El Califato Hammudí

Historia de los hammudíes

Califas Hammudíes de Córdoba

Ali al Nasir Hammud, 1016-1018
Qasim b. Hammud, 1018-1023
Yahya Ali b. Hammud, 1025-1035

Historia del Califato Hammudí

Todavía en la segunda decena del s. XI parece pujante la tendencia, que poco a poco se apagó, de que los opuestos grupos y distintas taifas debían justificarse reconociendo a un califa propio. Así hizo el eslavo Muyahid, deseando afianzar su autonomía en Denia, donde proclamó a un oscuro príncipe omeya, llegado en su niñez a al Andalus desde Egipto, Abdallah al Muayti; contra esta proclamación que duró poco más de un año, desde diciembre de 1014 hasta que Muyahid desterró a su califa al Magreb, reaccionaron los otros eslavos y especialmente Jayran, entonces ya señor de Almería, y que aún buscó una ilusoria restauración de Hisam II en Córdoba, posiblemente fallecido en 1013 y ahora, tres años después, por primera y no única vez, resucitado.

Dirham de plata acuñado durante el reinado de Yahya.Dirham de plata 1025-1035.

Tales pretensiones de Jayran y otros eslavos se unieron con los intereses de Ali b. Hammud, quien, a pesar de haber sido favorecido en 1013 por el entonces califa de Córdoba Mustain con el gobierno de Ceuta, se alzó allí, cruzó el Estrecho al comenzar el año 1016 y marchó contra Córdoba, donde entró el 1 de julio, apoyado por los eslavos afectos a Jayran y por algunos beréberes, incluso por los ziríes ya granadinos.

Al Mustain fue asesinado, de Hisam II —se dijo entonces— no halló Ali b. Hammud sino el cadáver, y se hizo proclamar califa a su vez. Con esto una nueva dinastía, la Hammudí, sustituyó a la omeya. Los hammudíes se decían descendientes de los Idrisíes, fundadores de un reino en Fez en el s. VIII, y que procedían de Alí, yerno del profeta Mahoma, aunque ya siglos después se hallaban muy berberizados y habían entrado en la órbita de la intervención omeya en el norte de África.

Todas las regiones de al Andalus reconocieron en principio a Ali b. Hammud, que adoptó el título insigne de al Nasir, menos Muyahid de Denia, y tampoco Jayran, que volvió al Levante y en Játiva alzó el 10-IV-1018, a un bisnieto de Abderramán III, llamado también Abderramán, a quien se le asigna el ordinal IV, y que tomó el título de al Murtada.

A su partido se unió Mundir I, de Zaragoza, y una especie de coalición andalusí-eslava, con Valencia, Tortosa y Alpuente, pareció funcionar frente al predominio beréber de Córdoba y Granada. En la lucha contra los Ziríes pereció al Murtada, poco después, abandonado por sus partidarios, Jayran y Mundir.

Ali b. Hammud fue asesinado por sus propios criados en Córdoba, el 21-III o el 17-IV-1018. Le sucedió su hermano al Qasim, hasta entonces gobernador de Sevilla, que procuró conciliarse a los eslavos levantinos, y especialmente a Zuhayr, más de nada le sirvió, antes bien los beréberes se inclinaron de forma mayoritaria por reconocer en su lugar a su sobrino Yahya, quien desde 1019 parece haberse instalado en Málaga, pretendiendo el califato, que logró el 12-VIII-1021, aunque solo dieciocho meses pudo mantenerse en Córdoba, adonde tornó al Qasim, también por poco tiempo, porque los cordobeses se libraron de los dos Hammudíes al finalizar octubre de 1023, y volvieron a entronizar a los omeyas en la persona de Abderramán V al Mustazir, 17-I-1024, sustituido por otro omeya, Muhammad III al Muktafi, expulsado seis meses después.

Entretanto, también Sevilla se declaró independiente, a finales de 1023, y ya no quiso tener nada que ver con los pretendientes al califato de Córdoba. Todavía en Córdoba se produjo una última y breve restauración hammudí, y Yahya al Mutali ocupó allí el califato durante 1025, antes de partir definitivamente hacia su más seguro enclave de Málaga, en II-III-1026. En Málaga y Algeciras se concentró desde entonces el poder hammudí, para ser —pese a los grandes títulos que aún conservaron— una taifa más.

Los Hammudíes fueron alejados definitivamente de Córdoba por los eslavos, cuyos líderes, Jayran de Almería, y Muyahid de Denia, se presentaron allí aún, a intervenir en la apagada metrópolis, pero Jayran solo permaneció un mes, más o menos, hasta los últimos días de 19-VI-1026, y poco después partió también Muyahid de Denia, quedando los cordobeses desorganizados y muy asustados por si volvían los beréberes, mientras procuraban encontrar a un candidato que despertara alguna adhesión más general, para lo cual incluso despacharon embajadas a los señores de distintos territorios, decidiendo al cabo proclamar a Hisam b. Muhammad b. Abd al Malik, ya que los beréberes habían matado a su hermano [al Murtada] y que sentía contra estos la misma [animadversión] que los cordobeses.

Este Hisam, tercer califa omeya de este nombre en Córdoba, titulado al Mutadd, se encontraba en Alpuente cuando fue proclamado, el domingo 5-VI-1027, y allí se quedó durante más de dos años y medio hasta que al cabo entró en su capital, causando desde el principio una pobre impresión, signo de la decadencia de su Casa; sus actos de gobierno manifestaron gran torpeza, y fue depuesto por sus súbditos el martes 12-XI-1031, después de que aún se alzara pretendiendo su lugar otro príncipe omeya, tataranieto de Abderramán III, llamado Umayya; pero la hora de esta dinastía había llegado a su fin, como se manifiesta en la solemne pluma del cronista Ibn Hayyan, cuyo relato emociona precisamente por la desesperada impasibilidad con que traza los últimos pasos —oficiales— de una época, en realidad clausurada ya antes por su destino fatal.

Luego todos de acuerdo destronaron a Hisam y abolieron el califato de una vez, porque no había otra alternativa, y expulsaron a los omeyas marwaníes. La ciudad entonces otorgó autoridad a los visires... Los cordobeses hicieron llegar a Hisam III al Mu´tadd y a Umayya un comunicado de que ninguno de ellos siguiera en el alcázar ni tampoco en Córdoba, pues por decisión unánime habían destronado a todos los omeyas...
Los visires y la gente pasaron la noche en la Aljama, y decidieron terminar con el asunto de Hisam III, siendo llevado al castillo de Ibn al Saraf, y sin retirarle del cargo con un destronamiento oficial, ni testificar que era incapaz de desempeñar el califato, y sin que la comunidad de retirara el juramento de fidelidad que les obligaba, según lo establecido, y que Dios hizo que descuidaran, en parte por indiferencia y en parte por olvido...
Se pregonó por los zocos y arrabales que no quedara en Córdoba ningún omeya y que nadie les diera cobijo... A partir de ese momento, la guerra civil fitna se hizo más amplia y más profunda. Cada uno saltó sobre el poder en su lugar, y los arráeces y señores levantiscos de al Andalus fueron dueños absolutos del territorio y de los castillos que tenían a su alcance, ambicionando cada uno de ellos lo de los demás.

Córdoba, que se había quedado sola, aferrada al califato como poder central, abolido este, se convirtió en una taifa más, y desde entonces no solo de hecho, sino también de derecho, más de treinta Estados autónomos convivieron en al Andalus, sometidos a diversas reunificaciones parciales y a nuevas fragmentaciones, más o menos localizado o esporádicos, hasta que los almorávides, desde 1090, emprendan la tarea de reconstruir el al Andalus un Estado unificado.

VIGUERA MOLINS, Mª Jesús, Historia de España Menéndez Pidal, Editada por Espasa Calpe; 1994, Tomo VIII-I págs. 35-37.