, tales como beber vino y de zandaqa, término que define al apóstata encubierto o hereje.

De esta forma, la crisis política y social que vivía el emirato omeya se reflejaba en la propia situación interna de la familia, envenenada por las rivalidades, las enemistades y las sospechas. A pesar de haber eliminado a sus dos primogénitos Abdállah contaba con más hijos que podían haber optado a la sucesión, pese a los cual fueron soslayados a favor de la candidatura de su nieto.

Ello representaba una novedad importante en la tradición dinástica omeya, donde los soberanos siempre se habían sucedido de padres a hijos y donde la tendencia favorable era al primogénito, aunque no en todos los casos hubiese sucedido así. Lo cierto es que la elección de Abderramán se produjo, al parecer, por voluntad del propio emir. En el lecho de muerte, Abdállah dio su anillo a su nieto, lo que se interpretó como una designación de sucesor.

Pese a que la designación de Abderramán como heredero rompía con la tradición omeya de sucesión de padres a hijos con preferencia sobre el primogénito, esta decisión no parece haber despertado muchas controversias, ni siquiera entre sus propios hijos, los principales perjudicados, los cuales no solo no se opusieron, sino que apoyaron la decisión de su padre. Asimismo, las fuentes destacan el apoyo a esta decisión en los medios palatinos y de la Administración, señalando que los altos funcionarios del Estado tenían puestas en él sus esperanzas.

La razón de esta decisión se vincula al contexto político de la época y guarda estrechas conexiones con elementos de índole ideológica y simbólica. En efecto, en la figura del joven Abderramán confluye la acumulación, casual, en unos casos, forzada, en otros, de una serie de elementos que lo asimilaban a su antecesor, Abderramán I el fundador de la dinastía Omeya de Córdoba.

En un contexto de profunda crisis política, el linaje omeya necesitaba de una figura la la fortaleciese y renovase las bases de su dominio sobre el territorio de al Andalus. Abd al Allah había sido el séptimo emir omeya de Córdoba, y además, falleció en el año 912, de tal forma que ello suponía, no solo el final de un ciclo de siete emires, sino además un cambio de siglo según el cómputo de la era islámica.

Teniendo en cuenta la fuerte simbología del número siete en la tradición musulmana, es probable que se creyese en la necesidad de que un nuevo Abderramán diese paso a un nuevo ciclo de poder y prosperidad para los omeya. De ahí que la decisión de designar como sucesor al nieto de Abdállah fuese tomada de forma consciente, con toda seguridad, en época del propio emir, considerando que era el más capacitado para sacar a la dinastía en la postración en que había caído.

A lo largo de los veinticinco años de gobierno, Abdállah no solo no había mejorado la situación de la dinastía omeya tal y como la heredó de su hermano y antecesor, sino que la había empeorado de manera considerable.

A su muerte, en el 912, cuando contaba ya setenta y dos años, al Andalus era un mosaico de núcleos independientes que, a lo sumo, reconocían la soberanía nominal del emir. Fue labor de su sucesor, Abderramán III, lograr la reunificación del dominio de al Andalus bajo la soberanía omeya.

GARCÍA SANJUÁN, Alejandro, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2009, Vol I, págs. 109-113.