El Medievo

Nobleza Medieval

La nobleza goda, basada en el poder y en el prestigio de la sangre, estaba formada por los descendientes de los linajes más antiguos ( reikes, diks, seniores, principes), adquirió en España grandes dominios y riquezas y se fundió pronto con la nobleza hispanorromana de los senatores, poseedora también de extensos latifundios, constituyendo una nobleza hispanovisigoda. Los nobles ( illustres viri, proceres, seniores, duces, comites) fueron en la España visigoda los consejeros del rey, intervinieron en la elección del monarca a través del Aula Regia, formaron parte del Oficio Palatino, desempeñaron los cargos más importantes de la administración y disfrutaron de privilegios penales y procesales; muchos de ellos estuvieron ligados al monarca por vínculos especiales de fidelidad ( fideles, gardingos). La nobleza no era en la España visigoda una clase social cerrada y la riqueza, el favor real o la intervención en el gobierno determinaban la cualidad de noble. La nobleza hispanogoda fue, desde luego, una fuerza social muy poderosa y frecuentemente peligrosa para el Estado.

Los nobles ( nobiles) constituyeron en los Estados hispanocristianos de la Edad Media la clase social superior, por su posición de privilegio, su poder social y político y sus riquezas. A la formación de la nobleza en la Alta Edad Media contribuyeron diversas causas: el favor del rey, la intervención en el gobierno, la vinculación especial al soberano, el oficio de las armas y la sangre, que perpetúa la condición de noble derivada de las otras causas.

En la España medieval se distinguieron dos clases de nobleza: la más elevada era una nobleza burocrática o de servicio, integrada por los que auxiliaban al rey en el gobierno y en la administración, y estaba formada por los magnates o grandes señores seglares o eclesiásticos (obispos, abades), poseedores de grandes propiedades territoriales o señoríos; estos nobles de primera categoría ( magnates, optimates, proceres, comites o condes, seniores, barones, más tarde ricos hombres) intervenían en el gobierno y administración central o regían como gobernadores (condes, potestades, seniores) las comarcas del reino, eran consejeros del rey y formaban parte de la comitiva del rey y del Palatium, corte real y curia regia.

Además de esta nobleza había otra de segunda categoría, constituida por los nobles que solo fundamentaban sus privilegios en el linaje, en el ejercicio de las armas y en su cualidad de combatientes a caballo; eran estos los filii benenatorum o infanzones y los milites o caballeros. Los miembros de la alta nobleza se llamaron desde el siglo XII ricos-hombres, y los restantes nobles, infanzones, caballeros, fijosdalgo o hidalgos. Los nobles disfrutaron de privilegios especiales, fuese cual fuese su categoría social, y sus mujeres gozaban de los mismos privilegios que sus maridos.

Los privilegios de que disfrutaron los nobles fueron poco más o menos los mismos en León y Castilla, corona de Aragón y Navarra, y los principales eran: 1.º, la exención del pago de tributos; 2.º, la composición ( calumniae) de 500 sueldos, que se pagaba por el homicidio de uno de ellos, y que era, por consiguiente, más elevada que la del resto de la población libre, cuyo importe era de 300 sueldos; 3.º, la inmunidad especial ( honra) de que gozaban sus personas, casas y tierras; 4.°, la exclusiva dependencia jurisdiccional del rey, en virtud de la cual solo podían ser juzgados por el monarca y su curia; 5.º, el mayor valor probatorio, que tenía en juicio su juramento y testimonio; 6.º, el no poder ser sometidos a penas corporales ni a tormento, etc.

Todos los nobles estaban unidos entre sí por lazos especiales de fidelidad y amistad recíprocas, y las cuestiones entre ellos solo podían ventilarse después del riepto y desafio de un noble a otro. Pero la nobleza tampoco fue en la Edad Media una clase social cerrada y a ella podía accederse por concesión del rey. Los nobles medievales estuvieron ligados al monarca o a otros nobles por lazos especiales de vasallaje, y los de primera categoría fueron señores de grandes señoríos, dotados de inmunidades y, frecuentemente, ostentaron el título de condes. En Cataluña la nobleza quedó organizada en una jerarquía feudal de condes, Vizcondes, etc.

En la Baja Edad Media la nobleza castellana intervino, junto al rey, en las cortes, y su poder social y político aumentó como consecuencia del crecimiento territorial de los señoríos, de las guerras civiles y de la debilidad real. En Aragón la nobleza aumentó su poder político y creció en importancia durante la Baja Edad Media, formando uniones y hermandades para imponerse políticamente a los reyes, hasta que Pedro IV consiguió, en parte, dominarla. Los nobles conservaron en la Baja Edad Media todos sus privilegios, y para evitar el desmembramiento de sus señoríos lograron que estos se transmitiesen por vía hereditaria exclusivamente al hijo primogénito ( mayorazgos, en Castilla; heredamientos, en Cataluña). Las luchas de la nobleza con la monarquía y de los nobles entre sí produjeron graves trastornos al final de la Edad Media, y los Reyes Católicos castigaron duramente a los nobles para conseguir dominarles, y, al mismo tiempo, procuraron atraerlos a la corte y crear una nobleza palatina, menos peligrosa y más sumisa. A finales del siglo XV se empezó a generalizar la costumbre de que los reyes concedieran a los nobles títulos, como conde, duque, etc., que adquirieron pronto el carácter de títulos nobiliarios honoríficos.

En la Edad Moderna la nobleza se hizo palatina y cortesana, los miembros de la alta nobleza dejaron de llamarse ricos-hombres y se llamaron grandes de España y títulos del reino (duque, marqués, conde, vizconde y barón). La nobleza de segunda categoría, extraordinariamente abundante y pobre, por lo general, en recursos económicos, la formaban los hidalgos y caballeros. Por otra parte, los mayorazgos determinaron la existencia de una clase social noble muy numerosa: la de los segundones o hijos de familias nobles que carecen de bienes territoriales y se dedican a la milicia o a la Iglesia. Los cargos más importantes de la administración (virreinatos, gobiernos, etc) y los del ejército fueron en la Edad Moderna confiados principalmente a la nobleza, que conservó sus privilegios, aunque pagó ya algunos tributos, como lanzas y medias annatas. En la época contemporánea la nobleza pierde parte de sus riquezas al abolirse las vinculaciones o mayorazgos y los señoríos.

LOSCERTALES, Pilar, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. N-Z, págs. 46-48.

Las Órdenes Militares

Las Órdenes militares fueron cofradías o hermandades de caballeros que unían a una finalidad puramente religiosa la misión militar de combatir al infiel. Producto típico de la Edad Media, confluyeron en su espíritu y en su formación un conjunto de elementos cuya importancia relativa es difícil de precisar. De un lado, la intensa religiosidad de la época, que alcanzaba en los siglos XI y XII su más alta manifestación en la Orden del Císter, a cuya regla se someterán las nacientes Órdenes militares. De otro lado, el espíritu guerrero que elevaba como modelos de vida ejemplares, junto a la contemplativa del monje, la activa del caballero, cuya fuerza protege al pobre y al desvalido, poniendo la actividad militar al servicio de la justicia, y que unirá en este ideal a todos los caballeros en una hermandad espiritual: la Orden de Caballería. La fusión de estos elementos se encauzará hacia la gran tarea de la época: la guerra contra el infiel. Pero quizás en esta amalgama de vida monástica y de vida guerrera que fueron las Órdenes militares pesó decisivamente, como ya señaló Asín Palacios y ha desarrollado últimamente Américo Castro, el mismo ejemplo musulmán del ribat, convento fronterizo en que comunidades de ascetas (almorávides) unían a la práctica del perfeccionamiento interior la defensa de las fronteras del Islam, siendo, a la vez, como los caballeros de las Órdenes militares, monjes y soldados.

Las Órdenes militares constituyen, en efecto, una congregación religiosa, para cuya formación es precisa la autorización pontificia y cuyos miembros tienen que hacer votos canónicos, pero, al mismo tiempo, son hermandades de caballeros dedicados a la guerra contra el musulmán. Las primeras Órdenes militares nacieron en Palestina, con ocasión de las Cruzadas, y fueron las de los Hospitalarios y las de los Templarios. Estas Órdenes se extendieron muy pronto por España, sobre todo por Cataluña y Aragón, cuyo rey, Alfonso I, les legó, en un testamento no cumplido, su reino. Pero también en Castilla aparecen ya en el siglo XII, y en 1147 les concedió Alfonso VII la villa recién conquistada de Calatrava. Pronto surgieron, sin embargo, las Órdenes militares españolas. Quizá el ejemplo del ribat musulmán produjo desde muy pronto asociaciones de carácter análogo, pero la influencia de las Órdenes extranjeras fue decisiva. Precisamente la retirada de los templarios de Calatrava, que se declararon incapaces de resistir el empuje almohade, hizo que se encargase de la defensa de la plaza fray Raimundo de Fitero y un grupo de monjes cistercienses y de caballeros que formaron la primera Orden militar española, la de San Julián de Pereiro, llamada más tarde de Calatrava.

Pocos años después surgieron las de Alcántara y Santiago. La primera dependió en su origen de la de Calatrava, y la de Santiago unió a su carácter militar el hospitalario, pues su misión, además de combatir al infiel, fue proteger y albergar a los peregrinos que de toda Europa afluían al sepulcro del Apóstol. La cuarta Orden militar española, la de Montesa, fue fundada por Jaime II de Aragón para sustituir a la de los templarios, suprimida por el papa Clemente V en 1308, por influencia de Felipe IV de Francia, enemigo implacable del Temple. La Orden de Montesa pasó a disfrutar de las villas y rentas de los templarios. Algunas otras Órdenes militares, como la de Santa María, fundada por Alfonso X, y la de la Banda, por Alfonso XI, tuvieron una vida efímera.

Las cuatro grandes Órdenes españolas, Calatrava, Santiago, Alcántara y Montesa adquirieron pronto gran importancia, sobre todo las dos primeras. La de Calatrava dependía de la Orden del Císter, uno de cuyos provinciales tenía sobre ella el derecho de visita e inspección, pero con el tiempo esta dependencia se hizo meramente teórica. De ella dependía la Orden de Alcántara, que se separó muy pronto, y la de Avís de Portugal, y sus maestres tenían el derecho de visita en la de Montesa. Al frente de cada Orden estaba el maestre, auxiliado por los comendadores mayores, y entre sus miembros se distinguían los caballeros seglares de los monjes profesos, que ejercían las funciones de capellanes; pero todos ellos estaban sometidos a una misma disciplina religiosa y militar.

Las órdenes militares desempeñaron un papel importantísimo en la Reconquista, especialmente en lo que hoy es Castilla la Nueva, y en la repoblación de nuevos territorios. Pronto tuvieron grandes señoríos y riquezas, fuente de su poder político, y las encomiendas o lugares de las Órdenes que estas entregaban a algunos de sus caballeros (comendadores) para que los defendiesen y gozasen de sus rentas fueron numerosísimas. Por otra parte, una serie de privilegios aumentaba su fuerza. Así, estaban exentas de la jurisdicción de los obispos y dependían directamente de la Santa Sede. Consecuencia de todo ello es que en los últimos siglos de la Edad Media se convirtieron en un peligro para el poder real.

Perdido su carácter primitivo, olvidada la pobreza de sus primeros caballeros, ya no era «el vitio de ellos delgado comer et aspereza de lana ell vestido de ellos» Crónica General de Alfonso el Sabio, sino que sus maestres, pertenecientes a la más alta nobleza, las utilizaban como instrumentos para sus ambiciones personales. Por otra parte, su doble carácter religioso y militar provocó no pocos conflictos. El maestre de cada Orden era elegido por la Orden misma, pero necesitaba la confirmación pontificia, y en más de una ocasión los reyes intervinieron en la elección provocando violentas reacciones, como ocurrió cuando Juan II de Castilla quiso imponer como maestre de Calatrava a don Alfonso, hijo natural del rey de Navarra, a lo que se opuso el maestre electo Fernando de Padilla, amenazando con recurrir a las armas, hasta que cedió el rey. Por el contrario, logró que se nombrase maestre de Santiago a don Álvaro de Luna.

No faltaron tampoco conflictos entre las Órdenes y el Papa, y así, la misma Orden de Santiago rechazó las pretensiones pontificias de cobrar la media annata cuando la elección como maestre de don Alfonso (el hermano de Isabel la Católica), en 1465. Los Reyes Católicos, fieles a su política centralizadora, dieron el paso decisivo para acabar con el peligro que suponía el poderío y las riquezas de las órdenes militares, incorporando los maestrazgos a la corona. La vinculación fue reconocida por Adriano VI, en 1523. Solo subsistió independiente la de Montesa hasta 1587, en que Felipe II la unió también a la corona. Desde entonces, las Órdenes militares, privadas de su independencia política, decaen rápidamente, pero aún conservan algún tiempo señalados privilegios y cuantiosas riquezas que algunas veces sirvieron de garantía a los banqueros de Carlos V Carande, hasta que la desamortización y las tendencias centralizadoras del siglo XIX redujeron las órdenes militares, salvo el breve período de la primera República en que fueron suprimidas, a simples corporaciones honoríficas.

LATORRE SEGURA, Ángel, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. N-Z, págs. 118-119.