El Emirato de Córdoba

Índice

Historia del emirato omeya
Emires de Córdoba
Abderramán I756-788
Hisam I788-796
Al Hakam I796-822
Abderramán II822-852
Muhammad I, 852-886
Al Mundir I886-888
Abdállah888-912

Historia del emirato de Córdoba

Importantes fuentes antiguas tratan extensamente de la fundación de la dinastía omeya en España, pudiendo citarse entre ellas el relato del Ajbar Machmua y los textos de Abenadari Fatho-l-Andalucis, Abenalatir y Almaccari. Una de las construcciones históricas más acabadas es la narración de las aventuras del omeya Abderrahman, expuestas por Dozy de una manera insuperable en su obra maestra acerca de los musulmanes españoles; nunca estuvo la Historia más cerca de la novela ni autor alguno más acertado en la narración de los sucesos, dándoles el propio colorido y ambiente de época, única manera de hacer comprensibles los acontecimientos del pasado. Modernamente D. Eduardo Saavedra publica una preciosa monografía del célebre personaje, con toda la sobriedad y justeza características de este sabio polígrafo. Entre los muchos trabajos de D. Francisco Codera que de una manera indirecta se refieren al gobierno de Abderrahman I, hay uno que trata de su pretendida influencia religiosa con la conocida competencia de este infatigable historiador.

Mientras que en la península las razas rivales dirimían sus discordias en los campos de batalla, acontecimientos de gran trascendencia habían ocurrido en Oriente. El partido teocrático, vencido y humillado por la dinastía omeya, recobraba su pujanza, proclamando a un descendiente de Abbás, tío carnal del Profeta (746). Moría el desgraciado Meruan II el año 750, muriendo con él la gloria del califato de Damasco. El feroz Abul-Abbás concibió el siniestro designio de exterminar a la estirpe omeya; el negro estandarte de los abbasíes recorrió triunfante las comarcas asiáticas en busca de víctimas para saciar venganzas ancestrales; todos los medios se reputaron lícitos y el engaño o la violencia fueron empleados para exterminar a los omeyas. Abul-Abbás ganaba en buena lid el epíteto de Saffah, el sanguinario.

De la general matanza se salvó un nieto del califa Hixem, hijo de Moavia, llamado Abderrahman; su hermano Yahya había sido asesinado y él mismo estuvo a punto de caer en manos de sus perseguidores. Después de mil peligros llegó a Egipto, pasando de allí a Barca y a Kairouan, donde gobernaba con independencia de los califas un fugitivo de España, Abderrahman, hijo de Habib, de la tribu de los fihríes. Pronto los omeyas, refugiados con nuestro héroe, despertaron los recelos del fihrita y Abderrahman halló acogida en la tribu de Micnesa, en el Magreb ulterior (confluencia del Messum y el Muluya), pasando luego a Sabra, población de la tribu de Nefra (60 kilómetros de la desembocadura del Muluya).

La proximidad del estrecho o los relatos sobre la riqueza de España hubieron de alentar los sueños de gloria del príncipe omeya. Sabedor de que en el Andalus existían poderosos clientes de su casa, decidió el año 754 escribirles, pidiéndoles su apoyo para lograr en la península un mando digno de su elevada cuna. Envía al efecto a su fiel liberto Béder, que se pone al habla con los jefes omeyas; eran estos Obeidala, de la división de Damasco, pobladora del distrito de Granada, y Yusuf, de la división de Quinnesrin, establecida en Jaén. Era menester ponerse de acuerdo con el poderoso y astuto Somail, y los jefes omeyas estaban entonces en excelentes condiciones para hacerlo, pues acababan de prestar al quelbita un gran servicio auxiliándole cuando se hallaba cercado en Zaragoza y en gran aprieto porque el fihrita Yusuf no le mandaba refuerzos; el árabe recibió con sumo agrado las confidencias de sus libertadores y estos las reiteraron más tarde, a la sazón que el ejército se dirigía a Toledo; Somail las acogió de nuevo con benevolencia, pero poco después de separarse de él los omeyas, desanduvo el camino saliendo a su encuentro para darles una respuesta contraria y nada halagadora para sus planes. No se desanimaron los clientes omeyas y poniéndose de acuerdo con Yahya, jefe de los yemenitas del Aljarafe de Sevilla, enviaron a Béder en busca de Abderrahman, pues no había momento que perder. El pretendiente arribaba a las playas de Motril y el 13 de Septiembre del año 755 desembarcaba en Almuñécar.

En Torrox se formó una pequeña corte, donde se fueron organizando las fuerzas del omeya. La noticia sorprendió a Yusuf y Somail cuando estaban de regreso de la represión de Zaragoza. Por fortuna para Abderrahman, sus enemigos se habían malquistado con el ejército por sus crueles procedimientos. Una tentativa de negociaciones fracaso y hubo de acudirse a la resolución del conflicto por las armas. Abderrahman con sus omeyas y yemenitas de Granada y Jaén emprende la campaña por la costa, uniéndose a sus banderas los de Málaga, Sidonia, Morón, Sevilla, los modaríes de Archidona y muchos berberiscos de la Serranía de Ronda. Desde Sevilla se dirige con sus fuerzas sobre Córdoba, encontrándose con las tropas de Yusuf y Somail a orillas del Guadalquivir y dándose una sangrienta batalla a la vista de las murallas cordobesas; es la famosa batalla que llaman los cronistas árabes de la Alameda, victoria brillante del omeya que le valió el trono y la fundación de una dinastía en la península. Yusuf y Somail aún se resistieron un poco, pero al año siguiente (756) entraban en la capital sometidos al omeya.

Apenas dominado el partido del fihrita, el primer pensamiento de Abderrahman fue organizar el gobierno, pues para que su dominación fuese estable era preciso que el príncipe omeya no fuese el jefe de una fracción vencedora, ni el caudillo afortunado de yemenitas o sirios, sino el dueño y señor de todos, el lazo de unión, el lábaro de concordia y el símbolo de paz entre los contendientes. El omeya tenía suficiente talento para comprender lo que esto significaba y la trascendencia de su gestión si quería que su gobierno fuera duradero.

Como dice muy bien Saavedra, era preciso crear la unidad nacional fusionando las razas y acabando con los odios y diferencias de familias, tribus y estirpes. Para ello era menester atraerse a la gente de orden, ser clemente y justiciero; los primeros actos de su mando demostraron la pureza de sus propósitos; la amnistía para Yusuf fue fielmente observada. Árabes, berberiscos, yemenitas y clientes omeyas fueron galardonados, los últimos con singular largueza, como justa deuda de gratitud al auxilio prestado. Para lograr la unidad apetecida era preciso reorganizar el ejército, porque en él estaba el germen de división, pues las tropas se reclutaban por tribus; suavemente Abderrahman trató de evitar los antiguos peligros creando una guardia de clientes omeyas asi árabes como bereberes, formó un cuerpo de berberiscos, reclutados en África, y, por último, organizó una guardia adicta de esclavos negros.

Sin embargo, antes de lograr su intento el fundador de la dinastía omeya tuvo que reprimir con mano dura muchas insurrecciones que el espíritu indomable de las tribus de continuo fomentaba. Fueron los primeros los fihritas, que no se resignaban a un rango secundario habiendo sido los primeros; lograron convencer al viejo Yusuf y este huyó de Córdoba (759) para unirse a los modaríes, buscando refugio en Mérida y en Fuente de Cantos. Abderrahman sale a campaña y antes de avistarse con Yusuf este es derrotado por los omeyas Abdelmélic y Abdala, padre e hijo, que gobernaban respectivamente en Sevilla y Morón. Yusuf, fugitivo, fue asesinado en las cercanías de Toledo. En esta ciudad el año 761 se sublevó otro fihri, Hixem, hijo de Orua, primo de Yusuf; Béder y Temam, generales del emir, se apoderaron de Toledo el año 764, acabando la rebelión. Abulasuad, hijo de Yusuf, que se había fingido ciego durante mucho tiempo, logró evadirse de la prisión de Córdoba el año 785, hallando refugio en la inquieta Toledo, acude Abderrahman a sofocar aquella nueva insurrección y el rebelde es vencido en el Vado de la Conquista.

Tan movedizos e indisciplinados como los fihries eran los yemeníes, sobre todo después que Abderrahman con su propia mano había dado muerte al traidor jefe sevillano Abu Sabbah. Sus deudos Hoyava de Sevilla y Abdelgafir de Niebla se levantan contra el emir, que les derrota en la batalla del valle de Bembézar, donde se distingue el omeya Abdelmélic (773). Poca importancia tuvo el levantamiento yemenita de Rize (760), que de Algeciras y Medinasidonia llegaba a Sevilla para ser vencido y muerto.

En cambio, suma gravedad tuvo el que podemos llamar pronunciamiento de Alalá, el año 763, en nombre del califa abbasí Almanzor; el negro estandarte de los abbasíes recorrió la península desde Fuente de Cantos y Beja hasta Alcalá de Guadaira, sitiando al emir omeya en Carmona. Hallándose en apurada situación, Abderrahman debió su fortuna al valor desesperado que mostró en una salida, donde pereció el rebelde Alalá. Consecuencia de esta fue la insurrección de Said el Matari, yemenita de Niebla, que, sitiado por el emir en persona, murió luchando.

Un berberisco llamado Xiquena, natural de Ledana, en la provincia de Cuenca, según opinión de Saavedra, valido de su cargo de maestro de escuela y engañando a las gentes con decirse descendiente de Mahoma, tuvo en jaque durante diez años a los ejércitos de Abderrahman, luchando en tierras de Sigüenza y Extremadura y sosteniéndose en las fragosidades de la sierra (769-779): pero ganado uno de sus lugartenientes, el traidor llevó su cabeza al emir.

Abrigaba el omeya el pensamiento de llevar sus armas a Siria, cumpliendo un romántico designio muy en armonía con su carácter, pues si realizaba su atrevido proyecto, podía derribar la dinastía enemiga de su estirpe y lograr un glorioso desquite de las crueles persecuciones de la dinastía abbasí. Detuvo sus preparativos orientales una expedición de berberiscos, capitaneada por el fibrita Abderrahman, hijo de Habib, apodado el Esclavón; le faltó a este la esperada colaboración de Soleiman, gobernador de Barcelona, y puesta a precio su cabeza, terminó con la muerte del fihrita una guerra que también se hacía en nombre de los abbasíes.

En esta época tiene lugar la expedición de Carlomagno, de la cual tratamos en otro lugar; después de la retirada del franco, Abderrahman sitió por dos veces a Zaragoza, en 781 y luego en 783; el gobernador Husein se rindió a discreción después del primer cerco, pero habiéndose resistido en el segundo asedio recibió cruel muerte. No faltaron, por último, las conjuraciones contra Abderrahman I, dirigidas por los propios individuos de su familia, ingratos omeyas a quienes el emir había llamado para colmarlos de mercedes. Tuvieron lugar estos hechos en 780 y 784. figurando en ellas sus dos sobrinos carnales Obeidala y Moguira.

Estas represiones fueron provechosas para las armas cristianas; en 759 perdían los musulmanes Narbona y la Galia gótica, conquistada por los francos, y en 785 Carlomagno tomaba la ciudad de Gerona; Fruela expulsaba a los árabes de Galicia. El año 767 Béder logra hacer pagar tributo a los alaveses y después de la campaña de Zaragoza, en 781, libre ya Abderrahman de enemigos interiores, puede verificar una expedición por territorio cristiano, adelantándose por la derecha del Ebro, desde Calahorra hasta Viguera, llegando a Pamplona, apoderándose de castillos de señores vascos y talando el territorio hasta la Cerdanya e imponiendo tributo a un jefe conocido por el hijo de Belascolo, identificado por Lafuente Alcántara con el Galindo Belascotenes del Códice de Meya

artículo pendiente conclusión

BALLESTEROS Y BARETTA, Antonio, Historia de España y su influencia en la historia universal, Ed. P. Salvat, 1922, Vol IV.