Historia del Nacionalismo Catalán

Índice

Renacimiento Cataluña s. XVIII
Romanticismo y máquinas
Choque de nacionalismos
Burguesía y oligarquía agraria
Prat de la Riba y la Lliga
La idea federalista
El proteccionismo
Solidaridad Catalana
Marxismo y nacionalidades
La Mancomunidad
Estat Catalá y Acció Catalana
La Esquerra de Catalunya
El Estatuto
Revolución y autonomías

Renacimiento de Cataluña en el XVIII

Los españoles que, agonizante el desdichado Carlos II, creyeron que solo un cambio de dinastía podía salvar a la nación, y que, en consecuencia, apoyaron al duque de Anjou porque ansiaban radicales reformas, no se equivocaron. Aunque la política dinástica e imperialista de Luis XIV causó en España inolvidables quebraderos en el exterior, los tres primeros Borbones que desfilaron por el trono español fueron reyes tolerables, y la mayor parte de sus ministros —casi todos nacidos en cuna humilde— han dejado un nombre ilustre en la Historia de España.

Hacía mucho tiempo que España no había tenido gobiernos tan benignos. Las reformas se reflejaron pronto en el volumen de la población, que desde el s. XVI venía declinando progresivamente, hasta descender a 5.700.000 al cerrar el s. XVII. Bajo Felipe V se inició ya el proceso contrario, y a fines del s. XVIII, en 1789, España casi había duplicado sus habitantes, que entonces sumaban 10.541.221. Ello presupuso aumento de las actividades económicas, y, en efecto, en este dominio la monarquía del despotismo ilustrado realizó su más fecundo esfuerzo.

Las Sociedades Económicas de Amigos del País, fundadas mediado el siglo, contribuyeron eficazmente a interesar a la nación en las cuestiones que hasta entonces menos habían atraido la curiosidad de los españoles. Se crearon compañías de comercio con vistas a la exportación de las riquezas y los mercados de la América española. Las industrias, sobre todo las textiles, recibieron eficaísimo apoyo. Fue aquí, en los hilados y tejidos, donde más perenne rastro dejó el fomento y protección del trabajo nacional; tanto, que solo por referencia a esta rama de la producción cabe hablar de cierto renacimiento industrial en España.

Lo hicieron posible la premeditada baja de los impuestos, la entrada sin pago de derechos de toda la maquinaria, la derogación de las leyes prohibitivas y restrictivas de los siglos XVI y XVII que maniataban a las industrias, y por consiguiente, la libertad concedida a los tejedores para que instalaran cuantos talleres pudieran y para variar a su antojo los tejidos; asimismo, la supresión de los antiguos reglamentos gremiales; en una palabra, la plena libertad de las industrias textiles. La mayoría de estas disposiciones se promulgaron enel reinado de Carlos III (1759-1788).

Asalto final de las tropas borbónicas sobre Barcelona el 11 de septiembre de 1714.Asalto final de las tropas borbónicas sobre Barcelona el 11 de septiembre de 1714.

Paralelamente, destacó el interés de los gobiernos del s. XVIII por el fomento del cultivo del algodón en las Indias españolas, para lo cual apremiaban a los gobernadores y les exhortaban a destinar a esta clase de producción las tierras más apropiadas, incluso mediante el reparto de parcelas, como en Puerto Rico en 1778. No subsistían ya ninguno de los frenos y accidentes históricos que desde el s. XV privaron a Cataluña de su personalidad económica, y con ello de uno de los perfiles más salientes de su genio: la espontánea actitud para la industria y el comercio. Por el contrario, la vena creadora de esta rica y laboriosa región recibió en el s. XVIII estímulos, halago y protección. Ninguna comarca se lucró más ni con mejor provecho que Cataluña de la política industrial de los primeros Borbones. A los se les reservaron privilegios económicos transcendentales y en la importación del algodón cultivado en los dominios españoles de América obtuvieron un régimen de excepción que se asemejaba mucho al monopolio.

En el Cedulario Indico del Archivo Histórico Nacional constan pruebas copiosas del favor dispensado a los catalanes por los ministros de Fernando VI y Carlos III.

En 1752 se concedió, verbigracia, a las fábricas del princiapdo de Cataluña en general libertad entera en todas las aduanas de estos reinos para que todo el algodón que introduzcan de América. Al amparo de estas condiciones naturales y la protección oficial, fue resucitando la gran tradición industrial de Cataluña, y los catalanes conquistaron rápidamente la aplastante hegemonía en la manufactura algodonera de España. Cataluña es la única región que realiza su revolución industrial, convirtiéndose en el s. XIX en un pequeño Lancashire.

En 1792 trabajaban en los telares de Barcelona 80.000 obreros. Reus, con sus setenta y dos fábricas y talleres, era la segunda ciudad textil del Principado, y Areyns de Mar, Mataró, Vich, Martorell, Gerona, la Riba, Sabadell preludiaban igualmente el futuro poderío industrial de Cataluña y la incalculable gravitación de su burguesía en la política española. Naturalmente, la revolución industrial catalana, que comenzó en el s. XVIII y se fue consumando al correr del s. XIX y los primeros cuatro lustros del XX, se acompañó de consecuencias políticas y espirituales considerables.

Vástago primogénito de la mutación fue el nacionalismo, una inquietud que ninguna clase social en ninguna época ha sentido tan profundamente como la burguesía del s. XIX. El naciente nacionalismo catalán impelió pronto a los ingenios de esta región a afanarse en el descubrimiento de la Edad Media catalana, buscando en la pasada grandeza y en las antiguas glorias el alma de la soterrada nacionalidad. De las crónicas y pergaminos medievales comenzaron a extraer los eruditos los ingredientes para la reconstrucción de la personalidad literaria e histórica de Cataluña, y el más importante fue, sin duda, la lengua.

Esos fueron los orígenes del catalanismo cultural. Sus más tempranas manifestaciones se encuentran, quizás, en una precoz asociación barcelonesa cuyo programa consistía en que sus miembros conversaran en catalán; en el Círculo de la Sociedad Económica de Amigos del país, de Barcelona, y en la obra histórica de Capmany, todo ello al terminar el s. XVIII y en las primeras luces del XIX.

Con sus Memorias de Barcelona, con su Práctica y estilo de celebrar Cortes en Aragón, Cataluña y Valencia, con su Historia de la Marina catalana en la Edad Media, Capmany reveló a sus compatriotas, sin premeditación política, el esplendor pretérito. El nacionalismo subyacente en estos trabajos históricos denunciaba ya, sin embargo, el confuso anhelo de regeneración que embargaba a los burgueses catalanes.

Romanticismo y la máquina de vapor

En 1833 apareció una oda a la patria, del poeta catalán Buenaventura Carlos Aribau, composición que generalmente se tiene como la primera composición lírica del catalanismo. Aribau escribió en Madrid estos versos románticos en el catalán inseguro y manco que se había salvado de la castellanización; los publicó, sintomáticamente, un periódico barcelonés que ostentaba el progresivo y burgués nombre de El vapor. El romanticismo, con su nostalgia de la patria pequeña, se nos ofrece aquí en íntima alianza con la máquina y nos descubre las raíces del fenómeno catalanista, a la par económicas e ideales, hijo de una época revolucionaria y positivista.

Buenaventura Carlos Aribau (1844), óleo de Joaquín Espalter y Rull (1809-1880).Buenaventura Carlos Aribau (1844), óleo de Joaquín Espalter y Rull (1809-1880).

No es otra la significación del pinito poético-patriótico de Aribau. Con el intelectual Rubió y Ors alborea, hacia 1840, el renacimiento literario catalán. la lengua empezaba a revivir como instrumento de cultura. La vacilante aspiración lingüística de los primeros románticos catalanes de fines del s. XVIII es el Gayter de Llobregat, de Rubió y Ors, firme y consciente propósito de devolver al idioma catalán su timbre y su riqueza antiguos. En 1858, Antonio Bofarull ofreció al público catalán una antología de poetas jóvenes: Els trovadors nous.

En el año siguiente, Milá y Fontanals sacudió el polvo del olvido a los joch florals, o certámenes poéticos catalanes de la Edad Media, y el municipio barcelonés restauró otra de las tradiciones intelectuales catalanas, con notorio éxito. En 1860 se imprimió el primer periódico en catalán, Un troç de paper y la primera revista literaria Lo Gay Saber. Al mismo tiempo un catalán cada vez más depurado y ennoblecido se abría el camino de la escena, y una pléyade de nuevos autores, precedidos por Federico Soler, llevaban a las tablas, en la comedia o en el drama, los temas de la vida y la tierra catalanas con un fuerte acento realista.

Verdaguer, Guimerá, Rusiñol y otros de menos renombre mantuvieron al nuevo teatro catalán durante varios decenios en verdadera exaltación. El fruto de la revolución burguesa fue a todas luces notable en la reconstrucción de la lengua, en la filología, en la poesía y en el teatro, esto es, en la literatura . Pero no estaba a veces exenta la afirmación catalanista en las letras de cierto rasgo emulativo, pueril e injusto. El nuevo movimiento cultural catalán se desentendió cada día más de la cultura española a la que los catalanistas más radicales trataban en el mejor de los casos con indiferencia de nuevos ricos.

Los centros catalanes de investigación literaria e histórica trabajaban sin contacto alguno con las sociedades equivalentes del resto de España. Cataluña tendía, en fin, a hacer de los archivos de la Corona de Aragón su refugio espiritual y una interesada erudición sacaba de ellos, particularmente en las cosas de historia, más de una momia espantable. Es palmario que para que el catalanismo cultural supusiera un verdadero enriquecimiento de la cultura española, el español no debía caer en desestima en Cataluña.

Si el catalán renaciente venía contra el idioma de Cervantes, contra la lengua de todos los españoles, no podía ofrecer duda que su resurrección a expensas del español en una región donde tan finamente se había escrito este, acarrearía un empobrecimiento de la cultura nacional. La cultura catalana debía implicar una suma, no una resta. Existía, de toda certeza, el riesgo de que en el catalanismo no se manifestase únicamente en el área cultural, sino que se extendiera a la lucha política, es decir, de que también en la esfera estatal pretendiera la burguesía catalana exhumar las instituciones medievales de Cataluña.

Las lucubraciones de un periodismo nacionalista precoz anunciaron pronto este peligro. La historia peninsular —comenzaba a decirse— es la comprobación de una superioridad catalana asfixiada por el imperialismo castellano. Se presentaba a Castilla como pueblo secularmente opresor y a Cataluña como nación secularmente oprimida por Castilla.

Según aquella teoría, san Vicente Ferrer, valenciano, que de hecho puso en el trono de Aragón a don Fernando de Antequera, y don Juan II de Aragón y Fernando el Católico —los primeros reformadores de la constitución política medieval de Cataluña— eran castellanos imperialistas. Se pasaba por alto la revolución universal del Renacimiento, que alumbró, no solo en España, sino en toda Europa, una monarquía centralista.

Creación medieval, la constitución política de Cataluña tenía que perder mucho de su carácter en el Renacimiento. Tan ingrávida concepción de la historia española no fue, sin embargo, tomada en serio por los primeros talentos del catalanismo. Pero con esas desgraciadas ideas quedó abonado el terreno para la tremenda complicación política del siglo XIX. El drama político no alumbró hasta los últimos años del s. XIX y en su gestación intervino un tropel de factores que es menester analizar por lo menudo, si se quiere comprender el problema catalán en su fase actual.

El choque de dos nacionalismos

Las ideas políticas del s. XIX no favorecían el empeño de hallar para Cataluña un régimen especial dentro de la nueva constitución política de España. Los liberales que dirigían la revolución en Madrid aceleraron la centralización con un alcance que acabó con los restos de autonomía catalana. Las libertades que Felipe V dejó a los catalanes desaparecieron, y Cataluña se transformó en cuatro provincias del Estado español bajo otros tantos gobernadores.

El liberalismo impuso a Cataluña la constitución de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Pero en ese momento Cataluña, alentada por idénticos principios, se disponía a resucitar como nación, y no se conformaba con el papel de provincia, uniforme en organización política y en cultura con las demás de España. Los catalanes eran españoles, pero Cataluña poseía todos los atributos que distinguen a las naciones. Que los catalanes eran españoles lo proclamaban los fundadores del catalanismo político.

Valentí Almirall, líder catalanista.Valentí Almirall, líder catalanista.

Decía Valentín Almirall: Cataluña forma parte de la Península, pues se halla separada de Francia por la barrera de los Pirineos, y por esta razón, geográficamente hablando, Cataluña debe ser española. Por otro lado, las relaciones mantenidas durante siglos con las demás regiones españolas han creado lazos de intereses y afectos recíprocos tales, que sería casi imposible romperlos.

La industria manufacturera catalana es casi la única que existe en la nación, y encuentra su mercado natural en los distritos agrícolas españoles, que proveen a su vez a Cataluña de lo que ella no produce y utilizan su comercio para dar salida a los productos que el sobran.

El afecto que une a las diversas regiones españolas es tan sólido, tan fuerte la reciprocidad de intereses, que estos sentimientos jamás han podido ser disminuidos o destruidos ni por las medidas emanadas por el poder central de que han sido víctimas los catalanes, al igual que otros españoles, ni por las rivalidades pasajeras que la manía de unificar a beneficio del centro ha llegado algunas veces a suscitar en estas regiones.

Los catalanes son, por tanto, en general, tan españoles como los habitantes de las demás regiones de España, y lo son no solamente por sentimiento, sino también por reflexión. Dada nuestra situación geográfica y nuestros antecedentes históricos no podemos ser más que españoles [1] L´Espagne telle qu´elle est, 1887, pp 19 ss.. Pero no era menos cierto que todo intento de asimilación extrema estaría llamado a fracasar, y aunque no fracasara sería pernicioso para todos en cuanto sofocaría altos y nobles valores originales.

Original era también —y lo sigue siendo—, el conflicto constitucional denunciado por aquel choque de dos nacionalismos difíciles de conciliar. El drama era por demás vital y complicado, y lo constituían dos elementos o hechos inconmovibles: la existencia de una nación catalana y la inevitabilidad de su destino histórico español. El problema carecía de equivalente fuera de España, y los catalanes que se tenían por minoría oprimida rebajaban la personalidad de Cataluña.

El caso de Cataluña tampoco era el de Irlanda bajo los ingleses. Almirall venía a afirmar que la unidad geográfica, étnica, moral y económica de la Península Hispánica es tan perfecta y precisa, que no puede quebrarse en el plano político sin portentosas, gravísimas, consecuencias para todos los pueblos peninsulares.

El único caso de separación, el de Portugal, constituye la más genuina manifestación de suicidio nacional (con algo de fratricidio) que registra la historia de las Independencias. El catalanismo estaba, al nacer, al cabo de la calle respecto de esos axiomas, y sus prohombres más ilustres nunca lo han ignorado. Y en una España gobernada con el sentido común con que fue gobernada en el s. XVIII sería hacedera la empresa de situar a Cataluña en el marco nacional español sin mengua para su cultura ni daño para su economía, antes con medro espléndido para ambas.

Pero las condiciones en que se desarrolló la revolución española en el s. XIX (siglo que continúa aún en ese orden de cosas) no favorecían la inteligente reorganización del país, como tendremos ocasión de apreciar con algún detalle, y el asunto se desorbitó en Madrid y Barcelona.

Burguesía industrial y oligarquía agraria

El catalanismo político tuvo por protagonistas a dos movimientos sociales perfectamente diferenciados. La revolución industrial catalana engendró el nacionalismo liberal burgués, que en Cataluña fue respaldado por una clase media dotada de un vigor de que carecía el liberalismo moral de Madrid, tema al que hemos de volver. El catalanismo político rompió marcha en el momento en que la burguesía catalana alcanzó su mayoría de edad como clase.

Y coincidió la formación definitiva de esta clase social capitalista catalana con el acceso al poder de la oligarquía territorial castellano andaluza, que, como también veremos, acababa de fundar en Madrid el estado agrario de la Restauración. El catalanismo político, que tenía por clase directora a la burguesía industrial venía a ser, en su más grave manifestación, la expresión de la rivalidad entre los intereses industriales dominantes en Cataluña y los intereses agrarios dominantes en el resto de España. El fundador del catalanismo político burgués es Valentín Almirall.

Diari Catalá.Diari Catalá.

Casi toda la obra política de Almirall la escrita y la práctica, está comprendida en la ochentena del s. XIX. En 1879 lanzó el primer periódico en lengua catalana, el Diari Catalá; en 1881 publicó España tal cual es; en 1882 fundó la primera asociación política catalanista, Centre Catalá; en 1885 sometió Almirall a la corona un documento reivindicativo de los intereses morales y materiales de Cataluña; en 1886 dio a la luz pública su obra doctrinal Lo Catalanisme.

España tal cual es debe tenerse por obra esencial del catalanismo político, porque en este libro la burguesía catalana proclama razonadamente por primera vez su incompatibilidad con la oligarquía castellano andaluza, Almirall traza una de las más exactas e implacables descripciones que jamás se hayan escrito de la oligarquía de la Restauración, de sus métodos de gobierno, de sus personajes representativos, del ambiente político de España.

Ya al nacer movían al catalanismo burgués dos ambiciones: una afirmativa dentro de Cataluña, y otra negativa respecto a Madrid.La primera le aconsejaba monopolizar el poder político en la región; la segunda distanciar a Cataluña de una nación enferma sojuzgada por los agrarios. La burguesía catalana en suma, comenzaba la lucha por su total emancipación. Su catalanismo era el nacionalismo revolucionario, romántico y positivista de la época, sobreexcitado por el mal govern de la oligarquía central. Otro movimiento social catalanista contaba: el campesino, catalanista por tradicionalista y ultramontano.

Doctor don José Torras y Bages (1846-1916), obispo de Vich.Doctor don José Torras y Bages (1846-1916), obispo de Vich.

Si la burguesía catalana buscaba en el pasado las raíces de la libertad que necesitaba para emanciparse en cuanto clase, el ultramontanismo rural también acudía a las fuentes medievales en busca de la justificación de su existencia, amenazada por la revolución liberal. Cabeza eminente del catalanismo tradicionalista fue el ilustre obispo de Vich, Torras y Bages, autor de la Tradició Catalana, cuerpo doctrinal de este movimiento. casi es ocioso aclarar que estos catalanistas ultra católicos eran una reminiscencia del carlismo.

Vencido el carlismo por la oligarquía central, los tradicionalistas catalanes, como les pasó a los vascos, abdicaron el absolutismo universalista, o idea de imponer a todos los españoles un rey absoluto asesorado por el clero, y se refugiaron en la tradición regional. Este repliegue era lógico.

Una vez que se desvaneció la esperanza carlista, nada más natural que, habiendo en Madrid un gobierno liberal, anticarlista, los eclesiásticos catalanes, o muchos de ellos, que con no menos fanatismo que los clérigos vascos habían luchado por don Carlos, se asiesen políticamente al regionalismo. Y el campo pensaba, en política, como pensaba la Iglesia. En la guerra carlista las ciudades catalanas habían apoyado a Isabel II, y el campo, al Pretendiente, exactamente como en toda España donde el carlismo pudo sostenerse militarmente al abrigo de la abrupta geografía.

Tradicionalismo clerical y liberalismo burgués continuaron el conflicto en Cataluña, conflicto un tanto mitigado por la necesidad de hacer frente al enemigo común, el régimen de Madrid, inaceptable para algunos carlistas catalanes y no menos inadmisible para los nuevos capitalistas.

Ello hizo posible dentro de ciertos límites la convivencia en Cataluña del tradicionalismo y del liberalismo burgués, lo que no sucedió tan abiertamente en el país vasco, porque la burguesía vasca, en general, no era nacionalista, ni regionalista, sin duda debido a la circunstancia de haber menos industria en estas provincias que en las catalanas, comenzar más tarde que en Cataluña la industrialización de Vizcaya y ser el capitalismo vascongado principalmente financiero, con la mayor parte del capital repartido por toda España.

Pero aunque el catalanismo tradicionalista tuvo al principio alguna importancia, fue la burguesía industrial de las ciudades quien formó y dirigió el movimiento político catalanista. Por eso el nacionalismo catalán, ideal esencialmente burgués y sentimentalón como únicamente podía serlo la clase media catalana, no alistó en sus filas al proletariado, oprimido en las factorías por esa clase social que cuando pedía una Cataluña libre, lo que en rigor reclamaba era su libertad de clase frente a las demás clases sociales, catalanas y no catalanas, según corroborarían sucesos ulteriores.

La oriflama nacionalista de la burguesía le era sospechosa al proletariado, que siguió a Pí y Margall, con su federalismo anarquista, primero, y a Lerroux, radical, anticlerical y españolista al servicio de la oligarquía central más tarde. La alta burguesía catalana cometió enseguida una equivocación fatal para su causa desde el punto de vista histórico. Esta clase social sin ímpetu ni ambición nacional española, carecía de espíritu universalista.

El catalanismo, para no ser un ideal inasequible, tenía que haber sido el principio de un gran movimiento catalán enderezado a procurar la regeneración peninsular, para lo cual no le habrían faltado apoyos a la burguesía catalana conexiones y apoyos fuera de Cataluña. En toda España existía un esbozo de clase media industrial y mercantil sin poder bastante para derrocar a la oligarquía dominante, pero aliada natural e instrumento en potencia del capitalismo catalán.

Tan solo de Cataluña podían irradiar las energías renovadoras capaces de hacer de España una nación mejor. Así lo entendieron muchos españoles —no precisamente liberales—, entre ellos Menéndez y Pelayo, que veía en Barcelona, la gran metrópoli mediterránea, señora en otro tiempo del mar latino, dives opum studiisque asperrima belli, y destinada acaso en los designios de Dios a ser la cabeza y el corazón de la España regenerada. Estudios de Crítica Literaria, 5ª serie, p 19.

Más el catalanismo se circunscribió a realizar en Cataluña una obra por muchos concepto admirable en la esfera de la cultura y en la de la administración regional; pero sus buenos efectos apenas transcendieron de las provincias catalanas. Para la política española, el catalanismo tuvo, como veremos, consecuencias trágicas.

No tuvo el nacionalismo catalán ojos para las infinitas posibilidades que se le abrían en la Península y se anquilosó en una actitud defensiva, aterrado de España, de la que trataba de desentenderse o huir, cuando estaba llamado a dirigirla. Rotas las hostilidades con la oligarquía centralista, la burguesía catalana se atrincheró en su vulnerable ciudadela provinciana, donde pronto estuvo sitiada por las dos fuerzas sociales que le eran históricamente hostiles: el latifundismo del Sur y el proletariado de Barcelona y su provincia.

La revolución catalana no podía detenerse en la línea del Ebro sin fracasar y dejar inconclusa la revolución española. Replegándose en un nacionalismo de corto aliento, la burguesía de Barcelona privó a la transformación española de su más valioso instrumento constructivo, introdujo inextricable confusión en la vida pública nacional y consumió en una estéril batalla de cincuenta años espléndidas energías del pueblo catalán y no pocas ajenas. Vamos a asistir ahora al comienzo y desarrollo de esa lucha infecunda.

Prat de la Riba y la Lliga Regionalista

Cofundador y líder de la Liga Regionalista,.Prat de la Riba. Cofundador y líder de la Liga Regionalista.

Bajo la inspiración del infatigable Enrique Prat de la Riba, el catalanismo, en su doble aspecto cultural y político, se desenvolvió pronto con sorprendente pujanza. Prat tuvo en Francisco Cambó (en su primera juventud entonces) un colaborador dinámico y elocuente. Ambos representaban a la gran burguesía, que organizada primitivamente en la Lliga de Catalunya (1887), por separado de la pequeña burguesía, recogió a principios del s. XX a todo el catalanismo político en un partido poderoso: la Lliga Regionalista (1900).

En Admirall, el catalanismo político no había hallado aún la forma de su realización definitiva. El pensamiento de Almirall en este extremo es difuso, vacilante y sobre todo, conciliador. Almirall busca una integración, la armonía entre el espíritu generalizador castellano y el carácter analítico de las regiones que constituyen la antigua confederación aragonesa para producir la síntesis de una nueva organización del Estado.

Prat de la Riba elabora, por su parte, una teoría del catalanismo en la que se deja a la compenetración política con el resto de España margen más delgado. Prat era el empresario del nacionalismo catalán, un temperamento creador, en el que se daban con cierto equilibrio el intelectual y el hombre de acción, pero merece crédito más amplio como organizador que como filósofo. Cuando el ideal de la burguesía catalana llegó a articularse en conceptos tangibles, se obsequió a la historia del pensamiento político español con un verdadero parto de los montes.

El catalanismo manifestaba la ingenua aspiración de reunir a los antiguos territorios de lengua catalana en una federación levemente ligada a un Estado ibérico, que incluiría, claro está, a Portugal. Era aquél, más o menos, el mismo federalismo de Pí y Margall —del que hablaremos en otra parte de esta historia—, pero vaciado de sus elementos socialistas, que asustaban, como es natural, a la burguesía catalana.

Pi era para los burgueses un doctrinario, un hombre —decía Almirall—, que ha desplegado toda su firmeza de carácter en el sostenimiento de una cosa tan frágil como las lucubraciones de un pequeño folleto de Proudhon. Proudhon (la propiedad es un robo) no tenía nada que hacer en el catalanismo. Y, sin embargo, no por desprovisto de transcendencia socialista se alejaba menos que el de Pi el federalismo de Prat de la Riba de los dominios de la utopía.

La idea de anexarse las provincias francesas que un día hablaron catalán, o un idioma —el lemosin o provenzal— del cual el catalán es un dialecto, no tenía porvenir alguno. La reincorporación de Portugal al tronco peninsular tampoco resultaba mal pasatiempo. Ni, en suma, se presentaba practicable la federación de los pueblos que convivieron bajo la corona aragonesa dentro de España.

El federalismo ibérico fue siempre, o trampolín de demagogos, que con tan egregia proposición se fugaban de la desagradable realidad presente, o especulación de mentes desorientadas, de filósofos sin noción del momento que vivía España, en el marco de sus fronteras y en el mundo, o, también, maquinación de separatistas madrugadores que ingeniosamente proponían el descoyuntamiento de lo que quedaba de la nación española como preámbulo obligado de la futura unión espontánea de todos los pueblos peninsulares.

Apremia esclarecer esta cuestión, aunque volvamos a tocarla al referirnos a la figura de Pí y Margall en otro lugar.

La idea federalista

El federalismo es, por regla general, un régimen aplicable solo a las naciones sanas, esto es, igualitarias y ricas y por tanto, equilibradas: lo que España no era ni es. Magistralmente planteó este caso Guizot.

De todos los sistemas de gobierno y de garantía política, el más difícil de establecer y de que prevalezca, es, a buen seguro, el federal; ese sistema que consiste en dejar a cada localidad, a cada sociedad particular, toda la porción de gobierno que puede sostenerse en ella, y en no restarle más que la parte indispensable para el mantenimiento de la sociedad general, para desplazarla al centro de la misma sociedad, y organizarla en ella bajo la forma de gobierno central.
El sistema federal, lógicamente el más simple, es en realidad el más complejo: para conciliar el grado de independencia, de libertad local, que deja subsistente, con el grado de orden general, de sumisión general, que ese sistema exige y presupone en ciertos casos, se requiere de toda evidencia una civilización muy avanzada; es preciso que la voluntad del hombre, la libertad individual contribuyan al establecimiento y mantenimiento del sistema en mucha mayor medida que los demás.
El sistema federal es, por tanto, evidentemente, el que exige mayor desarrollo de la razón, de la moralidad, de la civilización en la sociedad en que se implante.Guizot, Histoire de la Civilisatión en Europe, 1855, p 104.

Además la idea federalista es sinónima de aproximación y de unión, y para que sea fecunda y auténtica ha de fluir de la prosperidad y de la simpatía. Pero en España nacía de la desesperación y la antipatía. No podía, pues, haber conciencia federal en la Península Hispánica y no la había, ni la hay, y menos que en ninguna parte en las regiones descontentas.

Varios pueblos, provincias o naciones se atraen mutuamente por el ideal de una misión conjunta latente, por intereses poderosos de otro orden, o sintiendo, acaso, que en el apartamiento anida una manera de frustración de cada uno de ellos. O la grandeza de uno de ellos invita a otros a acogerse bajo el pabellón de su fuerza y su prestigio.

Es decir, el federalismo es un movimiento centrípeto, de integración, que tiene por resorte o motor la simpatía. Es lo opuesto al separatismo, que se origina en una incompatibilidad o dificultad de convivencia generadora de antipatía. Ambos sentimientos, el federalismo y el separatista, se excluyen recíprocamente. No cabe sentir repugnancia por la unión actual, y al mismo tiempo, amor por la federación futura.

En el s. XIX y en lo que va de XX la situación de España era por entero desemejante de la que facilitó la unión de los reinos de Castilla y Aragón a fines del s. XV e hizo posible la incorporación de Portugal en los últimos años del s. XVI. Descubrimos por el contrario, en el s. XIX español un haz de factores conjurados a favor de la dispersión de los pueblos españoles aun unidos y del mantenimiento de la separación de Portugal. Porque con la revolución liberal se inició en España el proceso contemporáneo de la desintegración nacional.

El liberalismo filosófico, que destruyó en la Península el Estado del s. XVIII —según veremos—, tenía fuerza para malherir a la vieja España y derribar sus instituciones, pero, fuera de Cataluña, no había burguesía en España, y por esa razón, las instituciones que cayeron no fueron sustituidas por otras capaces de ejercer alguna autoridad integradora. La pugna entre la tendencia centrífuga, inevitable en todo derrumbamiento estatal, y el nacionalismo burgués se resolvió en Francia a beneficio de la unidad porque la burguesía francesa era una clase poderosa y edificó sin demora un nuevo Estado.

Puede decirse, en cambio (cosa que luego percibirá el lector con mayor claridad), que entre 1808 y 1874 España careció de Estado. Cuanto se construyó en ese lapso en la política española fue fugitivo y caedizo. El germen de la descomposición constitucional minó en todo ese tiempo, día a día, los cimientos a flor de tierra de la unidad nacional inconclusa; y la progresiva dislocación culminó en el cantonalismo de la I República.

Las nuevas instituciones que fundó en 1874 la oligarquía agraria se distinguieron particularmente por su antivitalismo. La oligarquía no aportó ninguna de las dos virtudes con poder para interrumpir el proceso de fragmentación nacional, a saber: el dinamismo creador de la burguesía triunfante en Europa y en Cataluña, y la ascendencia moral necesaria para que un régimen ejerza efecto aglutinante sobre los pueblos que preside.

El gobierno de los grandes propietarios territoriales de Andalucía era de tan desvinculadora naturaleza, que no solo desintegraba a España con sus actos, sino que estimulaba la desmembración con sy derrotismo verbal. Son españoles —decía el andaluz Cánovas del Castillo— los que no pueden ser otra cosa.

El proteccionismo

El catalanismo político tiene una significación intrínseca, absoluta, que proviene de la circunstancia de ser Cataluña una nación, y otra significación extrínseca. relativa, debida al hecho de que Cataluña realiza su revolución industrial en una España que permanece adscrita a la antigua economía y está gobernada por una oligarquía agraria. La alta burguesía catalana, sin dejar por eso de sentir a Cataluña como nación, mostraba gran escrúpulo en llamarse nacionalista y se apellidaba regionalista.

Lo reclamaba sí el interés económico del capitalismo catalán, dado que el 95% de la producción manufacturera catalana lo absorbía el mercado español, y, además, sin una fuerte protección arancelaria la industria catalana no podría subsistir. Su cautelosa posición regionalista en la política le venía impuesta en primer lugar, a la burguesía catalana, por el factor económico.

Pero la predisposición al compromiso de los capitalistas catalanes con el poder central no nacía de ahí solamente. La lucha de clases, la agitación revolucionaria del proletariado barcelonés, advirtió muy pronto a la burguesía catalana que su condición de clase conservadora le prohibía complacerse en el extremismo separatista. Sin la asistencia del poder central, los capitalistas de Cataluña no podrían defenderse de la clase trabajadora.

Pero la pequeña burguesía catalana, los intelectuales, los funcionarios, los comerciantes, no se sentían sujetos por una responsabilidad económica pareja, y fue en este sector donde se polarizó el alarde separatista. El factor económico tiene, pues, gran importancia, no solo en la gestación sino en el total desarrollo del catalanismo, y así lo proclamaría Cambó en Bilbao en cierta ocasión.

La primera en reconocerlo fue la alta burguesía catalana, sobrado dispuesta a explotar el catalanismo en beneficio propio, como medio de obtener concesiones económicas de los gobierno oligárquicos. Cánovas había iniciado la política del desaforado proteccionismo a la industria pensando que por ese procedimiento desarmaría al separatismo. La industria española concentrada en Cataluña y en Vizcaya, medró considerablemente con la reforma arancelaria de 1892.

Cánovas y sus sucesores jugaron esta carta, y la jugaron bien desde su punto de vista, por cuanto la burguesía catalana, temerosa, además, de su proletariado, nunca quiso arrostrar las consecuencias sociales y económicas de una ruptura revolucionaria con la oligarquía agraria. Por su parte, la burguesía catalana amenazaba a los gobiernos con su poder político en Cataluña, y para obtener el apoyo económico que buscaba no vaciló desde principios de s. XX de presentarse como separatista cuando los creyó oportuno.

Pero el desmesurado proteccionismo no significaba que la oligarquía dominante deseara fomentar la industria, sino que trataba de apaciguar a los industriales catalanes y vizcaínos. Fuera de Cataluña y Vizcaya, apenas surgieron industrias. Castilla, Andalucía, Extremadura, Galicia, Aragón no se industrializaron. Con la protección creció la industria catalana, y a medida que Cataluña acentuaba su industrialización crecía la diferenciación entre esta región y las demás.

Las nuevas tarifas de 1892 se tradujeron pronto en un aumento del consumo de materias primas, productos químicos y carbón extranjeros por la industria catalana. Entonces arreció el impulso regionalista, confundiéndose a veces con el separatismo virulento. Ese año de 1892 es jalón o hito importantísimo en la historia del movimiento catalanista. Además de la revolución arancelaria se registraron en su transcurso estos dos sucesos:

La burguesía catalana presentó las —Bases de Manresa—, un documento en que reclamaba la independencia de Cataluña, o poco menos; y estalló la primera bomba en Barcelona, comienzo de una era de terrorismo y corrupción.

A la burguesía catalana no parecen haberle preocupado sinceramente durante mucho tiempo los desórdenes, las huelgas interminables y los atentados, pues se imaginaba que cuanto más patente fuese la incompetencia del gobierno, más cerca estaría Cataluña de realizar sus aspiraciones.

Los catalanes propendían a utilizar el caos como arma contra el poder central. Así en septiembre de 1905 discutía el Ayuntamiento de Barcelona la conveniencia de hacer ver a los cónsules extranjeros que solo el gobierno era el responsable del caos barcelonés. Cada catástrofe nacional llevaba al catalanismo nuevas levas de burgueses y le tornaba más turbulento y nacionalista.

El desastre de 1898 —la pérdida de Cuba, Puerto Rico y las Filipinas—, condujo al movimiento catalanista a considerable número de elementos, particularmente de la industria y del comercio.. Pero no se crea que aquella burguesía autonomista apoyó a los autonomista cubanos. Antes bien, se adhirió a la política de fuerza cuyo campeón fue el general Weyler, venerado por los catalanes. Y todo porque en Cuba tenían un mercado las fábricas de Sabadell y Manresa.

RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 569-586.