Yaqub Yusuf I

Datos biográficos

Califa almohade: 1163-1184
Fallecimiento: 1184
Predecesor: Abd al Mumin
Sucesor: Abu Yusuf al Mansur

Biografía

Desde las iniciales bases tribales, parece que, de algún modo, se había establecido que Umar Inti, del grupo de los Diez y uno de los más antiguos compañeros del madhi Ibn Tumart, sería el sucesor de Abd al Mumin, pero el cambio de derrotero introducido por Abd al Mumin, desde las estructuras originales a la creación de su propia dinastía, llevaron a la renuncia más o menos forzada de Inti a la sucesión.

Que Abd al Mumin designara heredero a su hijo primogénito Muhammad, en 1155, prueba su entendimiento dinástico del califato almohade, logrado a fuerza de su energía y estrategias diplomáticas y militares. Mientras, su hijo Abu Yaqub destacaba en al Andalus, y, llamado en 1162, en circunstancias que desconocemos, conseguiría desplazar a su hermano Muhammad y alzarse con la sucesión. La fuentes critican a Muhammad su ebriedad, falta de criterio, ligereza, a pesar de lo cual parece —al Baydaq no lo menciona— que ejerció el califato durante cuarenta y cinco días, hasta ser depuesto (VII-1163) por Abu Yaqub, ayudado por su hermano Abu Hafs Umar, que rigió el Estado durante la enfermedad de su padre, y protagonizó, sin duda, la proclamación de su hermano de doble vínculo Abu Yaqub.

Abu Yaqub tenía veinticinco años, había vuelto a Sevilla antes de morir su padre, y seguramente en llegar a Marrakech invirtió los pocos días que ejerció su hermano Muhammad. Su estancia sevillana, desde 1155, le había convertido en hombre cultísimo. Tres de sus hermanos y varios notables almohades se opusieron a su subida al trono, y sus primeros esfuerzos estuvieron concentrados en ser proclamado. Licenció al gran ejército que su padre había reunido, pues hubo de retrasar su intervención directa en al Andalus hasta 1171, en estancia que duró hasta comienzos de 1176, realizando campañas de poco éxito; en 1184 volvió de nuevo a al Andalus, y atacó Santarem, en cuyo cerco fue herido de muerte.

Suele alabársele como el más grande de los califas de su dinastía, pero para ello le faltaron éxitos auténticos y durables, aunque se apunte a su tiempo la sumisión de los resistentes andalusíes en Jaén, Murcia y Valencia, logrando la unidad andalusí, pero perdiendo algún territorio ante castellanos y portugueses, y fracasando en persona ante Huete y Santarem. Buen administrador, en realidad heredó el auge logrado por su padre, y él lo mantuvo sin decadencia advertible. La prosperidad económica de su califato es notada por los cronistas Ibn Sahib al-Salat y al-Marrakusi: tiempos de fiesta describen esos privilegiados funcionarios, de banquetes y celebraciones por la mucha abundancia, la seguridad general, la amplitud de ingresos estatales, los víveres numerosos; pero seguramente el bienestar no alcanzó a todos.

Fue desde luego el más culto califa almohade, y su mecenazgo y construcciones dan brillo a su reinado, pues su nombre es inseparable del de Averroes. Retratos excelentes, en lo físico y en lo moral, pintan de él los cronistas. Signo de su complicado ascenso al poder fue que, en un principio, no adoptara más título que el de emir. Solo alrededor-III-1168 pudo empezar a titularse califa y emir de los creyentes. Así lo cuenta el cronista por excelencia Ibn Sahib Salat. Decidido esto en Marrakech, las provincias se adhirieron. El sayyid Abi Ibrahim Ismail, gobernador de Sevilla y hermano de Abu Yaqub, recibió comunicación de las nuevas disposiciones en la titulación soberana, y órdenes de que los andalusíes las acataran; en efecto, en acta firmada el 28-III-1168, se expresaba.

En nombre de Dios, Clemente y Misericordioso... después de que Dios distinguió al partido almohade por su recto proceder... sus almas acordaron renovar el bendito reconocimiento a nuestro dueño y señor, imam, califa, emir de los creyentes Abu Yaqub, hijo del emir de los creyentes [Abd al Mumin]... [otorgándole ahora] el título [califal]...

Desde 1165 parecen los almohades reemprender, con energía, sus campañas andalusíes. Ibn Mardanis parecía no tener fin. Contra esa resistencia partió de Marrakech el hermano preferido de Abu Yaqub, su mano derecha en el poder, el sayyid Abu Hafs Umar, que en Gibraltar se entrevistó con su hermano Abu Said Utman, gobernador de al Andalus, para volver ambos por más tropas al Magreb, mientras sus soldados en al Andalus conseguían una cadena de éxitos, ante los cuales el cronista Ibn Sahib al Salat se ilusiona: ¡empiezan los triunfos a alborear!, por una parte frente a los cristianos (sobre todo al oeste, agitado por Giraldo Sempavor, el Cid portugués), y por otra frente a los resistentes mardanisíes.

En esta reacción, empiezan por reducir la presión a Ibn Mardanis sobre Córdoba, venciendo a sus soldados en Luque, en julio de 1165. Antes de acabar ese mes, los sayyid-es Abu Hafs y Abu Said volvieron de Marrkech con refuerzos importantes de tropas árabes de Riyah, Atay y Zugba. Desde Sevilla avanzaron contra Andújar, y la tomaron en septiembre, utilizando esa antigua base de operaciones de Ibn Mardanis para asolar Galera, Caravaca y Baza, y la sierra de Segura, tomando Cúllar y Vélez Rubio, y marchando sobre Murcia, donde vencieron los almohades, en Fahs al-yallab, encerrándose Ibn Mardanis tras las murallas murcianas.

La noticia de este triunfo llegó a Marrakech dieciséis días después con máxima rapidez, el 31-X-1165. Los almohades no pudieron entonces plantear una situación de asedio a Murcia, porque tras ellos estaba el aún resistente Ibn Hamusk, y se limitaron a coger botín y simbólicamente a acampar en la residencia mardanisí de Larache al Faray o hisn al-faray, entre el Castillejo y Monteagudo. Se sabe que aquellas tropas magrebíes fueron licenciadas, volviendo al Magreb con el sayyid Abu Hafs al Magreb, donde los beréberes gumara, entre Ceuta y Alcazarquivir, se alzaron en 1166, siendo reducidos en el verano de 1167.

El sayyid, Abu Said se ocupaba del gobierno de Córdoba, por donde seguían hostigando los residentes andalusíes, mientras mercenarios cristianos de Ibn Mardanis atacaban Ronda, partiendo de Guadix, en 1168, aunque fueron atajados a su vuelta por los almohades, que lograron el castillo de la Peza, enclave desde el cual los mardanisíes tenían en jaque a Granada. Los almohades avanzaban lentos, pero seguros, hacia la unificación andalusí bajo su mando; en septiembre de 1167 lograron Tavira, donde Abdállah b. Ubayd Allah mantuvo su autonomía durante dieciséis años.

Entretanto se había consolidado la expansión portuguesa, tanto por impulso real como de un caudillo de la frontera, el ya citado Giraldo Sempavor, que comenzaba su ofensiva contra al Andalus hacia 1163, y logró tomar Trujillo, Cáceres y Évora en 1165, al año siguiente Montánchez y Serpa, y en 1169 Badajoz, afectando tanto las posesiones o perspectivas de Fernando II de León (1157-1188), que pactó con los almohades, siendo el más espectacular suceso de tal alianza, a finales de 1169, la entrada conjunta en Badajoz, recién tomada por los portugueses, aunque los almohades resistían en su alcazaba.

Fernando II, apodado por los andalusíes el Baboso, dejó a los musulmanes Badajoz, exclamando, según el cronista Ibn Sahib al-Salat: Es la casa del emir de los creyentes y no entraré en ella sino porque él me los pida. Poco después fundaba la Orden de Santiago y la colocaba en la Extremadura cacereña, estratégicamente dispuesta a avanzar. Frente a los cristianos, los éxitos almohades en este periodo de Abu Yaqub fueron limitados.

Además, se reincorporó al escenario conquistador Castilla, desde 1169 ó 1170 regida personalmente por Alfonso VIII, cuyo tutor, Nuño de Lara, algareó Ronda y Algeciras en la primavera de 1170. E iba fraguando un mejor acuerdo entre los reinos cristianos peninsulares, comenzando a aplicarse el tratado de Sahagún de 1158, por el cual a León correspondía expandirse por Extremadura y Sevilla, y a Castilla desde el Guadalquivir a Granada. Giraldo, por su cuenta hasta 1173, seguía acosando Badajoz, a pesar de haber tenido que ceder a unos y otros sus primeras conquistas. Y de nuevo acudió Fernando II a defender los intereses almohades, que eran también los suyos (no perder estas tierras), y volvió a pactar con ellos y a dejarles Badajoz a finales de 1170.

Los almohades recuperaron Jurumeña. Y los almohades culminaron su unificación de al Andalus. Fue decisivo que Ibn Hamusk acatara a los almohades en mayo-junio de 1169, con todo su territorio de Jaén, pues sus desavenencias con su yerno Ibn Mardanis se habían agudizado. Significativo es que la historiografía oficial almohade califique su acción de arrepentimiento. Durante un año tuvo que sufrir aún Ibn Hamusk ataques de su antiguo aliado Ibn Mardanis, hasta que los almohades pudieron auxiliarle, pues, entretanto, el califa Abu Yaqub convocaba a Marrakech a sus gobernadores en al Andalus, proyectando su primera gran campaña califal en la Península Ibérica.

Todo —o casi todo, pues aún se incorporarían más contingentes árabes— estaba preparado a lo largo de 1169, cuando el califa cayó enfermo, desde comienzos-IX-1169 a noviembre de 1170, contagiándose ligeramente de la peste que diezmaba el Magreb. De todos modos, se aprovecharon los contingentes reunidos, pues mandados por el sayyid Abu Hafs Umar —llegado a Sevilla en septiembre de 1170— marcharon a Badajoz, como hemos referido, y desde la primavera de 1171, junto con soldados de Ibn Hamusk, fueron contra la resistencia levantina de Ibn Mardanis; tomaron Quesada y se instalaron otra vez en Larache, ante Murcia. La resistencia que aún quedaba empezó a desmoronarse en los meses centrales de 1171, pues Lorca, Elche y Baza se pasaron a los almohades.

Almería, que Ibn Mardanis dominaba desde poco después de su recuperación, en 1157, por los almohades, les reconoció, pasándose a ellos un primo y cuñado de Ibn Mardanis, llamado Muhammad Ibn Sahib al-Basit; también Alzira le abandonó, en junio de 1171, sin que el mismo Ibn Mardanis ni su hermano Yusuf el arráez —caudillo o jefe árabe o morisco—, gobernador de Valencia, pudieran recobrarla, pues cruzaba ya a la Península el califa Abu Yaqub, pasando desde Alcazarseguir a Tarifa el 3-VI-1171, en apariencia para combatir a los cristianos, pero interiormente para concluir el dominio del territorio andalusí, es decir, contra Ibn Mardanis. El 18 de junio se hallaba en Sevilla, el 5 de julio en Córdoba, desde donde envió tropas contra Toledo, que llegaron a cruzar el Tajo y lograron botín.

En septiembre, mientras su hermano Abu Hafs Umar acosaba a Ibn Mardanis, cuyo próximo fin se preveía, el califa y su ejército volvieron a Sevilla, donde invernó aquel 1171, comenzando sus obras en aquella ciudad que había gobernado, desde sus diecisiete o dieciocho años hasta ser proclamado califa, y donde, entre otras muchas mejoras, ordenó la construcción de una nueva mezquita aljama, todo esto se fue haciendo hasta 1178, en que volvió al Magreb. Cuando retorne Abu Yaqub, en 1184, aún tendrá tiempo de iniciar la famosa Giralda, alminar de esa nueva mezquita .

sin parigual en ninguna de las mezquitas de al Andalus, por la altura de su cuerpo, el cimiento de su base, solidez de su fábrica, su estructura de ladrillo, lo extraordinario de su obra, maravilla de su estampa alzada por los aires al cielo, mostrándose a la vista desde una jornada antes de llegar a Sevilla, como las Pléyades.

Ante esta definitiva presión de los almohades, todavía hubo más defecciones en el entorno de Ibn Mardanis: su hermano Yusuf en Valencia, Ibn Dallal en Segorbe, Ibn Amrus en Játiva... se le alzaron; Ibn Mardanis pactó entonces con el califa Abu Yaqub —al menos así lo indican los cronistas cortesanos—, comprometiéndose a que sus hijos y caídes se le sometieran, y murió, a los cuarenta y ocho años, en marzo de 1172. Su hermano Yusuf y sus hijos enviaron su acatamiento a los almohades, yendo uno de sus hijos, Hilal, a presentarse en Sevilla ante el califa, que lo acogió bien, lográndose una transición pacífica y una integración positiva de los mardanisíes en el estado almohade.

Una de las hijas de Ibn Mardanis casó con el califa Abu Yaqub, otra con su hijo Abu Yusuf; familiares y colaboradores de Ibn Mardanis fueron repuestos en sus cargos: su hermano Yusuf recuperó el gobierno de Valencia, y algunos hijos del pertinaz resistente ejercieron funciones en Denia, Játiva y Alcira. Pero también los cronistas almohades refieren el final de Ibn Mardanis, como antes el de Ibn Hamsuk, como una recuperación de la ortodoxia. Y tiene mucho interés la noticia de al Baydaq como marchó a Valencia el califa Abu Yaqub, nombrando de inmediato para controlar la situación a Yusuf b. Muhammad b. Igit, e instalando en Levante a diferentes cabilas beréberes y árabes: dejó árabes y zanatas en Valencia, sinhaya y Haskura en Játiva y Murcia, gentes de Tinmal en Lorca y de Kumya en Almería y Purchena.

Campañas de Huete y Santarem

La tensión con que esta unificación fue seguida al otro lado de la frontera queda de manifiesto en las defensas emprendidas, e incluso las ofensivas efectuadas, pues Alfonso II de Aragón atacó Valencia en mayo de 1172.

Pero, tras someter el Levante en 1172, los almohades pudieron dedicarse a cumplir, intensamente, su ideal de combatir a los cristianos septentrionales y defender el territorio andalusí. Parece que los hijos de Ibn Mardanis aconsejaron al califa ir contra Castilla, aunque este reino —hasta que Alfonso VIII no tome sus iniciativas y vaya sobre Cuenca, en 1177— les hostilizaba entonces menos que Portugal y León.

El relato pormenorizado, y en primera persona, de Ibn Sahib al Salat, pese al brillo que quiere dar a la campaña, y de que se logró tomar Vilches y Alcaraz, nos permite captar la falta de acometividad del ejército almohade, el poco interés bélico del culto y piadoso Abu Yaqub, y, sobre todo, la ineficacia de su intendencia, que no supo —o no pudo— aprovisionarse.

El itinerario de la aceifa, con el califa en cabeza, fue: Sevilla (6-VI-1172), Córdoba (12-VI), por Alcocer y Andújar (el 20) hasta cerca de Baeza, tomando Vilches y saliendo (el 26) hacia Alcaraz, castillos estos dos últimos que Ibn Mardanis había cedido a sus auxiliares cristianos. Desde Alcaraz a Bazalote (2-VII), tras aguada en el Júcar (el 6), Abu Yaqub se apostó frente a Huete (el 11), disponiendo la lucha para el día siguiente; la resistencia de los defensores del castillo impidió al ejército almohade rebasar la murallas.

Diez días mantuvieron el sitio de Huete los almohades, infructuosamente, y siguieron hacia Cuenca; los cristianos que la cercaban se retiraron, y los almohades pudieron socorrer la plaza, muy depauperada, según elocuente testimonio de Ibn Sahib al Salat, que en realidad nos da idea de cómo debía ser la trágica situación de las tierras andalusíes más expuestas al acoso exterior y más desconectadas del poder central.

El 26 de julio cundió la voz de que Alfonso VIII con su tutor y tropas acudían, y el califa decidió poner el Júcar por medio. Ambos ejércitos se contemplaron desde sendas orillas, y cuando, el 29, dispuso Abu Yaqub batallar, los otros habían levantado el campo. Los almohades volvieron por Levante, entre imprevisiones y apresuramientos.

A Murcia llegaron el 17 de agosto, y seis después empezaron a partir los soldados, pues mantenerlos allí originó problemas. El 7 de septiembre el califa entraba en Sevilla.

La expansión portuguesa no cesaba. Alfonso Enríquez tomó Beja, pero la evacuó en enero de 1173, sin poder mantenerla. En abril, el conde Gimeno de Ávila el GibosoAbu l-barda = el de la albarda, según las fuentes árabes) llegó a algarear Sevilla, donde seguía el califa, atendiendo al reavituallamiento de Badajoz, intentado repoblar Beja, fortificando especialmente ese territorio, y enviando ataques hacia Talavera y Toledo. Castilla y Portugal solicitaron una tregua, en el verano de 1173, por sus problemas internos.

Giraldo Sempavor se pasó a los almohades y sirvió en el Magreb, como otras milicias cristianas que constituían la guardia de los soberanos almorávides, almohades y de otras dinastías posteriores.

El califa pudo seguir dedicándose a hermosear su capital de al Andalus, Sevilla, consciente de la dimensión política de las obras públicas y del valor representativo de los monumentos ostentosos, que sancionaban la categoría soberana; en 1176 tuvo que volver al Magreb, donde los almohades tuvieron que hacer frente a varias insurrecciones. Se rompieron hostilidades con León (1174-1178). Al comenzar 1177, Alfonso VIII fue sobre Cuenca, y la tomó tras nueve meses de duro asedio (octubre de 1177).

Los almohades siguen empeñados en algarear Talavera, que les resulta una accesible réplica. Fernando II ataca Arcos y Jerez. Alfonso Enríquez de Portugal, concluidas treguas, razia el rico Aljarafe sevillano, en el verano de 1178, y en ese año los musulmanes evacuan definitivamente Beja, mientras todo el Algarve está sometido a duras contiendas por mar y tierra.

Castilla hostigaba también por su lado, y Alfonso VIII llegó a tomar Setefilla. Los leoneses asediaron Cáceres en 1183. Pero el califa almohade no pudo volver a la Península, para intentar atajar todo esto, hasta mayo de 1184, con tropas masmudas y árabes. Su objetivo fue Santarem, y antes de salir de Sevilla, el 7-VI, ordenó levantar el gran alminar de su mezquita aljama, que tardó varios años en terminarse.

En esta campaña volvieron a ponerse de manifiesto los mismo defectos que habían impedido el éxito de la campaña de 1172, y sobre todo la falta de acometividad, cuya explicación más profunda reside en diversos factores de heterogeneidad de las tropas reunidas, dificultades de aprovisionamiento y, seguramente, las escasas dotes militares del califa, a quien de verdad le interesaban otros asuntos, cultos y píos.

Asediaron estrechamente los almohades Santarem , pero con su lenta marcha dieron tiempo a los de allí se aprovisionaran; así, resistían. En esto, dejando el cerco de Cáceres, Fernando II de León acudía, y el califa decidió replegarse tras el Tajo el 3 ó 4 de julio.

En el desordenado repliegue, Abu Yaqub fue gravemente herido, y murió al poco, manteniéndose secreta su muerte hasta que su cortejo llegó a Sevilla, donde fue proclamado sucesor su hijo al Mansur el 10 ó el 11-VIII-aquel año de 1184. Con Abu Yaqub los almohades alcanzaron prosperidad económica y cultural, pero el descontento interno, aunque difícil de medir, aflora en el significativo episodio de los apoyos locales recibidos por el emir de las Baleares, Ali b. Ganiya, capaz de mantenerse allí, y desde 1184, él y luego su hermano Yahya, labrarse un dominio efectivo primero sobre el Magreb central, después en Ifriqiya y hasta Trípoli, como veremos.

VIGUERA MOLINS, Mª Jesús, Historia de España Menéndez Pidal, Editada por Espasa Calpe; 1994, Tomo VIII.2 págs. 89-94.