El Califato Omeya

Historia del Califato Omeya

Califas Omeyas de Córdoba

Abderramán III, 912-961
Al Hakam II, 961-976
Hisam II, 976-1013
Muhammad II, 1009-1013
Sulayman Mustain, 1013-1016
Abderramán IV, 1018
Abderramán V, 1023-24
Muhammad III, 1024-1025
Hisam III Mu´tadd, 1026-1031

Historia del Califato Omeya

Índice

Introducción
Instituciones del califato
Vida cultural

Introducción

En 750 fue entronizado en Damasco, el primer califa de la familia Abbasí que, tras asesinar a su antecesor en el cargo Marwan II, inició una cruenta persecución contra los Omeya, de la cual solo escapó el príncipe Abderramán. Refugiado en la Península Ibérica, en 756 este se proclamó emir y fundador de la dinastía omeya que reinó en al Andalus hasta 1031 y uno de sus descendientes, Abderramán III, creó en 929 el Califato de Córdoba.

Califato de Córdoba hacia el año 1000.Califato de Córdoba c. 1000.

Aunque los omeyas españoles habían detentado dignidades modestas, como las de emir amir o rey malik, a pesar de su plena independencia respecto a la corte de Bagdad la adopción de los títulos supremos de califa y de amir al mu´minin (príncipe de los creyentes) constituyó un acto que simbolizaba el poder alcanzado por la casa real andalusí. Sí como miembro del linaje marwaní Abderramán III se consideraba heredero legítimo de la institución califal contra los Abasíes y los fatimíes, con esta decisión política hacia frente a la decadencia del califato de Bagdad, como a la expansión por el N. de África y creciente prestigio de estos últimos, cuyo caudillo Ubaid Allah había sido poco antes reconocido como califa de la Ifriqiya. Paralelamente proclamaba ante sus súbditos la definitiva consolidación de su autoridad soberana, tras acabar con la guerra civil, la conflictividad social y la multiplicidad de poderes independientes que habían caracterizado el territorio de al Andalus durante varias décadas.

A partir de entonces el califa de Córdoba se erigió en monarca autocrático, jefe espiritual y personal que presidía personalmente la oración solemne de los viernes, juzgaba en última instancia, acuñaba monedas en su propio nombre, decidía sobre el gasto público y, principalmente dirigía la política exterior y militar. También desde aquel momento el fausto y la ostentación se convirtieron en signos visibles de la soberanía y mediante un ceremonial cada vez más complejo, como afirma E. Levi-Provençal,.

el califa se convertirá en un personaje lejano y misterioso, que solo será entrevisto en ocasiones muy especiales, cuando se digne a mostrarse entre un deslumbrante cortejo para recibir las aclamaciones populares.

Este monarca, asimismo, instituyó la tradición oriental del laqab (sobrenombre), de manera que a los nombres de su rango añadió el título honorífico de Al Nasir li-din Allah (el que combate victoriosamente por la religión de Allah), costumbre adoptada por todos sus sucesores.

En la historia de la España musulmana el llamado por los historiadores siglo del Califato de Córdoba representó la etapa de apogeo, caracterizada por una estabilidad política y una prosperidad económica sin precedentes desde la conquista en 711, sostenidas gracias al éxito logrado en las diversas iniciativas militares y diplomáticas desarrolladas respecto a los reinos cristianos del N. peninsular y los emiratos africanos del Magreb.

El largo reinado de Abderramán III al Nasir (912-961) permitió la elaboración y desarrollo de una política coherente, durante los primeros veinticinco años años destinada a recuperar todos los territorios musulmanes que se habían independizado de la autoridad del emir cordobés. El resto de su mandato lo ocupó en crear unas estructuras de gobierno que marcaron la historia del al Andalus hasta el inicio de la fitna y que perduró incluso en los reinos de taifas hasta la invasión de los almorávides. A su éxito en la contención del avance reconquistador de los reinos cristianos peninsulares sumó una flexible política africanista, cuyo objetivo era mantener el equilibrio entre los distintos estados independientes y substraerlos de la influencia fatimí, que tendrá importantes consecuencias al unir definitivamente el destino histórico de al Andalus con el Magreb.

Su hijo, al Hakam II al Mustansir (961-976) prosiguió las directrices por él marcadas y, con la colaboración de su general Galib, fortificó Gormaz (Soria) como baluarte contra los castellanos (968), venció a los normandos en Alcacer do Sal (966 y 971) y recuperó las plazas africanas de Tánger, Tetuán y Arcila, imponiendo la hegemonía de los reinos vasallos omeyas sobre los fatimíes. Su prestigio se manifestó en la sucesión de embajadas que fueron recibidas en Córdoba, como las catalanas, navarras, castellanas, leonesas y gallegas, además de las enviadas por el basileus bizantino Juan Tzimisces (972) y el emperador romano-germánico Otón II (974).

La ascensión al poder de Hisam II al Mu´ayyad (976-1009) y (1010-1013) señaló el comienzo del poder efectivo de hayib Ibn Abi Amir al Mansur (Almanzor para los cristianos) y los clientes amiríes más que la continuidad de la soberanía omeya. Usurpador de casi totalidad las competencias del califa y autotitulado rey malik, sin embargo, su política tanto interior como exterior no fue sino una intensificación de la iniciada por Abderramán III desde 940.

Durante su mandato la actividad militar defensiva desarrollada respecto a los reinos de N. dio paso a continuadas iniciativas ofensivas, más de cincuenta, de considerables efectos devastadores y propagandísticos: Zamora (981), Simancas (983), Sepúlveda (984), Barcelona (985), Coimbra (987), León (988) , Clunia (994), Santiago de Compostela (997), Cervera (1000) y San Millán de la Cogolla (1002). Erigido en árbitro de la situación hispánica, en 982 sometió a Sancho II Garcés Abarca de Navarra, en 984 a Ramiro III de LeónVermudo II pidió su ayuda para recuperar el trono perdido— y en 990 al conde castellano García Fernández. Respecto a África su política fue también continuista y prefirió la consecución de vasallajes a las conquistas, emprendiendo acciones bélicas solo contra las rebeliones de Buluggin en Ceuta (980) y de Zirí b. Atiya en Fez (998).

A su muerte le sucedió su hijo Abd al Malik al Muzaffar (1102-1008), quien heredó los títulos acumulados por su padre y prosiguió la táctica de las aceifas anuales, aunque perdida ya la iniciativa musulmana: Coimbra y Cataluña (1003), Asturias (1005), Clunia (1007) y Castilla (1008), además de la mediación del caíd mozárabe de Córdoba en la cuestión de la regencia leonesa (1004). Su fallecimiento favoreció el acceso al poder de su hermano Abderramán Sanchuelo (1008-1009), quien se hizo nombrar oficialmente heredero del califa Hisam II, emprendió una profunda tarea de berberización socio-cultural y fracasó en la campaña iniciada en invierno contra León.

Estas decisiones precipitaron los acontecimientos, cuando los descontentos dirigidos por la madre de Abd al Malik —deseosa de vengar la muerte de su hijo— designaron califa a Muhammad al Madhi (1009), bisnieto de Abderramán III que con la ayuda de la población cordobesa tomó el alcázar y consiguió la abdicación de Hisam II, mientras sus soldados asesinaban a Abderramán Sanchuelo cerca de la ciudad.

Los beréberes respondieron con la elección de su propio candidato, el poeta Sulayman al Mustain y, aliados con Sancho García de Castilla, entraron en Córdoba en 1009 tras derrotar a Muhammad , quien huyó a Toledo. Este último recabó los servicios del ejército de la frontera media, al mando del general Wadih y de las mesnadas del conde de Barcelona Ramón Borrell y de su hermano Armengol de Urgel, con los cuales derrotó a sus enemigos y recuperó Córdoba en 1010.

Sin embargo, su reinado duró solo 49 días y aquel mismo año, tras la derrota de sus tropas por los beréberes, que obligaron a los catalanes a retirarse, fue asesinado por su chambelán, quien repuso a Hisam II en el trono. Este prosiguió su mandato durante los tres años siguientes, aunque el poder real fue esta vez ejercido por su hayib, el general Wadih quien, sin éxito, trató de que los beréberes abandonasen la rebelión y jurasen fidelidad al nuevo califa.

En 1013 se entregó finalmente la capital y, sin que se tengan noticias de como murió Hisam, Sulayman fue proclamado califa por segunda vez. Entregó a sus seguidores las provincias de Elvira (los Sanhaga), Zaragoza, Jaén (los Banu Birzal y Banu Ifran), Sidonia (los Banu Dammar), Morón (los Azdaga), Ceuta (los Banu Hammud) y Tánger, las cuales se convirtieron en territorios independientes que solo de forma nominal reconocían la soberanía de Sulayman, circunscrita a la ciudad de Córdoba, en lo que constituía un antecedente de los reyes de taifas muluk al-tawa´if. Precisamente fue uno de estos beneficiarios de los favores de Sulayman, Alí b. Hammud de Ceuta, quien se erigió en portavoz de la disidencia y, con el apoyo de los amiríes y los hachemíes almerienses, conquistó Córdoba y ejecutó al califa en represalia por el asesinato de su antecesor Hisam II.

De esta manera se constituyó la nueva dinastía de los hammudíes, durante cuyo reinado a Alí b. Hammud al Nasir li.din Allah (1016-1018) sucedieron los califas Qasim b. Hammud (1018-1021 y 1023) y Yahya Ali b. Hammud (1021-1023). En aquel último año la población cordobesa, desilusionada con el gobierno hammudí, proclamó califa al omeya Abderramán V al Mustazhir, depuesto a los 46 días por Muhammad III al Muktafi, quien huyó de la urbe cuando esta fue asaltada por el ejército del hammudí Yahya Ali b. Hammud, que subió al trono por segunda vez (1025-1027).

Instituciones del califato

Entre las distintas instituciones del califato de Córdoba una ha interesado especialmente a los historiadores, la de hayib o ministro de Estado, cuya correspondencia con Oriente equivalía más al cargo de un único y poderoso visir que al de chambelán o mayordomo del palacio abbasí. Sin embargo, a diferencia de estos, en el de hayib andalusí recaían delegaciones de la autoridad real y constituía la magistratura más elevada del reino con la del gran caíd, en detrimento de las funciones de los visires.

Su máximo interés radica en las consecuencias que esta institución tuvo en la historia de al Andalus cuando Almanzor procedió a la usurpación de todos los poderes califales, con excepción de los meramente nominales y, para apoderarse de los instrumentos del Estado, manipuló al titular legítimo de la soberanía cordobesa y favoreció a la clientela amirí y a los beréberes que habían llegado masivamente para formar parte de su ejército. Este hecho socavó irreversiblemente las bases de la legitimidad califal y originó tensiones sociales en un pueblo que había alcanzado sus mayores niveles de cohesión durante el reinado de Abderramán III y poseía conciencia de su pertenencia a una comunidad específica dentro del Islam.

El último califa de la dinastía omeya fue Hisam III al Mu´tadd (1027-1031), quien no entró en Córdoba hasta 1029 y cuyos abusos provocaron su derrocamiento y encarcelamiento por parte de los notables de la ciudad que, reunidos en asamblea bajo la presidencia de Abu l-Hazm b. Gawhar, decidieron abolir definitivamente el califato y substituirlo por un consejo de gobierno (30-XI-1031).

De esta forma se cerró el periodo de mayor esplendor y prestigio del Islam andalusí. Durante el reinado de este último, la administración jidmat al jilafa había quedado rígidamente centralizada, con la creación de una secretaría de Estado bajo la autoridad de cuatro dignatarios con el rango de visires. Además, el soberano disponía para su servicio personal de un secretario particular katib jass, al que dictaba las decisiones o respuestas que habían de transmitirse a los altos funcionarios estatales de Córdoba o de las provincias.

Como la organización administrativa, la financiera constituía una transposición de las instituciones contemporáneas de los países musulmanes de Oriente, aunque su estructura fue haciéndose poco a poco más compleja. Bajo la dirección del tesorero mayor jazim al-mal o sahib al-majzun, la casi totalidad de sus recursos provenían del cobro de los tributos de vasallaje y de los impuestos directos e indirectos, más bien legales o extralegales, en un periodo caracterizado por el aumento sostenido de la renta, lo cual permitió al Califato cordobés convertirse, según los cronistas, en el más rico de cuantos existían en el Islam.

Para hacer frente a los crecientes gastos estatales Abderramán III emprendió una reforma de los instrumentos de pago e inició la acuñación de las primeras monedas de oro hispano-omeyas, con emisión simultánea de dinares y dirhemes de metal puro en la ceca oficial cuya dirección fue confiada al sahib al-sikka. Respecto a la reorganización territorial, la pacificación del país permitió normalizar la distribución provincial tal y como existía en los primeros tiempos de la dinastía y conseguir que recuperase su función dentro la estructura estatal, de manera que al Andalus quedó dividida en 21 coras (Kuwar), sin contar los territorios fronterizos, gobernadas por valíes nombrados directamente por el califa.

Las marcas, zonas de protección contra los reinos cristianos, quedaron en este periodo reducidas a dos, la marca superior o extrema al thagr al-a´la, con capital en Zaragoza, y al media o próxima al thagr al-awsat en Medinaceli (Soria).

El ejército califal se componía de escasos contingentes permanentes y de los suministrados por leva en las distintas coras, según su cifra de población, contexto geográfico, estado de pacificación y composición étnica, además de los voluntarios o refuerzos extraordinarios reclutados para la guerra santa yihad. Sin embargo, su importancia fue cada vez más secundaria frente a la preponderancia adquirida por los mercenarios norteafricanos, sobre todo durante el reinado de al Hakam II.

Almanzor dio una amplitud definitiva al proceso de bereberización de las tropas califales al proceder a una completa reorganización del ejército, substituyendo la tradicional división tribal de los aynad sirios por unidades que agrupaban a contingentes de diversa procedencia, de forma que los magrebíes desplazaron a la aristocracia árabe en la hegemonía militar que esta había detentado desde la conquista.

Esta medida culminaba la política iniciada por Abderramán III tras la derrota de Alhandega (940), pero incluía la novedad de proceder a su financiación mediante un gravamen fiscal para todos los andalusíes, incluidos los de linaje árabe. El ejército así constituido formaba un cuerpo ofensivo de probada eficacia, pero también un instrumento de represión interna cuya fidelidad, del tipo personal o clientelar, se aseguraba mediante la concesión de toda clase de beneficios y privilegios y, sobre todo, de participación en el poder.

La política amirí tuvo graves consecuencias a medio plazo, como fue el empobrecimiento de amplios sectores de la población, cada vez más indiferentes hacia sus gobernantes y definitivamente ajenos a una clase guerrera que pronto se convertirá en el árbitro de la situación política. Por otra parte, la llegada masiva de contingentes étnicos foráneos rompió el difícil equilibrio alcanzado en las primeras décadas del Califato entre los distintos clanes árabes, secularmente enfrentados, los beréberes, casi totalmente hispanizados, los muladíes, cuyo número no cesó de crecer durante este periodo y los mozárabes tributarios, a quienes se permitió conservar su lengua, costumbres, religión y organización eclesiástica, política de tolerancia que también alcanzó a las comunidades judías, importantes en las principales ciudades.

Además como rasgos específicos del s. X pueden señalarse el aumento de la inmigración de campesinos marroquíes respecto ala procedente de otras zonas del Magreb, el desarrollo del comercio de esclavos (negros y eslavos) y el surgimiento de una clase media urbana entre la aristocracia árabe jassa y el proletariado rural y ciudadano amma.

Paralelamente la hegemonía religiosa del malikismo, asentada desde principios del s. IX, presentó las primeras fisuras ante la expansión de las doctrinas ascético-heréticas mu´tazil, isma´ili y shi´i, además de la elaborada por Ibn Masarra. El expurgo de la biblioteca de al Hakam II, realizado por Almanzor y los alfaquíes ortodoxos, simbolizó esta ruptura en la tolerancia socio-religiosa que había caracterizado los reinados de los dos primeros califas omeyas y marcó el inicio de la decadencia de la floreciente civilización por aquellos creada.

Vida cultural

Todos los cronistas coinciden en señalar a al Hakam II como el más culto de todos los soberanos omeyas, un musharik, es decir, una persona cuyo saber abarcaba los más variados ámbitos del conocimiento. Mandó comprar y copiar numerosos manuscritos en Oriente y reunió una de las más importantes bibliotecas de su tiempo, con cerca de cuatrocientos mil volúmenes, reseñados en catálogo. Mecenas del filólogo armenio Abu Alí al Qali, autor de la antología de los Amali, del poeta bagdalí al Muhammad y de los cronistas qairawaníes Muhammad b. Harith al Jushani y Muhammad b. Yusuf al Warraq, durante su reinado numerosos eruditos orientales se instalaron en Córdoba.

Su antecesor, Abderramán III, había destacado también como mecenas de la cultura y gracias a su iniciativa surgió la historiografía califal representada por Ahmad b. Muhammad b. Musa al Razi y su hijo Isa, cronistas oficiales de la dinastía omeya y creadores de una escuela formada por Mu´awiya b. Hisam b. al-Sahabanisi, al Hasan b. Muhammad b. Mufarrich, Ibn al Qutiyya, al Jushani, Ibn al Faradi e Ibn Idari.

La cultura científica alcanzó también un desarrollo considerable y la astronomía, siempre sospechosa para los alfaquíes, pudo desarrollarse sin obstáculos gracias a la protección de al Hakam II con su principal representante en Maslama al Mayriti, adaptador de las tablas astronómicas de al Jwarizmi. La constitución de una ciencia médica específicamente hispano-musulmana data también de aquel momento, cuando la traducción de la Materia Médica de Dioscórides, cuyo manuscrito había regalado a Abderramán III el emperador bizantino Constantino VII, propició una excepcional acumulación de saberes farmacológicos y botánicos. En esta escuela práctica se formaron los más afamados médicos andalusíes de las décadas siguientes: Abderramán b. Ishaq b. al Haitham, Muhammad b. al Kattan, b. Samayun y, especialmente, Abu l´Qasim Jalaf al Zahrawi, el célebre Abulcasis traducido al latín por Gerardo de Cremona.

Sin embargo, es el arte de aquel periodo la principal manifestación cultural legada por el califato cordobés y la mejor muestra del poder político y desarrollo económico que este llegó a alcanzar. Desde el eclecticismo y la asimilación este desarrolló recursos y formas expresivas específicas, que le distinguen del arte islámico de su tiempo y del realizado en al Andalus en los periodos inmediatamente anteriores y posteriores.

Si la arquitectura religiosa alcanza su máxima expresión con la ampliación de la mezquita de Córdoba ordenada por al Hakam II y la militar tiene en los castillos de Gormaz (Soria), Tarifa (Cádiz) y Baños de la Encina (Jaén) sus mejores ejemplos, el conjunto urbano de Madinat al-Zahra (Córdoba) constituye un compendio de fórmulas de representación y propaganda del Estado califal en sus distintas instancias civil, religiosa y militar.

Interior de la mezquita de Córdoba.Interior de la mezquita de Córdoba, capital del califato de Al-Ándalus.

Muchos de los elementos decorativos que aparecen en estos edificios se repiten en el arte mobiliario, representado por las arquetas y botes de marfil trabajadas en los talleres de Córdoba y Madinat al-Zahra, los objetos de bronce (ciervos de los museos arqueológicos de Madrid y Córdoba) y las telas o tapices (seda de Hisam II del Instituto Valencia de Don Juan, Madrid), además de las labores en cuero, cerámica, cristal y orfebrería.

La ciudad califal de Córdoba, con una aglomeración que alcanzó un perímetro de 22,5 Km., una población calculada entre los cien mil y el medio millón de h. y una muralla de 4 Km. de longitud y siete puertas, se convirtió en la urbe más floreciente de Europa y en la única que podía rivalizar con Constantinopla y Bagdad.

VARIOS AUTORES, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo IV págs. 1942-1944.