Abd al Rahmán Sanchuelo

Datos biográficos

Militar y político de Córdoba
Nacimiento: 984
Fallecimiento: 1009
Predecesor: Almanzor

Biografía

Segundo y último de los hijos de Almanzor que se apropió el poder durante los días del desgraciado Hisham II al Muayyad. Había nacido, hacia el 984, de una princesa vascona, hija de Sancho Abarca, que hizo musulmana y adoptó el nombre de Abda, la cual solía llamarle familiarmente Sanchol o Sanchuelo, en recuerdo del citado rey de Navarra. Cuando aún no contaba siete años de edad, recibió el título de visir y, algo más tarde, el sobrenombre honorífico de Nasir al Dawla o Defensor del Estado; pero uno y otro le fueron conferidos de modo gratuito y no en premio a una precoz valía como pudiera suponerse, pues pronto se mostró tan trivial que hasta su propio padre comprendió que, si Sanchuelo llegaba a distinguirse algún día, no sería por exceso de talento, sino por todo lo contrario.

Apenas alcanzó la pubertad, y al mismo tiempo que empezó a dar elocuentes pruebas de ser un individuo extraordinariamente codicioso, fatuo y sin escrúpulos, emprendió una vida desordenada y licenciosa con la que no tardó en ganarse una fama nada envidiable. Con todo este sujeto jamás habría alcanzado personalidad histórica si la loca ambición que le poseía no le hubiera espoleado, cuando iba a cumplir veinticinco años de edad, aproximadamente, a poner en práctica una idea que fue funesta para el Califato de Córdoba: la de eliminar solapadamente a su hermano Abd al Malik al Muzaffar, a la sazón regente del reino, y suplantarle en el Poder.

Al-Muzaffar falleció el día 20 de octubre del 1008, cerca del convento Armilatense, a una jornada de Córdoba, en camino hacia Toledo, y, según se dijo oficialmente, su muerte fue consecuencia de habérsele agravado, de improviso, una afección pulmonar que padecía desde hacía algún tiempo; pero muchos allegados al difunto y, entre éstos su propia madre, al-Dhalfa', tuvieron la certidumbre de que Abd al-Malik había muerto envenenado por instigación de Sanchuelo. Este, no obstante, se hizo cargo de la jefatura de al-Andalus al día siguiente de la muerte de su hermano y, en esa misma fecha, pidió y obtuvo de Hisham que le confiere un nuevo título honorífico, el de al-Ma'mún (el que inspira confianza), para unirlo al que ya poseía de Nasir al-Dawla.

Seguidamente, y para confirmar la fama de que venía precedido, se dio por entero al libertinaje y no quedó ciudadano de la capital que desconociera, si es que antes alguno lo ignoraba, que el amirí se pasaba frecuentemente la mayor parte del día y de la noche entregado al vino y a la práctica de los vicios más torpes y abyectos. Por otra parte, el califa, que tenía muchas afinidades con Sanchuelo, no tardó en intimar con éste, y, entre uno y otro, comenzaron a cruzarse invitaciones a fiestas, a las que eran igualmente convidadas las mujeres de sus respectivos harenes.

Tal intimidad no fue obstáculo, sin embargo, para que Sanchuelo, al mes y medio de haberse hecho con el Poder, exigiese a Hisham que le nombrase heredero presunto del trono de al-Andalus mediante un documento, que, al ser divulgado, produjo gran alarma entre los habitantes de la capital, los cuales se negaron a ratificarlo y empezaron a exteriorizar su descontento por cuanto venía acaeciendo.

Algunas semanas más tarde, el 13 de enero de 1009, el amirí demostró, una vez más, su falta de tacto político al hacer saber a los dignatarios y a los empleados del gobierno que, al día siguiente, debían presentarse a su audiencia tocados con turbante, a la moda beréber, y no con los altos bonetes que usaban a la sazón. Y como esta orden no era sino una prueba fehaciente de la gran influencia que ejercían sobre Sanchuelo los grandes jefes norteafricanos de su séquito, los cordobeses se sintieron vejados y la atmósfera política de la capital se cargó de tal modo que hasta los ciudadanos menos agoreros pronosticaron la tormenta que se avecinaba.

Así las cosas, llegaron nuevas de que el conde Sancho García, que estaba al corriente de lo que venía ocurriendo en Córdoba, se disponía a atacar los territorios musulmanes, y Sanchuelo se apresuró a ponerse en campaña contra el castellano y se lió con el ejército, camino de Toledo, sin tomar en consideración las advertencias de los oficiales eslavos, que tenían pruebas de que se preparaban secretamente graves acontecimientos en la capital. No bien hubo llegado el amirí a Toledo, se agregó a sus huestes un conde de los Beni Gómez de Carrión que venía a demandarle ayuda contra Sancho, y, en seguida, le alcanzó la noticia de que Muhammad ben Hisham ben Abad al Chabbar —Muhammad II, al-Mahdi— había acaudillado una conjura financiada por la riquísima al-Dhalfa', la madre de al Muzaffar, y, tras de derrocar a Hisham II y de destruir totalmente la residencia al-'amiri de al Madina al-Zahira, se había proclamado califa y adoptado el laqab o sobrenombre honorífico de al-Mahdí bí-llah, el bien dirigido por Dios.

A ningún miembro de la camarilla de Sanchuelo le sorprendió la nueva, pues todos, sin excepción, preveían el suceso, mas a él, por el contrario, le cogió tan de improviso que difícilmente pudo hacerse a ella Por fin, ordenó al ejército que volviera etapas y se encaminó hacia Calatrava, donde estuvo detenido varios días entregado a puerilidades, y en la que tuvieron lugar las primeras deserciones de sus tropas; luego hizo ato en Manzil Hani, posada de etapa a dos jornadas de Córdoba, y allí le abandonaron todos los bereberes encuadrados en su ejército, y, por último, alcanzó una almunia, propiedad del Estado, que había en las proximidades del monasterio Armilatense —la misma en la que había sido muerto su hermano al-Muzaffar cuatro meses antes—, y en ella dejó instaladas a sus mujeres en tanto que él, en compañía del conde de Carrión, ya aludido, y que no había querido dejar desasistido al amiri en su desgracia, fue a pedir hospitalidad a los mozárabes del mencionado cenobio.

Al siguiente día, 3 de marzo de 1009, salió contra él una tropa enviada por Muhammad II, al-Mahdi, se apoderó de su persona y de la del conde, y trató de conducirlos a Córdoba pero, por el camino, Sanchuelo intentó suicidarse y los dos prisioneros fueron ejecutados sin más preámbulos. Sus cadáveres, finalmente, se llevaron a Córdoba, y en ella quedaron expuestos por algún tiempo a las injurias de la plebe.

Sanchuelo se mantuvo, pues, al frente de los destinos de al-Andalus cuatro meses escasos; pero le sobró tiempo aún para provocar, con su torpe conducta, el mayor caos que registran los anales de los musulmanes españoles: la caída del califato. Una vez que Cordoba se alzó en rebeldía, las demás provincias no tardaron en imitarla, y la unidad política de la España musulmana, que tantos esfuerzos había costado establecer a los príncipes omeyas saltó en mil pedazos en un instante. Y la fitna o guerra civil se enseñoreó del país de tal modo y lo dejó tan apocado, que ya le fue imposible totalmente reponerse en absoluto.

OCAÑA JIMÉNEZ, Manuel, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo A-E, págs. 22-24.