Hisam II

HISAM II. AL-MU’AYYAD: ABU L-WALID HISAM B. AL-HAKAM B. ‘ABD AL-RAHMAN B. MUHAMMAD B. ‘ABD ALLAH B. MUHAMMAD B. ‘ABD AL-RAHMAN B. AL-HAKAM B. HISAM B. ‘ABD AL-RAHMAN AL-DAJIL. Córdoba, 11.VI.965 – 1013. Tercer califa omeya de Córdoba.

Hijo del califa al-Hakam II y de la esclava vasca Subh. Físicamente era de piel clara, ojos azules, pupilas grandes y negras, rubio, barbilampiño, rechoncho, de mirada penetrante y nariz aguileña.

Al-Hakam II no había tenido más que dos hijos ya a edad avanzada, uno de los cuales, ‘Abd al-Rahman, murió siendo niño. A su muerte, el otro hermano, Hisam, fue proclamado heredero en vida de su padre. Sin embargo, al fallecer el califa, el príncipe, que entonces contaba poco más de diez años de edad, tuvo que superar varios obstáculos antes de acceder al Trono. Para ello fue fundamental el apoyo de Ibn Abi ‘Amir, el futuro Almanzor, que unos años antes había llegado a la Corte, donde fue nombrado administrador de los bienes del príncipe ‘Abd al-Rahman y de su madre Subh, convirtiéndose desde entonces en protegido y —según se decía— amante de ésta. Allí fue escalando puestos desde director de la Ceca hasta administrador de los bienes del príncipe heredero Hisam, pasando por administrador de los bienes sin herederos y el cadiazgo de Sevilla y Niebla.

La minoría de edad del príncipe Hisam planteó no pocos problemas de índole política y jurídica. Al morir al-Hakam, se ocultó la noticia al pueblo, mientras la Corte buscaba un sucesor. Los altos funcionarios eslavos que estaban junto a al-Hakam cuando murió, los fatàs Fa,iq y Yawdar, antes de comunicar su fallecimiento a nadie, decidieron poner en el trono al hermano menor del califa, al-Mugira, joven de veintisiete años, con la condición de que nombrase heredero a Hisam. De esta forma se aseguraban el favor del que sería el nuevo califa y evitaban que heredara un menor, solución que creían fácilmente aceptable por el pueblo. Llamaron al visir al-Mushafi, sin cuya aprobación no podrían llevar a cabo su plan. Éste acudió a palacio y fingió estar de acuerdo con ellos, pero no tardó en convocar a los altos dignatarios de la Corte, que, pensando sobre todo en conservar sus privilegios, tomaron la decisión de proclamar al príncipe Hisam, a quien poco antes todos habían prestado juramento, y de eliminar a al-Mugira, que, ajeno a todo, vivía retirado en una casa de Córdoba. De ello se encargó voluntariamente Ibn Abi ‘Amir y de poco sirvieron las protestas de fidelidad del joven príncipe ante la dureza de al-Mushafi, que fue quien finalmente decidió su suerte.

Aparte de esta conspiración, resuelta de forma brutal, Hisam se encontró con la objeción del cadí Ibn al-Salim, que durante los funerales por al-Hakam no se contuvo al ver que su hijo comenzaba las oraciones, manifestando la invalidez de la plegaria pronunciada por un menor y poniéndose él mismo al frente de la oración.

Finalmente la ceremonia solemne de entronización como califa de Hisam II tuvo lugar el día 1 de octubre de 976, aunque también se dice que el 2 o el 3. La toma de juramento duró varios días y el encargado de recibir los testimonios de fidelidad del pueblo fue Almanzor, mientras el cadí Ibn al-Salim tomaba el juramento de los familiares del califa y altos dignatarios. El nuevo califa fue proclamado con el título de “al-Mu’ayyad bi-llah” (el que recibe la asistencia victoriosa de Dios). Sobre la inscripción de su sello no se ponen de acuerdo las fuentes, pues mientras unas aseguran que era “Hisam, hijo de al-Hakam, busca refugio en Dios”, otro autor lo cambia por “Hisam está satisfecho con la decisión de Dios”, común a los califas andalusíes.

Hisam delegó el poder en Almanzor, nombrado visir, y en al-Mushafi, que accedió al cargo de hayib o chambelán, la máxima dignidad del estado. La primera misión de ambos fue despojar a los fatàs de su poder. Para ello Almanzor se atrajo a la guardia eslava y también a los oficiales beréberes de los Banu Birzal, logrando de esta manera una guardia propia. Pronto consiguieron que Yawdar renunciara y Fa,iq fue desterrado a las Baleares. Desde ese momento el control del alcázar pasó a manos de al-Mushafi.

A fin de fortificar las fronteras, el 24 de febrero de 977 Almanzor emprendió su primera campaña militar, que aparte del éxito militar, supuso un triunfo personal, pues se ganó la fidelidad de los oficiales.

A partir de entonces el siguiente objetivo de Almanzor fue deshacerse de su aliado al-Mushafi y llevar él solo las riendas del Estado, objetivo que cumplió hasta el punto de que apenas si puede hablarse de reinado de Hisam, bajo el dominio absoluto del caudillo ‘amirí. Para ello provocó el descontento en el alcázar contra este beréber que, aparte de proclamarse hayib, había otorgado cargos a sus hijos y hermanos. Al mismo tiempo hacía campaña a favor del general Galib, cliente (mawlà) de los omeyas, que controlaba la Marca Superior, con objeto de atraerlo a su bando y de ganarse la simpatía de la aristocracia árabe. Participó con él en la campaña de Mola en 977 y tras el éxito volvió a Córdoba y se proclamó zalmedina, cargo que hasta entonces ocupaba un hijo de al-Mushafi, sin advertir previamente a su hasta entonces aliado. Éste, viendo el peligro ceñirse sobre él, pidió a Galib la mano de su hija Asma, para uno de sus hijos. Pero Ibn Abi ‘Amir convenció a Galib para que deshiciera el contrato y le concediera su hija a él mismo. La boda se celebró con gran fasto en Córdoba en 978.

El mismo año 977 al-Mushafi fue destituido y encarcelado junto a sus hijos y a su sobrino y les fueron confiscados sus bienes. Al final murió en prisión en 983, no se sabe si envenenado o estrangulado. Como es de suponer, a partir de entonces el título de hayib pasó directamente a Ibn Abi ‘Amir. Además, tras otra campaña en compañía de Galib, el califa le otorgó como regalo de boda el título de du l-wizaratayn (doblemente visir), que sólo poseía su suegro.

El joven califa tuvo que superar un escollo más para mantenerse en el trono: una nueva conspiración en 979, por parte de ‘Abd al-Malik b. al-Mundir, que ocupaba el cargo de juez de apelación, y otros seguidores, para derrocarlo y proclamar a ‘Abd al-Rahman b. ‘Ubayd Allah, nieto de Abd al-Rahman III. La conjura acabó con la muerte por crucifixión del pretendiente en la Puerta de la Azuda el 18 de enero de 979.

El intento de Almanzor de hacerse con el poder absoluto culminó con la construcción de una ciudad administrativa, al-Madinat al-Zahira (la ciudad brillante), cuyas obras comenzaron en 979 y donde se instaló definitivamente en 981. Esto supuso la ruptura con el califa, al que dejó de rendir cuentas, ostentando todas sus funciones. Sin embargo el joven Hisam siguió conservando el título de califa, sin que el soberano de facto, demostrando su habilidad política, pretendiera desposeerlo de él. Fue en esta época cuando Ibn Abi ‘Amir, a imitación de los califas adoptó el sobrenombre honorífico de al-Mansur bi-llah o Almanzor (el victorioso por Allah), que a partir de entonces se pronunció en todas las mezquitas tras el del califa. Poco después los escritos oficiales comenzaron a llevar el sello del chambelán, en lugar del de Hisam, que a partir de entonces fue apodado waw ‘Amr, algo así como “el cero a la izquierda”.

El alcázar de Córdoba, residencia del califa, fue rodeado de un muro con doble foso y se impidió el acceso a Hisam y a su gineceo a todo el mundo sin autorización.

Galib, que era cliente (mawlà) de los omeyas, es probable que se opusiera a esta nueva afrenta al califa legítimo y le reprochara a su yerno la usurpación califal. El enfrentamiento que se produjo entre ambos terminaría con la muerte del general a manos de Almanzor, quien, no satisfecho con su hazaña, envió su cabeza a su hija Asma, la cual no tuvo más remedio que aceptar el golpe. Sucedió esto en el año 981.

Hubo un intento de recuperar el poder del califa, promovido por su madre Subh. Enterado Almanzor de que ésta pretendía tener acceso al oro depositado en el Alcázar, reunió un consejo de gobierno que se lo prohibiese y trasladó todo el oro a las arcas del Tesoro público. También organizó un cortejo para mostrar a Hisam, junto al cual recorrió la capital y le hizo firmar un acta confirmándolo en su cargo de administrador único del reino.

No se puede resumir ni valorar el reinado de Hisam II sin hablar de los logros de su hayib, Almanzor. Una de las principales medidas tomadas por éste fue la reforma militar que llevó a cabo sustituyendo a las tropas andalusíes por militares beréberes norteafricanos y mercenarios del Magrib, que tendrían mucho que ver unos años más tarde en la caída y desintegración del califato cordobés.

Con ellos emprendió numerosas campañas contra los reinos cristianos del norte, llegando hasta Santiago o Barcelona. Llevó a cabo al menos cincuenta y seis algazúas, coronadas por otros tantos éxitos. Estas victorias no se tradujeron en conquistas territoriales que supusieran una ampliación de los límites andalusíes, pero contuvieron a los cristianos y proporcionaron unos años de paz a al-Andalus. Sí se capturaron esclavos y se obtuvieron riquezas como botín, importantes para compensar el gasto que la política norteafricana causaba a las arcas del Estado.

Porque Almanzor continuó la política de los anteriores califas en África y completó la penetración omeya en estas tierras. Estableció en Ceuta una guarnición andalusí y se buscó la adhesión de los Zanatas. En alianza con ellos luchó contra los Bargawatas, contra los Ziríes de Bulukkin y contra los Magrawas. Conquistó Siyilmasa, logrando que en las plegarias se nombrara al califa andalusí Hisam II. Hubo muchas rebeliones que sofocar y las alianzas con unos y otros cambiaron según las necesidades, a fin de contener la influencia fatimí. Envió como gobernador a su hijo Abd al-Malik, que logró conquistar Fez en octubre de 988. Importante fue también la labor de Wadih como gobernador de las provincias africanas y de su aliado Ziri ibn ‘Atiyya, que conquistó Tiaret, Tremecén, Masila y otras ciudades, en las que se reconoció la soberanía del califa andalusí.

Frente al retrato de un califa débil y afeminado, las fuentes nos ofrecen una figura de Almanzor totalmente glorificada: aparece como hombre fuerte que combate al enemigo, defiende las fronteras y al mismo tiempo consigue seguridad y paz en las ciudades; se erige en referente moral que defiende la ortodoxia islámica cuando quema los libros ilícitos de la famosa biblioteca de al-Hakam II, o cuando socorre a los afectados por el hambre del 990. La moderna historiografía advierte en esta exaltación de la figura de Almanzor una intencionalidad política que pretende justificar la usurpación de poder.

Almanzor murió en 1002, parece ser que en Medinaceli, al regreso de una campaña en la que alcanzó el Monasterio de San Millán de la Cogolla, y fue enterrado en el patio del Alcázar.

La muerte de Almanzor supone el inicio de la decadencia del califato. Durante unos años, de 1002-1008, su hijo ‘Abd al-Malik al-Muzaffar, confirmado como chambelán (hayib) por el califa Hisam II, seguirá la política de su padre, continuará su labor en el terreno militar y sabrá mantener a raya a los reinos cristianos. Muere pronto (20 de octubre 1008) de una enfermedad del pecho, aunque se dice que tal vez Abd al-Rahman Sanchuelo, su hermano menor, lo envenenó. Sanchuelo se hará con el poder, todavía como regente de Hisam, durante unos meses tras los cuales tendrá lugar la fitna o revuelta que acabará con el califato de Córdoba. Este Sanchuelo se alejó de la política de su padre y de su hermano al-Muzaffar, que tan buen resultado había dado a los ‘Amiríes y al estado andalusí. Confraternizó con el califa basándose en un supuesto parentesco por ser ambos hijos de vasconas y se dedicó a continuos festejos en su compañía. Su falta de talento político se manifestó cuando se atrevió a hacerse designar sucesor de Hisam II, en 1008. Éste sería el detonante de la rebelión de los omeyas que, encabezados por un nieto de ‘Abd al-Rahman III, Muhammad b. ‘Abd al-Yabbar al-Mahdi, darán un golpe de estado. El reinado de al-Mahdi durará poco, nueve meses, pues pronto los beréberes pondrán en su lugar a otro bisnieto de ‘Abd al-Rahman III, Sulayman b. al Hakam, proclamado con el título de al-Musta’in. Fue ésta una época de continuas luchas entre los partidarios de al-Mahdi y los beréberes de Sulayman, en la que ambos contendientes se alternaron en el califato.

Sucesión de gobernantes durante la fitna: Hisam II al-Mu’Ayyad (1 octubre de 976 – 1009); Muhammad al-Mahdi (14 de enero de 1009 – 6 de noviembre de 1009); Sulayman al-Musta’in (8 de noviembre de 1009 – 29 de mayo de 1010); Muhammad al-Mahdi (29 de mayo de 1010 – 23 de julio de 1010); Hisam II al-Mu’ayyad (23 de julio de 1010 –1013); Sulayman al-Musta’in (1013–1016).

Muerto al-Mahdi por mano de su hayib, el fatà Wadih, todavía Hisam II recuperó el poder durante unos años, hasta que finalmente fue destituido por Sulayman al-Musta’in y no se volvió a tener noticia de él. Sobre su muerte no se ponen de acuerdo las fuentes. La Descripción anónima dice que murió durante el saqueo de Córdoba por las tropas de al-Musta’in. Se atribuye al hijo de éste, Muhammad, su estrangulamiento, pero también se asegura que lo mató un hijo de al-Mahdi llamado ‘Ubayd Allah. Fue el último califa que reinó en todo al-Andalus.

ÁVILA NAVARRO, María Luisa, «Hisam II», en Real Academia de la Historia, Diccionario Biográfico electrónico (en red, https://dbe.rah.es/biografias / 12047/hisam-ii)