MUHAMMAD II AL-MAHDI (?-1010; 1009-1009 y 1010-1010 ) [Córdoba-ibíd.]. Undécimo soberano omeya de la España musulmana. Era bisnieto de Abd al-Rahmán III al-Nasir; más la nobleza de su estirpe no le evitó codearse con las clases bajas de Córdoba, entre las que llegó a hacerse sumamente popular, tanto por su bravura y audacia como por su desvergüenza y libertinaje. En 1006 perdió a su padre, Hisham Ibn 'Abd al-Chabbar, que fue asesinado por los esbirros de Abd al Malik al-Muzaffar cuando intentaba poner fin a la dictadura de este y suplantar en el trono al títere Hisham II al-Muayyad, y Muhammad se convirtió desde entonces en el pretendiente oficioso de los subyugados omeyas al solio de al-Andalus.

Dos años después, Abd al-Malik murió envenenado por instigación, al parecer, de su hermano paterno Abd al-Rahman Sanchuelo, que se arrogó el poder inmediatamente; pero la madre del difunto, la acaudalada al-Dhalfa, no se avino de buen grado a que el crimen quedase impune y, pasándose al bando de los omeyas, se comprometió con estos a ayudarles económicamente en sus aspiraciones, a condición de que fueran implacables con el presunto responsable de la muerte de su hijo si triunfaban. Las circunstancias se mostraron favorables desde el primer momento a los conjurados, pues Sanchuelo tomó pronto la determinación de llevar la guerra a la España cristiana y salió de Córdoba con el ejército regular, con lo que los omeyas pudieron preparar sin dificultad alguna un levantamiento armado de los cordobeses, poniendo simultáneamente en juego la popularidad de Muhammad y el dinero de la amirí, y elegir el momento más oportuno para lanzarlos a la conquista del poder, con el propio pretendiente a la cabeza.

Y en 15 de febrero de 1009, mientras Sanchuelo se disponía a entrar con sus huestes en territorio enemigo, Muhammad consiguió apoderarse astutamente de la almedina cordobesa y, al frente de una turba de sangradores, carniceros, silleros y otras gentes de vulgar condición, atacó el Alcázar, se adueñó de él, obligó a Hisham II a abdicar en favor suyo y se hizo proclamar califa bajo el título de al-Mahdi bi-llah, el bien guiado por Dios. Al siguiente día formó un cuerpo de tropas con todos aquellos cordobeses que se ofrecieron a servirle y dio el mando del mismo a un primo suyo, con la orden de que se apoderase de al-Madina al-Zahira, y la fastuosa residencia de los amiríes fue ocupada sin oposición, despojada de todo cuanto se había atesorado en ella de valor o utilidad y arrasada, finalmente, en virtud de nuevo mandato cursado por el flamante califa.

A principios de marzo llegaron a Córdoba los contingentes bereberes que componían el ejército de Sanchuelo y que habían desertado en masa en tanto retornaban a la capital, y al-Mahdi envió una tropa en busca del dictador, el cual fue detenido el día 4 de dicho mes junto al monasterio Armilatense, a una jornada de Córdoba por el camino de Toledo, y ajusticiado allí mismo en unión de un conde de los Beni Gómez de Carrión, que no quiso abandonarle en su desgracia, y luego se trasladaron los cadáveres de ambos a la capital, donde quedaron expuestos a los insultos del populacho. A partir de aquel instante Muhammad comenzó a ser considerado como el auténtico soberano de al-Andalus y a recibir las adhesiones de los gobernadores de los distritos, entre ellas la inestimable del eslavo Wadih, el todopoderoso comandante en jefe de la Marca media, quien, a pesar de ser uno de los más fieles servidores de los amiríes, no pudo por menos de felicitar a al-Mahdi por haber librado a los musulmanes españoles del execrable Sanchuelo, lo que le valió ser colmado de ricos presentes.

Tales adhesiones parecían indicar que el fortalecimiento del Califato sería pronto un hecho con tal de que el advenedizo soberano poseyera una pequeña dosis de sentido político; pero Muhammad estaba totalmente ayuno de dicho sentido y, con sus desatinadas medidas de gobierno y sus licenciosas costumbres, no tardó en enemistarse hasta con sus más fieles partidarios.

Así, y como quiera que menudeasen los altercados entre los cordobeses que había encuadrado en la guardia palatina y los bereberes, y no deseando malquistarse con estos últimos, optó por licenciar en un solo dia a unos 7.000 de los primeros, so pretexto de que la vuelta de los mismos a sus antiguos oficios beneficiaría al público; mas semejante excusa no sirvió sino para sembrar el descontento entre sus viejos prosélitos.

Días más tarde, no atreviéndose a dar la orden de asesinar a Hisham II —al que tenía secuestrado en una casa de la capital—, por temor a la consiguiente reacción de sus comunes parientes los omeyas, y ambicionando, por otro lado, asegurarse cuanto antes la permanencia en el poder, se le ocurrió introducir en el Alcázar el cadáver de un hombre que se asemejaba bastante al depuesto califa, y, tras de mostrarlo a algunos cortesanos para que testimoniasen ante el pueblo que Hisham acababa de morir de muerte natural, lo hizo enterrar con todos los honores en el panteón de los califas el 26 de abril de 1009; como es lógico, Muhammad no consiguió engañar a nadie con tan burda treta y se vio obligado a encarcelar a ciertos parientes suyos para cortar murmuraciones, por lo que fue objeto desde aquel instante del menosprecio de su propia familia. Y para colmo, dos o tres días después puso asimismo en prisión a algunos jefes africanos a quienes había insultado en un Consejo, con lo que se ganó también la enemiga de los bereberes.

Entonces, un primo suyo, hijo de uno de los omeyas encarcelados, se aprovechó de este ambiente de general hostilidad hacia al-Mahdi y se alzó en rebeldía, secundado por los berberiscos y por los cordobeses licenciados del ejército; pero, cuando todo hacía suponer el triunfo de los sublevados, a los bereberes se les ocurrió vengar un pasado desafuero de sus aliados circunstanciales y prendieron fuego al zoco cordobés de los silleros, produciendo con ello la reacción inmediata de los ex milicianos, los cuales les hicieron frente, lograron apoderarse del cabecilla omeya y le entregaron a Muhammad para que le ajusticiara.

A seguida, los bereberes fueron proscritos y, perseguidos por los cordobeses, huyeron hacia el sector del Guadalmellato en unión de algunos omeyas importantes. Allí, y con el fin de dar a su rebelión visos de movimiento legitimista, elevaron a la jefatura espiritual del partido a otro bisnieto de al-Násir, llamado Sulaymán Ibn al Hakam Ibn Sulaymán —Sulayman al-Mustain—, y en pos de él marcharon, primero, contra Calatrava, de la que se apoderaron; luego, contra Guadalajara, que se les rindió sin resistencia, y, por último, contra Medinaceli, ante la que fueron derrotados por el general Wadih.

Rehechos pronto de este tropiezo, concertaron una alianza militar bastante gravosa con el conde castellano Sancho García, y, unidos a las fuerzas de este, consiguieron infligir, cerca de Alcalá de Henares, un serio descalabro al jefe eslavo citado, que había bajado desde Medinaceli a atacarles, a fines de octubre de 1009. Seguidamente tomaron el camino de Córdoba y, tras de destrozar en las proximidades de Alcolea a algunos contingentes de milicianos cordobeses que le salieron al paso, entraron en la capital sin más dificultades, donde proclamaron califa a Sulaymán, el 9 de noviembre del año de referencia, y dieron un magnífico alojamiento a Sancho, en el que este permaneció algunos días antes de retornar a Castilla.

Al-Mahdi supo aprovechar los tres o cuatro días que mediaron entre la derrota de Alcolea y la entrada de los berberiscos en Córdoba, para procurarse un seguro escondrijo dentro de la misma capital, donde estuvo refugiado hasta que se le presentó ocasión de huir a Toledo, que le era todavía fiel, y en ella se alzó en armas contra Sulaymán y resistió con fortuna algunos ataques de este. Después, ya en mayo de 1010, y gracias a los buenos oficios de Wadih, consiguió de los condes Ramón Borrell III de Barcelona y Armengol de Urgel una ayuda militar que le permitió reunir bajo su mando a unos 40.000 hombres, y, al frente de ellos, se dirigió contra Córdoba, derrotó a Sulaymán, que trató de interponérsele en El Vacar con los bereberes, y entró triunfante en la capital el 25 del mes citado, donde se adueñó por segunda vez del trono de al-Andalus.

Días más tarde salió con sus aliados en persecución de las fuerzas de Sulaymán y, el 21 de junio, libró con ellas una batalla a orillas del Guadiaro, en el sector de Ronda, que le supuso un gran desastre y le obligó a volverse con toda rapidez a Córdoba para reorganizar sus efectivos; pero, una vez llegado a la capital, los catalanes, que habían tenido unos 3.000 muertos —entre ellos, los obispos de Gerona y Barcelona y el tesorero judío de Ramón Borrell— , se negaron a seguir prestándole su concurso y tomaron el camino de regreso a su país, por lo que Muhammad desistió de salir nuevamente contra los africanos y se resignó a esperar a que estos le atacaran.

Esta espera le dio ocasión de manifestarse ante Wadih como lo que era realmente, y el general, comprendiendo que nada podía aguardarse de un hombre tan falto de inteligencia como sobrado de vicios, acordó, con otros eslavos, asesinarlo y reponer en el trono a Hisham II. Y el 23 de julio de 1010 al Mahdi fue muerto por unos oficiales de Wadih en presencia del citado Hisham, el cual pasó seguidamente a ocupar el solio de al Andalus por vez segunda.

OCAÑA JIMÉNEZ, Manuel, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. F-M, págs. 1145-47.