Abd al Malik al Muzaffar

Datos biográficos

Militar y político de Córdoba
Sobrenombre: al Muzaffar
Nacimiento: 975
Fallecimiento: 1008
Predecesor: Almanzor

Biografía

Segundo amiri que ostentó la jefatura de al-Andalus durante el nominal califato de Hisham II al Muayyad. Fue, asimismo, el segundo de los hijos de Almanzor, al cual sucedió, había nacido de una esclava apodada al Dhalfa, que habría de sobrevivirle. Mucho antes de su llegada al poder, Abd al-Malik había tenido ocasión de distinguirse por su bravura en dos hechos de armas memorables: la derrota de Ziri ben Altiva por tierras del Magrib, en octubre de 1998, y la campaña llamada de Cervera y emprendida contra Sancho García dos años más tarde. Y, además, había desempeñado con éxito el cargo de hachib de su padre desde 991 a 998 y el virreinato del Magrib desde la derrota antedicha de Ziri hasta abril del 999, en que Almanzor le llamó a su lado.

Desde entonces, parece que no se distanció ya gran cosa de su progenitor, y este, cuando se sintió morir en Medinaceli, la noche del 10 al 11 de agosto del 1002, pudo poner en manos de Abd al-Malik, que se encontraba a la cabecera de su lecho, la investidura de sucesión y un curioso testamento político cuyo texto se conserva, en el que le señalaba las normas a las que había de ajustar su conducta en tanto ejerciese el poder. Seguidamente, tras de dejar a su hermano, Abd al-Rahmán Sanchuelo, el cuidado de cumplir los últimos deberes con el cadáver paterno, Abd al-Malik tomó el camino de Córdoba y se apresuró a pedir audiencia a Hisham II para que este le confirmase en la sucesión del gran Muhammad ben Abí ‘Amir.

Mientras tanto, la noticia de la muerte de Almanzor había cundido por la capital. y los cordobeses, alentados por los oficiales eslavos de los servicios palatinos y por los clientes marwaníes, se amotinaron y marcharon a Madinat al-Zahra pidiendo a gritos que apareciese el califa en público y tomase el gobierno del Estado por sí mismo; pero Hisham, que prefería una vida tranquila y reposada a cualquier otra cosa, llamó a su presencia a Abd al-Malik, renunció al ejercicio del poder en favor de este, le confirió las mismas prerrogativas que a su padre, le ratificó el título de Sayf al Dawla o Espada del Estados que ya poseía, y, para evitar todo derramamiento de sangre, ordenó a uno de sus domésticos que saliera hacia los amotinados y les notificara su determinación, con el fin de que se disolviesen pacíficamente. La misiva no hizo efecto, y entonces fue Abd al Malik el que salió contra los reunidos y los ahuyentó sin más novedad. Inmediatamente el decreto de investidura fue leído desde el púlpito de la Gran Aljama de Córdoba; los más significados contrarios al nuevo regente pasaron a Ceuta desterrados, y cuando el grueso del ejército amirí llegó a la capital, de vuelta de Medinaceli, ya el orden estaba totalmente restablecido, y no tuvo ni siquiera que intervenir en el suceso.

Abd al Malik, desde que tuvo en sus manos de modo oficial las riendas del poder, se preocupó principalmente de conservar la hegemonía militar de Córdoba frente a los reinos cristianos, por lo que siempre estuvo dispuesto a marchar contra los mismos y hacerles sentir el peso de su poderío. Así, en el verano del 1003 emprendió una campaña contra el conde de Barcelona, Ramón Borrell III, que había roto la tregua ajustada poco antes con Almanzor; se apoderó de los castillos de Mumaqasr (Monmagastre) y Madanish (Monasterium Medianense, Meyá), y se adentró hasta Castelloll y Manresa antes de ordenar la retirada de sus huestes hacia Lérida, de la que retornó a Córdoba.

A consecuencia de esta campaña, Ramón hizo proposiciones de paz al amirí, que este aceptó, y una nueva tregua entró en vigor entre Córdoba y Barcelona. Al siguiente año, Abd al Malik fue solicitado para intervenir como árbitro en una querella entre el conde castellano Sancho García y Menendo González, el tutor gallego del pequeño rey leonés Alfonso V, acerca de la regencia del reino de León. El amiri les envió entonces al juez de los mozárabes de Córdoba, Asbag ben Abd Allah ben Nabil, que se pronunció a favor de Menendo, y el conflicto quedó solucionado por el momento.

Sancho García, sin embargo, no quedó muy conforme con el fallo, y, para demostrar a Córdoba su despecho, rompió la tregua que tenía concertada con ella, pero Abd al-Malik le hizo entrar en razón en el mismo año, y el conde castellano no tardó en ir a Córdoba para pedir la renovación de la tregua y comprometerse, además, a prestar su concurso militar al amirí cuantas veces este se lo demandase. En 1005 hizo Abd al-Malik, en efecto, una incursión por tierras leonesas, y en ella intervino Sancho con sus huestes; mas no parece que de esta incursión se infiriese ninguna ganancia material para los coaligados, no obstante haber alcanzado estos en su avance hasta el famoso castillo de Luna.

Al siguiente verano, el amiri emprendió una nueva campana que, al parecer, fue dirigida contra el condado franco de Ribagorza y que tal vez dio por resultado una efímera ocupación, por los musulmanes, de la plaza de Roda, en el valle del río Isábena. La aceifa del 1007 hubo de dirigirla Abd al Malik contra Sancho García, que habla roto con Córdoba una vez más, y valió al amiri una sonada victoria sobre el castellano, la toma y devastación de la plaza de Clunia y el nuevo título honorífico de al Muzaffar, el Triunfador, que le concedió Hisham al regreso de la misma.

Durante la campaña estival del siguiente año, los ejércitos cordobeses se lanzaron otra vez contra Sancho; mas el flamante Triunfador hubo de cosechar en ella su primera y única derrota, a juzgar por las discretisimas alusiones que de esta aceifa hacen los cronistas musulmanes. Y, finalmente, cuando Abd al Malik se disponía, meses más tarde, a salir de nuevo contra el conde castellano, se le agravó una dolencia de pecho que venía padeciendo desde hacía tiempo, y falleció el 20 de octubre del 1008, a la edad de treinta y tres años, junto al convento cristiano de Guadalmellato (Armilat), no lejos de Córdoba. Parece ser, no obstante, que Sanchuelo no fue ajeno a la rápida y prematura muerte de su hermano y antecesor, y, desde luego, al-Dhalfa', la madre de Abd al-Malik, se mantuvo desde entonces en la creencia de que su hijo había muerto envenenado por instigación de Abd al-Rahmán.

Asuntos de África

Por lo que respecta a los asuntos de África por esta época, no supusieron mucho trabajo para Abd al-Malik, porque ellos se solucionaron por sí mismos. A la muerte de Ziri ben 'Aliya, acaecida en 1001, su hijo al-Mu'izz había tomado el mando de los Maghrawa y proclamándose fiel vasallo de Córdoba; luego prosiguió con éxito la lucha contra los Sinhaya, y solicitó de Abd al Malik que le confiriese el gobierno de la Berbería occidental, previa la entrega a Córdoba de su hijo Mu'ansar como rehén; el amiri aceptó y, en el mes de agosto del 1006, envió al peticionario el nombramiento de virrey de todo el Magrib, a excepción del territorio de Sichilmassa, que estaba enfeudado a Wannidin ben Jazrún ben Falful, y al Mu'izz se hizo cargo del virreinato y en él sobrevivió no solo a Abd al Malik, sino también al califato de Occidente.

En cambio, Abd al-Malik tuvo algún trabajo con dos conjuras que se tramaron para derrocarle. La primera de ellas la urdió su hachib, Tarafa eslavo; mas fue denunciado a tiempo, desterrado a Mallorca y ejecutado bien pronto. Y la segunda, su visir Isa ben Sa'id, que, en complicidad con los aristócratas cordobeses Banu Hudayr y Banu Futays, trató de derribar al mismo tiempo al amirí y a Hisham II y de colocar en el trono a un nieto de Abd al-Rahmán III al-Nasir, llamado Hisham ben Abd al-Chabbar; Isa murió a manos de los esbirros de Abd al-Malik en los primeros días de diciembre del 1006, y el pretendiente terminó a poco sus días encerrado en un calabozo de la cárcel de Córdoba.

Abd al-Malik fue, ante todo, un soldado; pero un soldado tal, que a la hora de partir para la campaña, se presentaba a la multitud montado en un caballo pura sangre, vestido de una cota de mallas de plata sobredorada y cubierto con un casco octogonal, con el borde incrustado de piedras preciosas, entre las cuales se señalaba en el centro un rubí llameante.

Este su gusto por la ostentación más refinada influyó poderosamente en el ánimo de cuantos andaban a su alrededor, y Córdoba conoció en sus días un lujo desenfrenado e inaudito. También gustó Abd al Malik de humillarse hasta los humildes, y, de cuando en cuando, visitaba a los ermitaños, que hacían vida retirada en los cementerios, y a los desgraciados presos de las cárceles del Estado; mas de tales gustos del amirí no tomó ejemplo la gente, y si acaso copiaron algo más de él, fue la inclinación de Abd al-Malik al vino y a los placeres.

Sin tener, ni con mucho, la talla de su padre, supo ganarse una popularidad con su valor en el combate, su no escaso celo religioso, sus atinadas medidas en materia de contribuciones, que redujo a una sexta parte en beneficio de los súbditos del reino, e incluso con sus caprichos y sus aficiones. En torno a Hisham, desarrolló una política de atracción y trató al califa con mayores miramientos que Almanzor, e incluso le invitó alguna que otra vez a ciertas fiestas en al Madina al-Zahira, a condición de que atravesase Córdoba disfrazado y recorriera determinadas calles en las que el amirí se encargaba de hacer el vacío previamente. Y ni a Hisham ni a sus mujeres les regateó los recursos del Estado para que pudieran dar satisfacción a sus más insignificantes caprichos. Sus días fueron tomados como modelo de paz y prosperidad, tal vez por el gran contraste que existió entre ellos y los que vinieron inmediatamente después. A su muerte se arrogó el poder su hermano 'Abd al-Rahmán Sanchuelo, ya citado.

OCAÑA JIMÉNEZ, Manuel, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo A-E, págs. 9-11.