Ali b. Hammud

Datos biográficos

Califa hammudí: 1016-1018
Sobrenombre: al Nasir li-Din Allah
Nacimiento: 964
Fallecimiento: 22-III-1018
Predecesor: Sulayman al Mustain
Sucesor: Abderramán IV

Biografía

Abu l-Hasan Ali b. Ammud b. Maymun b. ammud b. Ali b. Ubayd Allah b. Idris b. Idris b. Abdállah b. Hasan b. al Hasan b. Ali b. Abi Talib, al Nasir li-Din Allah (el que defiende victoriosamente la religión de Dios), Mutawakkil al Allah (El que se pone en manos de dios). Nació en el actual norte de Marruecos en 964 y murió en Córdoba el 22-III-1018. Primer califa hammudí (1016-1018) y, por tanto, hasimí de córdoba, descendiente de Ali b. Abi Talib y de Fátima, hija del Profeta. Según Idari, siguiendo a Ibn Hayyan, su califato no duró más que una año, nueve meses y nueve días.

Su padre Hammud b. Maymun fue un notable de la zona de Arcila, de una preclara familia árabe fuertemente berberizada. Su madre se llamaba Bayda (Blanca) al Quraysiyya, hija del tío paterno de su esposo. La familia empezó a adquirir relieve de nuevo con Ali b. Hammud. Este cuando se enteró que el califa Muhammad II al Mahi había sido depuesto, fue con su gente a Ceuta y tomó posesión de la ciudad diciendo que el nuevo califa Sulayman al Mustain le había concedido su gobierno.

Efectivamente, Sulayman concedió el gobierno de las plazas andalusíes de Ceuta a Ali b. Hammud, y Algeciras, Tánger y Arcila a su hermano mayor Qasim b. Hammud, adheridos hacía tiempo al partido beréber que sostenía al nuevo califa. Hay que tener en cuenta que en los albores del s. XI los hammudíes aparecen ya establecidos en al Andalus. Ibn Hayyan cuenta que cuando las milicias de Sulayman al Mustain asaltaron Medinat al Zahra el 4-XI-1010, el califa situó en Sequnda a los caídies alawíes con sus zanata, Ali y Qasim b. Hammud hijos de Hammud, sin pensar que depositaba las llaves del Estrecho en manos que no le eran adictas.

La decisión del califa sorprendió a los notables bereberes que lo habían elevado al trono, los cuales le reprocharon este acto que estimaban contrario a los intereses del soberano. Los alawíes no habían renunciado a sus pretensiones al califato y el buen criterio político aconsejaba relegarlos a un segundo plano. Abdállah al Birzali, que dominaba la comarca de Jaén increpó al califa diciéndole ¿Acaso los alawíes no son talibíes?, y siendo la respuesta afirmativa, le replicó: Has dado eso a unas culebras y los has vuelto gruesas serpientes.

Dado el desgobierno y el reparto de al Andalus efectuado por Sulayman al Mustain para pagar tropas por territorios, Ali b. Hammud se comportó como soberano independiente, con razón o sin ella pasaba por haber recibido el testamento de Hisam II, que había designado a Ali como su auténtico sucesor, dada la nobleza de su origen. Ali b. Hammud fue el fundador de la nueva dinastía de los hammudíes, califas de Córdoba. No era difícil en la situación de Córdoba, como en la de Roma de los últimos césares, apoderarse del gobierno con el apoyo de una facción cualquiera, pero casi imposible sostenerse en el poder.

Pronto el hammudí se deshizo de los notables ceutíes leales al califa al Mustain, entre ellos el caíd de la ciudad y un reputado Alfaquí que serían asesinados por su orden en el año 1014. Después de tener el poder asegurado en Ceuta resolvió hacerse con el poder en el califato; lo primero que conquista es la ciudad de Málaga, que se convirtió en la base de operaciones de Ali b. Hammud, junto con Algeciras. Enseguida recibió el apoyo de los eslavos amiríes del Levante de al Andalus y la neutralidad de los bereberes ziríes de Granada.

En 1016 atravesó el Estrecho y se aposentó en Málaga, en manos del gobernador Ibn Fatuh, leal a su causa. Desde allí se dirigió a Almuñecar, donde se le unió Jayran, eslavo amirí, régulo de Almería, —rencoroso de Muyahid, señor de Denia que nombró en Levante a un omeya, Abdállah al Munaytí califa durante cinco meses—, y tomó el camino de Córdoba. Su hermano Qasim b. Hammud quedaba en la retaguardia aposentado en Algeciras, en caso de fracasar el proyecto.

Sulayman al Mustain fue derrotado y hecho prisionero con suma facilidad en las cercanías de la capital por las fuerzas de Ali; ya que por lo general los mercenarios bereberes hicieron causa común con el aspirante al trono al que consideraban uno de ellos. Una vez en Córdoba, en la que entró el 22-VII-1016, lo primero que hizo fue exigir que se le entregase a Hisam II vivo o muerto, pues aunque sabía que había sido asesinado, quería legitimar así su ascensión al trono. Desenterrado el cadáver de Hisam II e identificado se le volvió a sepultar, y el propio Ali b. Hammud mató al depuesto Sulayman al Mustain con su propia mano. Según el historiador Ibn Jatib, diciendo en árabe berberizado: El sultán no debe de ser matado sino por el sultán, ordenando acto seguido que el hermano de Sulayman y su anciano padre fueran suprimidos.

Al día siguiente, 2-VII-1016, fue proclamado califa como legítimo sucesor de Hisam II, siendo jurado por sus partidarios y notables cordobeses en Bab al Sudda, una de las puertas del alcázar califal, adoptando el nombre honorífico que otrora había llevado Abderramán III: al Nasir li Din Allah, así como aquel otro de Mutawakkil al Allah. Por primera vez desde la reinstauración de la dinastía Omeya en al Andalus, ocupaba el trono un soberano no marwaní.

Durante los primeros ocho meses de su reinado se aseguró la estima de sus administrados aplicando rigurosamente la ley entre los bereberes, hasta el punto de mandar ejecutar a un beréber por coger un ramo de unas de una parra ajena. Pero le sirvió de poco la estricta aplicación de la saria, los cordobeses empezaron a murmurar contra él considerándolo un usurpador extranjero y manifestando abiertamente simpatía por el pretendiente omeya al Murtada, o sea Abderramán IV b. Muhammad b. Abdállah b. al Nasir, suscitado en el Levante de al Andalus por el eslavo Jayran, señor de Almería, y el Tuyibí Mundir b. Yahya de Zaragoza, proclamándolo califa el 10-IV-1018.

Entonces Ali b. Hammud trocó su benevolencia por las gentes de Córdoba en terror, haciendo que los zanata recuperaran su inmunidad y sus privilegios, y sometiendo a la población a toda clase de impuestos, declarando a los notables cordobeses responsables de la menor agitación de la plebe. Los cordobeses esperaban la llegada de al Murtada para levantarse contra el tirano, quien resuelto a acabar con el opositor omeya, anunció su propósito de dirigirse a tierras jienenses para atacarlo. No pudo realizar su proyecto, sin embargo, tres eslavos domésticos del alcázar (Munyib, Labib al Fatà y Ayib) resolvieron acabar con Ali b. Hammud en el baño real por su propia iniciativa. Le arrojaron a la cabeza un pesado cubo de cobre y lo apuñalaron, evadiéndose sin más del alcázar. Fueron sus mujeres inquietas por su tardanza, las que descubrieron su cadáver nadando en un charco de sangre.

Sus partidarios entonces —por más que el califa asesinado hubiera designado previamente como sucesor a su hijo Yahya, que se hallaba en Ceuta—, avisaron a su hermano que estaba de gobernador en Sevilla. Este temió que fuera un ardid contra él y envió a quien examinara y verificara la veracidad de los hechos; solo entonces Qasim b. Hammud se desplazó a Córdoba, sacaron el cuerpo de su hermano, hizo los rezos preceptivos por él y envió su féretro a la ciudad de Ceuta, donde fueron enterrados. Dos de los asesinos parece que fueron hallados y crucificados en el puente de Córdoba. Los bereberes se apresuraron a proclamar califa a Qasim b. Hammud tres días después de la muerte de su hermano o sea, el 22-III-1018.

MAÍLLO SALGADO, Felipe, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2010, Vol II, págs. 812-814.