Baly b. Bisr al Qusayri

Datos biográficos

Emir dependiente: 741-742
Predecesor: Abd al Malik
Sucesor: Talaba

Biografía

Decimoquinto emir de al Andalus tras el segundo gobierno de Abd al Malik. Baly b. Bisr b. Iyad al Qusayri al Qaysi, virus genere plenum el arme militaris expertus (Belgi, Belgi Abenber, Belinge en las fuentes cristianas), es figura que participó en acontecimientos de suma importancia, que se solapan parcialmente con el segundo gobierno de Abd al Malik.

Las decisiones adoptadas y sus repercusiones serán determinantes para la evolución posterior de al Andalus, hasta el final de la dinastía omeya. Como consecuencia de la gran revolución beréber del 739 y del fracaso de Ibn al Habhab, gobernador de Ifriqiya, que no consigue reprimirla, este es destituido. En su lugar, el califa Hisam envió a Kultum b. Iyad. Un nombramiento de jefe militar más que de gobernador, pues Kultum iba al mando de una numerosa fuerza, unos treinta mil hombres, esencialmente tropas procedentes de Siria.

Se le ha encomendado reducir a los rebeldes y restaurar el dominio árabe sobre el Magrib, controlándolo si fuera necesario con un ejército de ocupación. Tratándose de una misión militar, se ha designado a quienes, caso de que falleciese, habían de sucederle en el mando: Baly b. Bisr y Talaba Ibn Ubayd. Kultum reforzado con levas egipcias, se incorpora a su provincia en Ramadán (julio, 741), reúne a los efectivos de Ifriqiya y sale al encuentro de los beréberes.

La batalla se dio cerca del río Sebu y constituyó una terrible derrota para el ejército califal. Se habla de un tercio de muertos, otro de prisioneros y el tercero de huidos. La caballería siria, que había atravesado las filas enemigas bajo el mando de Baly, se vio en la imposibilidad de replegarse a Qayrawan, teniendo que refugiarse en Ceuta. Cercados por fuerzas muy superiores, en un ambiente hostil, los sirios llegaron a comer sus propios caballos y hasta los cueros [de sus atalajes].

Entonces encendieron hogueras para atraer la atención de lanchas de Algeciras y, utilizando como mensajero al caíd de al Andalus, escribieron al gobernador Abd al Malik, pidiéndole ayuda en nombre de la obediencia debida al príncipe de los creyentes y de la solidaridad étnica. Pero este se desentendió de ellos, pues se alegraba de que pereciesen y recelaba de que le quitasen el poder. Todavía fue más allá, no bastándole con no trasladar ni socorrer a los sitiados, torturó y ejecutó, bajo la acusación de fomentar un levantamiento para derrocarle, a un compasivo Lajmi que había tomado la iniciativa de remitirles dos carabos con algunos víveres.

La animadversión del gobernador, enraizada en su añeja inquina personal contra los omeyas, se veía abonada por las aviesas observaciones de Abderramán b. Habib (ya había creado desunión en el ejército mandado por Kultum, al que algunas fuentes acusan de estar maniobrando para suplantar a Abd al Malik). Cuando parecía que la eliminación de los refugiados en Ceuta era inevitable (Ajbar habla de un cerco de un año, y de que no encontraban ya ni hierbas que llevarse a la boca), las circunstancias cambiaron tanto en al Andalus como en Ifriqiya.

El levantamiento de los beréberes norteafricanos se corrió a la Península, donde empezaron a matar ya expulsar a los árabes, sin que estos lograsen resistir. Incluso lanzaron tres columnas, con el propósito de tomar Algeciras, Córdoba y Toledo, haciéndose cada vez más crítica la situación... Sincrónicamente, el califa Hisam hace un supremo esfuerzo y envía a Hanzala b. Safwan al Kalbi como gobernador de Ifriqiya, donde los beréberes se ven obligados a replegarse.

Es entonces cuando Abd al Malik empieza a preocuparse ante el doble problema del avance imparable de los beréberes andalusíes y la perspectiva del restablecimiento de la autoridad omeya... En octubre de 741, cuando los sirios imploraban refugiarse en al Andalus, el gobernador naves retemtando eis denegat transitum. En marzo-abril de 742, navibus preparatis, no vio mejor solución que pedir ayuda a aquellos hambrientos árabes sirios, los odiados compañeros de Baly, al que escribió.

Habiéndose estos apresurado a aceptar, el [gobernador] les envió víveres, condicionándolo a la entrega de rehenes y no tardar más de un año en derrotar a los beréberes. Aceptadas estas condiciones y habiéndose comprometido a su cumplimiento, les envió barcos en los que fueron pasando por grupos. Aquellos sitiados, que llegaron sumamente desnutridos y desharrapados, fueron vestidos por Ibn Qatan que les asignó pagas.

Como esto no bastase para cubrir sus necesidades, los árabes andalusíes —que eran riquísimos— se hicieron cargo de ellos. Cada noble atendió a los de su clan, volcándose la gente en atender a los sirios hasta dejarles vestidos y repuestos. Los sirios no habían sido traídos por razones humanitarias, sino egoístas de supervivencia. Se trataba de invertir una situación crítica que empeoraba de día en día. Donde los beréberes in tres turmas divisi, unam ad Toledum destinant [...], aliam Abdelmelic Cordoba sede [...], tertiam ad Septitanum portum/Messulam civitatem porrigunt.

Lo primero era controlar el paso del Estrecho para cortar cualquier posible contacto o refuerzo entre los sublevados de ambas orillas. Cuestión que Baly se apresuró a zanjar en wadi l. Fath (cerca de Algeciras/Sidonia), aniquilando la tercera columna. Las armas y los despojos cobrados permitieron (sumados a la generosa ayuda de sus compatriotas locales) volver a equipar a los sirios.

La columna berébere que se dirigía hasta Córdoba será rechazada y desviada por tropas andalusíes bajo el mando de Almuzar/Almuzaor (ignorado de las fuentes árabes) pese a caer, junto a gran parte de sus efectivos. Los restos de aquellas dos columnas desbaratadas se unen a aquellos que, procedentes de Yilliqiya, Astorga, Mérida, Coria y Talavera, se habían concentrado en número incalculable para atacar a Abd al Malik.

Este hizo salir contra ellos a sus hijos Qatan y Umaya, al frente de todos los árabes andalusíes —excepto los de Zaragoza y su frontera— mientras Baly llevaba el mando de sus compañeros, los sirios. El choque ocurrió a doce millas de Toledo, a orillas del Guazalete, y la lucha fue encarnizada. Mas los sirios cargaron con denuedo, peleando con tal arrojo que hicieron volver espaldas a los beréberes, en los que hicieron tan gran matanza que acabaron con ellos, no escapando más que los fugitivos.

Los sirios montaron los caballos de los caídos y vistieron sus armas. Después se esparcieron por todo el territorio andalusí, exterminando a los beréberes hasta meter a los fugitivos en las fronteras —donde se escondieron— y ahogar su rebelión. Según al Razi, esta represión y otras acciones parecidas provocaron el surgimiento del odio que han transmitido a sus hijos hasta el día de la resurrección entre los beréberes del centro y los árabes andalusíes.

El protagonismo de la victoria es discutido. Moro Rasis se lo atribuye a Catan y Humeye, dos fijos del rey por sus manos. Et bien dixeron aquellos que hi fueron que por ellos fuera la batalla vencida, et que ellos llegaron a ferir, después de que todos los faces fueron quebrados. Mientras todas las fuentes árabes se lo achacan a los sirios, lo cual está, a contrario, corroborado por la escasa combatividad que posteriormente mostraron los baladíes.

Pero alejado el peligro y sofocado aquel gravísimo levantamiento, tan pronto como los sirios regresaron a Córdoba, Abd al Malik quiso que abandonasen el país. Cosa que aceptaron siempre que los llevase a Ifriqiya. [Pero el gobernador] adujo que, no teniendo barcos para llevarles de una vez, los transportaría por secciones [...]. Cuando se negaron a ello, insistió en que saliesen por Ceuta. Replicaron : 'lo que tú quieres es entregarnos a los beréberes de Tánger, pero antes aceptaríamos que nos arrojases al fondo del mar'. Y viendo lo que se proponía hacer con ellos, se sublevaron y le expulsaron del alcázar, sustituyéndole por Baly, al que prestaron acatamiento. Ibn Qatan se alojó en su vivienda, mientras sus hijos huyeron, uno a Mérida y el otro a Zaragoza [...].

La situación era confusa y la gente no sabía a quien obedecer [...] Los rehenes sirios reunidos en el islote de Umm Hakim llegan a Córdoba, encolerizados por las privaciones sufridas (un Gassani ha muerto de sed) y exigen venganza. Baly intenta oponerse, pero ante la perspectiva de un motín, termina cediendo. Abd al Malik es ejecutado en septiembre de 741, y su cadáver crucificado a la cabeza del puente (tal como hiciera con aquel Lajmi que, meses atrás, se atreviera a socorrer a los sirios).

Et quanto los fijos de Cautaram sopieron de la muerte de su padre et el mal et traicion que los de Promission/Sirios ficieran, pesoles mucho, et fueronse para Narbona et tomaron mucha gente de la villa et muchos de los barbaros et de los alarves, et vinieronse para Cordova.

Como se trataba de enfrentarse a los sirios, los beréberes se sumaron a los baladíes —aunque sus espaldas todavía goteasen sangre beréber— pensando volverse contra los andalusíes en cuanto hubiesen acabado de vengarse de los sirios. Abderramán b. Habib y Abderramán b. Alqama al Lajmi, señor de Narbona, se unieron a Qatan y Umaya, yendo a atacar a Baly y sus compañeros. Esencialmente son gentes de la, antaño, tan poco participativa frontera. El ejército atacante habría sumado 40-100.000 hombres.

Tras su entrada en al Andalus, Baly se ha visto reforzado por numerosos fugitivos que andaban por aldeas y montes del N. de África, sin poder regresar a Siria, con lo que su ejército llegó a los 12.000 hombres. El encuentro tuvo lugar a doce millas de Córdoba, en una aldea llamada Aqua Portora de la comarca de Huebo.

Pese a su aplastante superioridad numérica, los baladíes sufrieron una sangrienta derrota, perseguidos por los sirios que los acuchillaban o apresaban, retirándose luego a Córdoba, donde Baly murió a la semana, de resultas de sus heridas (ago. 742). Su gobierno había durado once-doce meses (Ibn Habib, Fath, Kamil, Bayan, Ibn Jaldun) —contados desde la muerte de Kultum—, y su estancia andalusí seis meses Dirk, Imana, A´lam, Bayan. El tribus annis regnavit de Hª Arabum es totalmente inaceptable.

CHALMETA GENDRÓN Pedro, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2010, Vol VI, págs. 691-693.