Abu Yaqub Yusuf II

YUSUF II: Abu Yaqub Yusuf b. Muhammad, al-Mustansir. ?, s. m. s. XII – Marrakech (Marruecos), 12 de du-l-hiyya de 620 H./6.I.1224 C. Quinto califa almohade.

Yusuf II era hijo de su antecesor, Muhammad al-Nasir, y, como tataranieto de ‛Abd al-Mumin (m. 1163), pertenecía a la línea directa de los descendientes del fundador de la dinastía almohade. Su acceso al poder se produjo en circunstancias particulares que, en buena medida, condicionaron su actuación como gobernante. El 10 de Saban de 610/25 de diciembre de 1213 se produjo la muerte de su padre, sobre la cual las crónicas ofrecen versiones muy discrepantes, ya que algunas afirman que fue por accidente, otras debido a una enfermedad y no faltan las que sostienen que fue asesinado. Sea de ello lo que fuere, lo cierto es que sucedió a edad prematura, con tan solo treinta y dos años de edad, de tal forma que su primogénito Yusuf era, en ese momento, un niño respecto a cuya edad los cronistas también muestran discrepancias, oscilando entre los catorce y los diez años, siendo esta segunda posibilidad la más plausible. En cualquier caso, es evidente que su corta edad lo incapacitaba para una actuación de gobierno plena y consciente, lo cual condicionó de manera notable su trayectoria, debido a la fuerte influencia que ejercerían los jeques y sayyides almohades. Así coinciden en afirmarlo los cronistas, como, por ejemplo, Ibn ‛Idari, según el cual ‘su padre le dio por tutores a algunos jeques almohades que lo dominaron por completo’. De hecho, en el momento de su proclamación todas las provincias enviaron sus alista de reconocimiento, salvo Ifriqiya, donde el jeque ‛Abd al-Wahid mostró reticencias a proclamar a un niño, algo teóricamente ilícito según las doctrinas islámicas más difundidas sobre el califato. No obstante, sus visires-tutores lograron vencer dichas resistencias y pudo lograrse un consenso pleno respecto a su condición de soberano almohade.

La proclamación de un menor como califa debe considerarse un factor en el inicio del desarrollo de la crisis almohade, que habitualmente suele situarse en 1212, cuando ocurrió la derrota de su padre en las Navas de Tolosa frente a los reyes cristianos peninsulares. No obstante, los síntomas se van a comenzar a manifestar de forma patente desde la época de Yusuf II y, sobre todo, a raíz de su muerte, cuando estalla el proceso de guerras y enfrentamientos internos que va a suponer una división del poder a lo largo de trece años. Los aspectos que determinan la trayectoria de Yusuf II como soberano son fundamentalmente dos. En primer lugar, una cierta estabilización de la situación en la península Ibérica. Por otro lado, la inestable situación en el Magreb, debida tanto a la ineficacia en la lucha frente a los cristianos como a las propias circunstancias en las que fue proclamado el califa.

Los cronistas describen la actuación de Yusuf II en claros términos de inoperancia y pasividad en el ejercicio del poder, ya que durante los nueve años de su califato permaneció en la capital, sin protagonizar ninguna campaña relevante, de forma que sus únicos desplazamientos fueron los realizados con ocasión de la visita ritual al sepulcro del Mahdi Ibn Tumart, ideólogo y fundador del movimiento almohade, en Tinmallal. De esta manera, su gobierno transcurrió en ausencia de conflictos, ya que, como afirma el citado Ibn ‛Idari, ‘sus días fueron tranquilos, sin que hubiese en ellos revueltas’. No obstante, como sugieren otras fuentes, en cada provincia los gobernadores actuaban de forma independiente, de forma que, pese a la apariencia de tranquilidad e inexistencia de conflicto, se estaba gestando una crisis larvada que estallaría al poco tiempo.

Pero, aunque su dominio del poder no llegó a estar cuestionado, sin embargo su califato no estuvo exento de ciertas dificultades en los dominios magrebíes, donde hubo de hacer frente a diversas amenazas. Al comienzo de su gobierno se produjo la actuación de un oscuro agitador llamado ‛Abd al-Rahman, que invocaba una ascendencia fatimí y que durante diez años anduvo atrayéndose apoyos hasta que, hacia 611/1213, logró derrotar al gobernador de Siyilmasa, si bien pudo ser finalmente capturado y ejecutado. Más relevancia cabe atribuir al comienzo de la actuación de los benimerines, que entran en la intrincada escena política magrebí durante este período y que, al cabo del tiempo, serán los que acaben poniendo fin al dominio almohade.

Tras la derrota de las Navas, comienzan a registrarse los primeros movimientos de esta tribu, que se dirige hacia el Oeste desde sus zonas de asentamiento en la zona entre Siyilmasa y Figuig, avanzando por las regiones de Taza y Fez. El envío de un contingente dirigido por el sayyid Abu Ibrahim Ishaq resultó infructuoso, ya que lograron vencerlo en el verano de 1216, acampando al año siguiente ante Taza, a cuyo gobernador solicitaron aprovisionamiento y, ante su negativa, lo derrotaron, dándole muerte. Los benimerines debieron hacer frente a la hostilidad de los Banu ‛Askar y los árabes Riyah, que en 1217 causaron la muerte del emir Abu Muhammad ‛Abd al-Haqq y de su hijo, pero su fortaleza quedó acreditada mediante su fulminante reacción, pues el nuevo emir benimerín, Abu Said ‛Utman b. ‛Abd al-Haqq, sometió a sus enemigos, imponiéndoles tributo. Pese a estas manifestaciones del creciente poder de los benimerines, Yusuf II no emprendió ninguna acción en su contra, sino que, más bien al contrario, se mostró condescendiente, ya que el gobernador de Fez, Meknés y Rabat pactó con ellos en términos que implicaban el pago de tributos con el fin de que respetasen los territorios de su jurisdicción.

El segundo vector fundamental en la evolución del Imperio almohade en esta época es la situación de los dominios peninsulares, donde la herencia que recibía Yusuf no era, en principio, muy halagüeña, debido a la grave derrota de las Navas de Tolosa en 1212. No obstante, el dominio almohade se mostraba aún sólido y estaba suficientemente unificado como para poder hacer frente al avance cristiano. De hecho, durante el gobierno de Yusuf la situación se mantuvo relativamente estable, gracias, en parte, a las favorables circunstancias, que impidieron unas conquistas cristianas tan rápidas como la victoria de las Navas podría haber hecho pensar.

En primer término, la relación con Castilla estuvo presidida por el establecimiento de una tregua, conscientemente buscada por el bando cristiano y aceptada por los almohades. En efecto, pese a la victoria reciente de las Navas, la situación interna no permitía la continuación del esfuerzo conquistador, debido a una circunstancia similar a la existente en el seno del califato almohade, pues a la muerte de Alfonso VIII en 1214 le sucedió su hijo Enrique, que era todavía un niño, a lo que se uniría la propia desaparición prematura de éste en junio de 1217, al parecer como producto de un accidente. De esta forma, la reina doña Berenguela, tutora del joven rey Enrique, optó por consolidar las relaciones diplomáticas con los almohades, enviando en 611/1214-15 una embajada a Marrakech encabezada por el judío Ibn al-Fajjar, de tal forma que pudiese centrar toda su atención en resolver los problemas internos.

El resultado de la embajada fue favorable, ya que Yusuf II envió sendas cartas a los gobernadores de Jaén y Córdoba comunicándoles el tratado de paz establecido con el rey de Castilla, de tal forma que, como afirman las crónicas, la situación en al-Andalus mejoró. Esas treguas fueron renovadas tiempo más tarde, en 618/1221-22. No obstante, pese a que los monarcas castellanos mantuvieron formalmente las treguas, los recursos bélicos y económicos castellanos no estuvieron inactivos durante esta etapa, ya que se pusieron al servicio de otras instancias políticas y militares pertenecientes a otras monarquías e instituciones.

La tregua establecida por Castilla contrastaba con las ansias conquistadoras de los restantes reinos peninsulares, espoleados por las prédicas papales, en plena reactivación del ideal de cruzada al hilo de la toma de Constantinopla (1204), de la guerra contra los herejes cátaros del Sur de Francia (1209-12) y del IV Concilio de Letrán (1215). La cruzada convocada en dicha reunión tuvo direlista consecuencias en la Península, ya que a finales del verano de 1217 un contingente de cruzados alemanes, flamencos y de otras naciones que se dirigía a Tierra Santa recaló en Lisboa, ocasión aprovechada por los portugueses para emprender una campaña de asedio sobre la ciudad de Alcaçer do Sal, el último obstáculo que impedía la expansión hacia las comarcas del Alentejo y el Algarve. La ciudad cayó en el mes de octubre, tras un asedio, siendo la pérdida más sensible experimentada por los almohades frente a los cristianos durante el califato de Yusuf. Frente al éxito portugués, en cambio, destaca la ineficacia conquistadora de los demás soberanos cristianos, como quedó de relieve en el fracaso de Alfonso IX de León frente a Cáceres en 1218 y del arzobispo de Toledo, Jiménez de Rada, en Requena (Valencia) al año siguiente.

Así pues, los almohades fueron capaces de demostrar que, pese a la derrota de las Navas, seguían manteniendo cierta consistencia política y defensiva. En consonancia con ello, en época de Yusuf se aprecian síntomas de la existencia de una cierta voluntad de mantenimiento de la presencia en el territorio peninsular. Así queda de manifiesto, por ejemplo, a través de las diversas obras arquitectónicas emprendidas en Sevilla, que obedecen, principalmente, a la voluntad de mejorar las defensas de la capital almohade en al-Andalus. De esta forma, se repararon las murallas y además se incrementó la protección en la zona del Guadalquivir, cuya importancia resultaba fundamental para la defensa urbana, construyéndose en el año 617/1220-21 la Torre del Oro como bastión encargado de proteger el área portuaria, definida de manera muy gráfica por una fuente de la época almorávide como el ‘corazón de la ciudad’.

Pese a su corta edad en el momento de acceder a la dignidad califal, el gobierno de Yusuf II no fue excesivamente largo, extendiéndose a lo largo de poco más diez años, ya que su muerte se produjo el 12 de du-l-hiyya de 620/6 de enero de 1224, si bien las crónicas discrepan al explicar sus causas, al igual que sucede respecto al caso de su padre, existiendo dos relatos divergentes. Según algunos cronistas árabes, se trató de un hecho accidental sucedido mientras el califa practicaba una de sus aficiones personales: al parecer, Yusuf gustaba de correr los toros que le mandaban desde al-Andalus en los jardines del palacio y, en cierta ocasión, fue corneado por una vaca, resultando mortalmente herido. En cambio, otros cronistas ofrecen una información distinta por completo, ya que plantean, no una muerte accidental, sino un asesinato. Según esta segunda versión, Yusuf habría sido víctima de un envenenamiento, urdido por dos personajes principales de la corte almohade, el visir Abu Said b. yami‛ y Masrur.

Sea de ello lo que fuere, lo realmente relevante no es cómo se produjo su muerte, sino las consecuencias que ello tuvo. Yusuf murió siendo muy joven, al parecer apenas veinte años, y sin haber engendrado descendencia, aunque algunos cronistas apuntan a que una de sus concubinas estaba encinta. Por segunda vez consecutiva se producía la misma situación, la muerte del soberano sin heredero oficialmente designado. Ello era el caldo de cultivo perfecto para que se exteriorizasen las tensiones larvadas en el seno de la dinastía almohade. Se inicia a partir de entonces un período de luchas internas en el seno del califato almohade que se va a prolongar por espacio de trece años, hasta 633/1236, durante los cuales se va a producir una situación de discordia en el poder, que, además, va a tener una dimensión territorial, ya que supondrá una división entre los dominios territoriales andalusí y magrebí.

Al día siguiente de la muerte del califa, los jeques de Marrakech proclamaron a su tío abuelo, Abu Muhammad ‛Abd al Wahid, hasta entonces gobernador de Tremecén y que sería conocido como al-Majlu, el cual, según algunas fuentes, habría sido forzado a aceptar la dignidad califal contra su voluntad. Se inicia entonces el corto período de ocho meses que duró su califato, uno de los más breves de los miembros de la dinastía de los Banu ‛Abd al-Mu’min. Además, durante más de la mitad de esos ocho meses hubo de hacer frente al desafío que representó la proclamación de al-Adil en al-Andalus. En el momento de su investidura, Abu Muhammad ‛Abd al Wahid debía ser ya de avanzada edad (tal vez más de sesenta años), ya que era hijo de Yusuf I, que había muerto cuarenta años atrás.

Apenas habían transcurrido dos meses cuando la crisis en el seno del sistema almohade se hizo evidente, al ser proclamado en Murcia su sobrino ‛Abd Allah b. Ya‛qub b. al-Mansur el 13 de safar del citado año (18 de marzo de 1224) con el sobrenombre de al-Adil. Algunas fuentes atribuyen dicha iniciativa a la influencia del visir Abu Zayd b. Buryan, conocido como al-Asfar y tenido por uno de los más perspicaces jeques almohades, el cual habría instigado a al-Adil a reclamar la dignidad califal, haciéndole ver que disponía de mayores títulos que ‛Abd al-Wahid. Ello representaba, por vez primera, la ruptura de la unidad política y, asimismo, la división territorial del Imperio en dos legitimidades, una en el Norte de África y otra en al-Andalus, síntoma de la existencia de profundas disensiones en el seno de la dinastía, sobre cuyas causas, sin embargo, no poseemos una información muy detallada.

GARCÍA SANJUÁN, Alejandro, «Abu Yaqub Yusuf II», en Real Academia de la Historia, Diccionario Biográfico electrónico (en red, https://dbe.rah.es/biografias / 9535/yusuf-ii)