Hisam III

HISAM III: ABUBAKR HISAM B. MUHAMMAD B. ‘ABD AL-MALIK B. ‘ABD AL-RAHMAN III AL-NASIR, AL-MU‘TADD BI-LLAH (El que confía en Dios). Córdoba o Madinat al-Zahra’, 364 H./975 – Comarca de Lérida en safar del año 428 H./24.XI a 22.XII.1036. Último califa de la dinastía omeya de Córdoba (noveno califa Omeya y decimoséptimo mandato califal). Su califato fue de cuatro años, seis meses y dos días.

Su padre fue Muhammad b. ‘Abd al-Malik, un personaje sin ningún relieve, nieto del califa Abd al-Rahman III. Su madre fue una umm walad, una esclava concubina llamada ‘Atib. Era el hermano mayor del malhadado califa Abd al-Rahman IV al-Murtadà, muerto en la aventura granadina contra los bereberes ziríes en 408/1018, y de la que el futuro califa Hisam III pudo escapar refugiándose en Alpuente, localidad del noroeste de Valencia, donde fue acogido por el señor árabe de la plaza ‘Abd Allah b. Qasim al-Fihri, partidario de los marwaníes.

Los notables y las gentes de Córdoba coincidieron en nombrar califa a Hisam b. Muhammad, reconociéndolo como soberano cuando estaba en la fortaleza de Alpuente, y pronunciaron la jutba (oración ritual del viernes) en su favor en la mezquita aljama cordobesa. Fue proclamado a fines del mes de rabi‘ II de 418/4. VI. de 1027 en Alpuente, adoptando el sobrenombre califal de al-Mu‘tadd bi-llah (El que confía en Dios). El nuevo califa, sin embargo, no manifestó prisa alguna por ir a Córdoba para tomar posesión del trono que se le ofrecía. Sólo al cabo de dos años se decidió ponerse en camino hacia la capital para aposentarse en el alcázar de sus antepasados. Llegó en du-l-hi’’a de 420/diciembre de 1029. Su entrada en Córdoba causó no poco desprecio por la pobreza que mostraba, según nos cuenta Ibn Hayyan, historiador contemporáneo de los hechos: “Iba sobre un caballo […] con modesto aderezo, cayéndosele una usada capa, hasta el punto de que bajo ella aparecían sus ropas raídas. Delante de él iban siete caballos de los clientes amiríes llevados del ronzal, que los llevaron con él para adorno, sin bandera ni lanza”.

Dotado de nulas capacidades para gobernar, el califa escogió como visir a un advenedizo llamado Hakam b. Sa‘id, conocido como al-Qazzaz (el Sedero) que se preocupó sobre todo de tener bien provista la mesa de su señor, al parecer muy aficionado a la comida, que “le atraía más incluso que las pasiones”, y en procurarle cantoras y músicos. Las fuentes nos hablan que si bien el visir apartó del mando a las personas de calidad, no dejó de tener cierta habilidad para sostenerse en el cargo, para lo cual se rodeó de gente del pueblo sin gran preparación, ayunos de toda competencia y muy afectos a su persona. Los notables de Córdoba intentaron acabar con el visir, pero al no poder hacerlo de manera solapada —puesto que el visir deshacía todos los complots urdidos contra él— soliviantaron finalmente al pueblo contra el correoso personaje. Mientras, dice Ibn Hayyan, el Sedero “mantuvo a Hisam III oculto al otro lado de la cortina (hi’ab) y lo dejó abandonado tras los velos (sitr), le puso la copa en su mano derecha y un muchacho en la otra… y le llegó de parte de Dios lo que le llegó”.

Las grandes familias de notables cordobeses prometieron a un joven omeya llamado Umayya b. ‘Abd al-Rahman b. Hisam b. Sulayman, descendiente de ‘Abd al-Rahman III, que si los libraba del visir y de su señor ocuparía su puesto. Una promesa esta que nunca se cumpliría, pues los notables habían decidido abolir el califato, y en adelante Córdoba y su alfoz serían administrados por un Consejo de Notables. El joven con más atrevimiento que inteligencia, se apostó con unos cuantos compañeros en un lugar por donde el visir solía pasar hacia palacio, y sin grandes esfuerzos lo asesinaron paseando su cabeza en una pica por los mercados y las calles de la ciudad.

Este asesinato acaecido el 12 de du-l-qa‘da de 422/30 de noviembre de 1031 fue la señal del saqueo del alcázar califal por parte del populacho. Con todo, Abu-l-Hazm b. Yahwar, que más tarde fundaría la dinastía taifal de Córdoba, pudo evitar el completo saqueo del alcázar, así como más derramamiento de sangre. Acto seguido se pregonó por los zocos y arrabales que no quedara en Córdoba omeya alguno, so pena de la vida.

El califa Hisam III pudo escapar a través del pasadizo abovedado que unía el alcázar con la mezquita aljama, por encima de la calle del puente, con sus mujeres e hijos, donde pasaron la noche esperando lo peor. Ibn Hayyan en su relato nos ofrece vivos detalles de esa espera. Abul-Hazm b. Yahwar y los demás notables decidieron por la mañana encarcelar al depuesto califa en el castillo de Ibn araf, sin molestarse siquiera en obtener del infeliz califa la firma de su deposición.

No debió estar preso mucho tiempo, pues se sabe que encontró asilo en Lérida, en la Marca Superior, junto a Sulayman b. Hud, y allí murió obscuramente en safar de 428/diciembre de 1036 a los sesenta y dos años. Como dice el gran historiador cordobés, los omeyas en adelante se sumieron en el vulgo hasta desaparecer.

Así acabó el poco glorioso califato del último dinasta de los omeyas de al-Andalus, dinastía otrora fundada por su lejano ancestro, el emprendedor Abd al-Rahman I.

MAÍLLO SALGADO, Felipe, «Hisam III», en Real Academia de la Historia, Diccionario Biográfico electrónico (en red, https://dbe.rah.es/biografias / 12050/hisam-iii)