El Califa al Hakam II

Datos biográficos

Califa omeya de Córdoba: 961-976
Nacimiento: 915
Fallecimiento: 976
Predecesor: Abderramán III
Sucesor: Hisam II

Biografía

Al-Hakam II, al-Mustansir Bi-llah (915 976; 961-976) [Córdoba-ibidem]. Noveno soberano de la dinastía hispano omeya y segundo califa de la España musulmana. Su padre fue Abd al-Rahmán III al-Nasir li-Din Allah, al cual sucedió en el trono, y su madre, una concubina, apellidada Murchana, de la que no se sabe gran cosa.

Recibió la investidura de príncipe heredero cuando era aún de corta edad; mas la longevidad de su progenitor dilató sobremanera su advenimiento y le permitió prepararse concienzudamente para el ejercicio del Poder y adquirir una directa y larga experiencia en los asuntos del reino, la cual no pasó desapercibida de Abd al-Rahmán, que pidió al príncipe su opinión personal en algunas ocasiones sobre la oportunidad de ciertas decisiones gubernamentales y terminó por asociarlo a la dirección de los asuntos públicos.

Por fin, acaeció el óbito de al-Nasir en 16 de octubre de 961, y al Hakam, ya en plena madurez de edad y conocimientos, fue proclamado califa y subió al trono con el título honorífico de al-Mustansir bi-llah, el que busca la ayuda victoriosa de Allah. Desde los primeros instantes, no le fue nada difícil continuar la política de su padre, tanto en al-Andalus como en el Magrib occidental, porque la misma no tenía secreto alguno para él, ni ceñirse al severo protocolo instituido por su antecesor y al que ya estaba acostumbrado totalmente.

Y en esta línea de conducta se mantuvo durante los quince años que duró su reinado, el cual vino a ser, de esta suerte, una feliz prolongación del de Abd al-Rahmán III y uno de los más pacíficos y fecundos de los omeyas españoles, pues al-Hakam no se limitó a recoger y atesorar los cuantiosos frutos de toda índole que el atinado gobierno de su padre le había de proporcionar, sino que, guiado por la afición que demostró toda su vida por las letras, las ciencias y las artes, empleó buena parte de los recursos del Estado en elevar el nivel cultural de sus súbditos y en hacer de Córdoba, metrópoli entonces de las actividades espirituales del reino, el centro del saber occidental y la más culta ciudad de Europa, sin exceptuar Roma.

Relaciones con los reinos cristianos

Una de las primeras cuestiones que afrontó al-Hakam al hacerse cargo del Poder fue la concerniente a las relaciones entre Córdoba y los reinos cristianos de la Península. Estas relaciones eran, a la sazón, algo tirantes a consecuencia de que ni Sancho I de León ni García Sánchez I de Navarra se daban prisa por cumplir los tratados que habían concertado un año antes con Abd al-Rahmán III para procurarse la ayuda militar de este en las luchas que sostuvieron contra Ordoño IV y el conde Fernán González y de las que salieron victoriosos gracias, precisamente, al concurso de al-Nasir.

Por tales tratados, Sancho venía obligado a la entrega de diez plazas fuertes de la frontera a los musulmanes, y García, a enviar a Córdoba al conde castellano, que retenía prisionero desde 960. Al-Hakam hizo las oportunas reclamaciones y amenazó a los reyes cristianos, romper el pacto de amistad que los unía si no cambiaban de parecer; mas ni el leonés ni el navarro, que conocían el carácter pacífico del nuevo califa, tomaron en consideración tal amenaza y se mantuvieron en su actitud.

A poco, García concedió la libertad al conde castellano, y este marchó a Burgos, se apoderó de su yerno, Ordoño IV, le expulsó hacia al-Andalus y se dedicó, por último, a hacer correrías con sus huestes por el territorio musulmán. Ordoño, entre tanto, había llegado a Medinaceli y demandado permiso al comandante omeya de la plaza, el general Galib, para trasladarse a Córdoba con el fin de implorar el auxilio del califa. Y, días más tarde, el ex monarca leonés y Galib tomaron el camino de la capital, por indicación expresa de al-Hakam, para ser recibidos por este.

A Córdoba llegaron el 8 de abril de 962, y Ordoño fue alojado en el fastuoso palacio de al-Na'ura, junto con veinte señores que le acompañaban, y se le dispensó un trato de verdadera excepción. Y el califa le concedió, dos días después, una audiencia deslumbradora en Madinat al-Zahra y le prometió que el ejército omeya le ayudaría a recobrar su trono si él se comprometía, por su parte, a mantener relaciones pacíficas con Córdoba, a no aliarse con Fernán González contra los musulmanes y a no tomar resolución alguna de importancia sin pedir antes opinión a una especie de consejo de tutela que estaría integrado por el juez mozárabe de Córdoba, Walid; el obispo de la misma, Asbag ben Abd Allah ben Nabil, y el metropolitano de Sevilla, Ubayd Allah ben Qasim.

La noticia de tal acuerdo llegó pronto a oídos de Sancho I, y este se apresuró a enviar a Córdoba una embajada, que se encargó de testimoniar al califa que el rey leonés le reconocía como soberano y que estaba dispuesto a cumplir escrupulosamente las cláusulas del tratado que había firmado con al-Nasir.

Al-Hakam, ganado por la idea de una paz perdurable, anuló seguidamente el convenio concertado con Ordoño, y, desde entonces, nadie se volvió a ocupar del rey exiliado, que terminó, al parecer, sus días en Córdoba, antes de finalizar el año 962, y en la más completa oscuridad. Al enterarse Sancho que la causa principal de sus temores, Ordoño IV, había desaparecido, se retractó de sus promesas y ajustó una alianza con el conde de Castilla, el rey de Navarra y los condes de Barcelona, Borrell y Miró, por lo cual el califa se vio forzado, muy a pesar suyo, a declararle la guerra.

Al-Hakam en persona dirigió, en el verano del 963, la primera campaña contra los aliados cristianos, y en el curso de la misma se apoderó de la plaza fuerte de San Esteban de Gormaz, sobre el Duero, y obligó a Fernán González a pedir una paz, que pronto fue rota por el castellano, por lo que las tropas musulmanas le atacaron de nuevo y le arrebataron la plaza de Atienza.

Al mismo tiempo, el gobernador de Zaragoza, Yahya ben Muhammad al-Tuchibí, atacó a García Sánchez I en sus propios dominios y le derrotó. Luego, los generales omeyas Galib y Sa'id ganaron al vascón la fortaleza de Calahorra, donde se dio asiento a una nutrida guarnición musulmana. Y, por último, el califa ordenó la construcción del castillo de Gormaz, algo más arriba de San Esteban, y estableció en él tropas permanentes, que vinieron a dar mayores seguridades a la línea fronteriza de al-Andalus por este sector.

En 965 ó 966, Sancho I murió envenenado y le sucedió su hijo Ramiro III, de tres años de edad, bajo la tutela de Elvira, hermana del difunto; mas los principales señores leoneses del momento no se mostraron conformes con esta regencia y, tras de romper con su pequeño soberano, se dieron prisa por declararse vasallos de Córdoba.

En 970 murieron Fernán González y García Sánchez I, y sus sucesores respectivos, Garci Fernández y Sancho Abarca, se apresuraron también a rendir pleitesía al califa cordobés, con lo que la paz se enseñoreó de la Península, y por la capital de al-Andalus desfilaron cada año no pocas embajadas enviadas por los príncipes cristianos, que prestaban periódicamente homenaje a al-Hakam II.

Esta época de sosiego tuvo su fin, sin embargo, en el verano del 974, por efectos de un cambio brusco de actitud del conde Garci Fernández, el cual atacó inesperadamente la plaza fuerte de Deza, en la actual provincia de Soria, aprovechándose de que Galib, el temido comandante omeya de la frontera media, se encontraba, a la sazón, en el Magrib. Al verano siguiente el castellano puso cerco a la fortaleza de Gormaz, asistido por fuertes contingentes gallegos y vascones que habían hecho causa común con él.

Entonces el general Galib, que había sido devuelto poco antes a su plaza de Medinaceli, salió de la misma en auxilio de los sitiados, y otro tanto hicieron los gobernadores musulmanes de Zaragoza y de Lérida: ganaron primeramente Barahona; luego, Berlanga, y el 28 de junio sostuvieron, ante los muros de Gormaz, un duro encuentro con los cristianos, que resultó desastroso para estos. A continuación, Galib invadió la tierras castellanas e infligió un nuevo descalabro a Garci Fernández, en Langa, mientras el gobernador de Zaragoza perseguía a las tropas vasconas y las derrotaba en Estercuel, un lugar próximo a Tudela.

Este duro castigo sirvió para aplacar un tanto el espíritu belicista de los señores cristianos; y el año siguiente, último del reinado de al-Hakam, transcurrió absolutamente tranquilo, pues ya no se registró actividad guerrera alguna entre los cristianos y musulmanes hasta los días del califa Hisham II al Muayyad.

Los piratas daneses

Otra cuestión a la que tuvo que hacer frente al-Hakam II la planteó, el año 966. la aparición, en aguas del Atlántico, de una nutrida flota de piratas daneses, a los que Ricardo I, duque de Normandía y nieto de Rollon, había encaminado hacia España con el fin de desembarazarse de la insoportable presencia de los mismos.

Los daneses, a bordo de 28 navíos, irrumpieron en el litoral de la comarca de Qasr Abi Danis, hoy Alcácer do Sal, al sur de Portugal, y luego invadieron los llanos de Lisboa, en los cuales tuvieron un sangriento encuentro con las tropas musulmanas; mas la escuadra omeya del océano, que había sido movilizada con toda rapidez contra los intrusos, logró alcanzar a los barcos piratas en la desembocadura del río Silves, destruyó a muchos de ellos y rescató a los cautivos musulmanes que en ellos se transportaban, tras de lo cual se reintegró a la base marítima, Sevilla, de donde había salido.

Cinco años más tarde, en 971, las naves danesas fueron vistas otra vez a lo largo de las costas españolas, y al-Hakam dio orden a la escuadra del Mediterráneo de reunirse en Sevilla con la del Atlántico, en previsión de cualquier contingencia; pero los piratas retornaron a sus tierras sin intentar, a lo que parece, nuevos desembarcos. Y las poblaciones marítimas de al-Andalus volvieron a la tranquilidad sin más contratiempos.

Conflictos en África

Por último, los asuntos de África constituyeron otra cuestión a la que al-Hakam tuyo que dedicar también buena parte de su tiempo, tanto por la trascendental importancia que la misma encerraba, como por respetar, en absoluto, la línea de conducta que había seguido su padre y antecesor.

Al ocupar al Hakam el trono de la España musulmana, Norte-África presentaba un panorama poco prometedor para Córdoba, pues el prestigio de los omeyas se había rebajado bastante allende el estrecho, a consecuencia de las campañas que el general fatimí Chawhar había desarrollado con pleno éxito en el Magrib, con miras a debilitar el poderío de los zanata; los bereberes, que se venían sintiendo atraídos por la órbita cordobesa, tal vez porque los sinhacha, sus enemigos seculares, estaban entregados en cuerpo y alma a la causa shi'i.

Ceuta y Tánger, las dos plazas más importantes de la costa africana en el Estrecho, permanecían aún bajo la soberanía omeya; mas la segunda estaba aprestándose a romper las ligaduras que la unían a Córdoba. y no transcurrió mucho tiempo sin que fuera esta ruptura una realidad, ya que los tangerinos, en fecha un poco posterior al advenimiento de al-Hakam, consiguieron expulsar de su ciudad a la guarnición española que la ocupaba desde 951.

Esta pérdida, no pesó, sin embargo, gran cosa en el ánimo del segundo califa cordobés, y, aprovechándose de que Chawhar se hallaba empeñado a la sazón en la conquista de Egipto, proporcionó importantes subsidios a Muhammad ben al Jayr, el jefe zanata del momento, para que pusiera en pie de guerra un ejército poderoso y atacase los dominios de los vasallos fatimíes.

Por su parte, el califa fatimí al-Mu'iz consiguió que el jefe de los sinhacha, Ziri ben Manad al-Talgatí, se aprestara a poner freno a los desmanes de Muhammad y enviase a su hijo, Abu-l-Futuh Buluggin, contra los zanata. Y a mediados de febrero de 971, Abu-l-Futuh logró una victoria tan aplastante sobre el jefe zanata, que este se vio forzado a darse muerte con su propia espada para no caer en manos de su enemigo.

La decepción que produjo en al-Hakam el descalabro de sus vasallos del Magrib fue inmensa, mas no duradera, pues un inesperado acontecimiento hizo cambiar de súbito el cariz de la cuestión: un oficial fatimí de origen español, Ibn al-Andalusi, celoso de la ascendencia cada vez mayor que tenía Zirí sobre al-Mu'izz, rechazó la soberanía de este, hizo causa común con los zanata y se incorporó a los omeyas españoles y en julio del 971, Zirí y una buena parte de sus sinhachas sucumbieron a manos de Ibn al-Andalusí, que envió a al-Hakam los trofeos de tan sonada victoria y, entre ellos, la cabeza del jefe sinhacha.

Poco después, el ex oficial de al-Mu'iz se fue a residir a Córdoba, y el califa fatimí aprovechó la ausencia de este caudillo para lanzar, por segunda vez, a los sinhacha contra les zanata, los cuales fueron exterminados a millares, por lo que la influencia cordobesa sufrió un nuevo eclipse. Entre tanto, el general Chawhar habla conquistado, en 969, la plaza egipcia de Fustat y levantado, junto a ella, la ciudad de El Cairo (al-Qahira = la Triunfadora, a la que el califa al-Mu'iz decidió trasladarse con toda su corte, a fines del 971.

Desde aquel instante, la Berbería oriental quedó convertida en una simple provincia del imperio shi'i, gobernada por el sinhacha Abu-l-Futut Buluggin en nombre de los fatimíes. Y estos empezaron a desentenderse del Magreb, que quedó prácticamente a merced de la acción de los omeyas.

Entonces, un príncipe idrisí, al-Hasán ben Gannún, señor de Arcila, de al-Basr y de Hachar al-Nasar, que abrigaba desde tiempo la idea de liberarse toda tutela política y había ampliado sus dominios por la llanura marroquí del Garb y por las montañas situadas al norte del valle del río Lucus, y ejercía mando efectivo sobre Tetuán y Tánger, comenzó a dar muestras que estaba firmemente decidido a disputar a Córdoba el predominio de las tierras magrebíes y a devolver su perdido brillo a los blasones de su familia. Y como al-Hakam, por su parte, no estaba dispuesto a dejar perder la magnífica ocasión que le había deparado la retirada fatimí para rehabilitar el prestigio de los omeyas entre los marroquíes, la intervención armada de Córdoba en los asuntos africanos no se hizo esperar por mucho tiempo.

En efecto, en agosto del 972, el almirante de la flota omeya del Mediterráneo, Ibn al-Rumahis, reconquistó Tánger, mientras que el general Muhammad ben Qasim ben Tumlus, que había pasado a Ceuta al frente de algunos contingentes regulares, dispersaba a las fuerzas del idrisí en el camino de esta ciudad a Tetuán y, tras de avanzar hacia la costa atlántica, lograba entrar en Arcila; pero, unos meses después, a finales del 972, al Hasán reaccionó y dio muerte a Ibn Tumlus y a más de millar y medio de soldados españoles en el curso de una batalla que se desarrolló en Mahrán, una localidad no identificada todavía del Fahs de Tánger.

Para vengar este desastre, pasó a África inmediatamente el general Galib, que consiguió cercar, de momento, al príncipe idrisí en Hachar al Nasr; luego, le llegó una fuerte remesa de oro con la cual se ganó a los señores de la comarca que eran satélites de al-Hasán; a continuación, en octubre del 973, recibió los refuerzos de un ejército reclutado en la Marca superior y mandado por Yahya ben Muhammad al-Tuchibí, el gobernador de Zaragoza, y, por último, en marzo del 974, obligó a capitular a Ibn Gannún.

Este y sus familiares pasaron a Córdoba con Galib para prestar homenaje al califa, y al-Hakam dio una fiesta en al-Zara en honor de los idrisíes y dispuso que fueran después instalados en la capital como grandes señores y se le señalasen pensiones para que vivieran con lujo y holgura. A Galib le confirió un título similar al de mariscal y le volvió a enviar a su puesto de mando de Medinaceli. Y a Yahya al-Tuchibí le dio el mando de las tropas omeyas de ocupación en Marruecos.

A finales del 975, se repatriaron estas tropas por lo costoso que resultaba sostenerlas allende el Estrecho, y se sustituyeron por otras reclutadas en el mismo Magrib y que se pusieron bajo el mando de Ibn al-Andalusí, el antiguo oficial de los fatimíes, y de su hermano Yahya. Y, finalmente, a Ibn Gannún hubo que hacerle salir de al-Andalus rumbo a Oriente, en unión de sus familiares, porque su estancia en Córdoba comenzó a hacerse algo molesta para al-Hakam, además de no poco gravosa.

Organización socio-cultural

La semblanza física que hacen de al-Hakam sus biógrafos es como sigue: cabello rubio rojizo, ojos grandes y negros, nariz aguileña, mandíbulas bastante salientes, tronco fornido, piernas cortas, brazos demasiado largos y voz fuerte. Fue virtuoso, instruido y liberal, y su inquietud por la cultura le indujo a reunir tal colección de libros sobre las diferentes ramas del saber, que su biblioteca, a decir de los bibliófilos posteriores que la recordaban, llegó a ser una verdadera maravilla, de cuya posesión soberano alguno de la tierra ha podido vanagloriarse antes ni después de él. Los libros los pagaba a altos precios, por lo que no le fue difícil conseguir que llegaran a sus manos obras preciosas de todos los países.

Su ejemplar devoción unida a un exceso de ingenuidad, le hicieron concebir el quimérico proyecto de prohibir el uso del vino en sus Estados, y de arrancar de ellos todas las viñas; pero hubo de abandonar tal propósito cuando le evidenciaron que se hacían también bebidas espirituosas de los higos y de otros frutos. Emprendió en la capital no pocas obras destinadas a embellecerla y a darle carácter de auténtica metrópoli de la España musulmana. Y amplió la Mezquita de Córdoba con tanta esplendidez y arte que, desde entonces y por propio derecho, el nombre de al-Hakam II quedó íntimamente unido al del monumento y prevalecerá así, en tanto reste una huella de la que fue gran aljama del occidente islámico.

Los últimos días de su vida transcurrieron para al-Hakam bajo el sufrimiento de un ataque de hemiplejía que le impidió toda actividad. En 5 de febrero del 976, decidió hacer que se prestara juramento de fidelidad, en calidad de heredero presunto del trono de al-Andalus, a su hijo único, el príncipe Hisam. Y el 1 de octubre del mismo año murió el segundo gran califa cordobés, a la edad de sesenta y un años, y fue enterrado en la Rawda del Alcázar de Córdoba junto a los restos de sus mayores.

Y el califato pasó a manos del aludido príncipe heredero, que ocupó el trono con el nombre de Hisham II al-Mu'ayyad y que tenía a la sazón la edad de once años, por lo cual se hizo necesaria la formación de un Consejo de regencia que fue constituido por Abu-l-Hasán Cha'far ben 'Uthmán al-Mushafí, el primer ministro del difunto califa, y por Abu 'Amir Muhammad ben Abí Amir al-Ma'afirí, un ambicioso e intrigante funcionario del Gobierno omeya que desempeñaba entonces el cargo de inspector general de las tropas mercenarias acuarteladas en Córdoba y que no tardaría mucho tiempo en convertirse en el omnipotente Almanzor.

OCAÑA JIMÉNEZ, Manuel, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo F-M, págs. 322-325.