Los moros de Granada

Hilo de Los Mudéjares

La disolución del reino moro de Granada había de producirse luego que remitiera la anarquía que impidió a Castilla en el siglo XIV y en los dos primeros tercios del XV reanudar las campañas de la Reconquista. Solo a esta circunstancia debían los mahometanos españoles la anacrónica posesión de los territorios que aún quedaban en su poder. O como discurre nuestro clásico historiador.

La flaqueza de los reyes fue causa de que las reliquias de aquella gente, aunque reducidas a un rincón de España, se conservaron tanto tiempo, por estar dividida España en muchos principados, poco unidos entre sí a propósito de destruir los enemigos de los cristianos

En 1481 —año en que comenzó la postrera acometida de las armas cristianas contra el Islam en España— comprendía el reino de Granada aproximadamente, los territorios hoy enmarcados en las tres provincias de Granada, Almería y Málaga.

La guerra de Granada duró una década cabal, y su conclusión, con el sometimiento de las últimas poblaciones moras independientes, causó profunda sensación en toda Europa, y se aclamó en todo el Occidente los Reyes Católicos como ejecutores de un anhelo compartido por toda la Cristiandad. Se veía en la derrota de o armas islamitas de España un oportunísimo y providencial desquite o compensación por el terreno cedido a los turcos en la Europa oriental.

Que la conquista de Granada ocupase durante un decenio a la joven y dinámica monarquía católica de Isabel y Fernando proclama la tenacidad y la fiereza con que los moros granadinos defendieron sus tierras sobre las cuales afirmaban, con insobornable resolución, el mismo derecho que los castellanos, por ejemplo, pudieran sostener sobre el suelo de Castilla.

Los moros de Granada se sentían en su patria con tanta espontaneidad como los moros de África habitaban allende el Estrecho. Es decir, los moros granadinos se consideraban españoles, y lo eran en gran medida. Las difusas e inseguras líneas divisorias que en la esfera étnica existían en Andalucía favorecían también es convicción. Pero para los cristianos seguían siendo usurpadores e intrusos, masas desplazadas de su nación natural de África merced a un accidente que nunca deplorarían bastante los españoles. La diferencia de religión un signo distanciador decisivo.

En la capitulación de 1491Isabel y Fernando trataron con comentada magnanimidad a la nación vencida. Dejaron a los granadinos en el disfrute de sus mezquitas y ritos religiosos. La justicia continuaría en manos de los cadíes. Los gobernadores, aunque delegados de la corona, serían moros también. Se les reducían contribuciones pagaderas en los tres años siguientes y prometían los vencedores no imponerles más tarde mayores tributos que los que solían exigir los reyes moros. Para los granadinos que prefiriesen emigrar a África se dispuso que hubiera barcos listos en la costa.

Mas a despecho de la blandura de las condiciones de la rendición, los súbditos de Boabdil las recusaron con tumultuosa protesta. El convenio por virtud del cual los moros entregarían los dos castillos y las torres y puertas de la ciudad en el plazo de sesenta días, hubo de ser rectificado en vista del alboroto del pueblo, y Boabdil apremió al rey Fernando para que adelantase la toma de posesión de las fortalezas. Cosa que se hizo, entrando los reyes en Granada el 6-I-1492, con el heredero del trono —el efímero infante don Juan—, buen golpe de aguerridas tropas —el germen de los futuros tercios— y vistosísimo cortejo de nobles y eclesiásticos.

Los moriscos

El nuevo nombre que se da en España a partir de ese momento a los habitantes de raza mora, el de moriscos, es sobremanera expresivo. Ya no son mudéjares, ni moros, ni sarracenos, ni musulmanes, sino moriscos, esto es, un nuevo linaje de población, más cercana a la sociedad general española, como atraída, y susceptible de ser asimilada. El apelativo entraña simpatía y delataba de la parte de los dominadores el designio subconsciente de absorber a las masas moras. Con la voz morisco viene a decretarse el carácter inofensivo de este sujeto; es un mote despectivo, quizás, pero familiar.

Se imponía entonces el reencaje de las poblaciones esa raza en la sociedad y en el Estado. La expulsión apenas tenía partidarios, contra lo que sucedía con los judíos. Pero poco importaba que en la capitulación de 1491, los reyes, entusiasmados con lo conseguido, o, tal vez, ganosos de zanjar aquel pleito cuanto antes, se hubieran comprometido a garantizar la independencia espiritual de los musulmanes granadinos. La verdad es que las cláusulas de la capitulación no se tenían en pie. Para los moriscos, poseídos por un fuerte sentimiento nacional, eran, en el fondo, inaceptables.

A muchos les enojaba la ubicua presencia del arzobispo, fray Hernando de Talavera, a pesar de su extrema bondad; se sentían humillados y afrentados por la incorporación de su antiguo reino a los dominios de la corona cristiana, lo que les recordaban a diario los bandos y edictos del capitán general y alcaide de la Alhambra, el conde de Tendilla, gobernador, por lo demás, hábil y discreto.

Los moriscos granadinos querían tener sus reyes, sus soldados, sus gobernadores. Resentían la tutela política y administrativa y no ocultaban que les desagradaba la propaganda católica, el celo misionero de fray Hernando y sus colaboradores. Bien que se dijera en el tratado de la rendición que a nadie se obligaría a hacerse cristiano, era cosa sabida que la Iglesia se apresuraría a convertir a los nuevos súbditos de Isabel y Fernando. Rememoremos que desde principios de aquel s. había ido ganando terreno la idea de resolver el problema político-religioso-racial mediante las conversiones.

La obra catequística se llevó, pues, en Granada por las autoridades cristianas desde el primer instante con muy entrañable decisión. El arzobispo, ayudado por algunos alfaquíes, hizo prodigios, como lo fue el de bautizar a tres mil moros en una sola jornada.

El cardenal Cisneros

Ni en el caso de los judíos ni en el de los moriscos intervenía la Inquisición, como advertí, más que respecto de aquellos que, convertidos, retornaban a su antigua ley, es decir, respecto de los renegados; y oportunamente se descubrió que existía en Granada una porción de moriscos, conocidos por los elches, que estuvieron adscritos a la Iglesia y habían vuelto a adorar a Mahoma. Para entender en este género de transgresiones comenzó a funcionar el Santo Oficio de Granada.

Paso a paso se iban dando cita los factores que harían insoslayable el choque entre las poblaciones islamitas y el Estado. Sabido es cómo lo precipitó el cardenal Jiménez de Cisneros en 1499 al intentar apoderarse de los niños moros para llevarlos a las escuelas cristianas y al bautizar por aspersión general a las multitudes moras, y encarcelar a los alfaquíes que opusieron resistencia e incitaron al pueblo a levantarse. El rigor de Cisneros le llevó, además, a quemar en la plaza pública cuantos libros árabes de asunto religioso pudo hallar, algunos con exquisitas iluminaciones y delicadísimas labores, verdaderas obras de arte. La vehemente intervención del ilustre primado sacó de quicio a todo el reino musulmán. Mucha gente, y no solo morisca, censuró su proceder; pero, como enseguida veremos, la corona aprobó esta política. Cisneros estaba respaldado por la reina Isabel.

Cuando acaecieron los sucesos de Granada, los reyes se encontraban en Sevilla. A cuenta de los disturbios hubo una de las no muy raras escenas desagradables entre Isabel y Fernando —esta vez no motivada por los celos de la reina—, pues conocido es que el rey no amaba al fraile. Sin embargo, siguió adelante la política de las conversiones forzadas; el pesquisidor que Fernando envió a Granada para que recogiera información sobre los acontecido llevaba orden de castigar a los culpables —moriscos, se entiende— y de perdonar a los que se bautizaran. Se resignaron a recibir el bautismo los moriscos del Albaicín y algún otro barrio. Las mezquitas pasaron a ser iglesias. Por último la campaña dio cincuenta mil conversos más.

La rebelión de las Alpujarras 1568-1571

No mostraron igual mansedumbre los Sierra Bermeja y las Alpujarras, sino que el enterarse de que se quería llevar a los niños a las escuelas cristianas y de que se pretendía bautizar a todo el mundo se alzaron en armas en bloque, favorecidos por la fragosidad del paisaje. Dificultosamente pudieron ser reducidos después de haber destrozado en una emboscada a don Alonso de Aguilar hermano mayor del Gran Capitán, y a doscientos hombres más.

El primer chispazo de las Alpujarras inquietó seriamente a todos los españoles (tenía puesta a toda España en mucho cuidado), y no era el menos preocupado el rey Fernando, que pasó a Ronda para seguir de cerca los acontecimientos. Se temía ya —amenaza que prevaleció durante todo el siglo XVI— que los moros de Berbería fortalecerían con socorros a los rebeldes. Porque los granadinos mantenían vivo y solidario contacto con sus correligionarios de África, y en esta guerra se comprobó la presencia de moros africanos, los llamados gandules, que iban de una parte a otra con consejos y arengas, enderezados a levantar la moral de los insurrectos y disuadirlos del propósito de entregarse.

La contienda se liquidó con una capitulación de tenor muy diferente de la de 1491. A los moriscos, que desearan emigrar les dieron facilidades: salvoconducto, barcos en el puerto de Estepona, etc.; se les exigieron, sin embargo, diez doblas por persona. Los que permanecieran en España tendrían que trocarse en buenos católicos, cosa por cierto imposible. Aunque muchos se marcharon, no pasaron de una minoría

Nacionalidad y religión

El Estado español declaró definitivamente en esta coyuntura su política respecto de todos los moriscos, los de Granada y los de León y Castilla: o emigraban o se bautizaban. El edicto de 1502 no se aplicó a los reinos de Aragón y Valencia, debido a la oposición de la nobleza aragonesa y valenciana a que se modificara la situación de los mudéjares.

Persistía en estos reinos el interés en conservarlos (expreso en la prohibición de emigrar) y el designio de mantenerlos corno clase servil, o en todo caso, diferenciada de las demás clases sociales españolas. Todo ello en pugna con el criterio asimilista y fusionista, igualitario y democrático, que la nueva monarquía, influida por la Iglesia e inspirándose en sus propios principios, desplegaba en el resto de España. En resumidas cuentas, la resistencia de los aragoneses y valencianos a admitir que se reformase la legislación en este capítulo era una manifestación más del propósito de conservar la servidumbre en aquellas regiones.

La corona temió de momento chocar con aquella nobleza, y Fernando el Católico renunció formalmente en 1510 a extender a los territorios aragoneses y valencianos las medidas adoptadas respecto de mudéjares y moriscos en los demás reinos. Iba a ocurrir con las poblaciones mahometanas lo mismo que acaeció con los judíos. En aquella época se le ofrecían al Estado dos caminos para afrontar el complicado problema que indudablemente creaba la existencia en una relación tangencial de la nación mora junto a la sociedad española cristiana. Los dos caminos eran escabrosos y ninguno podía tenerse, ni en justicia ni en buena lógica, por solución.

Cabía expulsar a los moriscos, como había propuesto, sin que nadie le hiciera caso, el cardenal Mendoza; o absorberlos, según la opinión más común, la más noble y la más acorde con el interés de España: la elegida por los Reyes Católicos y seguida sucesivamente por Carlos I y Felipe II. Otra solución no había.

Contra la semiindependencia o la autonomía religiosa y política que habían gozado los mudéjares en otros periodos estaban todos los españoles que no eran moriscos, comenzando por el brazo popular. La autonomía pudo existir hasta entonces porque entonaba con la dispersión política de la Edad Media y porque la sociedad cristiana repugnaba la promiscuidad con los moros —en unos periodos menos, en otros más—, como los moros tendían a la separación civil de los cristianos.

Pero todo eso era agua pasada. Si en la Edad Media —inclusive hasta principios del siglo XV, en el reinado de don Juan II— se confinaba a los musulmanes a las morerías y se les obligaba a destacarse de la población general mediante un distintivo en la indumentaria, ahora se esforzaría el Estado por desvanecer las diferencias, forzando a los moriscos a vestirse como todo el mundo. En lo sucesivo se les prohibiría distinguirse de los demás españoles, no sin cierta razón; con poco éxito, sin embargo, porque los moriscos, también con cierta razón. querían mantenerse fieles a su religión y a sus costumbres tradicionales.

Condición sine qua non que el proceso inicial de la política asimilista era conseguir que los moriscos se tornaran católicos. Mientras se atuvieran al Corán y a la liturgia del desierto continuarían siendo una nación aparte, un elemento extraño incapaz de anegarse en el mundo genuinamente español. No perdamos de vista que nacionalidad y región eran entonces consustanciales. Un paso más y se obedecerá, como en el paganismo, la máxima latina: Cuius rezo, ejus religio.

La adhesión a una fe distinta de la que privaba en la nación apenas se concebía. Uno tenía la religión dominante en su patria o de lo contrario se situaba en conflicto con la nación, se salía de ella. Por lo tanto la religión era supremo negocio del Estado, en modo alguno asunto privado, abandonado a la conciencia individual, ni de grupo o raza. El disidente, el hereje, renegaba según ese punto de vista, de su patria e incidía en delito de alta traición. Luego, cuando se dividió la Iglesia católica, se vino a cundir este criterio en toda Europa con insano dogmatismo.

La Germanía valenciana

Se comprende, pues, aunque no se celebre que la disyuntiva ante la cual se colocó en seguida a los moriscos, fuera el bautismo o la emigración. Pero como dije en relación con los judíos, las conversiones no resolvían el problema. Primero, porque los moriscos volvían a practicar furtivamente sus antiguas ceremonias, y, además, porque el lado religioso de la cuestión no era único que emponzoñaba la convivencia. Muchas otras cosas separaban a los dos pueblos, y se hubiera precisado en los moriscos una pasión enajenativa contraria a la condición humana para que la asimilación hubiese ido consumándose sin violencia.

Se les invitaba a que dejasen de ser moros; pero semejante metamorfosis, de ser practicable, requería fiar a la lenta labor del tiempo una misión de la que Estado y sociedad estaban impacientes. Esa impaciencia desató las primeras hostilidades, y se presentó el círculo vicioso: se ejercía violencia sobre los moriscos para hacerlos españoles como los demás, pero esa violencia los alejaba más, de corazón, del Estado y la sociedad cristianos. En los sucesos de Granada y las Alpujarras del bienio 1499-1501 chocaron la nación morisca y el Estado español. En los que ahora se comentarán los moriscos entraron en colisión con la sociedad.

La Germanía o Hermandad valenciana de 1521-22 fue un fenómeno de estricto carácter social que no admite comparación con las Comunidades castellanas de aquello mismos días. Recordemos que las Comunidades representaban en su línea fundamental la tardía rebelión de lo más turbulento de la nobleza Girón y el clero (obispo Acuña, coligados con la aristocracia menor municipal Padilla, Bravo, Maldonado, esto es, la rebelión del sentimiento o tradición autonomista medieval contra el absolutismo monárquico del Renacimiento introducido por los Reyes Católicos y hecho particularmente antipático con Carlos I merced a la ancha y onerosa privanza de los cortesanos flamencos, (Ello no desmiente, sin embargo, la realidad de que en los comuneros latía un patriotismo de buena ley.)

En la Germanía valenciana, en cambio, aunque en ella aflorase cierta vena gremialista típica de la Edad Media, descubrimos una ostensible y aguda manifestación de la lucha de clases exacerbada, propia de la época. La Germanía fue la rebelión de la burguesía contra la nobleza. No discernimos aquí las complicaciones que enturbian prima facie la significación de las Comunidades castellanas. En el ingente motín valenciano todo es claro y recto para el historiador. Los artesanos se organizaron en Hermandad, eligieron un comité de trece síndicos, uno por cada gremio, se obligaron a acatar sus estatutos mediante solemne juramento, y declararon la guerra, primero a los nobles y luego a cuantos burgueses se resistieron a formar parte de la organización.

La Germanía era una especie de sindicato de resistencia y lucha de clases que aspiraba a alistar a todos los artesanos contra los señores y calificaba de traidores a su clase a los que le volvían la espalda. Los agermanados querían aniquilar a la nobleza, abolirla para siempre, y desencadenaron el terror en la ciudad y en la comarca.

Los señores salvaron la piel huyendo Toda la nobleza habla desaparecido enteramente de la ciudad, de tal suerte, que una mujercilla, para que un muchacho se acordase de haber visto un noble, le mostró uno con el dedo, diciéndole que de allí adelante no vería otro alguno. Tanto era el furor y rabioso deseo de acabar con esta clase de ciudadanos. Miñana, Continuación de la Historia de España, de Mariana, libro I, cap. VII.

En su origen la insurrección de los menestrales valencianos debió mucho de su incentivo a la circunstancia de hallarse armados. Y estaban armados, a iniciativa y persuasión de la corona, para que pudieran hacer frente a los moriscos en caso de revuelta. Cuando estalló la rebelión de los burgueses contra la nobleza, los vasallos moriscos se pusieron de parte de los señores, y los gobernadores les facilitaron armas para que ayudaran a las autoridades contra los de la Germanía. Por ambas razones, esta guerra fue también una guerra de los artesanos y la plebe que los seguía con los mahometanos.

Por primera vez se nos presenta el pueblo, la masa popular, en querella sangrienta con los moriscos; y los excesos que cometen los agermanados contra la población musulmana del reino de Valencia recuerdan los desmanes de que fueron víctimas los judíos de los Pirineos en el siglo XIV. Los revolucionarios de la Germanía los pasaban a cuchillo y les incendiaban sus casas. A muchos los bautizaban, como si esta fuera una aspiración revolucionaria, y los dejaban en paz; a otros los remojaban en igual frenético remedo de bautismo y a continuación los mataban.

Los horrendos disturbios de Valencia, con su extraordinario episodio del bautismo forzado de los moriscos por las turbas; el progreso de la disidencia protestante. que acentuaba cada día más en toda Europa el celo teológico; el crecimiento en el Mediterráneo oriental de un alarmante imperio turco, en vías ya de extenderse hasta las puertas de Viena, y la eruptiva expansión de la piratería berberisca en el Mediterráneo central y occidental, en las propias costas de España; todos esos factores, a cual más considerable, planteaban a lo vivo, ante la perpleja visión del trono, el problema de los moriscos aragoneses y valencianos, no afectados, según se recordará, por las medidas que en 1502, compelieron a los de León y Castilla a bautizarse.

Carlos I y los moriscos

Carlos había jurado en las Cortes de Aragón no forzar la conversión de los mudéjares de aquel reino y lo mismo se entendía para los de Valencia. Pero en las condiciones descritas, la corona no podía seguir con las manos atadas. El pueblo valenciano, sobre todo, había incitado al rey a salir de su irresolución. Al cabo Carlos solicitó del Papa que le relevase del juramento hecho ante las Cortes a fin de decretar la conversión de los mudéjares, y moriscos de Aragón y Valencia.

En 1524 llegó el breve de la Santa Sede y en el siguiente año apareció el edicto real que imponía a los moriscos la conversión, e invitaba a emigrar a los recalcitrantes. A los que se negasen a recibir el bautismo y a emigrar se les amenazaba con la esclavitud. Por disposición de noviembre de 1525 fue declarado ilegal el culto musulmán en aquellos reinos.

Las primeras medidas adoptadas por las autoridades, medidas coactivas, decidieron a muchos moriscos valencianos a echarse al monte con sus familias. Unos cuatro mil se atrincheraron con armas en la Sierra de Espadán. Les hizo la guerra el duque de Segorbe con un ejército reclutado rápidamente entre los campesinos, la burguesía y la plebe y con alguna caballería de la nobleza. A estas fuerzas se agregaron tropas de alemanes que se dirigían a Italia y que en la represión sobreexcedieron a los demás en crueldad.

No había mucha más paz en el antiguo reino de Granada. Al extremo de que Carlos, concluida en Sevilla su boda con doña Isabel de Portugal, se trasladó sin demora a Granada para escuchar las lamentaciones de tirios y troyanos. Los moriscos se quejaban de la corrupción de los jueces y de que se les hacía violencia en todo a cada paso. Las autoridades acusaban a los moriscos de contumaces renegados, pues seguían practicando la religión mahometana con descaro, a pesar del bautismo.

El rey delegó su autoridad en una comisión de nobles y eclesiásticos, la cual dispuso, por primera providencia que el santo oficio se trasladase de Jaén a Granada. Corolario de la inquisa real fueron las Ordenanzas de 1526, que entre otras medidas relativas a la religión mandaban que los moros dejaran sus ropas peculiares y se ataviasen a la manera de los demás españoles y que no hablaran el árabe, sino el español. Todo ello enderezado a procurar la fusión de las razas. Pero los moriscos se obstinaban en mantenerse fieles a su pasado, y aunque eso ya no se sostenía, se nos hace difícil censurarlos por ello.

Las Ordenanzas de 1526 no pasaron de la letra, porque todo lo corrompía el oro de África. En efecto, son hechos comprobados. Menéndez y Pelayo registra el primero con un —duro es decirlo— que Carlos fue sobornado por los moros con un subsidio de ochenta mil escudos, que los personajes de la corte se repartieron otra pingüe suma y —en orden aparte— que los jueces se disputaban las causas y pleitos de los moriscos y no siempre por amor a la justicia.

Felipe II y los moriscos

Felipe II heredó una situación pavorosa en torno al problema morisco. En las Alpujarras, bandas de forajidos —producto de la corrupción de la ley y de la persecución— bajaban de sus cuevas a los caminos y a veces hasta las mismas puertas del Albaicín y desvalijaban a los cristianos o los asesinaban en venganza del agravio que se les hacía.

En la región valenciana, asimismo menudeaban los moriscos que vivían al margen de la ley. No pocos eran cómplices de los piratas turcos, argelinos y marroquíes, que osaban internarse en tierra y mantenían en permanente sobresalto a los habitantes de las Baleares y las costas de la Península, desde Cataluña a Málaga. A tal extremo infestaban los filibusteros el Mediterráneo occidental, que se había hecho inexcusable la presencia de un fuerte destacamento de la marina de guerra española, pues cuando desaparecía volaban impunemente los bárbaros por todas partes. En 1563, Felipe II tuvo que ordenar la vuelta de la armada de Italia para hacer frente a este peligro. Al año siguiente resolvieron los argelinos apoderarse de las fortalezas españolas de allende el Estrecho, y con un respetable acopio de infantería y abundante caballería atacaron a Orán y Mazalquivir, que defendieron con éxito las fuerzas españolas al mando de don Álvaro de Bazán.

No más insinuarse la amenaza en África, se mandó desarmar y vigilar a los moros de España. El temor de la corona a un alzamiento de los moriscos en conexión con la acción de los enemigos que España tenía en el exterior era muy agudo en el reinado de Felipe II, y lo mismo en 1563, ante el ataque a Orán, como cuando en 1596 la formidable expedición inglesa de Essex y Raleigh —170 buques y 6.360 hombres— se adueñó de Cádiz, se creyó que el enemigo se lucraría del resentimiento de los moriscos y que habría una sublevación general de esta pobre gente.

Estado y sociedad se sentían inseguros y desasosegados a causa de la enconadísima cuestión moruna.

A todo esto, los otomanos señoreaban el Mediterráneo hasta Túnez, con ademán de convertir la sección occidental en un mar turco, pues habían conquistado —cayendo su escuadra por sorpresa sobre la española— la isla de los Gelves, y en 1565 habían puesto cerco a Malta. Sería necesaria la alianza de las potencias mediterráneas —el Papado, Venecia y España— para atajar en Lepanto la incontenible expansión de la media luna. Y a pesar de este memorable suceso, todavía en 1574 se apoderaban los turcos de Túnez y la Goleta.

Mas en el momento a que nos referimos aún no se había dado la batalla del golfo de Lepanto, que tan alta puso la moral de las naciones cristianas del Mediterráneo, y en Italia y en España dominaban la incertidumbre y el sentimiento de inseguridad. Turcos, corsarios africanos y moriscos españoles, si combinaran sus fuerzas podrían crear una situación delicada a España. En esa atmósfera y con esas preocupaciones, Felipe II exhumó en 1565 y 1566 las incumplidas Ordenanzas de su padre. Los moriscos no deberían hablar el árabe, sino el castellano. Habrían de parecerse en el modo de vestir al resto de los españoles. No podrían refugiarse en los territorios de jurisdicción señorial. Sus hijos tendrían que asistir a las escuelas cristianas.

Los moriscos se imaginaron que les sería dado burlar los edictos de Felipe II como habían paralizado los de Carlos I. Ofrecieron al rey un subsidio de cien mil ducados y un tributo anual de tres mil para la Inquisición. Alguna esperanza concibieron también gracias a la disputa entre las autoridades encargadas de hacer observar las Ordenanzas. El capitán general, marqués de Mondéjar, trataba de aplazar la puesta en vigor de la ley, pero don Pedro Deza, presidente de la Chancillería y miembro de la Inquisición, insistía en que no hubiera aplazamientos.

La irresolución del capitán general o el conflicto de opiniones dentro del gobierno, restó fuerza y autoridad ante los moros a los edictos, y mientras discutían los gobernadores se organizaron para resistir. Confiaban en obtener socorros del sultán y los reyezuelos africanos.

El acto de recoger a los niños para llevarlos a las escuelas cristianas provocó los primeros desórdenes en abril de 1568. La rebelión adquirió su mayor virulencia en las Alpujarras, y llegó a extenderse con el tiempo a las montañas de Almería y Málaga. La lucha se caracterizó por su ferocidad; competían en excesos moros y cristianos; por tratar de oponerse a las crueldades que se infligían a los cristianos perdió la vida el rey moro a manos de los suyos. Era este Fernando de Córdoba y Valor, que se decía descendiente de los Omeyas cordobeses y figuró con el nombre de Aben Humeya. Muerto Aben Humeya le sucedió Adalá Abenabó, con alguna fortuna militar al principio, pero las campañas de don Juan de Austria quebrantaron decisivamente a los sublevados, y cuando Abenabó cayó víctima del puñal de un traidor de su propia raza vendido a los cristianos, llegó virtualmente a término la guerra. Despuntaba la primavera de 1571.

Por sus propios medios los moriscos no hubieran podido resistir tanto tiempo. Recibieron en seguida auxilios del sultán y de África, y aunque la armada de Italia patrullaba sin cesar las costas españolas y el Estrecho e interceptó en una ocasión catorce navíos grandes, que tuvieron que regresar a Argel, no logró dejar incomunicados a los moros españoles. Entre las fuerzas de otras naciones que combatieron a su lado fue identificado un escuadrón turco. Pero no sucedió lo que Felipe II temía, que era que la flota turca se presentara en las costas de España; para arrostrar este peligro había dado el gobierno del puerto de Cartagena al eficiente Vespasiano Gonzaga.

Ayuda turca a los moriscos

Que la causa de los moriscos era la causa turca lo reconocieron tanto en Constantinopla como en las Alpujarras: el turco lo reconoció animando a los moriscos a resistir, con lo cual dividían las fuerzas de la monarquía española e impedían que se unieran a las venecianas, como a la postre sucedió en Lepanto meses después; Abenabó lo confirmó recomendando a los emisarios que despachó a Constantinopla, Túnez, Argel y Fez que apoyaran su derecho a recibir ayuda en la defensa que los musulmanes españoles hacían de la religión y los intereses del mundo mahometano.

Concluida la guerra, a los turcos y africanos se les permitió regresar a los lugares de donde procedían; con ellos se marcharon grupos de moriscos; y Felipe II dispuso que se descongestionase el reino de Granada de sus multitudes moriscas, dispersándolas por el interior, en Extremadura, Castilla, León, Galicia y la Andalucía occidental, los habitantes del Albaicín habían sido deportados en el curso de las hostilidades; por manera que ya poco o nada subsistió de las antiguas condiciones en el reino granadino, ahora diezmado y empobrecido.

Cervantes y los moriscos

Corriendo los últimos años del siglo XVI, las relaciones entre los moriscos, de una parte, y la sociedad y el gobierno, de otra, eran peores que jamás. El gobierno no acertaba a pacificar las zonas de población mora más densa. En esos distritos, en especial el valenciano, los cristianos no se atrevían a andar por la calle luego que se ponía el sol. Los piratas saqueaban las casas de los cristianos en los pueblos próximos a la costa, asesinaban a sus moradores y celebraban juntas al aire libre con nuestros moros. Cristianos viejos y nuevos se tomaban la justicia por su mano. En resolución, Valencia era una anarquía.

Pero no nacían las mayores preocupaciones del poder público del desorden interior. Los moriscos mantenían comprometedora correspondencia con Enrique IV de Francia; y no hacía mucho tiempo que habían invitado a Muley Cidan, rey de Marruecos, a desembarcar con tropas en la Península, donde le prometían el apoyo de la población morisca, dispuesta a levantarse en rebelión.

Por el aviso que los moriscos de España dieron en el año 1609 a Muley Cidan que llegó a mano del comandante militar de Mallorca, y lo notificó al rey Felipe III en carta de 10 de octubre de dicho año, resulta que los expresados moriscos suplicaban a aquel monarca con instancia viniese a socorrerlos, seguro de que hallaría en España ciento cincuenta mil moriscos, tan moros como sus vasallos. Censo de don Tomás González, Despoblación y Repoblación de España, p. 37.

Se prohibió a la población de Valencia acercarse a las costas, y por primera vez fueron desarmados los moros de Aragón. Bajo el gobierno del conde de Lerma —aún no era duque—, en Valencia se creó una milicia general de diez mil hombres con secciones de caballería, llamada a caer sobre los moriscos a la menor señal de alzamiento.

El desenlace del drama histórico en que estaban envueltos moros y cristianos españoles no se haría esperar ya.

Las razones del desamor popular las refracta Cervantes en una tremenda diatriba del Coloquio de los perros.

Exclama Berganza : Oh, cuántas y cuáles cosas te pudiera decir, Cipión amigo, desta morisca canalla, si no temiera no poderlas dar fin en dos semanas. Y si las hubiera de particularizar, no acabara en dos meses; mas en efecto, habré de decir algo; y así, oye en general lo que yo vi y noté en particular desta buena gente. Por maravilla se hallará entre tantos uno que crea derechamente en la sagrada ley cristiana; todo su intento es acuñar y guardar dinero acuñado, y para conseguirle trabajan y no comen; en entrando el real en su poder, como no sea sencillo, le condenan a cárcel perpetua y a oscuridad eterna: de modo que ganando siempre y gastando nunca, llegan y amontonan la mayor cantidad de dinero que hay en España. Ellos son su hucha, su polilla, sus picazas y sus comadrejas: todo lo llegan, todo lo esconden y todo lo tragan. Considérese que ellos son muchos, y que cada día ganan y esconden poco o mucho, y que una calentura lenta acaba la vida como la de un tabardillo; y como van creciendo, se van aumentando los escondedores, que crecen y han de crecer en infinito, como la experiencia muestra. Entre ellos no hay castidad ni entran en religión ellos ni ellas; todos se casan, todos multiplican, porque el vivir sobriamente aumenta las causas de la generación. No los consume la guerra, ni ejercicio que demasiadamente los trabaje; nos roban a pie quedo, y con los frutos de nuestras heredades, que nos revenden, se hacen ricos. No tienen criados, porque todos lo son de sí mismos; no gastan con sus hijos en los estudios, porque su ciencia no es otra que la de robarnos. De los doce hijos de Jacob que he oído decir que entraron en Egipto, cuando los sacó Moisés de aquel cautiverio salieron seiscientos mil varones, sin niños y mujeres; de aquí se podrá decir lo que multiplicarán los destos, que, sin comparación, son en mayor número

En la figura de Ricote (en el Quijote), Cervantes nos presenta, sin duda alguna, un morisco histórico, el arquetipo de la clase media de su raza en España; moro pacífico de la Mancha, donde no estaban tan mal vistos. Ricote es vecino de Sancho y tendero del lugar; habla. sin tropezar nada en su lengua morisca, en la pura castellana. Ricote sabe cierto que la Ricota, su hija, y Francisca Ricota, su mujer, son católicas cristianas, y aunque reconoce que él no lo es tanto, afirma que todavía tiene más de cristiano que de moro. Ante la orden de expulsión, este morisco cervantino había reunido su tesoro, lo había enterrado y había salido de España solo, sin su familia, a fin de buscar donde llevarla con comodidad. Estuvo en Francia, en Italia y en Alemania;.

y allí me pareció —comenta Ricote— que se podía vivir con más libertad, porque sus habitadores no miran en muchas delicadezas: cada uno vive como quiere, porque en la mayor parte de ella se vive con libertad de conciencia

De vuelta en la Mancha por donde anda, disfrazado, —con unos aventureros alemanes—, Ricote propone a Sancho que le acompañe a sacar y encubrir su tesoro, por lo que le dará doscientos escudos. Pero Sancho se muestra escéptico en cuanto a la existencia de ese tesoro, porque en el pueblo se supo que a la mujer y al cuñado de Ricote les quitaron muchas perlas y mucho dinero en oro que llevaban por registrar. La orden de expulsión no había sorprendido a Ricote, según le confiesa a Sancho.

El vio, y vieron todos nuestros ancianos —explica— que aquellos pregones no eran solo amenazas, como algunos decían, sino verdaderas leyes, que se habían de poner en ejecución a su determinado tiempo

Esta certidumbre le venía al moro de saber yo los ruines y disparatados intentos que los nuestros tenían, y tales, que me parece que fue inspiración divina la que movió a su majestad a poner en efecto tan gallarda resolución, no porque todos fuésemos culpados, que algunos había cristianos firmes y verdaderos; pero eran tan pocos, que no se podían oponer a los que no lo eran, y no era bien criar la sierpe en el seno, teniendo a los enemigos dentro de casa. Sancho simpatiza con Ricote, que es un moro humilde, de aquellos que más han entrado por la españolización.

No obstante, su hija, la hija de Ricote, solo se casará con un hombre de su raza, que habrás oído decir, y mucho -recuerda a Sancho- que las moriscas pocas o ninguna vez se mezclaron por amores con cristianos viejos

Tanto Sancho como Ricote aceptan la expulsión como una fatalidad; aquél lamenta tener que separarse del moro, de quien se despide con un tierno abrazo, pero no quiere ir con él por no hacer traición a su rey dando favor a sus enemigos. Esta actitud de Sancho era, sin duda, típica del pueblo en las regiones de tierra adentro, donde los moriscos no formaban tan alta proporción de los habitantes como en Valencia. A Ricote le expulsan, en realidad, por lo que hacen otros, y él se resigna a pagar por la contumacia y la inadaptabilidad de los demás. Si la densidad de la población morisca hubiese sido igualmente llevadera en todas partes y todos los moriscos hubiesen pensado como Ricote, no hubiera habido problema.

La expulsión

Fue el inmenso numero —agobiante en Valencia—, la rápida y constante multiplicación de la raza mora en una nación de población cristiana descendente (Cervantes insiste mucho en esto), el factor de mayor entidad, acaso, de cuantos determinaron el extrañamiento. Cada día había más moriscos y menos cristianos. Sabido es que la expulsión tropezaba con la resistencia de los nobles dueños de siervos moros, de cuyo trabajo extraían gruesas rentas. Por otra parte, los moros ricos disponían de valedores, por vía de soborno, en la Corte y en la Iglesia. Notorio entre los protectores de los moriscos era el conde de Orgaz. Cerca del Papa llevaba la causa de los moriscos el canónigo de Guadix, Quesada, muy activo en predisponer a la Santa Sede contra la idea de la expulsión. Otro sector del clero no podía olvidar que en la morisma española tenía inagotable fuente de diezmos y rentas; y en fin, había, asimismo, ciudadanos y eclesiásticos desinteresados, como tal vez los obispos de Segorbe y Orihuela, que fiaban la solución del problema a las conversiones.

Con todo, a principios del siglo XVII, la mayoría del país había concluido que la expulsión no debía aplazarse. Se veía venir el estrago económico que ese paso acarrearía (también lo vio venir Isabel I La Católica cuando la expulsión de los judíos), pero esperaban hallarle pronto remedio repoblando la tierra valenciana con cristianos viejos de otras provincias. La expulsión de los moriscos fue resuelta por el Consejo de Estado en 4-IV-1609 y comenzaron a ponerla en práctica en el otoño de ese mismo año. Las operaciones se planearon en una escala y con detalles que pasmaron a todos los españoles y en particular a los moros.

Concentró el gobierno sobre Valencia un imponente aparato militar: vino el grueso de la Armada con todo su estado mayor: Carlos Doria, duque de Tursis, nieto del gran Andrea; el marqués de Santa Cruz, hijo del vencedor de Lepanto (pálidas sombras ya de la generación anterior); Villafranca, Fajardo, don Octavio de Aragón. Llegaron los viejos tercios de Italia, aun enterizos y todavía temibles. Los primeros en prepararse para el embarque fueron los moriscos de Valencia, no sin abundante y lamentable efusión de sangre; pues a mitad de la empresa, debido al rigor inhumano con que se los trataba, se sublevaron varios miles capitaneados por dos valerosos individuos de su raza, Millini y Turigi.

Del reino de Valencia salieron más de 150.000 moriscos.

En enero de 1610 fueron expulsados los de Andalucía: unos 80.000; de las Castillas, la Mancha y Extremadura salieron 64.000; de Aragón, 64.000; de Cataluña. 50.000; del Campo de Calatrava, 6.000; de Murcia, 15.000, y del Valle de Ricote, 2.500. Se rezagaron en la partida, con la esperanza de quedarse, los descendientes de los antiguos mudéjares castellanos; pero en mayo de 1611 les fue aplicado el edicto y otros 20.000 moros tuvieron que expatriarse.

La amputación morisca costó a España cerca de un millón de habitantes. Danvila acepta esta cifra, lo mismo que Menéndez y Pelayo en la Historia de los Heterodoxos y que Sabán en sus Tablas Cronológicas. Los recuentos de población realizados en el siglo XVII confirman el millón. En Despoblación y Repoblación de España se fija en 750,000 el número de moriscos expulsados.

La posición de Cervantes en lo que atañe al asunto morisco es sobremanera instructiva y sobre ella interesa que volvamos. Denota el conflicto moral, la íntima desazón en que se hallaban todos los españoles inteligentes y blandos de corazón ante un problema para el que no había convincente remedio. De cuanto escribió Cervantes sobre los moriscos, infiere Américo Castro en su Pensamiento de Cervantes que el autor del Quijote dice que han hecho bien en echar a los moriscos y dice también que eso es una absurda crueldad; reconoce que son españoles, que están en su patria natural, pero también declara que son incompatible con España. Cervantes —añade Castro— habla de los moriscos como un blanco del Sur de los Estados Unidos lo hace respecto de los negros, o como se habla hoy de los judíos en Alemania o en los Estados Unidos.

El conflicto con los moriscos no era exclusivamente, ni siquiera en su mayor dimensión, religioso, aunque Cervantes aluda a la libertad de conciencia cuando, matizado por notas de delicada humanidad, expone el punto de vista de aquéllos. Ciertamente, la cuestión religiosa soplaba en las ascuas de la pugna étnico-económica y la encendía másiglo Visto el pleito, como hay que hacerlo, desde este ángulo, el dilema morisco se nos revela, como una tragedia exclusivamente española, así como la cuestión de los negros es una cuestión exclusivamente norteamericana. Y siempre se acreditará de inútil el esfuerzo de figurarse a cualquier otra nación afrontando en el siglo XVI un problema específicamente español.

Cánovas lo define como uno de los males más profundos de la monarquía, nacido de su propia constitución; y eso era, en efecto. Lo trajo la invasión árabe y estuvo condicionado en cada época por la evolución de la sociedad y el Estado cristianos, proceso que acabamos de analizar. Cánovas del Castillo, Historia de la Decadencia de España, Madrid, 1854, libro II.

Ante el suceso de la expulsión —desnudo de los accidentes y demasías que lo rodearon— es seguro que el historiador se encontrará en todo tiempo perplejo, incapaz de juzgar, tan confundido y quizás tan melancólico como Cervantes y sus criaturas Ricote y Sancho Panza.

RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, T. II págs. 104-144.