Hisam II

Dinastía: Omeya

Antecesor: Al Hakam II

Sucesor: Muhammad II

Biografía

Dinar de 1006/7 del califa de Córdoba Hisham II.Dinar de 1006/7 del califa de Córdoba Hisham II.

HISHAM II AL-MU'AYYAD (965-1013? 976-1009 y 1010-1013) [Córdoba-ibídem]. Décimo monarca de la casa hispano-omeya y tercer califa de al-Andalus. Era hijo de al- Hakam II al-Mustansir bi-llah y de una cautiva de origen vascón apodada Subh o Cha'far, indistintamente. En 2 de abril del 976, al día siguiente de morir su padre, fue solemnemente entronizado en el Alcázar de Córdoba con el título honorífico de laqab de al-Mu'ayyad bi-llah, el que recibe la asistencia victoriosa de Allah; mas como solo contaba unos once años de edad a la sazón, quedó sujeto a un consejo de regencia. Este consejo lo constituyeron Abu-l-Hasan Cha'far Ibn Uthman al Mushafi, que hasta el día de antes había sido ministro de al- Hakam II, y Abu Amir Muhammad Ibn Abí ‘Amir al-Ma'afiri, el futuro Almanzor, que desempeñaba por entonces el cargo de inspector general de las tropas mercenarias de Córdoba. Y ambos se arrogaron la tutela política de Hisham, confabulados con la madre de este, la citada Subh, la cual era amante de Ibn Abí ‘Amir, protegido suyo, o estaba ya en trance de serlo. La primera preocupación que tuvieron estos principales e intrigantes personajes de aquellos días fue la de conocer como reaccionaban los habitantes de la capital ante tan descarada maniobra, y decidieron proceder sin pérdida de tiempo a la presentación oficial de Hisham al pueblo para saber a qué atenerse.

El día 8 de octubre, seis después de su entronización, el pequeño califa desfiló por las calles de Córdoba, vestido de ricas sedas y montado en un caballo enjaezado con gran magnificencia, en medio de un deslumbrador cortejo, y por todas partes recibió elocuentes muestras de afecto y simpatía, con lo que sus tutores se sintieron satisfechos y se determinaron a dar rienda suelta a sus ambiciones. Y aquel mismo día supieron los cordobeses que Hisham, en gracia a la solemnidad de la fecha, les eximía de un impuesto sumamente impopular que venía gravando el aceite, y confería, como no, el título de hachib, el más alto del Estado a Cha'far al-Mushafi, y el de visir a Ibn Abí ‘Amir, que quedaba como adjunto de Abu-l-Hasán para administrar el reino.

A partir de aquel instante, Abí ‘Amir empezó a poner en práctica un vasto plan de intrigas que había de llevarle en breve plazo a la conquista de la jefatura de al-Andalus, y así, en 29 de marzo del 978, consiguió que al-Mushafi fuera destituido y sometido a prisión, en tanto que él se quedaba para sí el título de hachib y las prerrogativas correspondientes del primer ministro. Entonces se acordó Abí ‘Amir de que el pequeño Hisham había llegado al trono con fama de poseer un buen caudal de inteligencia y excelentes disposiciones para el estudio, lo que hacía presumir que, al alcanzar la mayoría de edad, estaría en inmejorables condiciones para tomar las riendas del Poder y regir los destinos de al-Andalus con la misma autonomía e idéntica destreza que su padre o que su abuelo.

Y como semejante porvenir no era, precisamente, el que mejor se avenía con los ambiciosos planes del flamante hachib, este se propuso malograr la formación del diminuto califa sin provocar los recelos de la poderosa Subh y, a tal fin, intensificó el lujo y las comodidades alrededor de Hisham, le dio ocasión de iniciarse en todos los placeres sensuales y, por último, encomendó al tiempo la misión de trocar tales iniciaciones en hábitos y los hábitos en vicios. Y cuando Subh llegó a descubrir el terrible juego de Ibn Abí Amir, se encontró con que su hijo se había convertido en un jovenzuelo entontecido y esclavizado por todos los vicios, ayuno de carácter y de voluntad y sin el menor residuo de potencia viril que le permitiera asegurar la continuación de la dinastía.

Desde entonces, Hisham no fue otra cosa que un simple títere que había de moverse según se le antojaba al tramoyista de turno. Y Almanzor, Abd al-Malik al-Muzaffar y Abd al-Rahmán Sanchuelo, los tres dictadores al-'amiries, pudieron, sucesivamente, gobernar la España musulmana, con plena libertad de acción y de criterio, sin que ni una sola vez siquiera intentara el califa manumitirse de ellos. Luego, cuando Muhammad II al-Mahdí se alzó contra Sanchuelo y dio en tierra con el último al-'amirí, en febrero del 1009, Hisham hubo de abdicar en favor de Muhammad, y este lo instaló secretamente, y bajo fuerte vigilancia, en una casa de la capital con solo una concubina y dos sirvientas por toda compañía.

Un poco más tarde, en 26 de abril del mismo año, murió oficialmente el califa destronado, y su cadáver recibió sepultura en la Rawda del Alcázar de Córdoba; mas, por suerte para Hisham, que seguía viviendo en su secreto escondrijo, todo fue una burda estratagema política de su pariente, Muhammad II, que no se atrevía a decretar su asesinato. En 23 de julio de 1010, murió Muhammad en manos de los sicarios del eslavo Wadih y fue repuesto en el trono Hisham II, el cual recuperó al mismo tiempo su vieja condición de títere y pasó a depender, primeramente, del citado jefe eslavo, y luego, del cordobés Ibn Wada'a hasta que, en 9 de mayo de 1013, Sulayman al-Mustain se apoderó de Córdoba, tras de tenerla sitiada alrededor de treinta meses, y desposeyó de la soberanía al desgraciado hijo de al-Hakam II.

A partir de este momento, la figura del tercer califa español desaparece de la escena política de al-Andalus, y ningún cronista logra dar una versión convincente de como terminó Hisham sus días. Según unos, logró evadirse de prisión y escapar a Oriente, donde acabó sus días de modo oscuro; según otros, fue condenado a muerte por orden de al-Mustain, y, finalmente, no faltan historiadores que aseguren que Hisham fue estrangulado por orden y propia iniciativa de Muhammad Ibn Sulaymán, un hijo de al-Mustain, en 18 de mayo de 1013, y que, para ocultar el crimen se hizo correr la noticia de que se le había facilitado la fuga y había marchado a Almería, en donde vivió cierto tiempo ejerciendo el mísero oficio de aguador antes de morir.

Ninguna de estas noticias puede ser comprobada al presente, y lo único que se evidencia por el momento es que no pocos años después de haber muerto Hisham, se siguió invocando su nombre en los alminares de muchas mezquitas de al-Andalus, lo que demuestra, cuando menos, que, si de verdad fue asesinado, la noticia no se difundió. Y, desde luego, se tiene la certeza de que el hombre a quien el juez sevillano Muhammad ben Isma'il elevó al califato no pocos años más tarde, el célebre Jalaf, el estetero de Calatrava, no era más que un fantoche exhibido por conveniencias políticas.

OCAÑA JIMÉNEZ, Manuel, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. F-M, págs. 365-366.