El Emirato de Córdoba

Historia del emirato omeya

Emires de Córdoba

Abderramán I, 756-788
Hisam I, 788-796
Al Hakam I, 796-822
Abderramán II, 822-852
Muhammad I, 852-886
Al Mundir I, 886-888
Abdállah, 888-912

Historia del emirato de Córdoba

El Emirato Omeya de Córdoba es el gobierno de los emires umara hispano-musulmanes tras la proclamación en al Andalus del omeya Abderramán I en 756 y hasta el establecimiento del califato por su sucesor Abderramán III en 929.Tras la victoriosa rebelión en 750 contra la dinastía Omeya de Damasco y coronado en Cufa el nuevo califa Abbasí Abu I Abbas al Saffah el Sanguinario, después de asesinar a su antecesor, el último superviviente de la familia destronada, el príncipe Abderramán emprendió un largo y peligroso viaje de incógnito a través de Palestina, Egipto y el N. de África.Con la ayuda de los yemeníes, en 755 el príncipe desembarcó finalmente en la Península Ibérica, en un puerto cercano a Elvira (Granada), donde recibió el apoyo de los jefes militares y tribales enfrentados al gobernador Qaysí Yusuf al Fihri en una guerra civil que se prolongaba desde hacía varios años.

División administrativa en coras, a finales del Emirato.División administrativa en coras.

En 756, tras derrotar a su adversario, conquistó Sevilla y Córdoba y, en esta última ciudad fue proclamado emir y fue el fundador de una dinastía, la omeya, que gobernaría al Andalus hasta 1031.En 757 todavía se invocaba el nombre del califa abbasí Abu Yafar al Mansur, sucesor de Abu I Abbas al Saffah, en la oración de los viernes, pero, a partir de ese momento, se prohibió su mención, así como el estandarte negro que distinguía a los Abasíes.A pesar de su modesta titulación de emir, Abderramán I (756-788) reunió un poder absoluto tras vencer completamente a Yusuf al Fihri y sus adversarios en 760.

La administración abbasí le sirvió como modelo para establecer una organización étnico geográfica en al Andalus y, al igual que los califas de Bagdad, impuso en palacio un rígido ceremonial. Se enfrentó a las revueltas internas —Toledo (761), Beja (Portugal, 763), Niebla y Sevilla (766) y Algarve (Portugal), Murcia, Barcelona, Zaragoza y Algeciras (Cádiz, 769)— y la amenaza exterior, que culminó con la fracasada expedición del futuro emperador Carlomagno a Zaragoza (788).Como estadista consiguió evitar la desintegración del incipiente Estado andalusí, que consolidó y pacificó; inició la construcción de la gran mezquita de Córdoba y destacó como mecenas y poeta.

Le sucedió su hijo, proclamado como Hisam I (788-796), quien hubo de enfrentarse a sus hermanos Sulayman y Abd Allah durante más de un año, venció la rebelión de Zaragoza y emprendió diversas incursiones contra Vermudo I en Álava, el N. de Castilla y Galicia, en el transcurso de las cuales atacó Oviedo (Asturias) y Narbona (Francia).

Durante su reinado continuaron las obras de la mezquita cordobesa y se impuso como doctrina oficial de al Andalus el malikismo, escuela jurídico teológica fundada por Malik b. Anas en Medina, en detrimento de la creada por al Awza`i en Damasco.

Hisam I nombró sucesor a su hijo al Hakam I (796-822), quien continuó la lucha contra sus dos tíos Sulayman y Abd Allah, hasta que murió el primero y se otorgó la amnistía y el gobierno de Valencia al segundo. En 817 hubo de enfrentarse a la insurrección del barrio rabad del Arrabal , en Córdoba, que puso en peligro su permanencia en el trono y vencida con la ejecución y el exilio de sus pobladores, unas veinticinco mil personas según las fuentes históricas árabes.

En 801 los francos se apoderaron de Barcelona y el ejército musulmán resultó derrotado en su incursión hacia Álava y Castilla, aunque en 808 el emir culminó con éxito su campaña contra Alfonso II el Casto (791-842) en Asturias y Galicia.

Su primogénito, Abderramán II (822-852) sobresalió como gobernante, mecenas de la cultura y las artes y jefe militar. Reorganizó al administración conforme al modelo Abbasí, ampliando notablemente los poderes de los visires; acuño moneda con su nombre; amplió la aljama de Córdoba y reunió en su Corte numerosos poetas, Alfaquíes y músicos, muchos de ellos procedentes de oriente.

Combatió a Abd Allah, rebelado otra vez, hasta su muerte en 823, así como la sublevación de los árabes yemeníes y Qaysíes en Toledo (829), Mérida (Badajoz, 823) y Algeciras (850). Durante su reinado los normandos, llamados por los árabes mayyus (gente del norte), desembarcaron en Lisboa y atacaron Sevilla, Medina-Sidonia y Cádiz y, aunque derrotados por el emir, este decidió la construcción de una flota que en la centuria siguiente resultaría decisiva para la política exterior hispana en el N. de África.

Abderramán II emprendió diversas razias contra los territorios cristianos de Álava, Castilla y León, Galicia, Asturias y Barcelona y, en el valle del Ebro, contra los Banu Qasi, familia de muladíesmuwalladu o neoconversos al Islam independizada en Tudela (Navarra).

En 851 los representantes más radicales de la comunidad mozárabe de Córdoba, a pesar de la amplia tolerancia oficial, realizaron blasfemias públicas contra Mahoma que provocaron su ejecución por las autoridades, hecho que perjudicó irreversiblemente la convivencia pacífica entre los distintos credos. En ese periodo las relaciones diplomáticas alcanzaron un considerable desarrollo y en la Corte cordobesa se recibieron embajadas procedentes de los reinos cristianos peninsulares, del imperio carolingio y de Bizancio.

Sin embargo, la ausencia de un control efectivo del país no permitía asegurar una paz y estabilidad cada vez más amenazadas por las disidencias internas, por el avance de la reconquista cristiana y por la crisis económica, a cuyo agravamiento contribuyeron tanto las hambrunas de 823 y 846 como las devastadoras inundaciones de 850.

Las tensiones sociales acumuladas se manifestaron durante el reinado de Muhammad I (852-886), designado por su padre para sucederle, que había ejercido como gobernador de la Marca Superior y participado en numerosas expediciones militares.

En 854 la poderosa comunidad muladí de Toledo, con el apoyo de los cristianos, se rebeló contra el emir, depuso al gobernador y reclamó la ayuda del rey Ordoño I de Asturias (850-866), que envió un ejército derrotado por las tropas cordobesas. La victoria no supuso el final de las hostilidades, que continuaron hasta 858 y, aún después, con la ejecución del clérigo Eulogio (859) y los disturbios protagonizados por los muladíes y mozárabes en Mérida (868), en Badajoz y en la Marca Superior y media.

En 855 reaparecieron los normandos, que conquistaron Algeciras y Tudmir (Murcia) en 859 y en esa misma década se consumó la secesión de los Banu Qasi, aliados con los monarcas cristianos de Navarra, en un periodo de crisis social agravada por las plagas sanitario alimentarias de 867 y 874. Sin embargo, en el último cuarto de siglo la conflictividad alcanzó un nivel sin precedentes y solo comparable a la guerra civil fitna que concluyó con la desintegración del califato en 1031.

Los responsables de la crisis fueron especialmente dos, el primero de ellos Ibn Marwan Ibn al Yilliqui (El Hijo del Gallego, muladí que se independizó en Mérida en 868, 875 y 884, en esta última ocasión estableciendo con la ayuda de Alfonso III de Asturias (866-909) una dinastía que reino en Badajoz y en su área andaluza y portuguesa circundante hasta 929.

El segundo era también un muladí de Ronda (Málaga), Umar b. Hafsun, que desde su fortaleza en Bobastro (Málaga) lideró una insurrección contra la autoridad de Córdoba, de manera abierta a partir de 883, resultado no solo de la disidencia política, sino también de la crisis social y de la polémica religiosa, que los rebeldes utilizaron en su propio beneficio.

Este hecho le permitió erigirse en poder alternativo respecto al emirato y mantener su secesión contra los diversos intentos infructuosos para sofocarla de al Mundir (886-888) y Abd Allah (888-912).

Durante el reinado de este último b. Hafsun alentó la rebelión de los muladíes en Murcia, Mérida, Sevilla, Badajoz y Zaragoza, conquistó Jaén, Écija (Sevilla), Elvira (Granada) y Granada y se convirtió al cristianismo (899). Al mismo tiempo se sucedían las insurrecciones de grupos árabes y beréberes, algunas de las cuales culminaron con la creación de estados autónomos.

Entre ellas destacó la dirigida por Ibrahim b. Hayyay, quien aprovechó uno de los muchos enfrentamientos entre árabes y muladíes para independizarse en Sevilla hasta su muerte (910), si bien esta ciudad y Carmona (Sevilla) no se reincorporaron a la soberanía del emirato hasta el acceso de Abderramán III al trono (912). Nieto de Abd Allah, quien había asesinado a su padre, este último emprendió con decisión la tarea de acabar con los diferentes estados surgidos en al Andalus durante el mandato de su predecesor.

A finales de 912 derrotó en Caracuel (Ciudad Real) al beréber al Fath b. Zennun y en enero de 913 arrebató Écija a Ibn Hafsun, contra el cual inició una campaña en abril de ese último año, en cuyo transcurso recuperó, entre otras plazas, Baza y Salobreña (Granada). En diciembre su hayib —primer ministro, chambelan— Badr b. Ahmad entró triunfante en Sevilla y en 917 tomó definitivamente Carmona, mientras que en ese mismo año falleció Ibn Hafsun en Bobastro, aunque esa fortaleza no se rindió hasta enero de 928.

Abderramán III se proclamó califa jalifa en Córdoba, además de príncipe de los creyentes amir al muminin, con un título honorífico laqab, al modo de los Abasíes: El que combate victorioso por la religión de Allah al Nasir li-din i llah.

MUÑOZ SORO, Javier, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo VIII págs. 3536-35737.