El emir Al Hakam I

Datos biográficos

Emir de Córdoba: 796-822
Sobrenombre: al-Rabadí
Nacimiento: 770
Fallecimiento: 822
Predecesor: Hisam I
Sucesor: Abderramán II
Padre: Hisam I

Índice

Biografía
La Jornada del Foso
La Revuelta del arrabal

Biografía

Tercer soberano omeya de al-Andalus, hijo de Hisham I y de una esclava española de nombre Zajrí. Asumió el poder a la muerte de su padre, cuando contaba veintiséis años de edad, y su reinado transcurrió en medio de continuas luchas intestinas y con el exterior que mantuvieron al monarca en permanente vigilia.

Abderramán IDírham de plata época al Hakam.

Las luchas internas fueron principalmente promovidas: unas, por los renegados o muladíes, que no se avenían ya, de buen grado, a que se les siguiera considerando casi como esclavos, incluso en aquellos distritos en donde constituían una población mayoritaria y poderosa, y otras, por los alfaquíes o teólogos musulmanes, los cuales no se resignaban a perder las posiciones de predominio que, en la política del país, habían conseguido ocupar al final del reinado de Hisham I, y de las que trataba de expulsarlos el nuevo soberano.

Las sediciones muladíes se produjeron en las marcas Superior y Media, y la más importante de ellas fue la promovida en Toledo por el renegado Ubayd Allah ibn Jamir, en el año 797, y que dio lugar a la luctuosa jornada del foso, en la cual perdieron la vida varios centenares de conversos toledanos, elegidos entre los más principales de la ciudad. El encargado de sofocar esta rebelión fue, precisamente, otro renegado: Amrus ibn Yúsuf, jefe militar, a la sazón, de Huesca y hombre tan despiadado y cruel como falso y ambicioso, al que al Hakam hizo venir desde dicha plaza fronteriza para confiarle la expresada misión.

En cuanto a las insurrecciones suscitadas por los alfaquíes, estas tuvieron a Córdoba por asiento exclusivo, y los sucesos más trascendentales a que las mismas dieron lugar fueron: la conjura del 805, que costó la cabeza a setenta y dos cordobeses notables que intentaron derribar a al-Hakam y sustituirlo en el trono por otro omeya, Muhammad ibn al Qasim, primo del monarca, y el sangriento motín del año 818, conocido en las crónicas bajo la denominación de Revuelta del arrabal, y al que dio fin la más feroz represión que registran los anales de los omeyas españoles. Esta revuelta valió al soberano el apodo de al-Rabadí (el del Arrabal).

Al margen de las revueltas de renegados y alfaquíes, se desarrollaron, también, otros conflictos internos, tales como la querella dinástica que provocaron los príncipes Sulaymán y Abd Allah, antiguos pretendientes al trono de al-Andalus y tíos de al-Hakam, que disputaron a este el poder por los años de 797 a 803, y la sublevación de los bereberes de Mérida, iniciada en 805 y que no fue totalmente reprimida por las tropas leales hasta el año 817.

Las luchas con los enemigos del exterior comenzaron con bastante éxito para los ejércitos de al-Hakam, ya que unos meses más tarde de haber subido este al trono, el general Abd al-Karim ibn Abd al-Wahid ibn Mugith desarrolló la aceifa de aquel año sobre las tierras de la primitiva Castilla, tomando Calahorra y llegando con su hueste hasta las costas santanderinas, de las que tornó a Córdoba cargado de copioso botín.

Dos años después, en 798, el éxito pasó a manos de los cristianos, y Alfonso II conquistó Lisboa. Al año siguiente, Ludovico Pío aprovechó la favorable circunstancia de que al-Hakam estaba ocupado en la lucha contra su tío Sulayman, puso cerco a Barcelona; y en 801 el gobernador musulmán de esta plaza, Sa'dún al-Ru'ayní (el Zato de las crónicas cristianas), se vio obligado a rendir la ciudad, tras dos años de resistencia, y luego de haber demandado una y otra vez, pero siempre inútilmente, ayuda a Córdoba.

Hacia septiembre u octubre de este mismo año de 801, un ejército musulmán al mando del príncipe Mu'awiya, hermano de al-Hakam, intentó realizar un ataque contra Álava y fue tan gravemente destrozado que Mu'awiya, impresionado por el descalabro sufrido, murió de tristeza meses más tarde en Córdoba, a la que había conseguido llegar no sin trabajo.

En 803 también hubo aceifa contra Álava y Castilla la Vieja; pero sus resultados fueron negativos para las tropas cordobesas. En 808, un hijo de al-Hakam, el príncipe Hisham, consiguió recuperar Lisboa, e hizo algunas correrías por tierras gallegas con menguado provecho, en tanto que, por otra parte, Ludovico Pío se apoderó de Tarragona.

Al año siguiente, 809, las tropas musulmanas se apuntaron un triunfo sobre las francas ante los muros de Tortosa. Hacia el verano de 813, Ubayd Allah ibn Abd Allah, primo de al-Hakam y al que se le designaba con el remoquete de sahib al-sawa'il (el especialista ducho en aceifas), atacó a la guardia franca de Barcelona, en una llanura próxima a la ciudad, y le ocasionó considerables pérdidas: pero no consiguió apoderarse de la plaza.

Finalmente, en 816, al-Hakam envió un fuerte ejército contra Vasconia y Castilla la Vieja, al mando del general Abd al-Karim ibn Abd al-Wahid, ya citado; y este consiguió enfrentarse con las tropas de Alfonso II, a las que produjo cuantiosas bajas durante el curso de una batalla que se desarrolló no lejos del alto valle del Ebro.

El día 21 de mayo de 822 falleció al-Hakam, cuando contaba veintiséis años de permanencia en el trono y cincuenta y dos de edad, y su cuerpo recibió sepultura en la Rawda del Alcázar de Córdoba, junto a los restos de sus antepasados. Quince días antes de su muerte había procedido, en audiencia solemne celebrada en este mismo palacio, a la investidura del príncipe Abu-l-Mutarrif Abd al-Rahmán, su hijo primogénito, al que conocemos por Abd al-Rahmán II.

Al-Hakam, según sus biógrafos, era alto, delgado, erguido, de tez morena oscura y enemigo de afeites, y se comportaba siempre como varón esforzado, enérgico y terrible. Examinaba los negocios del Estado por sí mismo y poseía gran tacto para elegir a sus colaboradores, por lo que jamás erró al escoger al hombre capaz de resolverle el problema que, en un momento dado, tuviera planteado. Discreto, gustaba de la familiaridad de los juristas y de los sabios, con quienes conversaba con elocuencia. Cumplía fielmente con sus deberes como musulmán y más de una noche abandonó a sus mujeres para dedicarse a prácticas piadosas; pero era contrario a hacer ostentaciones públicas en materia de religión y caridad.

Sus distracciones preferidas eran la caza, el juego de pelota y la organización de pequeños certámenes poéticos en los que, a veces, él mismo versificaba sobre temas épicos y amorosos con originalidad y talento. Las continuas luchas en que se vio envuelto le hicieron ser despótico y cruel con sus enemigos y extraordinariamente cauto y prudente.

Fundó la milicia mercenaria de los silenciosos (al-jurs), llamada así por estar formada por extranjeros que no hablaban el árabe, y encomendó a esta la custodia del Alcázar. A sus puertas acuarteló fuerzas de caballería y estableció depósitos de armas y otros instrumentos de guerra. Llevó a cabo importantes reformas en el recinto amurallado de la capital con miras a hacerla totalmente inexpugnable.

OCAÑA JIMÉNEZ, Manuel, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo F-M, págs. 320-322.

Jornada del Foso 797

Un año después de haber ocupado Al Hakam I el trono de al Andalus, los muladíes de Toledo, la capital de la Marca media, se desligaron de su autoridad y reconocieron por jefe a un agitador rebelde llamado Ubayd Allah b. Jamir, al cual vino a unírsele un poeta cordobés de origen toledano, Girbib b. Abd Allah, que había caído en desgracia del monarca.

Al Hakam escribió entonces a los toledanos notificándoles que estaba dispuesto a enviarles como gobernador a un muladí, si cesaban en su rebeldía y se reconciliaban con Córdoba. La contestación de aquellos fue afirmativa, y el soberano designó para gobernador de la Marca media a un renegado de su absoluta confianza, Amrus b. Yusuf, que venía ocupando la jefatura militar de Huesca y era hombre tal falto de escrúpulos de conciencia como sobrado de ambición y de doblez.

Amrus llegó a Toledo con amplios poderes de al Hakam para obrar como creyera más oportuno con tal que terminara con el espíritu levantisco que animaba a los habitantes de la ciudad, y empezó a poner en práctica, en seguida, un plan que había estudiado concienzudamente en colaboración con el monarca. Primero se ganó la confianza de sus hermanos españoles, simulando estar con ellos en su odio a los omeyas. Seguidamente, y aparentando querer librar a los toledanos de la para ellos desagradable presencia de los soldados de la guarnición, levantó una ciudad en el mismo lugar que ocupa hoy el Alcázar y se recluyó en ella con los funcionarios y las tropas del gobierno.

En tal situación, escribió a al Hakam pidiendo que le enviara un fuerte contingente de fuerzas con cualquier pretexto. Y, días después, salió de Córdoba un poderoso ejército al mando del príncipe heredero Abderramán, que marchaba oficialmente en socorro del jefe militar de la frontera superior; pero que, en realidad, se dirigía a Toledo. En efecto, una vez que Abderramán alcanzó la ciudad del Tajo, ordenó acampar a sus huestes cerca de la misma y, a poco, recibió la visita de Amrus, que, al frente de una comisión de muladíes toledanos venía a cumplimentarle.

El príncipe, para corresponder a la deferencia, y siguiendo la farsa, encargó a Amrus ante los comisionados, que preparase en su residencia un gran banquete en honor de los renegados notables de la ciudad, y el gobernador señaló una fecha para el festín, cuidando bien de invitar a todos los muladíes preeminentes de Toledo. Cuando llegó el día señalado, los renegados se dirigieron hacia la ciudadela y, a medida que iban entrando en ella, fueron pasados a cuchillo por los soldados de Amrus y sus cadáveres arrojados a un foso.

El número de toledanos víctimas de tan expeditivo ardid es difícil de determinar, ya que unos historiadores musulmanes dicen que fueron setecientos, mientras que otros los hacen subir a cinco mil. Sea cual fuere, es lo cierto que la luctuosa Jornada del Foso waq´at al hufra aterrorizó de tal modo a los muladíes de Toledo que estos tardaron en recuperar su ánimo de rebeldía cerca de quince años, pues hasta 811-812 no volvieron a producirse tumultos en la Marca media.

OCAÑA JIMÉNEZ, Manuel, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo F-M, págs. 127-128.

La Revuelta del arrabal

Revuelta del (818). Fue el ultimo y, a la vez, el más importante y trascendental de los sucesos que jalonaron la lucha disimulada e incruenta, al principio; franca y sanguinaria, después, que sostuvo al-Hakam I al-Rabadí contra los teólogos musulmanes o alfaquíes.

En el año de referencia, al-Hakam, acuciado por la penuria de fondos que habían producido en las arcas del Estado las guerras con los reinos cristianos de la Península y las rebeliones internas, se vio forzado a instituir impuestos extraordinarios que encargó de recaudar a Rabi ben Teodulfo, el jefe de su guardia y comes de la comunidad mozárabe de la capital a la sazón.

Los cordobeses, principalmente los que se asentaban en el Arrabal del Sur —hoy barriadas del Espíritu Santo, en la orilla izquierda del Guadalquivir—, que era donde vivían los alfaquíes y los estudiantes, buscaron pretextos para no hacer efectivos tales gravámenes, y pusieron en duda su legalidad al mismo tiempo que dieron a entender que les ofendía sobre manera el hecho de que fuese un cristiano el encargado de cobrarlos.

Entonces, dos de los alfaquíes más preeminentes de la Córdoba del momento, Yahya ben Yahya al-Laythi y Talut ben Abd al Chabbar, aprovecharon aquel clima de malestar para emprender una nueva campaña de agitación contra el monarca, y supieron excitar los ánimos de sus convecinos con tal maestría, que bastó un simple incidente callejero —la muerte de un espadero del Arrabal a manos de un soldado de la guardia palatina— para que estallara la formidable revuelta que había de valer a al-Hakam el remoquete de al-Rabadí o (el del Arrabal).

La noticia del aludido incidente se extendió con toda rapidez por dicho suburbio e hizo el oficio de clarín de llamada a la rebelión, y cuando al-Hakam, que había salido aquel día de caza a la Campiña, en el sur de Córdoba, se dispuso a cruzar el Arrabal horas después, de regreso a su palacio, fue acogido por los gritos e improperios de una amenazante muchedumbre, de la que, a duras penas, pudo librarle su escolta.

Diez revoltosos, que habían sido apresados en la refriega, fueron crucificados en el acto; pero esta medida solo sirvió para exasperar a los amotinados más de lo que estaban aún, y, armados de picas, hachas y cuchillos, cruzaron el puente y se lanzaron en tumulto hacia el alcázar con ánimos de tomarse el desquite en la persona del soberano. Llegaban ya a las puertas mismas del palacio, cuando cayó sobre ellos, al frente de la caballería omeya, un primo de al-Hakam, el célebre general Ubayd Allah ben Abd Allah, y los rechazó hasta el puente, lo que permitió cerrar la puerta de la ciudad que daba al mismo y acumular la mayor parte de las fuerzas disponibles de a pie en este lado de la muralla.

A continuación, el mismo general realizó con sus huestes una feliz maniobra que le puso en situación de atacar el Arrabal por la espalda e incendiar impunemente las viviendas de los sediciosos, con lo cual obligó a estos a cesar en sus embestidas contra la almedina para correr, presos del pánico más absoluto, en socorro de sus familias. A partir de aquel instante, la capacidad ofensiva de los revoltosos se vino abajo, y las tropas omeyas se lanzaron abiertamente al exterminio implacable de sus desmoralizados enemigos, y llevaron a cabo, durante tres días enteros, la más espantosa represión que registran los anales hispano-omeyas.

Unas fechas más tarde, al-Hakam condenó a morir en cruz a unos trescientos supervivientes del motín, señaló a los restantes tres días de término para que abandonasen Córdoba y ordenó que, al finalizar este plazo, todo el Arrabal fuera arrasado y que se conservara así, para enseñanza de las generaciones futuras, en tanto los omeyas ostentaran mando en la España musulmana.

Unas quince o veinte mil familias cordobesas hubieron de abandonar la capital en virtud de lo ordenado, y mientras las más de ellas embarcaron rumbo a Oriente, las menos pasaron al Magrib. Las primeras arribaron a Alejandría, se hicieron dueñas de ella y la mantuvieron bajo su dominio hasta el 827, en que fueron expulsados de ella por el gobernador abbasí de Egipto Abd Allah ben Tahir; desde allí, se dirigieron a Creta, que lograron ocupar, y Abu Hafs Umar al-Ballutí, un cordobés oriundo del Llano de los Pedroches, fundó en ella una dinastía que se sostuvo en la isla hasta el 961, en que Creta fue rescatada por el general y futuro basileus bizantino Nicéforo Focas.

Los cordobeses que pasaron al Magrib fueron autorizados por Idris I para establecerse en la naciente Fez, y fundaron en ella la Ciudad de los Andaluces (Madinat al-Andalusiyyin), que todavía perdura. Finalmente, y por lo que respecta a Yahya y Talut, los dos alfaquíes que acaudillaron la revuelta, conviene anotar que fueron perdonados por al-Hakam, como asimismo los demás teólogos que sobrevivieron al motín.

OCAÑA JIMÉNEZ, Manuel, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo A-E, págs. 369-370.