El Califa Abderramán III

Datos biográficos

Califa de Córdoba: 912-961
Nacimiento: 891
Fallecimiento: 961
Predecesor: Abdállah
Sucesor: Al Hakam II

Índice

Introducción
La rebelión andaluza
Adopción del título califal
Expansión del califato
Organización socio-cultural

Introducción

Abd al-Rahmán III, al-Nasir li Din Allah (891-961; 912-961) [Córdoba ibidem]. Octavo soberano omeya de al-Andalus y el primero de ellos que tomó el título de califa. Nació el día 7 de enero de 891, y fueron sus padres el príncipe Muhammad el desgraciado hijo primogénito del monarca Abd Allah, y una cautiva franca, o mejor vascona, apodada Muzna; a su vez, Muhammad había nacido de la princesa Íñiga, hija de Fortún el Tuerto y nieta, por tanto, del reyezuelo vascón Íñigo Arista, lo que quiere decir que por las venas de Abd al-Rahmán corrió, cuando menos, tanta sangre española como asiática.

Abderramán IIIAbderramán III, Califa de Córdoba

El trágico fin de Muhammad, asesinado por su hermano al-Mutarrif en 28 de enero del 891, hizo que la predilección de Abd Allah fuera, desde entonces, el hijo de su malogrado heredero, y el pequeño Abd al-Rahmán creció y se educó al pie del solio real por voluntad expresa de su abuelo, que no tardó en designarle su sucesor y hacerse acompañar de él en las fiestas cortesanas donde, a veces, le obligaba a ocupar el trono, en lugar suyo, para recibir las felicitaciones de los altos cargos del Estado. Tales personajes tenían puestas sus esperanzas en el joven príncipe, seguros de que a él iría a parar la autoridad, y así, cuando murió Abd Allah, nadie se atrevió a disputar el poder a Abd al-Rahmán, y este fue proclamado soberano de al-Andalus, a los veintiún años de edad, el mismo día —15-X-912— en que se celebraron las exequias de su abuelo.

Una vez en el trono, el joven monarca se propuso restaurar la autoridad y el prestigio de la dinastía omeya en todo al-Andalus. y encauzó inmediatamente sus actividades hacia este fin. Dos victorias iniciales —la derrota del cabecilla bereber al-Fath ben Musa ben Zemún por tierras de Calatrava, a finales del 912, y la toma de Écija, a principios del 913— que se apuntaron los ejércitos reales sobre sus enemigos, fueron sendos acicates que lanzaron a Abd al-Rahmán hacia la consecución de sus propósitos y, en la primavera de 913, mandó en persona la primera de las campañas encaminadas a terminar con las dos grandes endemias que corroían la España musulmana del momento: la rebelión andaluza y los principados independientes.

La rebelión andaluza

Esta campaña, llamada de Monteleón, supuso para el omeya la rendición de los principales cabecillas muladíes de los distritos de Jaén y Elvira —Sa'id ben Hudhayl, Ibn al-Shaliya, Ibn Attaf, los Banu Habil, etcétera— y la ocupación en estas zonas de unas setenta plazas fuertes de primera categoría y hasta trescientas fortalezas más, entre castillos, torres y alcazabas, de importancia secundaria.

En diciembre del mismo año, y por efecto de desavenencias surgidas entre los últimos miembros de los Banu Hachchach, fue ocupada Sevilla por el hachib Badr en nombre de Abd al-Rahmán III. Este, al siguiente año, realizó una fructífera campaña por tierras de Reyyo y Algeciras e inició sus ataques a las posesiones de Umar ben Hafsún, al cual derrotó ante los muros del castillo de Ojén.

Desde entonces, y aparte de otras campañas que se realizaron en 916 y dieron por fruto las sumisiones de Valencia y Tudmir en el Este y las de Niebla, Mérida y Santarém en el Oeste, las aceifas o campañas estivales se sucedieron por las expresadas tierras del mediodía peninsular, primero contra el campeón de la independencia española, y luego, desde que Umar murió en septiembre del 917, contra sus hijos, hasta que el último de ellos, Haís ben Umar, se vio forzado a rendir Bobastro, la cuna misma de la rebelión andaluza, en enero de 928.

Entre tanto, habían sido sometidos ya los demás sediciosos de la región, todos los señores que se daban aires en ella de príncipes independientes e incluso el estado federativo de los marinos de Pechina, por lo que la ocupación de Bobastro no solo señalaba el término anhelado de la rebelión andaluza, sino también el restablecimiento de la soberanía omeya en toda Andalucía.

Por tales motivos, el júbilo que se apoderó de Abd al-Rahmán cuando le notificaron la capitulación de Bobastro fue inmenso; pero después este júbilo se trocó en salvaje espíritu de venganza que impelió al soberano a visitar la fortaleza contra la que se habían estrellado los mejores ímpetus de sus mayores, hollar todas las dependencias de la misma y proceder, por último, a la exhumación infamante del cadáver de Ibn Hafsún para que fuese trasladado a Córdoba y expuesto al desprecio y a las maldiciones de los musulmanes.

Adopción del título califal

Una vez de vuelta a la capital, Abd al-Rahmán quiso subrayar ante sus súbditos la definitiva consolidación de su autoridad soberana, que ya ningún agitador podría disputarle, dentro de las fronteras del reino, sin exponerse a su implacable rigor, y, a tal efecto, al comenzar el año 929, tomó la decisión más significativa de su carrera política: ordenar que se le llamase en las cartas a él dirigidas y se le invocase en los almimbares con los títulos supremos de califa (jalifa) y príncipe de los creyentes (amir almu minín), y que se le asignase desde entonces el laqab o sobrenombre honorífico de al Nasir li-din Allah, el que combate victoriosamente por la religión de Allah.

En consecuencia, y conforme a estas órdenes, los predicadores de todas las aljamas de al-Andalus comenzaron a hacer la invocación en favor del califa Abd al-Rahmán al-Nasir li-dín Allah, príncipe de los creyentes, siendo el primer sermón público o jutba en que se hicieron votos por la vida y salud de Abd al-Rahmán, dando a este los expresados títulos supremos, el que se pronunció desde el púlpito de la Gran Aljama de la capital el viernes 16 de enero del año de referencia.

Sin embargo, al flamante califa quedaban todavía muchos días de lucha contra sus enemigos del interior para que, no ya la soberanía espiritual que acababa de adjudicarse, sino su mera soberanía terrena fuera una realidad tangible en todo al-Andalus, aun cercenando del mismo toda la Marca superior en la que Abd al-Rahmán había tenido que contentarse, desde el día de su entronización, con ejercer una especie de protectorado sobre el gobernador semi-independiente de Zaragoza, Muhammad el Tuerto, para que el tuchibí siguiera contrarrestando los ataques, cada vez más inofensivos ya, de los Banu Qasi de Tudela, de los Banu-l-Tawwil de Huesca y de los Banu Zenún de Santaver.

Por de pronto, al-Nasir hubo de proceder personalmente, en el mismo año 929, a la sumisión de los principados de Beja y Ocsonoba, en tanto que otras fuerzas omeyas conquistaban Játiva y Sagunto; luego, en 930, obligó al último príncipe de los Banu Marwán de Badajoz a rendir esta plaza tras algunos meses de asedio, y, finalmente, dos años después —los mismos que la tuvo cercada—, hizo doblegarse a su voluntad a la ciudad de Toledo.

A partir de este momento, sí puede decirse que todos los territorios de la España musulmana de aquella época, con la única excepción ya señalada de los correspondientes a la Marca superior, quedaron reintegrados a Córdoba y pagaron sus tributos con toda normalidad al Estado omeya, el cual se convirtió pronto en el más rico, probablemente, de toda Europa.

Expansión del califato

Mucha fue la actividad desplegada durante todo el reinado de Abd al-Rahmán por los reyes cristianos de la Península contra al-Andalus, y mucha, igualmente, la que el soberano cordobés desplegó contra la España cristiana de su época. Así, el 19 de agosto del año 913 Ordoño II atacó Évora, que fue tomada y entregada a la matanza, en la que perecieron el gobernador musulmán y unos setecientos hombres de la guarnición; dos días después, Ordoño abandonó la plaza y se volvió a sus tierras, llevándose cautivos cerca de cuatro mil mujeres y niños.

Un año o dos más tarde, el monarca leonés atacó el castillo de Alanje, en la región de Mérida, e hizo correr a la guarnición y a la población musulmanas de la fortaleza la misma suerte que a las de Évora. Con estas audaces incursiones, Ordoño sembró el pánico entre las poblaciones del Algarve, y hubo señor musulmán, concretamente el príncipe Abd Allah, de los Banu Marwán de Badajoz, que para atraerse la clemencia del rey cristiano, le envió un tributo importantísimo.

La reacción del soberano omeya no se hizo esperar y, en el verano de 916, encomendó a su general Ibn Abí Abda el mando de una aceifa por tierras de León, la cual resultó particularmente provechosa para las tropas cordobesas y fue la primera que las mismas realizaron contra los territorios cristianos de la Península bajo la égida de Abd al-Rahmán III. Al siguiente verano, el mismo general Ibn Abí Abda trató de apoderarse de la posición leonesa de San Esteban de Gormaz, en el valle del Duero; mas tanto él como la inmensa mayoría de sus soldados, perdieron la vida en el curso de una memorable batalla que hubieron de librar contra las huestes de Ordoño, ante las puertas mismas de dicha plaza, el día 4 de septiembre de 917.

Luego, el rey leonés ajustó una alianza con Sancho Garcés I de Navarra y, en la primavera del 918, se dirigió a tomar Talavera, sobre el Tajo, mientras el soberano de Pamplona atacaba el feudo de los Banu Qasi, sus vecinos, y asolaba los alrededores de Nájera, Tudela y Valtierra. Unos meses más tarde, en agosto de 918, el hachib Bard ben Ahmad, infligió a Ordoño una derrota de consideración cerca de una localidad llamada Mitonia o Mudania, cuya situación se desconoce. En el verano de 919, el general Ishaq ben Muhammad al-Qurashi desbarató los contingentes del rey leonés cuando este trataba de adentrarse nuevamente por los territorios musulmanes.

Al siguiente año (920), Abd al-Rahmán se decidió a salir personalmente contra Ordoño y Sancho y llevó a feliz término la célebre campaña de Muez, que duró tres meses y cuyas fases principales fueron: el saqueo e incendio de Osma (8 de julio); la toma y desmantelamiento de San Esteban de Gormaz, al día siguiente; la ocupación de las fortalezas de Carcar y Calahorra días más tarde; el sangriento descalabro de navarros y leoneses en el valle de Junquera o célebre derrota de Valdejunquera el día 26, y, por último, la conquista al asalto del castillo de Muez, del que tomó nombre la campaña, el día 29.

En 921, Ordoño II hizo una profunda incursión por territorio musulmán sin ser molestado por las fuerzas del gobierno de Córdoba. En 923, el monarca leonés se adueñó de Nájera, mientras Sancho Garcés I atacaba a los últimos miembros de los Banu Qasi en el castillo de Viguera. Al año siguiente, Abd al-Rahmán emprendió por sí mismo una aceifa de castigo contra el rey navarro y, durante ella, saqueó e incendió los castillos de Peralta, Falces, Tafalla y Carcastillo, derrotó e hizo huir a Sancho Garcés en el valle del Irati, atacó Pamplona, cuya ciudadela fue ocupada, saqueados sus barrios e incendiada su catedral, y finalmente, bajó contra la vieja fortaleza musulmana de Sajra Qays (Azagra), que destruyó y emprendió el camino de regreso a sus dominios por Tudela.

En 932, tras un período de inactividad por ambas partes de siete años —los mismos que disiparon las luchas dinásticas en León— Ramiro II se adueñó de Madrid. Al siguiente año las tropas musulmanas fueron derrotadas por este mismo rey leonés ante los muros de Osma. En 934, Ramiro quedó cercado en Osma, en tanto que Abd al-Rahmán III marchó contra Burgos y algunas otras fortalezas y las desmanteló.

En 937, el gobernador de Zaragoza, Mohammad ben Hashim, un nieto de Muhammad el Tuerto, concertó una alianza con León y Navarra y al-Nasir marchó inmediatamente contra el rebelde y le hizo volver a la obediencia, luego de rescatar dicha plaza. Dos años después, el día 1 de agosto del 939, el califa sufrió el gravísimo desastre del foso (jandaq) de Simancas, donde los contingentes leoneses de Ramiro II, los castellanos del conde Fernán González y los navarros de la reina Toda o Tota se cubrieron de gloria.

Desde 940 a 945 menudearon las incursiones de los musulmanes por tierras de León y Galicia, de las que volvían repletos de botín. En 946, el cuartel de operaciones de la Marca media de al-Andalus fue trasladado desde Toledo a la vieja fortaleza de Medinaceli, que había estado abandonada durante mucho tiempo y hubo de ser previamente reconstruida. Desde 947 a 954 se registraron algunas expediciones más de los musulmanes al sector gallego, una a tierras salmantinas y el descalabro infligido, hacia el 950 por las huestes de Ramiro II a un ejército omeya en Talavera.

En julio de 956, una coalición de oficiales fronterizos musulmanes hizo más de diez mil muertos a los cristianos al atacar por sorpresa un fuerte de incierta localización; Ordoño III, el rey leonés de entonces, bajó a saquear Lisboa, y su suegro Fernán González obtuvo un buen éxito sobre los musulmanes cerca de San Esteban de Gormaz. Al siguiente año, al-Nasir concertó un ventajoso tratado con Ordoño y el conde castellano; mas, en seguida, murió el rey de León, y su hermano y sucesor, Sancho el Craso, se negó a ratificar las cláusulas del documento, por lo que el califa ordenó proseguir la lucha, y Sancho sufrió un serio descalabro, ya en 957, que le supuso la pérdida del trono leonés y el salir hacia Navarra para colocarse bajo la protección de su abuela Toda.

Y poco tiempo después, y a consecuencia de haberse decidido la reina navarra a emprender el camino de Córdoba con su hijo García II y su nieto Sancho para rendir solemne homenaje al califa y pedir a este ayuda militar, al-Nasir envió un ejército contra Zamora, que fue ocupada, coadyuvando a que Sancho I recobrase el trono leonés en 960 y terminó siendo el árbitro de los decadentes Estados cristianos de la Península, los cuales fueron desde entonces tributarios suyos hasta que murió. Por lo que respecta a las relaciones entre Córdoba y Barcelona por esta época, parece ser que, por lo general, fueron amistosas, si bien la plaza de Tarragona fue recuperada por los musulmanes en los últimos días de al-Nasir y sin que se sepa a ciencia cierta qué circunstancias concurrieron en el suceso.

Otra faceta interesante del reinado de al Nasir, la constituyó la gran actividad política y guerrera que este soberano se vio forzado a desarrollar en el septentrión africano para librar a la España musulmana de la amenaza fatimí; mas, para exponer aquí dicha actividad, se haría preciso relatar también las innumerables luchas que tuvieron lugar por esta época en el Magrib entre fatimíes, idrisíes y bereberes, y, a la postre se llegaría a la conclusión de que Abd al-Rahmán, mediante la práctica de una política tan audaz como atinada y oportunista, no solo logró inmiscuirse en los asuntos de África y atraer hacia la órbita omeya un buen número de partidarios con bastante antelación al único intento de los fatimíes contra al-Andalus —el saqueo de Almería, en 955, por los soldados del califa al-Mu'izz—, sino que consiguió, además, posesionarse de Ceuta (927) y Tánger (951), las plazas marítimas más importantes del litoral africano en el Estrecho.

Organización socio-cultural

El primero y más grande de los califas cordobeses tuvo la tez blanca y algo sonrosada; las facciones, regulares y componiendo un rostro atractivo; los ojos, azul oscuro y muy vivos; los cabellos, rubios tirando a rojizos, que se teñía de negro para disimular su brillo leonado, y el cuerpo, un tanto deforme: recio y largo tronco y corto de piernas. A causa de esta imperfección corporal cuando montaba a caballo parecía de talla aventajada, aunque sus talones apenas bajaban un palmo de la silla; mas de pie, resultaba bastante bajo y rechoncho.

Sus biógrafos dicen de él que atesoraba los mejores dones intelectuales y morales, y que sus cualidades predominantes eran una inteligencia realista y metódica y una tenacidad a prueba de todo contratiempo. Siempre se manifestó como un hombre de ideas amplias y de ambiciosos proyectos al que no cuadraba la general estrechez de miras de los cortesanos que formaban su camarilla. En materia religiosa, fue el más tolerante de los príncipes de su dinastía, y los cristianos y los judíos de al-Andalus llevaron una vida tranquila y próspera bajo su reinado y le devolvieron, en afecto y fidelidad, las simpatías que por ellos manifestó.

Poseyó un sentido exacto de la majestad real y se impuso a sí mismo una etiqueta tiránica que le obligó a vivir apartado del pueblo y a no presentarse a sus súbditos sino en muy contadas ocasiones y rodeado siempre de gran fausto y ostentación, según un protocolo que se hizo cada vez más pomposo y teatral, a medida que fueron aumentando las posibilidades económicas del Estado omeya.

En razón de este aumento, se fue incrementando también el capítulo de obras públicas y ello dio ocasión a Abd al-Rahmán para dar a conocer su mucha capacidad creadora. Esta empezó a traslucirse en ciertas construcciones de poca monta que el soberano realizó en Córdoba durante la primera década de su reinado; luego, se fue haciendo cada vez más visible en obras cordobesas de mayor categoría, tales como las de la Dar al-Sikka o Ceca a fines del 928 y las de la Dar al-Rawda o Casa del jardín florido, dentro del Alcázar, algo más tarde, y terminó por manifestarse totalmente en la fundación de Madinat al-Zahra en 936, en la de las atarazanas de Tortosa en 944-45, en las obras que llevó a cabo al-Nasir en la Mezquita de Córdoba, y, por último, en las que implicó la restauración de la Aljama de Tarragona y la construcción del castillo de Tarifa en 960.

Por otra parte, el progresivo mejoramiento de los ingresos estatales permitió al califa incrementar también la cantidad de siervos y libertos que se movían en torno suyo, tanto en su vida privada como en la oficial, y los saqaliba o esclavos afectos a su casa civil llegaron a alcanzar, en sus días, un número considerable y comenzaron a formar en Córdoba una clase social super-privilegiada, que no tardaría mucho en desempeñar un papel nefasto en la política de al-Andalus.

Finalmente, en los últimos años de al-Nasir, se reanudaron las relaciones diplomáticas entre Córdoba y Bizancio, y los reyes de Francia, Alemania e Italia solicitaron la alianza del Califa cordobés, y hubo intercambio de embajadores con tal motivo.

Abd al-Rahmán murió en Córdoba el 15 de octubre de 961, en pleno apogeo de su fama y de su poderío, y fue inhumado en la Rawda del Alcázar, junto a sus antepasados. Le sucedió su hijo Abu-l-'Así al-Hakam o al-Hakam II al-Mustansir bi-llah.

OCAÑA JIMÉNEZ, Manuel, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo A-E, págs. 18-22.