SULAYMAN AL - MUSTAIN (958?-1016; 1009-1010 y 1013-1016 ) [Córdoba-ibíd.]. Duodécimo soberano de la dinastía hispano omeya. Descendía por línea recta de Abd al-Rahmán III al-Násir, de quien era bisnieto, y fue uno de los omeyas que se levantaron en junio de 1009 contra su pariente Muhammad II al-Mahdi, secundados por los bereberes y por los ex milicianos cordobeses del propio Muhammad. Una vez fracasado el alzamiento por efecto de la lucha que se entabló al final entre los ex milicianos y los berberiscos, huyó de Córdoba en compañía de estos últimos y se concentró con ellos en el sector del Guadalmellato, donde los africanos, que deseaban encubrir su rebeldía con el disfraz de un movimiento legitimista, le hicieron jefe espiritual o imam del partido bereber. A continuación consiguió apoderarse de Calatrava y de Guadalajara, sin apenas oposición; pero, al intentar hacerse dueño también de Medinaceli, fue rechazado, con pérdidas, por el general eslavo Wadih, gobernador de la plaza.

Para desquitarse de este descalabro y poder proseguir la lucha contra al Mahdi con ciertas garantías de éxito, Sulaymán demandó ayuda al conde García, y este, tras de conceder al omeya su concurso a cambio de la posesión en plena propiedad de varias plazas fuertes de la frontera del Duero, que habían de serle entregadas tan pronto como Muhammad fuera derrotado, salió de sus dominios con un fuerte ejercito y se agregó a las tropas bereberes en el valle del Jarama, no lejos de Madrid. Seguidamente Sulaymán invitó al citado Wadih para que se uniera a la coalición; pero el jefe eslavo, lejos de aceptar, se reforzó con tropas pedidas urgentemente a Córdoba y salió al encuentro de castellanos y berberiscos.

Ambos ejércitos vinieron a enfrentarse en las proximidades de Alcalá de Henares, corriendo el mes de agosto de 1009, y la victoria fue para los coalicionistas, los cuales iniciaron acto seguido su marcha contra la capital. Y el 8 de noviembre, tres días después de haber aplastado materialmente a algunos contingentes importantes de milicianos cordobeses que les aguardaban cerca de Alcolea, hicieron su entrada triunfal en Córdoba. Al siguiente día Sulaymán fue proclamado califa y tomó el título honorífico de al-Mus ta'in billah, el que busca el auxilio de Allah ; las tropas bereberes se instalaron en Madinat al-Zahra, donde comenzaron a cometer toda clase de tropelías, y el conde de Castilla fue acomodado con toda magnificencia en una estupenda almunia de la capital. La mayoría de las provincias, principalmente toda la Marca medina, bien sujeta por Wadih, no ratificaron la proclamación de al-Mustain, y este hubo de pedir a Sancho una moratoria en la entrega de las plazas estipuladas, que le fue concedida por el castellano, tras de lo cual el conde se reintegró a sus dominios.

A finales de enero de 1010, Sulaymán se puso en campaña y atacó sin éxito Toledo, donde se alzaba a la sazón al Mahdi después de haber estado escondido cerca de dos meses en la misma Córdoba; luego intentó apoderarse de Medinaceli, la sede de Wadih, con el mismo resultado negativo, y a mediados de abril retorno a la capital sin haber conseguido apuntarse triunfo alguno sobre sus enemigos. El 22 de mayo intentó oponerse en El Vacar a las tropas de al Mahdi, fuertemente reforzadas por las huestes de los condes francos Ramón Borrell III de Barcelona y Ermengol de Urgel, y sufrió revés tan grave, que hubo de retirarse a toda prisa hacia el sur de la Península, mientras Muhammad II tomaba asiento de nuevo en el solio real de al-Andalus.

Un mes más tarde, concretamente el 21 de junio, la suerte le fue propicia y se apuntó una victoria sonada sobre Muhammad II y los condes catalanes en el valle alto de Guadiaro, en el sector de Ronda. EL 23 de Julio, al Mahdi fue asesinado en Córdoba por oficiales de Wadih, y este restituyó el trono a Hisham II al Mu'ayyad, se adjudicó la jefatura del Estado e invitó a todas las provincias a que se sometieran a la restaurada soberanía del auténtico califa de la España musulmana. Sulaymán y sus bereberes no se prestaron, como es lógico, al turbio juego del jefe eslavo y, el 4 de noviembre de 1010, tomaron por asalto Madinat al Zahra y pusieron cerco a la capital, mientras otras fuerzas adictas a al Mustain hacían que la soberanía de este fuese reconocida en los distritos de Algeciras, Málaga, Jaén y Elvira.

Córdoba empezó a padecer entonces el asedio más intenso y terrible que se registra en su larga historia, y pronto el hambre, la sed, e incluso hasta la peste, se enseñorearon de ella, sin que por esto sufriera merma el espíritu de resistencia de los cordobeses. A los once meses de bloqueo, flaqueó el ánimo de Wadih, y el general intentó huir; pero un cordobés enérgico, Ibn Wada'a, le hizo asesinar el 16 de octubre de 1011, y la resistencia se prodigó aún por espacio de año y medio. Finalmente, el 9 de mayo de 1013, cuando los cordobeses estaban ya totalmente exhaustos, Córdoba capituló, y al-Mustain entró de nuevo en ella dos días más tarde, se posesionó del Alcázar, hizo venir a su presencia a Hisham II y, después de colmarle de duros reproches por haberse arrogado otra vez el califato, le metió, según parece, en la cárcel, y en ella sería estrangulado por propia iniciativa de Muhammad, un hijo de Sulaymán, el 18 de mayo.

Lo primero que hizo al-Mustain, una vez que tuvo nuevamente el poder en sus manos, fue satisfacer las ambiciones de cuantos le habían ayudado a conseguirlo, y a tal fin, a los bereberes Sinhacha dio en feudo el distrito de Elvira; a los Magrawa, el del norte de la capital; a los Banu Birzal y a los Banu Ifrán, el de Jaén, y a los Banu Dammar y a los Azdacha, los de Sidonia y de Morón. Al frente de Zaragoza y de toda la Marca superior puso a un miembro de la rama tuchiví de los Banu Hashim, el árabe Mundhir Ibn Yahya, que le había sido adicto desde los primeros momentos y tomado parte activa en el bloqueo de Córdoba. Y, por último, el gobierno de las plazas africanas de Ceuta, Tánger y Arcila se lo concedió a los hermanos Alí y al-Qasim Ibn Hammud —Hammudíes—, dos jefes idrisies que habían formado asimismo entre sus primeros partidarios.

A finales de 1013 o principios de 1014, Ali Ibn Hammud, que pasaba por haber recogido el testamento de Hisham II y por haber sido designado por este para sucederle a su muerte, se proclamó independiente en Ceuta. Luego resolvió apoderarse de Córdoba con pretexto de liberar a Hisham II, al que muchos creían todavía en vida, y en la primavera de 1016 atravesó el Estrecho, desembarcó en Algeciras y se hizo entregar Málaga por el gobernador de la misma. En seguida se dirigió a Almuñécar, donde se le agregó el general Jayrán, jefe de los eslavos amiríes de Levante, con quien estaba de antemano puesto de acuerdo, y desde allí se dirigió contra Córdoba, ante la benévola neutralidad de los bereberes Sinhacha, los cuales habían sido, asimismo, previamente ganados por el Idrisí.

Sulaymán fue hecho prisionero sin gran trabajo en los alrededores de la capital, y Ali entró triunfalmente en Córdoba, sin más novedades, el día 1 de julio de 1016. Inmediatamente Ibn Hammud emplazó a al-Mustain para que le entregase a Hisham II vivo o muerto, y Sulaymán hizo desenterrar el cadáver de al-Mu'ayyad, se declaró culpable de regicidio y fue asesinado en el acto por el propio Ali. Y este se hizo proclamar califa al siguiente día, adjudicándose el título de al-Nasir Ii-din Allahel que combate victoriosamente por la religión de Allah.

OCAÑA JIMÉNEZ, Manuel, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. N-Z, págs. 713-715.