Historia del Nacionalismo Vasco

Índice

El pueblo vasco
El sentido de los fueros vascos
La capitulación de Vergara
II Guerra carlista y fueros
El nacionalismo vascongado
Avance nacionalismo Vizcaya
Lenguaje instrumento político
Los estatutos autonómicos
La concesión de la autonomía

El pueblo vasco

Conocido el lugar que ocupan los vascos en la etnología y en la Historia de la Penínsiula Hispánica, no puede sorprendernos que todos los grandes valores humanos vascos vengan a ser valores españoles representativos. Vasco era Juan Sebastián Elcano, que sin mengua de la gloria de Magallanes —otro español— obsequió a España con el honor de haber circunnavegado el globo antes que ninguna otra nación. Vasco era San Ignacio de Loyola, cuya huella en la Historia de España y de Europa no precisa ser encarecida. Vasco, en nuestros días, era Unamuno. Siendo así el hombre vasco, tampoco tiene nada de extraño que su participación se destacara en todas las empresas nacionales. Los vascos contribuyeron de modo notable a la obra secular de la Reconquista, y con la ayuda de sus flotas conquistó San Fernando Sevilla. Tomaron parte en la epopeya de América ventajosamente, y bien lo proclamaron los territorios que formaron la provincia del Río de la Plata llamándose Nueva Vizcaya.

En la Armada Invencible que Felipe II envió contra Inglaterra figuraron dos flotas vascas de diez galeones cada una; una vizcaína mandada por Juan Martínez de Ricalde, la otra guipuzcoana, a las órdenes de Miguel de Oquendo. (En esta empresa pusieron los vascos más barcos que Castilla, que contribuyó solamente con catorce galeones.). Hasta las postrimerías del s. XIX, el vasco concilió su amor local con la pasión por lo universal español.

El pueblo vasco vive en general hasta el s. XIX en el seno de instituciones particulares, con sus juntas provinciales, su democracia parroquial y su árbol de Guernica, símbolo de la libertad rústica y primitiva que disfruta. Es un pueblo esencialmente rural y patriarcal. Hay vascos, cierto, que navegan los siete mares y otros que acreditan gran aptitud para los negocios y la Banca; pero estos son una minoría.

La inmensa mayoría de los vascos —en Vizcaya, Guipúzcoa y Navarra— son campesinos misoneístas, hostiles a las novedades, fanáticos en religión, de punta contra todo lo nuevo. Conservan hábitos prehistóricos: la espata danza ha sido identificada como una derivación del tripudium de los íberos; y el lenguaje paleolítico, neolítico o eneolítico que hablan mantiene en ellos una asociación de ideas impermeable al progreso: la raíz de palabras tan corrientes como arado, cuchillo, hacha, es aiz, que significa piedra.

El árbol de Guernica, monumento civil que los vascos toman a la naturaleza para emblema de su libertad no es un símbolo exclusivamente vasco, sino que perpetúa una costumbre prehistórica común a pueblos innumerables. También en los cantones pastoriles de Suiza los campesinos resuelven, o resolvían hasta hace poco, sus problemas de gobierno bajo un roble frondoso. Rousseau. Contrato Social, libro IV, cap.1.

Naturalmente, ese pueblo rural vasco, adherido entrañablemente al pasado remoto, a sus mitos antiguos, con los mismo o nuevos nombres, recibió de uñas a la revolución liberal. La historia de esa reacción es la historia del carlismo, movimiento que estudiaremos en otro lugar. El campo vasco era carlista y la ciudad vasca liberal. Los carlistas se batían por la Inquisición y por el gobierno de la Iglesia. Se batieron ya, como veremos, contra Fernando VII que les parecía demasiado liberal.

Es un error creer que peleaban por los fueros vascos. No. Los carlistas de las Vascongadas y Navarra trataban en 1833 de imponer a España un régimen político determinado, un Estado ultramontano, aspiración que, abandonada luego por la mayoría de los vascos de Vizcaya y Guipúzcoa, aún persiste en Navarra. Los carlistas no luchaban por sus libertades locales, fueros o privilegios políticos, sino por privar de libertad a los demás españoles, por imponer el absolutismo en toda España. Sobran pruebas documentales fehacientes de que los fueros no constituyeron la causa de la guerra civil en 1833.

En primer lugar, la proclama que lanzaron los padres de la provincia de Bilbao no hacia la menos alusión a los fueros, sino que convocaba a los bilbaínos contra una facción antirreligiosa y antimonárquica. Tenemos además un valioso testimonio personal de Henningsen, puntual anotador de cuanto acontecía en el campo carlista. Henningsen escribe en sus famosas memorias.

Cuando el rey (don Carlos) pasó revista al ejército carlista, los batallones de Navarra y Castilla ensordecieron el aire con gritos de ¡Viva [Carlos V]! ¡Viva nuestro rey!, y los carlistas de las Provincias Vascongadas, mucho más entusiastas, gritaban ¡Viva nuestro señor!, o lo modificaban en ¡Viva el rey, nuestro señor!.
Fundando sus ideas, como es lo más probable en circunstancias similares, los periodistas han dicho al público muy seriamente durante mucho tiempo que los insurgentes luchan con tanta determinación y fortuna, no por la causa de Carlos V, ni por otro sentimiento análogo al monárquico, sino por sus propios derechos y fueros.
Esto parece muy plausible y probable; sin embargo, en la práctica, por lo que atañe a la inmensa mayoría, los fueros no son un incentivo adicional para su celo, ni siquiera parecen haber pensado en esta cuestión, a pesar de que las provincias estaban a punto de ver reducidos sus privilegios. De los que llevan armas, no se encuentra uno solo entre veinte que conozca incluso la significación de la palabra fueros, aunque les sea familiar al oído.
Sintiendo yo impaciencia por obtener información sobre este extremo, pregunté muchas veces a los soldados sobre ello, y cuando inquiría porque luchaban, invariablemente me respondían: ¡Por [Carlos V]! ¡Por el rey!.The Most Straiking Events of a Twelvemonths Campaign with Zumalacarregui in Navarra and the Basque Provinces, Henningsen, captain of Lancers in the Service of Don Carlos, Londres, 1836, T. I, págs. 70-71.

Don Manuel Azaña sostuvo el 27-V-1932 en las Cortes la opinión de que las regiones adheridas a la causa despótica de don Carlos eran absolutamente indiferentes al problema dinástico, por que lo que les importaba a los vascos no era don Carlos, sino sus fueros. La verdad es otra completamente distinta. Pero a los nacionalistas vascongados les satisfizo sobremanera la tesis de Azaña, dado que fortalecía la posición de este partido en su lucha por la independencia.

Así, don José Antonio Aguirre recordaba el 25-IX-1942 en el Centro Republicano Español de Buenos Aires que.

Azaña declaró en pleno Parlamento, hablando de los vascos en su primera guerra civil, habiéndose dicho que lucharon por el absolutismo: No; han dicho eso, pero no es verdad; luchasteis por la libertad.. El señor Aguirre añadió: Aplaudimos a rabiar a aquel hombre que nos hacia justicia.

Ni Azaña hacía justicia a los vascos, ni su versión del alzamiento carlista era otra cosa que ligera improvisación o esgrima política, Pero con recordar que había liberales vascos en guerra con los carlistas y preguntarnos por qué luchaban los primeros queda destruida definitivamente la superchería. No era mucho más débil el amor a los fueros en el pecho de los liberales vascos que en el de los carlistas. Cuando se trató de defender los privilegios regionales, todos, liberales y carlistas, estuvieron unidos. No se iban a matar liberales y carlistas por una cuestión en la que coincidían.

Los liberales vascos se batían por la libertad nacional y los carlistas vascos por el absolutismo nacional. Unos y otros representaban principios políticos universales. Otro hecho que prueba que en la primera guerra carlista no se dilucidaba en modo alguno una cuestión subsidiaria como la del porvenir de los fueros, sino el gran problema del destino común de los españoles bajo la Constitución liberal o la monarquía absoluta, nos lo ofrece el caso de Portugal: en Portugal no había problema de fueros, y, sin embargo, surgió allí igual conflicto, y liberales y miguelistas desencadenaron una guerra civil equivalente a la de España en fondo y forma.

El sentido de los fueros vascos

Hemos visto que por su propia naturaleza el impulso de la revolución liberal era opuesto a la perduración de los privilegios regionales, en nombre precisamente de la libertad, la igualdad y la fraternidad. También hemos visto que toda revolución propende a concentrar sus energías, sin lo cual está vencida. El liberalismo venía a destruir las instituciones de la Edad Madia, y tan medievales eran los privilegios de los vascos como los privilegios de la Iglesia y de los nobles; tan medievales eran los fueros como la Inquisición.

La revolución requería la centralización para atacar al pasado que venía a destruir. Por eso los revolucionarios, en España como en Francia, eran centralistas y unitaristas, y los conservadores, en Francia eran federales y en España fueristas. Los liberales vascos amaban sus fueros en cuanto signo de libertad, pero no de privilegio. A los liberales vascos se les creó, un conflicto que nunca pudieron resolver. Tenían conciencia clara de que los fueros vascos perdieron su razón de ser una vez que en las Cortes de Cádiz fueron declarados libres todos los españoles.

Había desaparecido el peligro de la tiranía real y nobiliaria, contra la cual nacieron o fueron confirmados esos privilegios locales. Los fueros chocaban violentamente con la nueva edad, favorable a las grandes nacionalidades, a la idea de la igualdad y al criterio de la unidad de la ley en general. Pero por otra parte, la revolución liberal era hija del romanticismo, y el romanticismo alentaba lo local y lo típico. También el carlismo tenía un fuerte carácter romántico.

La capitulación de Vergara

La victoria militar de los liberales sobre los carlistas entrañaba, por multitud de motivos, la merma de los privilegios políticos de las Vascongadas y Navarra. España no podía desenvolverse ya, ni progresar con su economía estrangulada y su legislación atomizada. Entre Castilla y las Vascongadas, en el Ebro, en Miranda, subsistía una barrera medieval en forma de frontera fiscal.

Todo eran trabas para el comercio, dentro y fuera del País Vasco. Viajero tan inteligente y tan enamorado de las cortumbres locales como Richard Ford escribía en 1845, después de su visita a las Vascongadas: Más tarde o más temprano, los fueros vascos tienen que desaparecer..Handbook, t. II. pág. 923. Otras razones particulares conspiraban contra la subsistencia de los fueros de las Provincias Vascongadas.

En Madrid no podía haber gobierno liberal seguro mientras los carlistas de las Vascongadas y Navarra fueran dueños de la frontera francoespañola. Por allí recibían el armamento; por allí se realizaba un contrabando activísimo que disminuía considerablemente los ingresos de la hacienda. Y sobre todo, para desarmar al movimiento absolutista y poner fin a la guerra civil, el estado liberal se hallaba forzado a extender un día u otro su autoridad plena a la frontera pirenaica.

No había otro medio de poner término a una situación que permitía a los carlistas tener a toda hora un ejército en pie de guerra, maquinar el asalto a las instituciones liberales e insistir en instalar en Madrid el gobierno de la iglesia y el campo.

Concluida la I Guerra Carlista con el vencimiento de los fanáticos partidarios de don Carlos (enero 1839), se planteó la cuestión de los fueros en la capitulación de Vergara. Los carlistas, para salvar su causa de un desastre total, renunciaron de momento a entronizar a Don Carlos y el absolutismo y se concentraron en la defensa de las libertades locales, que constituían la garantía de que seguirían disfrutando libertad de movimientos. De momento, los fueros quedaron en suspenso y el País Vasco ocupado por el ejército liberal.

Pero el gobierno prometió que propondría a las Cortes la confirmación de las libertades rurales vascas con algunas modificaciones. Espartero comunicó a los carlistas por escrito que usaría toda su influencia cerca del gobierno para que cumpliera su promesa. las Cortes de 1839, de mayoría liberal, revolucionaria, o, como hoy diríamos, de izquierda, resolvieron en octubre por unanimidad que se respetaran los fueros en tanto apareciesen compatibles con la unidad constitucional del país y que después de consultar al parlamento regional se introdujeran los cambios exigidos por el interés de España y por la conveniencia de las provincias.

Tal criterio informó la ley de 5-X-1839. Como Vizcaya había quedado asimilada al resto de la nación por un decreto punitivo anterior, de 16-IX-1837, la nueva ley, confirmatoria de los fueros, fue vista por los fueristas vascongados como un triunfo, triunfo que debían a la magnanimidad de Espartero. Vizcaya recibió aquella ley con entusiasmo, expresado en junta general, que eligió, agradecida, diputado general a don Baldomero.

Esta ley de 25-X-1839 está considerada, con doble error, por los nacionalista vascongados como destructora de los fueros, e impuesta por un Estado extranjero, como si el estado español no hubiera sido siempre el estado de los vascos, que jamás constituyeron una unidad política y menos un Estado. Los fueros sobrevivieron a esa ley, bien que algo mermados; pero la cuestión no quedó resuelta. A los motivos de hostilidad que tenían los carlistas contra el estado liberal, se unió ahora, por primera vez, la reivindicación fuerista. Entonces comenzó, verdaderamente, la lucha por los fueros.

Pero es difícil sustraerse a la impresión de que la bandera fuerista servía a los carlistas vencidos, para seguir manteniendo la guerra, de otra forma, contra el estado liberal. Luego lo comprenderemos mejor. Pronto reaparecieron las conjuraciones por el Norte, y ya no participaban en ellas solamente los carlistas; también conspiraban algunos liberales vascongados, adversarios de la situación política que en Madrid presidía Espartero.

Don Carlos había ordenado a los carlistas que no tratasen de derribar al regente. Pero a pesar de eso, en 1841 estalló la insurrección con amplias ramificaciones en las Vascongadas y en Navarra. Era todavía evidente que los privilegios vascos constituían un peligro para quien gobernase en Madrid en liberal, supuesto que cualquier caudillo ambicioso podía contar de antemano en el Norte con el apoyo de fuerzas bien armadas, siempre decididas a sublevarse.

En Pamplona se sublevó el general O´Donnell y en Guipúzcoa el general Montes de Oca. El levantamiento fracasó, y una vez desbaratado, Espartero salió disparado para Vitoria y no más llegar redactó un decreto y abolió de un plumazo la totalidad de los fueros vascos.

Por este decreto de 29-X-1841, Vizcaya y Guipúzcoa quedaron privadas del magistrado especial que hasta entonces había actuado como asesor de la corona en los parlamentos locales; se nombraron gobernadores civiles, como en el resto de España; los poderes de los parlamentos locales fueron transferidos a las diputaciones provinciales, de acuerdo con la Constitución; los municipios y los tribunales de justicia se equipararon a los demás de toda España; desapareció la barrera fiscal del Ebro; los derechos de aduanas, hasta entonces hechos efectivos solamente en los puertos de San Sebastián y Pasajes, se pagaron en los sucesivo en toda la frontera terrestre y marítima con Francia; las provincias anteriormente obligadas a proveer para la defensa de su propio territorio quedaron sujetas al servicio militar.

II Guerra carlista y fueros vascos

Pero tanto la ley de 25-X-1839 como el decreto de 29-X-1841 tuvieron vida efímera. Espartero y los progresistas salieron del gobierno en 1843, y desde 1843 a 1868, si se exceptúa el Bienio progresista de 1854-1856, España estuvo gobernada por la reacción absolutista, con Narváez y Bravo Murillo como figuras representativas. Nocedal, Arrazola, Bravo Murillo, González Bravo dieron el tono al periodo.

El padre Fulgencio, confesor de don Francisco de Asís, el rey consorte; el padre Claret, confesor de Isabel; sor Patrocinio, fray Cirilo de la Alameda, ex consejero de don Carlos, mandaban en el palacio real. El carlismo no necesitaba alzarse en armas; pacíficamente se había adueñado del poder. No se cumplían los leyes centralizadoras, porque la reacción gobernante era partidaria de los fueros, y la Iglesia, que era lo que importaba a los carlistas, había recuperado su viejo influjo en la vida pública.

En 1848, cuando regresó a España Cabrera hubo unas escaramuzas en Cataluña; en 1860 se produjo el alzamiento carlista del general Ortega, capitán general de las Baleares, que desembarcó en la costa catalana, sin pasar adelante. Aparte esas dos asonadas sin graves consecuencias, el carlismo no se agitó en ese periodo. La II Guerra Carlista estalló en 1869, réplica a la Constitución anticlerical de ese año.

La coronación de Amadeo de Saboya soliviantó aún más a los carlistas, y no solo porque Amadeo era un rey liberal, sino porque era un Saboya, miembro de una dinastía, en la opinión de los ultramontanos de los bienes temporales de la Iglesia en Roma. Cayó Amadeo y advino la República federal, cuya futura constitución, federal también, se discutió en las Cortes. Si los carlistas luchaban por los fueros, ¿que sentido tenía que se levantaran contra la República federal? Repudiaban la República federal porque era anticlerical, y seguían anteponiendo el principio del absolutismo nacional español al de las libertades regionales.

La segunda guerra carlista fue, en esencia, copia cabal de la primera. El carlismo luchó por un ideal nacional español, quería conquistar España. Los fueros o privilegios regionales, en la práctica restablecidos por la reacción, le sirvieron de instrumento para armarse y conspirar. Antes de comenzar la guerra, los carlistas sabían que se jugaban los fueros, si la perdían, pero estaban dispuestos a sacrificarlos si a ese precio habían de pagar la satisfacción de tratar de imponer su ideal ultramontano a toda España.

Al ocupar el trono Alfonso XII —en plena guerra— dirigió una proclama a las provincias del Norte sublevadas (22-I-1875) Antes de comenzar la batalla os ofrezco paz, decía don Alfonso. Prometía el rey a los carlistas amnistía general y confirmación de los fueros. No aceptaron. ¿Habrá aún quien sostenga que luchaban por los fueros? Ellos mismos aclararon su posición: luchaban contra una facción numéricamente insignificante que había impuesto a España una serie de gobiernos ateos y anárquicos, comenzando con las Cortes de 1810 y terminando con la República de 1873.

No sorprendió, pues, a los carlistas que en marzo de 1876 proclamara Alfonso XII en Somorrostro la abolición de los fueros vascongados. Entonces, y no en 1839, fue cuando desaparecieron esos privilegios. Los preceptos de la Constitución de 1876 se aplicaron a las Provincias Vascongadas como a las demás de España. Cánovas del Castillo mantenía que era injusto que ciertas provincias gozaran de privilegios que no disfrutaban las demás, máxime estando esas provincias en rebelión permanente.

En las Cortes y en las conferencias con los representantes de Vizcaya, Guipúzcoa y Álava, Cánovas se negó a discutir otra cosa que no fueran algunas concesiones fiscales y administrativas, que se harían a estas provincias a condición de que dejaran vivir en paz al resto de los españoles. La ley de julio de 1876 fijó el nuevo régimen para las Vascongadas. Los vascos dijeron que no aceptarían las nuevas disposiciones. Cánovas recibió a una comisión de las Vascongadas, que le pidió que retirara la ley. Pero el jefe del gobierno confirmó que la mantendría.

Promulgada la susodicha ley, los gobiernos locales se negaron a cooperar con las nuevas autoridades. Anduvieron revueltas aquellas provincias, pero el ejército de ocupación impidió nuevos levantamientos. Quedaron prohibidas las juntas extraordinarias de representantes de las tres provincias y abolidas las diputaciones forales, y se establecieron en su lugar diputaciones provinciales elegidas por el gobernador civil (abril-diciembre de 1877). Por fin se avinieron los vascongados a negociar en condiciones aceptables para el gobierno.

Las diputaciones provinciales fueron en lo sucesivo la última trinchera defensiva de los fueros vascos. Los carlistas rechazaban el compromiso, pero los liberales, con su gran influjo en las diputaciones, utilizaron estos organismos para tratar de conservar alguna libertad local. Mas estos liberales vascongados hablaban en nombre de la burguesía de las ciudades —siempre distanciadas, desde la Edad Media, del punto de vista intransigente de los distritos rurales, de las anteiglesias— y concentraron su interés en obtener concesiones de carácter económico.

Los privilegios vascos quedaron reducidos a ventajas económicas. Consiguieron los liberales vascongados correr con la administración de sus propios impuestos, pagando al Estado nacional una suma convenida, de acuerdo con las posibilidades de la región, si bien en la práctica aquellas provincias contribuyeron luego con menos de lo que debían. También se les reservaron otros fueros administrativos; los antiguos códigos civiles de las Vascongadas fueron respetados. Con este desenlace tan desfavorable a la tradición, se presentó una crisis profunda en el movimiento carlista.

En Vizcaya y en Guipúzcoa el carlismo se trocó en nacionalismo regionalista, mientras que en Álava y Navarra conservó sus características de movimiento tradicionalista nacional español. Las causas de tal diferenciación política precisa buscarlas en diveros factores históricos y geográficos. El nacionalismo será un producto social de Vizcaya, del campo vizcaíno, aunque organizado en Bilbao. Motivos económicos y geográficos colocan a Vizcaya en una situación especial respecto a Álava y Navarra.

El mar, la gran industria próxima, el caserío, la tradición foral, el fuerte liberalismo de Bilbao se coaligaron para crear el complejo nacionalista en el carlista vizcaíno, complejo que se echa de menos en Álava y Navarra. El caserío se halla muy propagado en Vizcaya, y el campesino vizcaíno vive más aislado, es más parroquial que el alavés o el navarro. El vasco de Navarra y Álava no está en contacto con el mar, ni hay en estas dos provincias industria alguna de cuenta.

El nacionalismo vascongado

Al cerrar el s. XIX, el vasco de Vizcaya y Guipúzcoa —en particular el campesino— se alista en un nacionalismo localista de angosto horizonte. Quiere romper con el resto de la comunidad española no vasca. Importante factor moral —acaso decisivo— en la aparición del nacionalismo racista vascongado fue, a mi juicio, el resentimiento, y por ello se asemejan en sus orígenes el nacionalismo vascongado y el nacionalismo racista alemán. La victoria de las ciudades sobre el campo en las dos guerras carlistas depositó en el espíritu del campesino de Vizcaya y Guipúzcoa, que era carlista en masa, la simiente del nacionalismo.

Aquellas muchedumbres rurales, fracasadas dos veces ante Bilbao después de haberle puesto sitio otras tantas y viendo la dirección política de la región en manos de las ciudades, y de ciudades que contenían una mayoría de población no vasca, quedaron dominadas por un comprensible complejo de frustración. Impotentes para imponer su ideal absolutista a España, ni aun a las principales ciudades de su región, reaccionaron en racista y en separatista.

Si el carlista de Álava o Navarra no padeció ese extravío fue —insistimos sobre algo que acabamos de decir— porque ni en Álava ni en Navarra hay grandes ciudades ni hubo un movimiento liberal digno de cuenta. También debió contribuir a exacerbar el nacionalismo racista vizcaíno la existencia de la industria pesada cerca de los primitivos distritos rurales. El nacimiento de la gran industria vizcaína y su desmesurado desarrollo coinciden con le nacimiento y desarrollo del nacionalismo vasco.

Esta caso, el de Alemania y el del Japón prueban, tal vez, que la rápida industrialización de una nación de alma primitiva y romántica puede engendrar, o acentuar, un complejo de superioridad racial. Ese y otros complejos y sentimientos alumbraron un apóstol, Sabino Arana y Goiri, virtual fundador del partido nacionalista vascongado. El nacionalismo —ya lo hemos apuntado— se desprendió del carlismo, y Sabino Arana, como la mayoría de los nacionalistas de entonces, pertenecía a una familia carlista.

Del carlismo conservó el nacionalismo vascongado su catolicismo a ultranza: su lema era Jaungoikoa el legi Zarra (Dios y leyes viejas); Sabino Arana declaraba que aborrecía cordialmente todo el liberalismo, desde el más radical al más moderado. Pero en un escrito —El partido carlista y los fueros vasconavarros— Arana atacaba al carlismo, por no haber evolucionado hacia el nacionalismo regional, mantener su ideal nacional español y abandonar la reivindicación fuerista.

El nacionalismo catalán no solo ejerció estímulo general sobre el nacionalismo vascongado, sino que influyó directamente en la persona de su paladín, pues sabino Arana había estudiado en la Universidad de Barcelona en momentos en que más a lo vivo gesticulaban los nacionalistas catalanes, y sin duda volvió a Vizcaya con su ideario y sus sentimientos ya formados, los que concretó en un folleto, Bizcaya por su independencia, que apareció en 1892.

Como descubre el título de ese trabajo, al principio solo perseguían los nacionalistas vascongados la independencia de Vizcaya; después vino el concepto Euzkadi, denotando que los nacionalistas vascongados aspiraban a crear una nación y un estado con todas las provincias de origen vasco, españolas y francesas. Sabino Arana murió prematuramente en Pedernales el 25-XI-1908. Hombre recluido, tímido o reconcentrado, generoso, de hábitos sencillos, se le veía poco en público y raras veces empleó la palabra hablada como instrumento de proselitismo. Toda su propaganda la confió al papel. Se arruinó por la causa que creó, y en ella se dejó la salud.

Las ambiciones del nacionalismo vascongado quedaron expuestas el 22-IV-1894 en un artículo que publicó en el Bizcaitarra, seguramente escrito por el propio Sabino Arana. Se decía en ese trabajo, titulado Fuerismo es separatismo, que el fuerismo vasconavarro rectamente entendido era verdadero separatismo, porque volver el pueblo vasco a regirse según sus fueros, significa volver a ser absolutamente libre e independiente de España, con gobierno propio, poder legislativo propio y fronteras internacionales. Formalmente la fundación del partido nacionalista tuvo lugar en 1906. El 8-XII-ese año fue aprobado el manifiesto-programa en el Centro Vasco de Bilbao.

Comenzaba este documento afirmando el principio de la nacionalidad vasca, tras lo cual declaraba la necesidad de mantener en la vida social el exclusivismo religioso a favor de la iglesia católica, consignaba la aspiración a hacer la lengua vasca la única del País Vasco y recomendaba la educación patriótica de la juventud para desarrollar únicamente lo vasco. Las reivindicaciones políticas se concretaban en la aspiración a restablecer la situación anterior a la ley de 25-X-1839, por lo cual entendía el nuevo partido la independencia de Vizcaya.

La característica fundamental del nacionalismo vascongado, el atributo que pronto le singularizó entre los movimientos nacionalistas y regionalistas de la Península, es el racismo. Desde un principio funda el nacionalismo vascongado su derecho a gobernar al pueblo vasco en la diferenciación racial. Y aunque este movimiento ha cambiado de actitud respecto de otras cuestiones, el racismo, no solo sigue siendo su leit-motiv, sino que en el transcurso del tiempo, a medida que se desarrollaba el partido, se iba acentuando.

En nuestros días vuelve a recordarnos el señor Aranzadi que el nacionalismo vasco trata de reivindicar todas nuestras características raciales; y el señor Aguirre insiste en que el poderoso resorte que impulsa el nacionalismo vascongado son las ansias raciales. Ese aspecto del movimiento nacionalista vascongado no puede menos de desconcertarnos, por ser el racista un sentimiento que jamás ha embargado a los españoles, y no haber duda de la españolidad de los vascos. Hasta que surge el nacionalismo vascongado, nadie, ni los vascos, había padecido en España la ofuscación racista. Hasta que surge el nacionalismo vascongado, nadie, ni los vascos, había padecido en España la ofuscación racista.

Y los nacionalistas vascongados no solo tienen despierta la conciencia de raza, sino que convierten al vasquismo en una suerte de religión. De ahí le viene al ideal nacionalista vascongado su fuerte emocionalidad y su irracionalismo. Como las religiones, este nacionalismo tiene su escolástica, y a este género pertenecen las elucubraciones históricas de Sabino Arana y sus sucesores, que tratan de conciliar su fe con la historia, con la razón histórica. El racial es el único valor permanente e inalterable del vasquismo. Los demás: forma de gobierno, religión, programa social, son subsidiarios en ese movimiento.

Sin violencia alguna, por tanto, se irá desprendiendo el nacionalismo vascongado de sus atributos políticos secundarios y los sustituye por otros, completamente opuestos. Cambiará de programa y de aliados y pasará de la adhesión a la monarquía absoluta (para Arana Don Carlos era señor de Vizcaya), a la adhesión a la monarquía constitucional (adhesión a Alfonso XIII en febrero de 1907), de la monarquía constitucional a la República, del clericalismo al liberalismo, de la alianza con los carlistas a la alianza con los marxistas. Pero el movimiento continuará fiel a su ideal primitivo.

RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 603-618.