Nubeluz

La Independencia de los Estados Unidos

Autor: Ramón Ezquerra

El desarrollo del conflicto entre Inglaterra y sus colonias

Después de la guerra de los Siete Años comenzó inmediatamente el conflicto entre Inglaterra y sus colonias de Norteamérica, provocado por las medidas fiscales tomadas por la metrópoli para resarcirse de los gastos causados por aquella, para sostener un ejército en las colonias que evitara una reacción francesa y, al mismo tiempo, para reforzar la soberanía económica sobre las mismas y contener el contrabando. A tal política respondieron las leyes de Grenville (1764-1765), con nuevos impuestos sobre el azúcar importado de las Antillas, ejército permanente, derecho de acuartelamiento, restricción de la emisión de papel moneda, refuerzo de las leyes de navegación, traslado de los delitos de contrabando a los tribunales del Almirantazgo y Ley del Timbre; las leyes de Townshend con recargos aduaneros sobre otros artículos importados (1767), establecimiento de inspectores de aduanas y facultad de juzgar a los reos contra las leyes fiscales o por sedición fuera de las colonias, excluyéndolos del juicio por jurados.

Medidas que hallaron desde el comienzo una fuerte oposición, en que los motivos interesados quedaron cubiertos por la defensa de los derechos de los colonos y de sus libertades atropelladas, alegándose que no se les podían imponer tributos no votados por sus asambleas respectivas, ya que las colonias no estaban representadas en el Parlamento británico, negándose a este el derecho de imposición sobre ellas. Se añadía un conflicto muy anterior entre las asambleas de cada colonia y sus gobernadores, que trataban de imponer la autoridad de la metrópoli y a los cuales, a su vez, aquellas querían tener sujetos mediante el voto de sus sueldos y a causa de la disolución de las mismas que a su arbitrio hacían los gobernadores.

Surgieron en seguida protestas, expresadas también por las asambleas y canalizadas por los llamados Comités de Correspondencia que sostuvieron la agitación y se relacionaron mutuamente, elevándose memoriales de agravios al gobierno y destacándose los informes de James Otis en Massachusetts, de Patrich Henry en Virginia y de Franklin, enviado a Inglaterra, y se acudió a la violencia. El Congreso de la Ley del Timbre, con representación de nueve colonias (1765), redactó un memorial de agravios, afirmando el derecho de las colonias al jurado, a sus libertades y privilegios y a no ser gravadas con más impuestos que los votados por sus asambleas. Anulada la Ley del Timbre durante el gobierno de Rockingham, afirmó, sin embargo, el Parlamento su derecho y el del rey para dar leyes e imponer tributos a las colonias.

Se reanudó la agitación a raíz de las leyes de Townshend, alzándose la voz de Samuel Adams en Massachusetts, y practicandose de nuevo la violencia, como en el rescate de un barco contrabandista propiedad de John Hancock; la llamada matanza de Boston (1770), de muy pocas víctimas, excitó más los ánimos. El nuevo primer ministro lord North anuló las leyes de Townshend (1770), ante el boycot a las mercancías inglesas y los perjuicios acarreados; pero siguió la agitación, que desafió a la autoridad con la destrucción del guardacostas Gaspee (1772); el partido radical se organizó y mantuvo la oposición al gobierno basándose en los ataques a los derechos de los colonos, y por medio de los Comités de Correspondencia formó una organización revolucionaria, aunque la eficacia de aquellos resultó limitada.

Samuel Adams dirigió hábilmente la propaganda, secundado por P. Henry, R. H. Lee y Thomas Jefferson. La chispa definitiva la proporcionó la concesión por North a la Compañía de Indias del permiso de exportar el té a las colonias mediante un módico impuesto, sin abonar nada en Inglaterra, lo que perjudicaba a los contrabandistas de este género, que no podrían sostener la competencia; la opinión se negó a aceptar el té barato y su desembarco y en Boston un cargamento fue arrojado al mar (1773).

Replicó el gobierno, sostenido por el Parlamento, con las leyes intolerables aplicadas a Massachusetts, que cerraban el puerto de Boston, hasta que se compensara a la Compañía citada por los daños; el Consejo —el otro organismo de cada colonia— sería nombrado por el rey, y no por la asamblea, e igualmente los jueces; los delitos serían juzgados fuera de la colonia o en Inglaterra y se ratificaba la ley de acuartelamiento; asimismo se agregó el territorio del noroeste al Canadá.

Las colonias, a su vez, decidieron resistir y se reunió en Filadelfia el primer Congreso Continental (1774), con representación de doce de las trece colonias; prevaleció el partido radical y se aprobó un memorial de agravios, que condenaba toda la política seguida por la metrópoli en los últimos años, afirmando solemnemente los derechos de los ciudadanos de las colonias, y negando al Parlamento el derecho de legislar sobre estas; además de mensajes al rey y al pueblo inglés, se acordó evitar todo comercio con Inglaterra. North dio una medida conciliatoria sobre los impuestos, contrarrestada por la prohibición de que aquellas colonias comerciaran más que con la Gran Bretaña o sus posesiones de las Antillas. Chocaban el derecho natural, invocado por las colonias, y el histórico inglés.

En las colonias se hicieron preparativos militares, y en Massachusetts se nombró un comité de seguridad. Un choque en Lexington (19 de abril de 1775), entre las milicias revolucionarias y tropas inglesas, inició la guerra. Siguieron el sitio de Boston por los rebeldes, la batalla de Bunker Hill y el alzamiento de varias colonias. En este ambiente se reunió el segundo Congreso Continental en Filadelfia (10 de mayo de 1775), presidido por Hancock, y que se convirtió en el gobierno que dirigiera la revolución y la guerra. Fracasada una última tentativa conciliatoria, siempre que se diera satisfacción a las colonias, contestó Jorge III declarando rebeldes a los norteamericanos y adoptándose medidas de guerra contra ellos.

Declaración de Independencia de los Estados UnidosDeclaración de Independencia de los Estados Unidos

La revolución había sido en realidad obra de una minoría, pero audaz y sin consideraciones, que se impuso al elemento conservador, partidario de no extremar la actitud intransigente, y al elemento leal a la metrópoli, muy numeroso, pero que fue perseguido duramente y aplastado. No se hablaba aún muy abiertamente de independencia, pero la marcha de la guerra y sus violencias y la pendiente adoptada difundieron una opinión favorable a la misma, que encontró su expresión en el panfleto Common Sense, de Thomas Paine. Se presentó al Congreso una propuesta en ese sentido por Richard Henry Lee, y al fin se acordó aprobarla, encomendándose a Thomas Jefferson la redacción de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, aprobada por el Congreso el 4 de julio de 1776.

Surgía así por primera vez una nación independiente de origen europeo en América. Era resultado de una tradición distinta de la española y aun de la europea, del deseo de sus antiguos inmigrantes de fundar una sociedad nueva —a diferencia del trasplante efectuado por España—, del espíritu democrático del calvinismo y de la revolución inglesa del siglo XVII; del amor a la libertad y al desenvolvimiento sin trabas, de la organización política y social de aquellas colonias y su autonomía, con la participación del pueblo en los asuntos públicos; de las libertades consolidadas de palabra, prensa y reunión, y el tono igualitario, tendiéndose más a las diferencias de fortuna que de linaje; a estos precedentes ideológicos se unían los factores económicos, la resistencia al rígido mercantilismo que quería imponer la metrópoli, regulando su comercio y limitando su industria, impulsado por el predominio del partido whig en el gobierno británico, el partido de la nueva aristocracia industrial y mercantil con un desarrollo económico en plena expansión y con su afán de supeditar las colonias a su interés; por otra parte, se había formado un pueblo nuevo en América, distinto del puramente inglés, con aportación de elementos irlandeses y extranjeros, que no se sentían solidarios de la metrópoli; había tenido fin el peligro francés en Norteamérica; pueblo con intereses, necesidades e ideología propios. El ideario era procedente de Locke, además de la tradición anglosajona y puritana y matizado en algunos espíritus por el enciclopedismo francés. Se agregó al comienzo la crisis causada por el fin de la guerra —que era negocio—, la intransigencia inglesa y la actuación decidida y constante del partido radical.

Actitud de Francia y de España ante la revolución

Desde el comienzo observó Francia los sucesos de América con interés, por su deseo de desquite por la derrota sufrida en la guerra de los Siete Años. Coincidió su agudización con el advenimiento de Luis XVI (1774) y un nuevo gobierno, en el que ejercía el ministerio de Asuntos Exteriores el conde de Vergennes, enérgico e informado, que aspiraba a restablecer el prestigio francés; pero debía asegurar antes la fuerza naval, la alianza española y la neutralidad de las otras potencias. Envió agentes a Inglaterra —el literato Beaumarchais— y a América. En 1776 llegó a París Silas Deane, enviado por el Congreso, y Vergennes lo remitió a Beaumarchais, que había constituido una supuesta casa de comercio, cuyo fin era el envío de suministros a las colonias insurrectas.

Tras la declaración de independencia, el Congreso envió a Franklin, cuyo prestigio científico y en los ambientes enciclopedistas ayudaron a su labor; también vino Arthur Lee. Los reveses americanos después de la declaración hicieron vacilar a Francia, decidiéndose a intervenir tras el triunfo de Saratoga (1777). Contaba con la neutralidad de Prusia y la alianza con Austria, aunque siguiendo hacia ella una política poco benévola. Había otorgado ya a las colonias un millón de libras y luego dio otras cuantiosas subvenciones. Habían ido a Norteamérica militares voluntarios, como Lafayette. El mencionado éxito y el temor a una reconciliación entre Inglaterra y las colonias impulsaron a Vergennes a precipitar la entrada de Francia en la guerra, por varios tratados de alianza y comercio y reconocimiento del nuevo Estado (6 de febrero de 1778).

Esta nueva guerra ofreció la particularidad de que por primera vez en el siglo XVIII Inglaterra luchó sola. El juego de la diplomacia coetánea motivó la neutralidad de Austria, Prusia y Rusia; la zarina Catalina II, que pudo intervenir a favor de Inglaterra, cambio de actitud ante los abusos ingleses con la navegación de los neutrales, exagerando el concepto de contrabando de guerra: hábilmente Francia y España reconocieron la libertad de comercio de los neutrales, salvo el estricto contrabando de guerra, y Catalina constituyó la Liga de Neutralidad Armada (1780), a la que se adhirieron las demás potencias, incluso Turquía y Portugal; la actitud de Holanda y su gran tráfico con los Estados Unidos ocasionaron que Inglaterra le declarara la guerra, y así tuvo un enemigo más (1780).

El gobierno español siguió una conducta vacilante; deseaba vengar los agravios ingleses y recuperar los territorios perdidos, pero temía el ejemplo de una sublevación colonial ante los súbditos hispanoamericanos. Francia quería ir a la guerra, pero con la alianza española. El conde de Aranda, embajador en Francia, secundaba los propósitos de Vergennes y era partidario de ayudar a los insurgentes, alentado además por sus amigos los enciclopedistas. Desde 1776, por su consejo, se enviaron disimulados socorros a los norteamericanos, desde España y desde la América española. El intermediario fue la casa bilbaína de Gardoqui. Franklin, en sus gestiones por obtener la alianza española, además de la francesa, ofrecía garantizar las posesiones de las Antillas e incluso ayudar a conquistar las inglesas y aun Portugal.

Aranda entregó a los enviados yankis 4.000.000 de reales por medio de Vergennes (1776): en una memoria de 1777 aconsejaba tratar con la nueva nación, previendo su futuro y rápido crecimiento y que España quedaría sola ante ella; pero los gobernantes españoles veían el mencionado ejemplo para la América española y preferían que se desgastasen Inglaterra y las colonias. Cuando Lee quiso venir a España el ministro de Estado, marqués de Grimaldi, que cesaba entonces, salió a su encuentro a Burgos para evitar su llegada a Madrid (1777). Sucedió a Grimaldi Floridablanca, partidario de ir a la guerra, pero por motivos puramente españoles y para recobrar lo perdido. Entretanto prefería ofrecer garantías a las colonias y ayudarles, evitar su reconciliación con Inglaterra y prepararse para una guerra juzgada inevitable (memoria de 8 de agosto de 1777 y Catecismo o consulta a Aranda, de 13 de enero de 1778); seguiría la política de indecisión, sin aprovechar el momento en que los norteamericanos tenían hondo interés por la ayuda española, la que corroboró la reunión de ministros de enero de 1778.

Previamente quería España resolver un conflicto con Portugal por la cuestión del Sacramento, lo que condujo a una breve guerra victoriosa, terminada por los tratados de San Ildefonso y El Pardo (1777 y 1778). Entrada Francia en la guerra, España aún se mantuvo ajena un año, durante el cual intentó Floridablanca ofrecer su mediación al fin en forma de ultimátum (3-IV-1779), cuyo rechazo por Inglaterra y los abusos de esta con los barcos españoles llevaron al final a la guerra el 22 de junio de 1779; previamente se había firmado un tratado secreto con Francia en Aranjuez, el 12 de abril de 1779; España iba a la guerra por la reconquista de Florida, Gibraltar, Menorca y otros territorios, y decidida a no reconocer a los Estados Unidos ni a considerarlos como aliados, por no reconocer a vasallos rebeldes, aunque durante la guerra existió una alianza de hecho. Se envió un representante oficioso a América, Juan Miralles, y a su muerte a Diego de Gardoqui.

La intervención de España en la guerra

Antes de la Declaración de Independencia, los ingleses ya evacuaron Boston, y Washington había sido nombrado comandante en jefe del ejército norteamericano. Pero a fin de año tuvo que evacuar Nueva York, convertida en adelante en base inglesa y de los leales, y retirarse al otro lado del Delaware; la situación, muy apurada en el invierno de 1776-1777, se mejoró por los éxitos de Trenton y Princeton, y en octubre de 1777, la rendición del general inglés Burgoyne en Saratoga cambió la suerte de la guerra, y acarreó la intervención francesa; pero entre tanto Howe tomó Filadelfia (1777) y Washington sufrió otro duro invierno en Valley Forge. North, ante Saratoga, intentó aún un inútil esfuerzo de conciliación y por la entrada de Francia en la guerra decidió evacuar Filadelfia y concentrar las fuerzas inglesas en Nueva York, Newport, Florida y Canadá y en la lucha naval; pronto también se evacuó Newport.

Capitulación de Cornwallis en Yorktown. John Trumbull (1820)Capitulación de Cornwallis en Yorktown. John Trumbull (1820)

Francia envió la flota de D'Estaing (1778), que no hizo mucho, pero marchó a las Antillas, donde los franceses tomaron Dominica y otras islas. En 1780 partió otra expedición con Rochambeau; entre tanto el escenario de la guerra se había trasladado al sur de los Estados Unidos, efectuando los ingleses desde 1778 expediciones a Georgia y las Carolinas e incluso Virginia, con éxito al principio (toma de Charleston, batallas de Camden, 1780, y Guilford, 1781). Pero en 1781 Washington y Rochambeau, con la flota francesa de De Grasse, efectuaron la campaña final, que terminó con la capitulación del general inglés Cornwallis en Yorktown (Virginia) (19 de octubre de 1781), poniéndose fin de hecho a la guerra de independencia. Entre tanto Clark había conquistado los territorios del Oeste.

Al entrar España en guerra, Bernardo de Gálvez, gobernador de Luisiana, se apresuró a apoderarse de Manchac, Baton Rouge y Natchez en el bajo Mississipí (1779); con más medios se apoderó de Mobila (14-III-1780) y con más dificultad de Panzacola (9 de mayo de 1781), donde asistió Miranda. Al mismo tiempo fracasó un ataque inglés a San Luis —de España entonces—, (1780), y Cruzat, su nuevo comandante, envió una expedición que destruyó los pertrechos ingleses en Saint Joseph (en el lago Michigan, 1781). Matías de Gálvez, a su vez, expulsó a los ingleses de Honduras (1779).

Francia proyectaba un desembarco en Inglaterra con la escuadra de Orvilliers y la de Luis de Córdoba, uniéndose ambas en Galicia y marchando de ahí al Canal de la Mancha; pero Córdoba se retrasó cincuenta días y falló el plan; se intentó un ataque a Plymouth (1779) y la escuadra quedó inactiva en Brest; luego Córdoba partió al sur de España, donde se había comenzado el sitio de Gibraltar por Martín Alvarez de Sotomayor y Barceló y defendido por George Elliot; el almirante Rodney derrotó, cerca del cabo de San Vicente, a Lángara (16 de enero de 1780), habiéndose refugiado Córdoba en Cádiz por las tormentas, y socorrió Gibraltar. Córdoba capturó luego en las Azores un importante convoy mercante inglés (agosto de 1780).

La guerra se llevó a cabo en las Antillas y en los mares peninsulares. Después de D'Estaing partió al mar Caribe La Motte-Piquet, que capturó una escuadra inglesa con un buen botín (1781). Luego partió De Grasse (1781), pero se dirigió al continente para la campaña referida, tras luchar con Hood y tomar la isla de Tobago. Rodney se había dirigido también a las Antillas, donde consiguió bastantes éxitos, como la conquista de las islas de San Eustatio (holandesa), San Martín y Saba (1781). Vuelto De Grasse a las Antillas, se apoderó de San Cristóbal y Nevis (1782), pero fue derrotado en la Dominica por Rodney (12 de abril de 1782), lo que impidió la proyectada expedición franco-española contra Jamaica para recobrarla, cuyo ejército estaba acampado en la parte francesa de Santo Domingo a las órdenes de Gálvez. España había enviado a las Antillas a José Solano, que se unió al almirante francés Guichen, pero este se quedó en la Martinica y no se pudo realizar ninguna operación de importancia (1780); con Solano iban tropas al mando de Victorio de Navia.

Duró toda la guerra el sitio de Gibraltar, socorrido de nuevo por Darby. El temor a que Inglaterra cediera a Rusia la isla de Menorca impulsó a su reconquista por una expedición franco-española mandada por el duque de Crillon, que salió de Cádiz en julio de 1781 y que logró su rendición el 5 de febrero de 1782. A continuación reforzó Crillon el ejército de Gibraltar, pero fracasó el más fuerte ataque lanzado hasta entonces. Un último y efímero éxito fue la conquista de la isla de la Providencia en las Bahamas por Cagigal (1782).

La paz

Durante la guerra hubo negociaciones secretas entre Floridablanca e Inglaterra, sin resultado. En 1780 se recibió en Madrid al representante oficioso norteamericano John Jay, por no admitirse su carácter de plenipotenciario, que permaneció hasta 1782. El Congreso pedía el reconocimiento por España y su alianza, estando decidido a que España pudiera recobrar Florida, pero puso irreductiblemente la frontera occidental de los Estados Unidos en el Mississipí; en 1781 Jay presentó una proposición, por la que reconocía a España la Florida hasta 31° N., pero con derecho para Norteamérica a la libre navegación por el Mississipí y pidiendo subsidios y reciprocidad comercial, y todo a condición de un inmediato reconocimiento; Floridablanca solo ofreció subsidios y dejó pasar la ocasión. Sin haberse concluido nada, se fue Jay a París en mayo de 1782.

Después de Yorktown, el gobierno inglés decidió emprender negociaciones de paz y el Parlamento lo autorizó (marzo de 1782), comenzándolas North, pero a poco cayó, sucediéndole el ministerio de Rockingham, con Fox en Asuntos Exteriores y Shelburne en Colonias; también figuraba Burke. Comenzaron las negociaciones en París, pero dobles, llevándolas Richard Oswald por Shelburne y Th. Grenville por Fox; por parte de Francia negociaría Vergennes, por la de España, Aranda, y por los Estados Unidos, Franklin, John Adams (futuro presidente de la Unión) y Jay, al volver de España.

Fox era partidario de reconocer la plena independencia, pero la muerte de Rockingham lo eliminó, formándose el ministerio de Grantham, con Pitt en Asuntos Exteriores y Shelburne en Colonias. Franklin era partidario de contar con Francia en las negociaciones; Jay, de atender solo al interés de su país. La comisión norteamericana exigió siempre la independencia y que esta no dependiera del tratado de paz —lo que aceptó Oswald en VIII-1782—; fronteras muy al norte y en el Mississipí, derecho de pesca en Terranova y ninguna concesión a los leales a Inglaterra. Esta deseaba separar a los Estados Unidos de Francia, la devolución de bienes a los leales y el pago de las deudas.

En agosto de 1782 se concedió plenipotencia a Aranda para tratar —solo con Inglaterra, por no haber reconocido España a los Estados Unidos—, a base de la devolución de Gibraltar, Menorca y Florida, y cese del corte de palo de campeche. Inglaterra ofreció ceder Menorca y Florida, pero no hubo medio de que accediera a la devolución de Gibraltar, pese a las enormes compensaciones ofrecidas. En secreto deseaba España limitar la extensión de los Estados Unidos, en lo que le apoyaba Vergennes, y en lugar de la frontera del Mississipí aspiraba a una línea de los Grandes Lagos a Georgia, excluyendo el Oeste de la nueva nación.

Inglaterra decidió preferir la amistad americana, accediendo a sus pretensiones, para separar los Estados Unidos de la alianza francesa, y estos prescindieron de Francia. El 30 de noviembre de 1782 se firmaron los preliminares, por los que Inglaterra reconoció la independencia, el límite del Mississipí, la pesca en Terranova, pago mutuo de deudas y abandono de los leales; reconocía también a los Estados Unidos la libre navegación por todo el Mississipí y por un artículo secreto se fijaba la frontera de Florida en 31° si se cedía a España y en 32°28' si la conservaba Inglaterra. Jay hizo una última tentativa con Aranda (septiembre de 1782), pero rehusó reconocer este la independencia, lo que ya había hecho Holanda con Adams. Aranda trató con Alexander Fitzherbert. Descontentó la paz previa en Inglaterra como confesión de derrota y fue rechazada, cayendo el gobierno, al que sustituyó el del duque de Portland con Fox y North; pero hubo que aceptar la paz, aunque sin otorgar a los americanos el libre comercio ni un tratado comercial.

Los preliminares de paz entre España e Inglaterra se firmaron el 20 de enero de 1783. El tratado definitivo lo fue en París, llamándose también de Versalles, el 3 de septiembre de 1783. Francia recibió la devolución de Tobago, Senegal, San Pedro y Miquelon y las factorías de la India, y logró anular la prohibición de fortificar Dunkerque y devolvió a Inglaterra Dominica, Granada, San Vicente, San Cristóbal, Nevis y Montserrat en las Antillas, y Gambia en África. España recibió las dos Floridas, oriental y occidental, sin precisarse su límite norte, y Menorca, y se limitó a los ingleses el derecho de cortar madera en Honduras. No se consiguió Gibraltar ni se había reconocido a los Estados Unidos, y España quedaba en situación embarazosa ante ellos y con un temible rival y vecino. Se atribuye a Aranda un famoso memorial sobre los peligros futuros derivados de tal vecindad. No se llegó a un tratado con los Estados Unidos hasta que lo firmó Godoy en El Escorial en 27 de octubre de 1795 con el enviado Pinckney, cediendo a todas las pretensiones de los Estados Unidos: reconocimiento, libre navegación por el Mississipí, depósito franco en Nueva Orléans y la frontera en 31°; le impulsó el temor a una alianza anglo-yanki después de la paz de Basilea.

La ayuda española fue vacilante y vergonzante y nunca agradecida ni considerada, a pesar de lo valioso de la acción militar contra Inglaterra y ascender los préstamos españoles a más de nueve millones de reales Para la América española, resultó la independencia norteamericana, como se suponía, un poderoso estímulo y un ejemplo no solo para seguirlo cuando se presentara ocasión propicia, sino por su organización política, influyendo fuertemente en la organización de las nuevas repúblicas, su democracia y, sobre todo, su régimen federal, seguido a veces sin discernimiento. A su vez, los Estados Unidos verían con simpatía la emancipación hispanoamericana y al final le concederían una ayuda más o menos eficaz

EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. F-M, págs. 1073-1080.