Italia

Introducción

La frase de Metternich de que Italia representa simplemente un grupo de Estados independientes unidos por la misma denominación geográfica, aunque hoy no tiene sentido, fue en gran parte verdad desde la caída del Imperio romano de Occidente, y antes de que Roma dominara toda la península y extendiera mucho más allá sus fronteras, no existía tampoco unidad alguna política ni aun etnográfica, sino un conjunto de pueblos de muy diversas procedencias, que es inútil y artificioso estudiar en común. Más adelante, una vez desarrollada la gran urbe, es preferible estudiar la historia italiana con el epígrafe Roma, que viene a comprenderle. Esta sección se limitará, pues, a dirigir una breve ojeada a la historia desde la caída del Imperio romano hasta la constitución del reino italiano.

Hasta el final del Medievo

Invasiones bárbaras
Reino de Odoacro.

Con la caída del Imperio de los romanos, los cuales habían hecho de la península italiana el centro de la cultura del mundo entonces conocido, perdió también Italia su preponderancia. El centro de gravedad del Imperio se trasladó al Oriente, y las tribus germánicas conquistadoras se establecieron y afirmaron en la península.

Tras de los asaltos y ocupaciones devastadoras de Radagaiso, Alarico, Atila y Genserico, Odoacro, el caudillo de los mercenarios germanos en las filas de los romanos, derribó, en 476, al Imperio romano occidental y se proclamó rey de Italia, pero en 485 los godos, a sueldo del emperador Zenón, irrumpieron en Italia para gobernarla en nombre del emperador de Oriente; los guiaba su rey Teodorico el Grande, que venció a Odoacro en Aquileya, Verona y Rávena, y en 489 fundó el imperio ostrogodo en Italia.

Los italianos, poseedores de su lengua, religión e instituciones intalista, se unieron a la dominación de los bárbaros. Puede decirse que el gobierno fue a un tiempo de los godos y de los romanos; sus ministros y consejeros fueron los romanos Casiodoro y Severino Boecio. Teodorico el Grande hubiera merecido el dictado de excelente monarca si no hubiese manchado su vejez con actos de crueldad, tales como la muerte de Boecio y Símaco, y hubiese seguido la política de equilibrio entre los elementos gótico y románico, que tanto había favorecido los primeros años de su reinado.

Heredó el trono Amalasunta, que gobernó en nombre de su hijo Atalarico, pero sus preferencias hacia los romanos irritaron a los godos, que le arrebataron a su hijo y lo asesinaron. El emperador Justiniano, con pretexto de proteger a Amalasunta, mandó un ejército que, capitaneado por Belisario, tomó Nápoles y Roma; Milán, levantado en armas contra los godos, fue tomado por Vitigio y arrasado en 539; en Rávena, Vitigio fue hecho prisionero y los godos se rehicieron a las órdenes del rey Totila, con cuya dirección sometieron la Italia Meridional y tomaron y saquearon Roma. Narsés sitió y mató a Totila, tomó de nuevo a Roma y destruyó el poderío de los godos en las vertientes del Vesubio, en la batalla en que murió Teja, el último de sus reyes (553).

Destruida por Belisario y Narsés, caudillos del emperador Justiniano, la soberanía ostrogoda, Italia fue de nuevo un elemento del Imperio romano, regido desde Bizancio. Las leyes de Justiniano, una de las cuales, la Pragmática sanción de 13-VIII-554, se ha conservado, regularon la constitución del país, cuyo supremo funcionario era el exarca imperial, residente en Rávena; fue este dignatario Narsés por espacio de trece años.

Empero, ya en 568 irrumpieron los longobardos al mando de Alboin y arrebataron casi toda la Alta Italia y la Italia Central a los bizantinos, a los cuales, fuera de la parte sur de la península y de la isla de Sicilia, no les quedó más que Istria y Venecia, Romagna, Rávena, Pentápolis (Rímini, Pésaro, Fano, Sinigaglia y Ancona) y Roma. Pero hasta esta posesión se vio amenazada desde el siglo VII por los longobardos, los cuales, en el siglo VIII, al mando de los reyes Luitprando y Aistulfo, conquistaron Romagna y amenazaron seriamente a Roma.

Entonces el Pontificado, cuyo poder y prestigio se había aumentado extraordinariamente desde el papado de Gregorio I (590-604), solicitó la ayuda de los francos, y más tarde cuando Astolfo ocupó algunas ciudades del exarcado de Rávena, el papa Esteban II solicitó el concurso del rey franco Pipino, quien acometió las dos campañas de 754 y 756, arrojando a los longobardos, y cedió al Papa los territorios arrebatados a aquéllos, de Romagna y Pentápolis. Su obra la completó Carlomagno, quien en 774, puso fin al reinado longobardo de Desiderio, a quien hizo prisionero en Pavía, y fue coronado emperador romano en la Navidad de 799.

Relaciones con el Imperio

Esta coronación fue el punto de partida de las largas luchas entre el Papado y el Imperio, por la dificultad de que ambas instituciones, tan íntimamente relacionadas desde entonces, se mantuvieran dentro de sus respectivos límites y, sobre todo, por las tendencias de los emperadores a inmiscuirse en los asuntos eclesiásticos y en la designación de las dignidades, incluso del propio Pontífice. Desde Carlomagno, quien renovó la donación de Pipino, el N. y Centro de Italia pertenecieron al Imperio franco, habiendo sido introducido en ellos las instituciones constitucionales de este. Solo al s. quedó sujeto a la soberanía franca el ducado longobardo del Benevento, mientras en Roma y su territorio, también sometidos a la soberanía del emperador, los papas reunían en sí la soberanía espiritual y la temporal.

Con la dominación de los francos se instauró en Italia el feudalismo. Vivían fuera de la dominación carlovingia Nápoles, Gaeta, Otranto, Amalfi, Sorrento, Sicilia, Córcega y Cerdeña; Benevento constituía un ducado independiente, y Pisa, Génova y Venecia eran de hecho independientes, reconociendo solo de nombre la supremacía del emperador griego. Pipino, el hijo de Carlomagno, intentó someter a Venecia, pero fue derrotado y obligado a aceptar la paz; aquí comienza la verdadera grandeza de Venecia, que transportó su sede de Malamocco a Rialto.

A tiempo que se ponía de manifiesto la ineptitud de los carlovingios, crecía el poder de los feudatarios, y los obispos y los árabes hacían varias incursiones a Sicilia llevando la devastación hasta Apulia y Calabria. Eufemio, gobernador de Sicilia, con ayuda de los sarracenos, se proclamó rey en 837, pero los sicilianos lo mataron y rechazaron a los árabes, aunque no pudieron resistirlos en una segunda guerra que dio por resultado que los sarracenos quedaran dueños de la isla y dejaran a sus emires de gobernadores en Palermo (841); desde allí ocuparon Bari y Tarento y marcharon sobre Roma.

En 847 el papa León IV, al frente de sus soldados, logró rechazarlos, pero en una nueva incursión en 875 el papa Juan VIII, para salvar a Roma, se vio obligado a pagar 25.000 monedas de plata. En virtud del tratado de Verdún (843) la Italia franca pasó a poder del emperador Lotario I, al que en 855 sucedió su hijo mayor Ludovico II. En este, que murió en 875, se extinguió la línea italiana de los carlovingios, y los conatos de los reyes carlovingios de la Franconia Occidental y Oriental, por afirmar su soberanía sobre Italia, quedaron frustrados, o por lo menos carecieron de efecto duradero.

Carlos el Calvo, Carlos III y Arnulfo de Carintia fueron coronados emperadores romanos, pero a su lado se levantaron los soberanos naturales, acabando estos por obtener la ventaja. Berengario, duque de Friul, fue coronado rey de Italia en Milán, pero a ello se opuso Guido, duque de Spoleto, y se suscitó una guerra civil que terminó con la victoria y coronación de este como emperador en Roma, en 891. Berengario solicitó el concurso de Arnolfo y, con su ayuda, venció a Lamberto, que sucedió a su padre Guido; pero luego el propio Arnolfo se hizo coronar emperador en 895.

Muertos Lamberto y Arnolfo, y cuando parecía que nadie iba a disputar el poder a Berengario, aparece con tal pretensión Luis de Borgoña, y en tales discusiones los húngaros atraviesan los Alpes, vencen a Berengario y saquean Lombardía. En 900, Luis de Borgoña se hace coronar rey y emperador, pero Berengario lo vence, le hace sacar los ojos y gobierna por espacio de diecisiete años; en 916 se hace coronar emperador, pero al poco tiempo Rodolfo II de Borgoña es proclamado rey de Pavía. Berengario pide auxilio a los húngaros, que en su incursión saquean la ciudad, y en 924 muere asesinado.

Mientras los margraves de Friul y los duques de Spoleto, contendían entre sí por la corona de Italia, los sarracenos y los magiares devastaban aquellos territorios en frecuentes correrías que era imposible evitar y resistir.

A la muerte de Berengario Italia quedó en manos de tres mujeres: Berta, viuda del marqués de Toscana; Ermengarda, hija de la anterior, hermana de Hugo, marqués de Provenza; Marozia, noble romana, viuda del conde de Túscolo, muy influyente en Roma. Esta casó con Hugo de Provenza, que ejerció una soberanía violenta y fue reducido, en 945, por el margrave Berengario II de Ivrea, a una sombra de reinado; a la muerte de su hijo Lotario (950) tomó Berengario el título de rey, elevó a su hijo Adalberto a la dignidad de corregente, y encerró en la cárcel a Adelaida, viuda de Lotario, hijo de Hugo.

Entonces el rey de Alemania, Otón I (951), cuyo vasallo había sido Berengario, franqueó los Alpes, obtuvo la dignidad de rey de Italia y contrajo matrimonio con Adelaida que había logrado escapar del encierro, y aunque en 952 devolvió a Berengario Italia en calidad de reino feudatario, al intentar substraerse otra vez a la dominación alemana, pasó de nuevo Otón I a Italia (961), conquistó el N. de la península y renovó en Roma la dignidad imperial (962). Una vez sometidos Berengario y sus secuaces (964), formó el reino de Italia una parte del nuevo Imperio romano, cuya corona descansaba en las sienes del rey de Alemania.

Italia durante la dominación alemana

Los emperadores pretendían afirmar su soberanía sobre el Pontificado, y así cuando Juan XII, después de coronar a Otón I, quiso substraerse a su influjo, el emperador le hizo destronar y se aseguró para él y sus descendientes un voto de preferencia en la elección del soberano Pontífice.

Otón I no logró someter ni con negociaciones con la corte bizantina, ni con las armas, la Baja Italia, que poseían en parte los griegos y en parte los árabes. Su sucesor, Otón II, al intentarlo de nuevo, sufrió una derrota decisiva de los árabes en 982 y murió al año siguiente. En el reinado de su hijo, Otón III, menor de edad, se aflojó el lazo de unión que existía entre Roma y el Imperio alemán, y el caudillo de la nobleza romana, Juan Crescencio, dominó, en calidad de patricio, la ciudad y la silla Pontificia.

Pero en 996 pasó Otón III a Italia y elevó al trono pontificio a su primo Bruno, con nombre de Gregorio V, y al rebelarse Crescencio y nombrar un antipapa, fue ejecutado (998). A la muerte de Gregorio (999) llamó el emperador a su amigo Gerberto de Reims Silvestre II a la Silla de San Pedro, fijó su residencia de soberano en Roma y concibió un plan de hacer de nuevo esta ciudad el centro y emporio del Imperio cristiano universal.

Pasó la fatídica fecha del año 1000: los italianos, libres de la pesadilla del próximo fin del mundo profetizado para aquella fecha, despiertan a un nuevo afán de independencia; los nobles longobardos se reúnen para proclamar un rey nacional en la persona del margrave Arduíno de Ivrea, y la Silla pontificia cae de nuevo bajo la dominación de los Crescencios y de los condes de Túscolo. Una segunda expedición del rey de Alemania, Enrique II, a Italia (1004), fracasó completamente por lo menos en cuanto a la duración de sus efectos; pero en una segunda expedición fue depuesto Arduíno, y se afirmó de nuevo la dominación alemana en la Alta Italia y la Italia Central: el propio Enrique II fue coronado emperador en 1014.

Entre tanto, Bari se había libertado de los griegos; Pisa, ocupada por los sarracenos, los expulsa por obra de Cinzica dei Sismondi, y más tarde, unida a Génova, los ataca en Cerdeña y les obliga a abandonar la isla; Venecia persigue a los piratas de Istria; trae a sus naves de la India y se convierte en señora del Adriático. En una tercera expedición (1022) Enrique II de Sajonia el Santo penetró en la Baja Italia y obligó a los principados de Salerno, Capua y Benevento, a reconocer su soberanía. Murió este soberano en 1024.

Más enérgico aún se mostró su sucesor Conrado II de Franconia, a cuya subida al trono volvieron a manifestarse en Italia los conatos de independencia. En la expedición de 1026-1027, en la que se hizo coronar rey en Monza у emperador en Roma, venció completamente la resistencia que se le oponía; en 1037 ejerció, hasta en el s. de Italia, sus derechos imperiales, y aunque no atacó abiertamente las libertades de Roma, procuró tener en la baja nobleza (a la que en 1037 otorgó la sucesión de los feudos) un apoyo para la corona alemana.

En 1037 fueron derrotados los alemanes en Milán. También en Roma desbarató Enrique III las fracciones de los nobles, y en el Sínodo de Sutri (1046) hizo deponer a los papas y antipapas elegidos por aquéllos y en lo sucesivo nombró a varios papas alemanes, gracias a los cuales la reforma que había empezado en Cluny ganó terreno también en Italia, realzándose así notablemente la autoridad y la influencia del Pontificado. Empero, apenas hubo ascendido al trono de Alemania Enrique IV a la muerte de su padre (1056), cuando el poder eclesiástico intentó librarse del predominante influjo del Imperio alemán.

La famosa cuestión de las Investiduras entre el Imperio y la Sede romana tomó en Italia carácter nacional. Las ciudades italianas, que, a contar desde principios de aquel s. , habían crecido extraordinariamente en virtud del florecimiento de la industria y el comercio, empezaron a emanciparse de la dominación de los príncipes, tanto temporales como espirituales, feudatarios de los reyes, y formaron una fuerte organización autónoma. Durante la lucha de las Investiduras, se afirmó también el poderío político de algunos señores temporales; en la Italia Central la gran condesa Matilde de Toscana fue, durante mucho tiempo, la dueña de los destinos del país. Era la amiga fiel de Gregorio VII e hizo donación de sus ricas posesiones a la Sede romana, de las cuales, empero, se apoderó después de su muerte (1115) el emperador Enrique V, de modo que el pleito sobre los bienes de Matilde un nuevo motivo de contienda entre el Imperio y el Pontificado.

Enrique V renovó la guerra, siempre por la cuestión de las Investiduras; para hacerla cesar, Pascual_II propuso a los eclesiásticos la renuncia de los dominios temporales; pero su proposición fue rechazada y hasta 1122 no se llegó a un acuerdo, según el cual las investiduras no serían hechas por el emperador con el anillo y el pastoral, símbolos de la autoridad papal, sino con el cetro. Mucha importancia revestía el hecho de haberse constituido al s. de la península un Estado feudatario pontificio que daba al Papa un fuerte apoyo contra el Imperio.

Durante Enrique II se habían establecido en la Baja Italia algunos caballeros normandos que en un principio servían a las órdenes de los pequeños soberanos del país. En tiempo de Conrado II y Enrique III estos normandos se habían robustecido en expediciones fuera del territorio y, favorecidos por el auxilio de los emperadores, habían fundado señoríos independientes, en parte a costa de los griegos sarracenos y en parte por mediación de los pequeños príncipes longobardos.

Con la toma de Bari (1071) terminó la soberanía griega de Apulia y Calabria; la lucha por Sicilia se decidió con la conquista de Palermo (1072), aunque en el s. los sarracenos opusieron fuerte resistencia durante algún tiempo; de los principados longobardos se sometieron en 1062 Capua y en 1076 Salerno, pero Nápoles se resistió y defendió por espacio de sesenta años.

Los Papas habían mirado en un principio con desconfianza y recelos los éxitos de los normandos, y el propio Gregorio VII nunca estuvo conforme con la existencia de aquellos pequeños principados e hizo cuanto estuvo en su mano para que no prosperasen. Sin embargo, en 1080 se había reconciliado con el más importante de estos príncipes, Roberto Guiscardo, al cual el Pontífice dio en feudo todos los países conquistados. El sobrino de Roberto, Rogerio II, unió (1127) Sicilia a las posesiones normandas en el continente y en 1130 tomó el título de rey, confirmándoselo luego el papa Anacleto y en 1139 el Papa Inocencio II lo reconoció como Estado feudatario de la Iglesia.

Mientras los Papas, apoyados por los normandos, procuraban en la Italia Central aumentar sus dominios temporales, en la Alta Italia las ciudades robustecían su poder. Hubo frecuentes alianzas, seguidas de encarnizadas y sangrientas luchas. En Lombardía, Milán se afirmó en su situación de preferencia y a su lado sobresalieron Pavía y Cremona, y en el E. Verona; en la costa de Liguria desempeñó Génova el papel más importante; en Emilia y Romagna florecieron Parma, Piacenza, Bolonia y Rávena; en Toscana sobresalió Pisa y también Florencia, Lucca y Siena.

Según que las ciudades o los partidos políticos que en ellas luchaban, eran adictos al Imperio o al Pontificado, se inclinaron a uno de los bandos, gibelinos y güelfos, que eran los que concentraban la lucha de aquella época. Como quiera que la situación que habían alcanzado las ciudades italianas no tenía el reconocimiento de los emperadores y, por otra parte, le faltaba el verdadero fundamento legal, el emperador Federico I Barbarroja tomó la resolución de proceder contra ellas.

En la Dieta de Roncaglia (1158) quiso asesorarse de cuáles eran las regalías, o sea los derechos de soberanía propios de la Corona, y a base de ellos reclamó el libre ejercicio de la soberanía sobre las ciudades. De este modo quedó entablada la lucha entre las ciudades у el emperador. A raíz de la destrucción de Milán (1162) pareció que Federico I se había asegurado el triunfo; pero sus adversarios se rehicieron pronto, se unieron al Papa, con el cual el emperador estaba en lucha desde 1159, y con ello tuvieron la ventaja.

La derrota de Legnano (1176) obligó a Federico I a aceptar la paz de Venecia con el papa Alejandro III (1177), y en el Tratado de Constanza de 1183, se reconoció la independencia comunal de las ciudades. Al emperador le quedó la soberanía del feudo sobre las mismas y el derecho de apelación; además, las ciudades se obligaban a ciertas prestaciones en parte ordinarias y en parte extraordinarias. Según esto, la soberanía imperial en la Alta Italia, aunque muy limitada, fue, sin embargo, reconocida y se aseguró legalmente.

Lo contrario sucedió en gran parte de la Italia Central, donde la constitución del Estado de la Iglesia restó prestigio al Imperio. En la paz de Venecia (1177), Federico I había reconocido el derecho fundamental del mismo, a pesar de que estaba en pie la lucha por los bienes de Matilde. Barbarroja casó a Constanza, única heredera de Guilermo II, rey de Apulia y Sicilia, con su hijo Enrique VI para unir de este modo la corona al Imperio. Le disputó la corona Tancredo, conde de Lecce, pero a la muerte de este le quedó el campo libre como dueño del reino y murió en Mesina en 1196 dejando un hijo, Federico II, coronado rey de Germania, Italia y Sicilia y puesto bajo la tutela del papa Inocencio III.

A la muerte del emperador Enrique VI, Inocencio III hizo valer los derechos de la Sede romana y se aprovechó (para robustecer sus reclamaciones) de la lucha entre Felipe de Suabia, Otón IV y Federico II, los últimos de los cuales le hicieron las mayores concesiones en este terreno. Los Papas no veían con buenos ojos el acrecentamiento del poder imperial en Italia, ni podían impedirlo. En vano pretendió Inocencio III separar Sicilia del Imperio, a pesar de haber obtenido de Federico II la promesa de que, al subir al trono, entregaría aquel reino a su hijo Enrique.

Federico II, al ser coronado en 1220, no cumplió esta promesa, sino que, al contrario, se dedicó a reorganizar la administración de su reino hereditario de Italia, hizo valer sus derechos sobre todas las ciudades de la Italia Central, y dominó Lombardía con enérgico cumplimiento de todas las prerrogativas que en virtud del Tratado de Constanza incumbían al Imperio. Al sublevarse contra él, en 1226, las ciudades lombardas, nuevamente aliadas, fueron completamente derrotadas en 1237 en Cortenuova, pero el Papa apoyó la resistencia de las mismas. En 1239 Gregorio IX excomulgó a Federico II y en 1245 Inocencio IV le depuso solemnemente en el Concilio de Lyón.

En las reñidas luchas entre ambos poderes el hijo de Federico II, Encio, y su hijo político Ezzelino de Romano, defendieron vigorosamente durante mucho tiempo la causa del emperador en la Alta Italia; pero este, muy poco ayudado por , no pudo resistir la duración de la lucha y hubo de ceder ante las dificultades que se oponían a su causa. En la batalla de Parma (1248) el ejército de Federico II sufrió una terrible derrota; Encio fue hecho prisionero por los boloñeses en 1249 y murió en diciembre de 1250 en Apulia, después de haber reinado treinta y dos años. Contra sus sucesores se aliaron los Papas con Francia para una acción común y esta alianza decidió de la suerte de los Staufen.

El próximo sucesor de Federico II fue su bastardo Manfredo, que para combatir al Papa, su mortal enemigo, ayudaba a los gibelinos de varias regiones de Italia mientras Ezzelino de Romano moría a manos de los güelfos lombardos en Cassano d'Adda, los gibelinos toscanos en 1260 ganaban la batalla de Monteaperti amenazando llegar a Florencia, sin la heroica defensa de Farinata.

El papa Urbano IV encontró, por fin, el príncipe que aceptase la corona de las Dos Sicilias en Carlos de Anjou, conde de Provenza, hermano de Luis IX de Francia; Carlos entró en Italia y derrotó a Manfredo en la batalla de Benevento (1266), en la que Manfredo perdió la vida, pero después su gobierno fue tan cruel que los italianos llamaron en su auxilio a Conradino, sobrino de Manfredo, que fue vencido en Tagliacozzo en 1267 y ejecutado.

En tanto los franceses aumentaban su poderío, hasta que en 1282 se levantó en armas Palermo contra ellos y siguió en la insurrección toda Sicilia. Juan de Prócida, que había preparado este levantamiento, llamó a Pedro III de Aragón como heredero de los derechos de Constanza. Pedro III hizo valer sus derechos sobre Sicilia y después de las Vísperas Sicilianas (1282) entró en posesión de la isla, la cual de este modo quedó separada de Nápoles. Los intentos de los Anjou, de recuperarla, fueron inútiles.

El desmembramiento político

Al no intervenir el Imperio en Italia, a raíz de la caída de los Staufen, con la energía que antes había desplegado, cada uno de los Estados italianos se afirmó en su independencia; pero pronto surgieron entre ellos las rivalidades y a estas sucedieron luchas sangrientas.

En la costa occidental alcanzó Génova la mayor importancia política y comercial, llegando en el curso de sus aspiraciones, a la de dominar en el Mediterráneo ejerciendo en él la absoluta hegemonía. En efecto, los genoveses dominaron la Riviera de Levante y de Poniente, fundaron gran número de colonias en el Oriente, en 1261 ayudaron al emperador Miguel Paleólogo en su empresa de arrojar de Constantinopla a los venecianos, en 1284 aniquilaron el poderío marítimo de los gibelinos de Pisa y en 1298 derrotaron completamente a la escuadra veneciana en aguas de Curzola.

Como Génova fundó y robusteció la soberanía de los güelfos en el Mediterráneo, Milán y Florencia contribuyeron poderosamente a la autoridad de aquel partido en Lombardía y en la Italia Central, y en todas partes tuvieron los güelfos el apoyo de los Papas y de la casa de Anjou, de modo que el trasladola corte pontificia a Aviñón en 1309, no pareció haber infligido perjuicio ninguno a dicho partido. Empero, los conatos realizados en las expediciones de Enrique VII (1310-1313) y Luis IV de Baviera (1327-29) en sentido de rehabilitar los derechos del Imperio, no tuvieron resultado duradero, como ni tampoco lo tuvo la repetida intervención del emperador Carlos IV en la política de Italia.

En Roma, que durante la ausencia de los Papas se convirtió en teatro de la más encarnizada lucha entre varios partidos, quiso realizar Cola di Rienri el ensueño de una nueva organización republicana de Italia bajo la dirección de aquella capital, pero este plan no llegó a tener efectividad.

Por lo demás, en Italia en general, fueron adquiriendo, durante los siglos XIV y XV, cada vez mayor predominio los linajes de la alta nobleza, dividiéndose el poder en un gran número de Repúblicas ciudadanas, entre sí independientes. Milán estuvo desde 1311 bajo la soberanía de los Visconti, que sometieron Lombardía y extendieron su poder hasta parte del Piamonte y de la Emilia. Juan Visconti adquirió en 1350 la ciudad de Bolonia, y en 1353 fue elevado a la dignidad de signore de Genova.

Juan Galeazzo Visconti conquistó Verona en 1387; en 1395 obtuvo del rey Wenceslao la autorización para elevar su territorio a la categoría de ducado de Milán, en 1399 sometió a Pisa y Siena, en 1400 a Perusa y en 1402 de nuevo a Bolonia; finalmente, soñaba con la conquista de Florencia y la fundación de un reino de Italia cuando le sorprendió la muerte (1403).

Entre tanto, en las demás regiones de Italia, las dinastías que o habían heredado el poder o lo habían arrebatado por la fuerza, habían ido obteniendo del emperador la ratificación de sus derechos y la posesión de la dignidad ducal; tal hicieron Amadeo VII de Saboya en 1416; los Gonzaga de Mantua en 1632, y los Este en Módena, en 1452. En Florencia, los Médicis obtuvieron el predominio en el siglo XV.

En Nápoles, en 1435, a la muerte de Juan II, subió al 25 trono, en la persona de Alfonso V, la casa de Aragón. Nápoles, el Estado de la Iglesia (restablecido por Martín IV una vez terminado el cisma), Florencia, Venecia y Milán conservaron en Italia el equilibrio político; pero no reinó nunca en ella la verdadera unión.

El mismo espíritu de independencia que había dado como resultado la victoriosa resistencia a la dominación alemana, fue entonces un obstáculo para que se agrupasen bajo un gobierno y una dominación común, y así como la población de las ciudades se hallaba dividida en bandos, los linajes principescos anduvieron constantemente en lucha entre sí mismos. De este modo Italia, en los últimos siglos de la Edad Media, dio un triste ejemplo de desorganización política, a pesar de lo cual sobresalió entre todos los demás países de Europa por el florecimiento de las ciencias y las artes. En medio de las agitaciones y los disturbios políticos, la civilización del Renacimiento se desarrolló llegando un soberano florecimiento espiritual que no dejó de tener eco en la pujanza material de Italia.

Hasta la Revolución francesa

Intervenciones extranjeras

Ya en el siglo XV había empezado a notarse la intervención de las potencias extranjeras. Ante la inquietud provocada por los planes de conquista del rey de Nápoles, se alió Ludovico el Moro (que a la sazón gobernaba en Milán por incapacidad de su sobrino Galeazzo Sforza ) con Francia. Carlos VIII que, como heredero de los derechos de los Anjou sobre Nápoles, pretendía obtener aquella región, emprendió en 1494 su célebre expedición que abrió la puerta a una larga serie de luchas en la península.

Conquistó Nápoles, pero dio con ello ocasión a la formación de una alianza de la mayor parte de los Estados de Italia, en la que entraron el propio Ludovico el Moro, el papa Alejandro VI y Maximiliano I, emperador de Alemania, y Carlos VIII hubo de retirarse en 1495. Su sucesor Luis XII renovó la guerra, hizo prisionero a el Moro y arrebató a los Sforza el ducado de Milán. El emperador Maximiliano I, engañado varias veces por las potencias italianas y abandonado por los alemanes, en 1508 entró a formar parte de una Liga que se organizó en Cambray contra Venecia y a la que se adhirió Fernando el Católico de Aragón, que en 1504 se había apoderado de Nápoles.

La política de Venecia, con su habitual destreza, había de acabar con aquella alianza, y el papa Julio II, en 1511, fundó la Santa Liga para expulsar a los extranjeros de Italia. Los franceses fueron arrojados de la Alta Italia, Venecia ocupó su primitivo territorio, y Maximiliano Sforza, hijo de el Moro, se retiró a Milán.

Con la vicoria de Marignano (1515) recuperó Francisco I de Francia a Milán. Pero la elección de Carlos V, emperador (1519), rey de España, dio a la situación un sesgo definitivo. En la lucha entre Carlos V y Francisco I, los dos aspirantes a la dominación mundial, el segundo sucumbió; hecho prisionero en Pavía en 1525, en la paz de Madrid de 1526 renunció Francisco I a sus reclamaciones sobre Italia. Nápoles y Sicilia siguieron unidas a España, y Milán fue devuelto a los Sforza.

Empero, al entrar Maximiliano Sforza en la nueva alianza formada por el papa Clemente VII contra el emperador, fue de nuevo depuesto del ducado. Carlos V con el asalto a Roma disolvió la Liga (1527), y Clemente VII reconoció, en la paz de Barcelona, la soberanía de Carlos V en Italia. El emperador, en 1554, entregó Milán a su hijo Felipe II, al que cedió también Nápoles.

La preponderancia de la casa española de los Habsburgo en Italia fue blanco de la enemiga de los franceses, los cuales quisieron quebrantarla por una serie de guerras; pero con la paz de Cateau-Cambresis (1559) se afirmó definitivamente la posesión de la misma por Carlos V. Hasta en los pequeños Estados prevaleció la influencia de España. Por su valimiento obtuvieron los Gonzaga de Mantua el marquesado de Montferrato.

El papa Paulo III donó a su hijo Pedro Luis Farnesio las ciudades de Parma y Piacenza, adquiridas por el papa Julio II para el Estado de la Iglesia. Toscana, durante la soberanía de los Médicis, se elevó a la categoría de gran ducado. En Génova el dux Andrés Doria, que en 1523 había libertado a su patria del yugo de los franceses, se adhirió también al partido del emperador, no habiendo podido la conjuración de Fiesco quebrantar su poder en 1547. Como quiera que la casa de Saboya (que en la paz de Cateau-Cambresis había recuperado el Piamonte), abrazo el sistema político de España, la península de Italia, a partir de la segunda mitad del siglo XVI, estuvo en completa dependencia de España.

La soberanía española

Mientras en el siglo XVI las artes representativas habían llegado a su mayor grado de desarrollo, Italia durante la dominación extranjera cayó cada vez más profundamente en la inacción, y en el decurso del s. y medio siguientes hubo de vivir del capital espiritual que le legara la antigüedad. A raíz del descubrimiento de América perdió la situación que hasta entonces había logrado en el comercio del mundo, y decayó al mismo paso su bienestar y prosperidad. El Pontificado carecía de su antigua influencia en Europa y aun el más importante de los Papas del siglo XVI, Sixto V, solo logró dar alguna celebridad a su nombre por lo que hizo en el terreno de la organización eclesiástica.

Cuando Francia, al cesar las guerras religiosas, reanudó la lucha contra los Habsburgo, los Papas se inclinaron a su causa. Mientras Richelieu, extinguida la casa de los Gonzaga, encendía la guerra de Sucesión de Mantua y en 1631 obligaba al emperador Fernando II a ceder en feudo al duque de Nevers los ducados de Mantua y Montferrato, la Sede Pontificia, apoyada por Francia, se apropiaba el ducado de Urbino, una vez extinguida la casa della Rovere.

En el reinado de Luis XIV la influencia francesa suplantó a España en Italia y la guerra de Sucesión de España traspasó la hegemonía de Italia a los Habsburgo, sobre todo a consecuencia de la victoria del príncipe Eugenio en Turín (1706). En la paz de Utrecht, Austria recibió Milán, Nápoles y Sicilia, y el emperador se apoderó de Mantua después de desterrado el duque. La isla de Sicilia pasó al ducado de Saboya, pero en 1720 la canjeó, en virtud de un tratado separado, por Cerdeña, por lo cual el duque tomó el título de rey de Cerdeña.

Empeño fue de la nueva dinastía de los Borbones de España recuperar su predominio sobre Italia y lo consiguió en parte, porque el infante don Carlos de España, al extinguirse la casa Farnesio, en 1731, obtuvo los ducados de Parma y Piacenza, y en 1738 renunció a estos ducados a favor de Austria y obtuvo, en cambio, Nápoles y Sicilia.

En 1737 se extinguió en Toscana la casa de los Médicis, por lo cual el país pasó al esposo de María Teresa, el duque Francisco Esteban de Lorena. En 1741 los Este de Módena heredaron Massa y Carrara, mientras los ducados de Parma y Piacenza pasaron de nuevo a España en 1748. Entonces pareció haberse establecido un cierto equilibrio en Italia.

Las líneas segundas de los Habsburgo Lorena y de los Borbones dominaban en Toscana, Parma, Nápoles y Sicilia; Milán y Mantua estaban bajo la dependencia inmediata de Austria, la cual, empero, en virtud del aumento de Cerdeña que contaba con el apoyo de las potencias occidentales, estaba en situación comprometida.

Las Repúblicas de Génova y Venecia habían perdido, es verdad, su situación mundial, pero dominaban sin estorbo ninguno en sus respectivos territorios, mientras que el Estado de la Iglesia se extendía entre las potencias minadas por la ambición y la codicia. Como las nuevas familias de los soberanos no perdían ocasión de unirse a la nacionalidad italiana, se introdujo en Toscana una administración ordenada y fructífera, y Milán, a su vez, gozó de gran independencia, con lo cual la vida espiritual del país tomó de nuevo gran desarrollo.

Hasta la constitución del reino

La Revolución francesa en Italia

La Revolución francesa desencadenó de nuevo la lucha por la soberanía en la Península. Como Cerdeña se había sumado a la coalición de Europa contra la República Francesa, las tropas de este país, en Septiembre de 1792, invadieron Saboya. En 1793 la Convención Nacional declaró la guerra a Nápoles, y en 1794 los franceses hicieron una incursión en el Piamonte y en Génova, que en 1795 los austriacos les obligaron a evacuar. En 1796 Bonaparte recibió el mando del ejército francés de Italia y adoptó la resolución de dar un golpe certero contra el sistema de pequeños Estados que hasta entonces había existido en la Península.

Al rey de Cerdeña se le obligó a pactar una paz en virtud de la cual Niza y Saboya pasaron a Francia. El nuevo general, con una serie de gloriosos hechos de armas, se hizo dueño de la Alta Italia: Nápoles pidió la paz; de Milán, Mantua, Módena, Massa, Carrara y algunas partes de Parma y de los Estados pontificios se formó la República Cisalpina (1797). El resto de los Estados de la Iglesia se transformó en República Romana y Génova en República Ligúrica. El territorio veneciano cayó en 1797 en poder de los franceses y el gobierno aristocrático fue substituido por otro democrático. La paz de Campoformio entregó el territorio de Venecia hasta el Adigio a Austria y el resto lo adjudicó a la República Cisalpina. El rey de Cerdeña hubo de firmar el 25 de Octubre de 1797 un pacto de alianza con los franceses; pero cuando, a consecuencia de la segunda coalición, Nápoles declaró también la guerra a Francia, el Directorio obligó al rey de Cerdeña a evacuar todos sus territorios del Continente.

En Nápoles fundó el general Championnet en 1799 la República Partenopea, mientras el Piamonte y Toscana eran administrados militarmente por los franceses. Y aunque los franceses a consecuencia de algunas victorias de las huestes de la coalición hubieron de evacuar Italia en 1799, la victoria de Bonaparte en Marengo (14 de Junio de 1800) les hizo de nuevo dueños de Italia. La paz de Luneville determinaba que Austria quedaría en posesión de Venecia y que el duque de Parma gobernaría Toscana como rey de Etruria. Francia y Austria garantizaban la existencia de la República Cisalpina y de la Ligúrica. Luego el 21 de Marzo de 1801, el rey de Nápoles hubo de consentir en la paz de Florencia, en la cual el Piombino y su parte de la isla del Elba pasaron a Francia. Al propio tiempo recibieron las Repúblicas de Génova y Lucca una nueva organización democrática, mientras que la República Cisalpina (1802) quedaba convertida en República Italiana y Bonaparte era elegido presidente de la misma para durante diez años.

Después que Napoleón se hubo hecho coronar emperador por el Papa, cambió la República Cisalpina en reino de Italia, proclamándose a sí mismo rey y nombrando virrey a su cuñado Eugenio de Beauharnais, y dio al país una Constitución análoga a la francesa. Este reino aumentó notablemente después de la paz de Presburgo (1805), habiéndosele anexionado con la Venecia austriaca, Dalmacia e Istria, en 1807 Ragusa y en 1809 partes de los Estados Pontificios. Con Francia fueron inmediatamente unidas Saboya y Niza, A esto se añadieron en 1805 la República Ligúrica, en 1808 Parma, Piacenza y Etruria, y en 1809 el resto de los Estados Pontificios.

El emperador en 1811 dió el título de rey de Roma a su hijo recién nacido. Mientras que con la paz de Viena de 1809, una gran parte del Tirol Meridional se unía el reino de Italia, se separaban de él de nuevo Istria y Dalmacia para formar, con elementos de Croacia, Carintia, etc., un Estado propio, con el nombre de Provincias Iliricas. Los principados de Piombino, Lucca, Massa y Carrara, así como el principado de Guastalla, estaban ya desde 1805 y 1806, respectivamente, en poder de las hermanas de Napoleón, Elisa Baciocchi y Paulina Borghese. El reino de Nápoles lo gobernaba desde el 31 de Marzo de 1806 José Bonaparte, hermano de Napoleón, en cuyo lugar, al ser nombrado José rey de España, fue puesto Joaquín Murat, hermano político del emperador; solo las islas de Cerdeña y Sicilia permanecieron en poder de sus legítimos soberanos, apoyadas por la escuadra inglesa.

En la nueva organización de Italia a la caída de Napoleón, el país no tuvo parte alguna, pues fue obra exclusiva del Congreso de Viena . Como principal punto de vista prevaleció el restablecimiento de las cosas tal como habían estado antes de la Revolución. Se restauraron las antiguas dinastías, y algunas de ellas obtuvieron notables aumentos de territorio. Austria recibió Venecia y Dalmacia; Génova pasó al rey de Cerdeña, el cual recuperó también la posesión de Saboya y Niza; la casa Austria Este obtuvo la soberanía de Módena, Mirandola, Reggio, Massa y Carrara; a la emperatriz María Luisa de Francia le quedó, para mientras viviese, el dominio de Parina, Piacenza y Guastalla, mientras que la infanta María de Borbón obtuvo a título de indemnización Lucca. También se reconstituyó el Estado de la Iglesia, y Austria recibió las posesiones situadas en la orilla izquierda del Po.

Al archiduque Fernando de Austria le tocó Toscana, y Fernando IV recuperó el gobierno de Nápoles. Los ingleses obtuvieron con la base naval de Malta, una situación excelente desde el punto de vista marítimo, ya que dominaba los mares italianos. El principado de Mónaco y la República de San Marino lograron cierta independencia. En todas partes se restableció el poder absoluto de los príncipes y como las dinastías eran recibidas con desconfianza y con cierta aversión por el pueblo, buscaron su apoyo en Austria, la cual por este mismo hecho volvió a ser la potencia predominante en Italia.

Conspiraciones por la unidad de Italia

A pesar del sistema de estrecha vigilancia policíaca por parte de Austria, que reinaba en toda Italia, no fue posible sofocar del todo los conatos encaminados a realizar la unidad del país. Las sociedades secretas, especialmente la de los carbonarios, fomentaron este movimiento, habiendo penetrado hasta en los círculos militares, como también en la burocracia. La Revolución española de 1820 tuvo mucho eco en Italia y hasta un remedo en Nápoles, donde el foco del descontento estaba en el elemento militar; el rey Fernando hubo de consentir en una Constitución cortada según el tipo de la española de 1812; pero tan pronto como pidió el auxilio de la Santa Alianza y en el Congreso de Laibach se determinó la intervención de Austria, sus tropas restablecieron, sin gran dificultad, la absoluta soberanía del monarca.

Al mismo tiempo se sofocó fácilmente la sublevación de Cerdeña. En Lombardía la policía austriaca logró dominar todos los intentos de levantamiento, pero la crueldad con que persiguió a los comprometidos en las conspiraciones, generalizó el odio del pueblo contra los austriacos, y la insensata reacción que, con el apoyo de las bayonetas austriacas se desarrolló en Nápoles, Cerdeña y Módena, aumentó el odio contra la dominación extranjera.

Después de la Revolución de Julio de 1830 las ideas liberales fueron fomentadas por Francia, y en los Estados pontificios, como también en la Emilia, hubo nuevas insurrecciones. En el espacio de unos pocos meses, en las legaciones, en Umbría, Parma y Módena, se expulsó a los funcionarios gubernamentales, pero el duque de Módena, con sus propias tropas y las austriacas puso en fuga a las guardias ciudadanas, y el nueve de marzo ocupó de nuevo su residencia.

Los austríacos entraron en Ferrara, Parma y Bolonia, y el 25 de marzo derrotaron a las tropas italianas en Rimini, por lo cual el Gobierno provisional abandonó el poder. La tranquilidad parecía definitivamente restablecida, pero en 1832 Austria hubo de intervenir de nuevo, sin oposición de las demás potencias. Luis Felipe se contentó con ocupar Ancona cuando los austríacos avanzaron de nuevo sobre Bolonia. Era evidente que los estados de Italia, sin el auxilio de Austria no podían subsistir, y por lo mismo su política, tanto la interior como la exterior, dependía en absoluto de aquella potencia.

En los siguientes decenios no faltaron tampoco conspiraciones; pero fueron fácilmente sofocadas. Pronto, empero (1820), los conspiradores llamados carbonarios llegaron a ser unos 600.000, entre los que se contaban no pocas personas ilustres por su sangre y su saber. Las universidades fueron los focos principales; y los estudiantes, seducidos por los agentes carbonarios llamados amigos, ingresaron a granel en las Ventas carbonarias. Toscana era, como en el s. anterior, el lugar de refugio de todos los conspiradores italianos; Pisa, con su Universidad, el foco mayor de iniciación y propaganda.

Cuando la Revolución se vio potente en las principales regiones de Italia, intentó sus primeros movimientos y levantó su programa que consignaba la libertad de imprenta y de cultos, y gobierno constitucional . Sicilia primero, Nápoles luego, y el Piamonte después, se vieron sucesivamente conmovidos; pero fue tan eficaz la ayuda de Austria, que tales levantamientos fueron pronto sofocados, y el carbonarismo poco menos que reducido a la impotencia. Este fracaso y las disposiciones represivas de los gobiernos italianos sobre aviso continuamente por la polida austriaca, llegaron a producir la desorganización del carbonarismo, que intentaron reavivar desde Paris, La Fayette, Luis Felipe y el general napolitano Pepe, quienes proyectaron una alianza latina contra la Santa Alianza . Sin embargo, sus esfuerzos fueron inútiles, pues tal dirección no se ganó jamás la confianza de las masas.

La asociación La Joven Italia, fundada por Mazzini en el extranjero, no admitía en su seno más que individuos de diez y seis a cuarenta años de edad, que se comprometían a poseer un fusil y 40 cartuchos, y a guardar con inviolable secreto, bajo pena de muerte, las decisiones de la asociación. La Joven Italia dio pronto fe de vida, promoviendo los motines y sublevaciones de Viterbo en los Estados Pontificios en 1837, los generales de 1844 y 1845, y por último, la terrible conmoción que sustituyó por la República la Silla Real de Pío IX, en 1848.

Con la catástrofe que consumó la ruina de la República Romana, y la retirada de Mazzini a Inglaterra, las sociedades secretas italianas mudaron de jefe, y pasaron ser de directoras, dirigidas. La suprema dirección del movimiento revolucionario paso de los autores misteriosos de las logias superiores, a los Gabinetes de París y Turín, quedando las sociedades secretas solo como brazo ejecutor del plan meditado por Cavour.

Muerto Gregorio XVI, pareció que se entraba en un cambio de cosas al ascender al solio pontificio Pío IX en 1846. El nuevo Papa, que había sido elegido a disgusto y con la oposición de Austria, conocía muy bien la situación política de Italia, y reconoció en seguida que se imponían las reformas. A principios de 1847 se promulgó una ley de censura, muy suave, y se creó la Consulta di Stato, a base de procedimientos patriarcales, que habla de estar asesorada por el Gobierno. Estos débiles principios de reforma dieron al Pontífice una gran popularidad en toda Italia y sirvieron de ejemplo para que en otras partes se pusiesen en práctica medidas análogas.

Una revolución que estalló en Palermo en Enero de 1848, obligó al rey de Nápoles a dar una Constitución a su reino, lo cual no impidió que en abril próximo, Sicilia se separara de Nápoles. En Marzo estalló la insurrección en Lombardía sumándose luego al movimiento los ducados de la Italia Central, y el rey de Saboya, Carlos Alberto, por miedo a un nuevo levantamiento republicano, se decidió dar a su pueblo una nueva Constitución y prometer a los lombardos el auxilio contra Austria. Esto fue la causa de que Carlos Alberto se pusiese al frente del partido de la independencia y unidad italiana y que el pueblo le diera el dictado de espada de Italia..

VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1988, T. 28 pág. 2215-2225.
La guerra italiana contra Austria

Mientras en la revolución liberal aspiraba a un régimen que uniese a todos los países germánicos en un estado parlamentario, Italia se agrupaba en torno al rey de Piamonte para sacudirse el yugo austríaco y conseguir su unidad dentro del liberalismo. El papa Pío IX, obligado por las manifestaciones populares organizadas en sus estados, envió 17.000 hombres para que se uniesen a las tropas piamontesas en la frontera del Po, mientras que en Florencia el gran duque Leopoldo, atento a la opinión, llamaba a sus súbditos a las armas por la causa italiana, y en Nápoles el rey, ante el temor de una insurrección, prometía enviar 40.000 hombres para luchar contra Austria. Por todas partes se organizaban batallones de voluntarios.

Alzado por sus éxitos diplomáticos, que unían a toda Italia en torno suyo, Carlos Alberto invadió en el mes de marzo Lombardía, ocupó Milán y bloqueo a Radetzky en las plazas fuertes del cuadrilátero.

Pero Austria, quebrantada en principio por la revolución de Viena y las reivindicaciones nacionales checas y magiares, se iba recobrando, y los liberales vieneses se aprestaron a defender la hegemonía austríaca en la Europa central. A fin de no distraer fuerzas contra Carlos Alberto, Viena eludía luchar en Bohemia y en Hungría cediendo ante los nacionalistas, mientras que en Roma su diplomacia trataba de disgregar el reciente bloque italiano. Se convenció al Papa, y el 29 de marzo Pío IX se separó de la coalición declarando que sólo anhelaba liberar a sus estados de la intervención extranjera, pero sin ánimo de hacer la guerra a Austria, al mismo tiempo que, en vista de los motines que se sucedían en Roma, escribió al emperador para suplicarle -aunque en vano- que renunciase a sus provincias italianas.

Entretanto, en Nápoles, la intransigencia del Partido Radical originaba nuevos disturbios. Tras haber jurado la Constitución, el rey solicitó de los diputados un juramento análogo, al que estos se negaron, lo que provocó la disolución del Parlamento. Ante la crítica situación, el rey creyó oportuno llamar a las tropas que se habían unido al ejército piamontés dejando a este reducido a sus propias fuerzas. Pero el 30 de marzo, en Goito, Carlos Alberto lograba cerrar el paso a un ejército de socorro que, procedente de Austria, se dirigía a liberar a Radetzky, sitiado en Verona, lo que motivó que sus tropas lo aclamasen como rey de Italia en el campo de batalla.

Italia del norte consigue su unidad

La victoria de Goito aceleró el movimiento unionista que se extendía por todo el norte de Italia. A principios de mayo, Plasencia, Parma y Módena votaban su unión al Piamonte; el 29 del mismo mes Lombardía seguía el ejemplo, y el 4 de julio la República de Venecia proclamaba también su anexión al Piamonte.

Toda la Italia del Norte se integró en reino único bajo la autoridad de la Casa de Saboya, que había sabido erigirse en símbolo y guía de la nación italiana.

En Italia se restablece la autoridad del emperador

La reacción eslava contra los magiares, al debilitar a Hungría, fortalecía la posición del emperador, quien se aprovechó de ello para aumentar sus ejércitos en Italia. Por falta de efectivos suficientes, Carlos Alberto no pudo explotar su victoria de Goito. A los 120.000 hombres que Radetzky ponía en pie de guerra, él solo oponía unos 30.000, apoyados por 20.000 voluntarios. El 25 de julio, el ejército austríaco alcanzaba en Custoza una victoria resonante. Carlos Alberto tuvo que refugiarse en Milán, y el 9 de agosto se firmó el armisticio que restablecía el statu quo ante, volviendo Lombardía y el Véneto a poder de Austria.

La dirección del movimiento nacional en Italia

Después de la derrota de Carlos Alberto, el Partido Re publicano asumió la dirección del movimiento nacional, y frente a la monarquía, a la que culpaba del fracaso, prosiguió luchando para integrar a Italia en una república unitaria. El 13 de agosto, Venecia restablecía la República bajo el poder dictatorial de Manin; el 29, el gran duque de Toscana, obligado por los insurrectos, confiaba el poder a Montanelli, jefe del Partido Radical, y el 6 de septiembre el Papa llamaba al gobierno al liberal conde de Rossi.

En el reino de Nápoles, por el contrario, Fernando II aprovechó la coyuntura para restablecer su gobierno personal y emprender la reconquista de Sicilia, que se había proclamado independiente bajo el reinado del duque de Génova, segundón de Carlos Alberto. Pero en septiembre de 1848, la mediación francesa obligó a cada cual a mantenerse en sus posiciones y contuvo la lucha de las Dos Sicilias, que se hallaban al margen del movimiento republicano unitario.

Proclamación de la república en Roma y Toscana

Una vez al frente del gobierno pontificio, Rossi emprendió una política destinada a federar Italia bajo la autoridad de la Santa Sede, provocando la enemistad de los republicanos, que le hicieron asesinar (15 de noviembre). Esta fue la señal de la insurrección. El pueblo asaltó el Quirinal y el Papa tuvo que dar el poder al jefe de la rebelión, huyendo después a Gaeta. Inmediatamente, se disolvió el Parlamento romano y se convocaron elecciones para elegir otra Constituyente.

El 8 de febrero de 1849, la Constituyente, dominada por los elementos radicales, votó la supresión de los poderes temporales del Papa, aunque garantizando su independencia espiritual, y al día siguiente proclamó la República romana.

Estos sucesos repercutieron en Toscana, y Montanelli, en nombre del gobierno, pidió que se reuniese en Roma una asamblea nacional elegida por sufragio universal. Asimismo, en Florencia, mientras el gran duque huía para refugiarse en Viena, Mazzini corría a la capital para formar un gobierno provisional que proclamó la República y convocó una Constituyente (18 de febrero).

Aplastamiento del movimiento nacional

En marzo de 1849, la agitación que provocó en su reino el anuncio de la proclamación de la República en Roma y Toscana, impulsó a Carlos Alberto de Piamonte a denunciar el armisticio firmado con Austria y reemprender la guerra por la independencia de Italia. Pero su ejército de 65.000 hombres resultaba insuficiente y el 23 de marzo fue derrotado por Radetzky en Novara. Imposibilitado para reanudar la lucha, Carlos Alberto abdicó en su hijo Víctor Manuel II, que firmó con Austria un nuevo armisticio. La intervención de Inglaterra y Francia impidió que Austria se aprovechase de esta victoria para anexionarse el Piamonte, contentándose con ocupar parte del reino y una indemnización de guerra de 200 millones. La derrota de Novara provocó dos violentas sublevaciones republicanas en Brescia y Génova, que fueron rápidamente sofocadas.

Restauración del absolutismo en Sicilia

La derrota de Carlos Alberto indujo a Fernando II a denunciar el armisticio firmado, en septiembre de 1848, con los liberales separatistas sicilianos, Reconquistó militarmente Sicilia y restableció el absolutismo autoritario en el reino de las Dos Sicilias (mayo de 1849), tras encarcelar a unos 20.000 liberales.

En Toscana se restablece la monarquía absoluta

Después de la derrota de Novara, la Asamblea constituyente de Toscana, decidida a resistir, se reunió en Florencia y puso al frente de la República al radical Guerrazzi, al que concedió poderes dictatoriales. Pero su tiranía provocó una reacción de los monárquicos, animados por la derrota del ejército piamontés.

A principios de abril, los liberales constitucionales se adueñaron del poder y rogaron al gran duquę Leopoldo que regresase a Florencia, pero había pasado el tiempo de los regímenes constitucionales moderados y Austria, que acababa de triunfar sobre Hungría y Piamonte, estaba decidida a restablecer su autoridad en Italia por medio de cortes absolutistas.

Pero antes que el rey Leopoldo II se presentó en Florencia un ejército austríaco de 18.000 hombres y el estatuto constitucional quedó en suspenso, encarcelándose después a todas las primeras figuras del Partido Democrático (mayo de 1849).

Venecia, anexionada de nuevo a Austria

Venecia, bloqueada desde septiembre de 1848 por las fuerzas austríacas, preparó su resistencia, y con este fin concedió a Manin poderes dictatoriales e impuso un empréstito forzoso. En respuesta, Austria bombardeó la ciudad. Los venecianos resistieron durante cinco meses, hasta que sin víveres y diezmados por el hambre y el cólera tuvieron que capitular el 27 de abril. La República veneciana volvía a convertirse en una provincia austríaca.

El Papa, repuesto en Roma

La proclamación de la República romana, después de las de Venecia y Toscana, hizo del conflicto italiano una cuestión europea. Los soberanos europeos se sentían amenazados por las ideas republicanas y los católicos se identificaban con la causa del Papa. Mientras los jefes demócratas italianos, tras la derrota del ejército piamontés, se refugiaban en Roma, donde la Constituyente confiaba un poder casi dictatorial al triunvirato Mazzini, Armellini y Saffi, y la defensa de la República a Garibaldi, las potencias católicas -Francia, Austria y España-, enviaban delegados, a requerimiento del Papa, a la conferencia de Gaeta (marzo-abril 1849). En esta conferencia se admitió el principio de la intervención, pero surgieron discrepancias respecto a los fines que debía asignársele. Austria pretendía restaurar, a la vez, al Papa y al absolutismo, y Luis Napoleón, que llevaba unos meses de presidente de la República francesa y que se presentaba como restaurador de la paz interior y representante de su pueblo, preconizaba una actitud más tolerante. No olvidaba su pasado «carbonario» y veía en el movimiento nacional italiano el arma ideal para debilitar la posición de Austria en la península. Francia, Austria y España decidieron, pues, actuar separadamente.

Anticipándose a la participación austríaca, Luis Napoleón, autorizado por la Asamblea Constituyente, amenazó con pasar los Alpes en caso de que peligra se la libertad de Piamonte y envió 7.000 hombres a Civitavecchia con la ambigua misión de vigilar la marcha de los acontecimientos, en defensa del doble objetivo que supone el prestigio de Francia y la libertad italiana). Estas fuerzas iban reforzadas por tropas españolas enviadas por María Cristina, quien, dando por descontada la restauración de la monarquía en Francia, preparaba la vuelta al «Pacto de Familia». Pero el cuerpo expedicionario fue derrotado ante Roma por Garibaldi (30 de abril).

Días después, Austria invadía por el norte la República romana; un ejército napolitano forzaba sus fronteras por el sur y un cuerpo expedicionario español desembarcaba en Terracina. Los Estados de la Iglesia fueron ocupados, pero la República se mantuvo en Roma hasta que las fuerzas militares francesas forzaron las antiguas defensas de la ciudad y restablecieron la soberanía temporal del Papa (14 de julio de 1849).

Pío IX retorna al absolutismo

Pío IX (1846-78), elevado al solio pontificio por sus ideas liberales, restauró en todo su rigor el absolutismo, del que en lo sucesivo se mostraría adalid. Los laicos fueron expulsados de todos los puestos, se encarceló a millares de personas y más de 30.000 súbditos huyeron al exilio. Así, a pesar de las ideas de Pío IX, inicialmente favorables a las tendencias liberales y a la unidad italiana, la Santa Sede -por ser el Papa soberano de un estado temporal- retornaba a la oposición que desde el siglo XIII rechazaba las tentativas de unidad italiana, ante el temor de verse un día bajo la dependencia de un rey de Italia.

La Casa de Saboya sigue fiel al régimen constitucional

Desde entonces, excepto el reino de Piamonte-Cerdeña, Italia entera volvió a un régimen de reacción. Sólo Víctor Manuel II se mantuvo fiel al juramento prestado a su pueblo. El emperador Francisco José le ofreció el ducado de Parma y reducir las indemnizaciones de guerra a 75 millones si restauraba el absolutismo, pero Víctor Manuel, apoyado por Cavour, rehusó y consintió que se suprimieran las órdenes monásticas y se vendieran sus bienes para pagar aquella deuda.

El movimiento nacional italiano atrae al pueblo

El impulso del pueblo italiano, sostenido por la Casa de Saboya, quedaba roto. Sin embargo, y a pesar del fracaso del movimiento nacional, la unidad italiana se transformaba en un problema planteado ante Europa. Reanimada por el soplo de aquella libertad política que en otros tiempos había engrandecido a las ciudades italianas, la población de la península se inclinaba irresistiblemente hacia la unidad y la emancipación nacionales.

Cierto que los obstáculos parecían insuperables, ya que para lograr la unidad italiana se debía antes sacudir la dominación de los Habsburgo, destronar a los Borbones del reino de las Dos Sicilias y vencer la resistencia del Papa.

Después de los fracasos federalistas y republicanos, solamente quedaba en Italia la Casa de Saboya como defensor de la causa unitaria, tarea a la que se dedicaría con fina diplomacia.

Consolidación Nuevo Estado

Italia prepara la unidad peninsular e inicia la crisis del Segundo Imperio
Le congrès de Paris, 25 février au 30 mars 1856. Fin de la guerre de Crimée.

El congreso de París proporcionó al Imperio francés una posición privilegiada en Europa, pero sin abrir camino, como esperaba Napoleon III, a una refundición política europea basada en el principio de las nacionalidades. Su política balcánica le había atraído a Servia, Grecia y a las provincias rumanas; en Egipto, Siria y Persia el prestigio francés se afirmaba de modo preponderante; en Argelia se había iniciado la política imperial que aspiraba a englobar a toda el África noroccidental; Túnez se hallaba bajo su protectorado, y el Mediterráneo estaba como nunca supeditado al predominio francés. Mas para reafirmar esta primacía en el Mediterráneo y en Europa a Napoleón III le faltaba realizar la unión italiana. Entonces, Italia entraría en su órbita, se anexionaría Niza y Saboya y modificaría definitivamente el equilibrio internacional con la anulación del Imperio austríaco en favor del Imperio francés. Considerando que la presencia del reino de Sicilia en el concierto de las potencias y el movimiento nacional italiano en plena efervescencia eran circunstancias favorables a sus designios, Napoleon III se lanzó resueltamente a una política en pro de la unidad italiana.

Italia prepara la guerra

El reino de Cerdeña, aliado de Inglaterra y Francia en la guerra de Crimea, adquirió el rango de potencia a raíz de la conferencia de París. Su ministro Cavour se había ligado estrechamente a Napoleón III, quien abogó por la formación de una confederación italiana cuya Dieta residiese en Roma.

Pero esta solución no respondía a las aspiraciones del movimiento nacional italiano, que desde 1856 reunía en un mismo partido a todos los jefes nacionalistas -Pallavicini, Manin, Garibaldi-, partidarios de la unidad de la península bajo la autoridad de la Casa de Saboya.

El atentado sufrido en enero de 1858, de manos de un exaltado patriota italiano, indujo al emperador a considerar de nuevo el problema. Se entrevistó con Cavour en Plombières y, allí, se sentaron las bases de una alianza francoitaliana. Napoleón III se declaraba dispuesto a entrar en guerra contra Austria si esta atacaba a los nacionalistas. Aspiraba a poner fin a la dominación austríaca en Italia y lograr la constitución de un reino de Italia del Norte, si bien, en su deseo de conservar el apoyo de los católicos, garantizando el mantenimiento del poder temporal del Papa. A cambio de su ayuda militar exigía que Cerdeña cediese Niza y Saboya a Francia.

Napoleón se proponía realizar este plan sin renunciar a la alianza inglesa ni a la amistad de Rusia, que venía tratando de lograr desde la conferencia de París, a fin de poder contar con su neutralidad en caso de conflicto con Austria, bajo promesa de una revisión del estatuto del mar Negro.

Cuando en 1859 Napoleon III se declaró en favor de la constitución de una confederación italiana, en los medios diplomáticos se planteó una viva oposición y Cavour movilizó el ejército piamontés. Napoleon deseaba resolver el problema por vía diplomática, y Rusia propuso una reunión de las cinco grandes potencias en París.

Francia, Inglaterra y Prusia aceptaron, pero Austria, por toda respuesta, envió un ultimátum a Cerdeña conminándole a desmovilizar. Ante su negativa (abril), Austria dispuso que sus tropas franquearan la frontera italiana.

Guerra de Italia

El ultimátum impedía toda solución pacífica y levantó contra Austria a la opinión europea. Napoleon III le declaró la guerra; mientras que en Inglaterra las elecciones derribaban al gobierno, acusado de excesiva moderación frente a la cuestión italiana. Por su parte, Alejandro Il movilizó su ejército declarando que se mantendría neutral siempre que Prusia no interviniera en favor de Austria. Inmediatamente cesó la agitación alemana en favor de la comunidad germánica y Austria se encontró sola frente a la alianza del Piamonte y Francia.

La declaración de guerra provocó en toda la Italia del Norte una revolución nacional. En Toscana, ante la insurrección preparada por Cavour, el gran duque Leopoldo abandonó sus estados, mientras que un gobierno provisional entregaba la dictadura al rey Víctor Manuel. Este se apresuró a enviar a Florencia a su representante Concompagni, quien a pesar de lo estipulado en los convenios de Plombières fue a preparar la anexión de Toscana al reino de Cerdeña. En el ducado de Módena, Massa y Carrara se sublevaron y se entregaron al rey de Cerdeña el cual declaró la guerra al duque Francisco.

La victoria de Magenta alcanzada en junio por los francoitalianos les abrió las puertas de Milán, en donde Napoleón III y Víctor Manuel entraron triunfalmente. Poco después, la retirada de las tropas austríacas entregaba los ducados de Parma y Módena a un gobierno provisional, que decidía su incorporación al Piamonte.

El desastre austríaco, no obstante, reavivó en el movimiento nacionalista a favor de la guerra. Alejandro II apremiaba a Francia para que terminase las hostilidades, mientras el propio Napoleón III se inquietaba ante el volumen que cobraba la revolución, amenazando ya a Roma. Días después, la sangrienta derrota del ejército austríaco en Solferino, donde cayeron 22.000 austríacos, 12.000 franceses y 9.000 piamonteses, estuvo a punto de provocar una guerra internacional. Movilizó Prusia, e inmediatamente el zar le hizo saber que no permitiría que declarase la guerra a Francia.

La paz de Zurich entrega lombardía al Piamonte

No deseando intervenir en una guerra internacional, ni enemistarse con Prusia, Napoleón se apresuró a poner fin a las hostilidades. El 8 de julio de 1859 se entrevistó con Francisco José, y tres días después los dos soberanos, sin consultar al rey Víctor Manuel, firmaron en Villefranche los preliminares de la paz, estipulándose que Austria cedería Lombardía a Francia a cambio de la entrega por esta de Cerdeña; que el gran duque de Toscana, y los duques de Parma y de Módena serían repuestos; la Santa Sede invitada a realizar reformas en sus estados y, finalmente, que ambas partes admitirían el principio de una confederación italiana, de la que formaría parte Venecia, aun continuando bajo la soberanía del emperador austriaco.

El 10 de noviembre de 1859 la paz de Zurich ratificaba los preliminares de la paz concertados en Villefranche. Pero el partido nacional, cuyas aspiraciones rebasaban lo acordado, se levantó en todas partes reclamando la unidad italiana mediante su unión al Piamonte.

En Italia estalla el movimiento nacional

Antes de la firma del tratado de Zurich, toda la Italia del Norte, excepto el Véneto, ocupado por las tropas austríacas, había proclamado su voluntad de unirse al Piamonte. En Toscana, Ricasoli se hizo cargo de la dictadura, eligiendo una Constituyente que proclamó la caída de la dinastía y puso el gran ducado bajo la soberanía sarda (agosto). De igual modo actuó en Módena el dictador Farina, arrastrando tras de sí al ducado de Parma y a las legaciones que se habían separado de los estados del Papa, mientras la Romaña seguía bajo la dictadura del general Cipriani. Estas tres dictaduras se unieron contra Austria, mientras que Roma, respondiendo a la insurrección, rompía con Piamonte.

La firma de la paz de Zurich provocó una espontánea transformación de la situación política. Los tres estados con que contaba Italia del Norte -Piamonte, Toscana y Emilia (Módena, Parma, Romaña y legaciones)- afirmaron su voluntad de unirse a la Casa de Saboya y, en estas condiciones, los acuerdos de Zurich sólo podían llevarse a la práctica por la fuerza de las armas. Como es lógico, Napoleon III, que acababa de perder 20.000 hombres en los campos de batalla de Lombardía, no era el personaje más indicado para reemprender la guerra contra el Piamonte a fin de impedir la unidad italiana, objetivo cuya necesidad había proclamado siempre.

De otra parte, Roma se oponía a la unidad y Napoleon III no podía renegar del principio de las nacionalidades, base de la hegemonía política a que aspiraba, ni tampoco romper con los católicos que constituían el más seguro sostén de su imperio. Y la amplitud y potencia con que se manifestó el sentimiento nacional italiano le convenció de la imposibilidad de hacer respetar el tratado de Zurich y entonces solicitó de Roma que renunciase a las provincias sublevadas de Romaña y a las legaciones. El Papa se negó al requerimiento, y en vista de ello Napoleon III decidió inclinarse ante la voluntad popular y en enero de 1860 aconsejó al rey Víctor Manuel que anunciase por toda la Italia central, así como en Niza y Saboya, una votación para que decidiese la mayoría. En marzo se celebraron los plebiscitos, que en Italia dieron mayoría a los partidarios de la unión al Piamonte, mientras que Niza y las poblaciones de Saboya se pronunciaban por su unión a Francia.

Inmediatamente, los tres dictadores entregaron sus poderes al rey. Víctor Manuel y, a fines de marzo, un Parlamento elegido por Piamonte, Lombardía y Toscana, los antiguos ducados de Parma y Módena y las antiguas provincias pontificias de la Romaña y las legaciones, ratificaba por unanimidad su unión con el reino de Cerdeña.

Al mismo tiempo, Niza y Saboya, territorios que comprendían una población que alcanzaba los 600.000 habitantes, se incorporaban a Francia, cuya unidad quedaba de esta manera definitivamente establecida.

La revolución nacional gana el reino de Nápoles

La contradictoria política desarrollada en Italia por Napoleón minó el prestigio que le había valido la guerra de Crimea y la conferencia de París. Enojado con la actitud intransigente del Papa, decidió, pues, desentenderse del problema italiano y en marzo de 1860 las tropas francesas acantonadas en Roma para defender el poder temporal del Papa comenzaron a evacuar la ciudad. En abril estalló en Palermo la revolución, que rápidamente sofocada no tardó en retoñar ayudada en hombres y dinero por el Comité de Socorro a la Inmigración, constituído en Génova, y que con la complicidad de Cavour apeló a Garibaldi. Antes de marchar a Sicilia al frente de sus mil voluntarios, Garibaldi cometió el error de intentar un golpe de mano al sur de Toscana contra los estados del Papa, obligando a Napoleon III a suspender la evacuación militar de Roma.

De esta forma, Napoleon III impidió que los estados de la Iglesia fueran atacados por Garibaldi, que en mayo desembarcó en Sicilia, donde apoyado por una revolución popular se apoderó de Palermo. En toda Italia, en Toscana, en Lombardía y en Romaña se constituyeron comités de ayuda a Garibaldi, y de junio a septiembre 21.000 hombres fueron a unírsele en Sicilia. En julio, la toma de Mesina entregó la isla a los garibaldinos. El peligro se cernía sobre el reino de las Dos Sicilias, cuya desaparición plantearía de nuevo el problema del equilibrio europeo. Ya en el mes de junio, Francisco II había solicitado la mediación de Napoleón III, y en julio las potencias protestaron contra la unión del reino de las Dos Sicilias al Piamonte.

Respaldado por este acuerdo, Napoleon III se decidió a intervenir como mediador, pero a condición de que Sicilia quedase separada de la corona de Nápoles y formase, bajo un príncipe de la dinastía de los Borbón-Sicilia, un estado constitucional aliado del reino de Cerdeña. Francisco II aceptó y, seguidamente, promulgó una amnistía general y una Constitución, pero los liberales le negaron su concurso.

Napoleon III, no queriendo a ningún precio intervenir solo en Italia, recabó la ayuda de Inglaterra a fin de impedir mancomunadamente que la revolución alcanzase el reino de Nápoles. Pero Inglaterra declaró que.se atenía al principio de la no intervención y en vista de ello Napoleón decidió seguir su ejemplo y dirigió una carta a su embajador en Londres, en la que exponía su deseo de que «Italia se constituyera por algún medio, pero sin intervención extranjera», lo que equivalía a dejar el campo libre al partido nacional italiano e imponer a las potencias una actitud de neutralidad. El camino quedaba, pues, expedito, y en agosto Garibaldi, con la aprobación de Cavour, atacó al reino de Nápoles. Al mes siguiente estallaban insurrecciones en los Estados de la Iglesia.

Francia e Inglaterra impiden una intervención extranjera

La situación internacional era grave. Austria, decidida a defender los estados de la Iglesia, había concentrado tropas en el Véneto y el general francés Lamoricière estaba alistando voluntarios para reforzar las tropas pontificias. Cavour no vaciló; dirigió a Roma y al general Lamoricière un ultimátum para que licenciasen sus fuerzas y, sin esperar respuesta, las tropas sardas invadieron los Estados del papa, apoderándose de Perusa y Ancona.

Napoleon III se encontró en una situación muy embarazosa. A fin de satisfacer a los católicos y al zar, inquieto este por el giro que tomaban los acontecimientos, protestó y retiró su embajador en Turín, pero mantuvo su neutralidad. Austria, que trataba al mismo tiempo de conservar sus últimas posiciones en Italia y de salvar los Estados del papa, intentó agrupar en torno suyo a Rusia y a Prusia, pero Napoleón III desbarató sus planes consiguiendo, como contrapartida de la neutralidad francesa, la de Rusia, a la que prometió compensaciones.

Mientras, se precipitaban los acontecimientos. El 6 de septiembre, Garibaldi entraba en Nápoles y constituía un gobierno provisional formado por los republicanos del partido de Mazzini, obligando al rey Francisco II a refugiarse en Gaeta. Este gobierno mostró pronto su incapacidad, y para resolver la situación Cavour envió a Pallavicini a Nápoles, donde, a pesar de la oposición de los republicanos, consiguió que el gobierno provisional convocara un plebiscito. El 15 de octubre las tropas sardas penetraban en el reino de las Dos Sicilias, y seis días más tarde el plebiscito daba el 99 por ciento de votos a favor de la unión al Piamonte.

El gobierno inglés aprovechó esta coyuntura para enviar una nota a sus embajadores comunicándoles que consideraba a los italianos como los mejores jueces de sus propios asuntos. Días después, Víctor Manuel hacía su entrada triunfal en Nápoles.

Los plebiscitos organizados en Umbría y en las Marcas dieron los mismos resultados masivos en pro de su incorporación al Piamonte.

Constitución del reino de Italia

El 27 de enero de 1861 se celebraron elecciones en todos los estados incorporados al Piamonte para la formación del Parlamento nacional. De 443 diputados, los republicanos mazzinianos solo obtuvieron 80. El 18 de febrero, las dos Cámaras fueron inauguradas por Víctor Manuel, y el 14 de marzo una ley votada por unanimidad creaba el reino de Italia bajo la corona de la Casa de Saboya.

En febrero de 1861, el rey Francisco II, sitiado en Gaeta, capitulaba después de varios meses de heroica resistencia, y en Italia, para oponerse a la unidad nacional, solamente quedaba el Papa, cuyos Estados habían quedado reducidos a los territorios inmediatos a Roma.

Resultados de la guerra de Italia

Para Italia, la intervención de Napoleón III fue decisiva, ya que sin su apoyo la Casa de Saboya jamás hubiera logrado agrupar a todos los estados de la península, incluidos la mayor parte de los pontificios, salvo Roma.

Por el contrario, para la política imperial, la guerra de Italia y los acontecimientos que siguieron casi constituyeron un fracaso.

Napoleon III, al lanzarse a la guerra contra Austria para facilitar la unidad italiana, solo pretendía alterar el equilibrio europeo debilitando a Austria y atrayéndose a Italia, con lo que acrecentaría el considerable prestigio del Imperio en el concierto de las potencias, permitiéndole entonces volverse hacia Prusia para ayudarle a agrupar en torno suyo a toda . Napoleon III esperaba que, lo mismo que la unidad italiana había servido para que Niza y Saboya pasasen a poder de Francia, la unidad de Alemania sirviese para la anexión de Bélgica, a la que se negaba a considerar como nación. Por otra parte, la unidad alemana, según él, acabaría con el poderío del Imperio austríaco en Europa, en provecho del Imperio francés, que practicaba una política de mutua comprensión con Inglaterra y amistosa con Rusia.

Enemigo de crearse un conflicto con el Papa, Napoleón había concebido la unidad italiana como una confederación cuya Dieta tuviese su sede en Roma y, sin duda, proyectaba igualmente la unidad alemana en otra confederación como la que Prusia había intentado establecer y cuya realización frustró Austria. Frente a estas dos confederaciones nacionales, a cuya formación se opuso Austria, el Imperio francés se habría erigido como la primera potencia europea. Pero esta concepción de Europa era falsa, sin base firme real. El movimiento nacional italiano no aspiraba a una confederación, sino a una monarquía unitaria, En cuanto a Prusia, la fría acogida que su rey dispensó a las gestiones de Napoleón cuando este ofreció apoyar la Unión Prusiana contra Austria mediante la cesión a Francia de la ciudad de Landau, demostró que no pensaba unificarse al amparo de una potencia extranjera, sobre todo a la de Francia, contra la que el nacionalismo alemán mostraba notoria hostilidad.

Tanto en Italia como en la reacción había sido bien opuesta a los deseos de Napoleón III. La empresa de Italia le situó bien pronto en la incómoda postura de verse responsable, en cierto modo, de la amenaza al poder temporal del Papa lo que de rechazo suponía enfrentarle a los católicos franceses, contrarios a toda anexión de los Estados de la Iglesia. Respecto a Prusia, lejos de satisfacerle el debilitamiento del poderío austríaco, pronto se vio dominada por un movimiento de solidaridad nacional germánico de tal violencia que a punto estuvo de hacerla intervenir en guerra contra Francia.

Vemos, pues, que tanto en el plano internacional como en el nacional la guerra de Italia, triunfalmente llevada contra Austria, terminaba para Napoleón III planteándole graves dificultades, que comprometían, en el exterior, la hegemonía de Francia y, en el interior, la estabilidad del Imperio. Cierto que Niza y Saboya habían sido ganadas para Francia -y este era un éxito importante, pero todo el plan de hegemonía basado en el movimiento de las nacionalidades se había venido abajo. Italia y Prusia -pilares esenciales del imaginado plan se volvían contra Francia, y aunque la amistad inglesa persistía, ahora era Inglaterra la que se alzaba en Europa como primera potencia al extender a Italia su protección para librarla de una contraofensiva austríaca, mientras Napoleón III se limitaba a marchar a remolque de la política británica.

En resumen, la guerra de Italia asestó un golpe sensible al prestigio que Napoleón III había ganado en el congreso de París. De ello se derivarían, para Europa y sobre todo para Francia, consecuencias que pondrían término a la hegemonía que el Segundo Imperio había logrado momentáneamente.

La unidad italiana, dominada por la cuestión romana

El advenimiento de Víctor Manuel, lejos de aportar una solución al problema de la unidad italiana, planteó la cuestión del Véneto, en poder de Austria, y sobre todo la de la incorporación de Roma, que comprometía el prestigio y la independencia de la Santa Sede, asunto que por interesar a toda la catolicidad cobraba alcance universal.

Reconocido por Inglaterra, Prusia, Suiza y por Napoleon III -que no por eso retiró de Roma sus tropas, a fin de protegerla contra una nueva agresión-, el reino de Italia ocupó un puesto entre las potencias, pero su situación exterior e interior siguió siendo difícil. Crecía la oposición de los republicanos mazzinianos, y el sur de la península, socialmente muy atrasado, no aceptaba sin reticencias la autoridad de la Casa de Saboya.

Y sobre todo, tomaba carácter de gravedad la resistencia de los católicos a aceptar la anexión de Roma.

Ante estas oposiciones, el Parlamento de Turín decidió afrontar la crisis v proclamó que Roma debía convertirse en capital de Italia. Inmediatamente, Cavour intentó negociar con el Papa, para chocar con la inquebrantable resistencia de la Santa Sede. Su sucesor Ricasoli, católico liberal antirrevolucionario procuró soslayar los conflictos con el Vaticano hasta que cayó víctima de las intrigas de Garibaldi y Mazzini. Entonces subió al poder Rattazzi al frente de un gabinete de centro-izquierda que no ocultaba sus simpatías por Garibaldi, quien preparaba un golpe de mano contra Roma.

Napoleon III consiguió que Víctor Manuel destituyese a Rattazzi y concediese el poder a un nuevo gabinete centro-derecha presidido por Minghetti, gobierno que se comprometió a respetar el territorio pontificio y a trasladar la capitalidad a Florencia, con lo que Napoleon III se declaró satisfecho y retiró sus tropas de Roma (septiembre de 1864).

Este acuerdo impuesto por Napoleón sólo fue un pretexto para poder librarse de su enojosa responsabilidad. En realidad, la opinión italiana no se avenía a que se renunciase a Roma, como tampoco a Venecia, y tan pronto como las tropas francesas fueron evacuadas, Minghetti cedió la presidencia del gobierno al general Marmosa, quien inmediatamente implantó el reclutamiento y puso en pie de guerra a un fuerte ejército.

Unificado bajo las instituciones piamontesas, el reino de Italia disfrutaba de una favorable coyuntura económica, aunque la cuestión romana obligaba a mantener un ejército considerable, cuyo sostenimiento representaba una carga para su débil Hacienda.

Autor y obra: PIRENNE, Jacques, Historia Universal, Ed. Éxito, 1961, t. 6 págs. 145-147