José de la Serna e Hinojosa

Virrey del Perú: 1821-1824

Nacimiento: 1770

Fallecimiento: 1832

Biografía

Retrato de José de la Serna e Hinojosa.Retrato de José de la Serna e Hinojosa

LA SERNA E HINOJOSA, José de (1770-1832) [Jerez de la Frontera-Cádiz]. Fue el último virrey del Perú. Artillero, se distinguió en las campañas contra la República francesa. Durante la guerra de la Independencia participó en la defensa de Zaragoza; cayó prisionero, y, tras fugarse, logró por fin embarcar en Salónica y volver a España. Por sus servicios ascendió a brigadier, dándosele el mando del tercer regimiento de su arma. En 1815 era ya mariscal de campo y estaba declarado benemérito de la patria en grado heroico y eminente por el segundo sitio de Zaragoza, y condecorado con la cruz y la placa de la orden militar de San Hermenegildo y con varias medallas por acciones de guerra.

En 1815 se le designó para el mando del ejército denominado del Alto Perú al ascender Pezuela a virrey. Llegó a Arica en septiembre de 1816 con Jerónimo Valdés, Seoane, Ferraz y otros, todos liberales y masones, y que formaron una camarilla para favorecerse mutuamente. Sustituyó La Serna en el referido cargo a Juan Ramírez. Efectuó campañas contra los argentinos e insurgentes, siendo derrotado y muerto el jefe insurrecto Warnes (1816); hizo una campaña hacia Salta en 1816; el argentino La Madrid venció en Humahuaca y se apoderó de Tarija, capturando a Santa Cruz; halló La Serna la resistencia de los gauchos de Güemes, pero siguió a Jujuy y con dificultad llegó a Salta (abril de 1817); pero ante los ataques de los gauchos, la invasión de La Madrid y la noticia de la batalla de Chacabuco, retrocedió a Charcas en malas condiciones; en esta campaña había colaborado Olaneta.

Había dado La Serna un amplio indulto en el Alto Perú, prohibido la pena de muerte sin su aprobación y refundió en otro cuerpo el primer regimiento del Cuzco, de peruanos leales, lo que causó descontento y deserciones; para dominar todos los cuerpos ascendió a los españoles y dio los mandos a los amigos, postergando a los americanos; Valdés ejercía su caciquismo sobre el ejército y La Serna era su instrumento. En 1818 llegó Canterac como jefe del Estado Mayor de aquel ejército y se adhirió a la logia y a la camarilla.

La Serna permaneció en su mencionado puesto hasta el mes de septiembre de 1819, en el que se le aceptó la renuncia que había elevado por desacuerdo con el virrey Pezuela en la dirección de la guerra, y se le autorizó para regresar a España. Influido Pezuela por el clamor público, que, ante la anunciada salida de Chile de la expedición que conducía el general San Martín, exigía que no se dejase partir al general La Serna, le detuvo, le ascendió a teniente general y más tarde le nombró su segundo en el mando del ejército reunido en Lima y presidente de la Junta Consultiva de Guerra.

En septiembre de 1820 desembarcó en Pisco la expedición del general San Martín, y, en vista del mal éxito que habían tenido las diversas operaciones del ejército real para contrarrestarla, se reunieron sus principales jefes en el cuartel general situado en el campo de Aznapuquio, el 29 de enero de 1821, y redactaron una comunicación al virrey Pezuela, exigiéndole quediese las órdenes competentes a todos los tribunales y demás autoridades para que reconocieran por virrey del Perú a aquel a quien la opinión pública y la del ejército tenía designado (el general La Serna), bajo el pretexto de no permitirle sus males continuar mandando ni un solo día más. En vista de la actitud del ejército, el 29 de enero de 1821, Pezuela resignó en La Serna todo el mando que ejercía como virrey, y los jefes sediciosos se dirigieron a aquel, exigiéndole que aceptase el mando.

En 29 de marzo envió el nuevo virrey al marqués de Valle-Umbroso y al teniente coronel Seoane para que explicasen al rey los acontecimientos que habían tenido lugar en Lima, recabasen su aprobación y la de los grados que se había visto en la necesidad de conferir y exigiesen el envío de buques, tropas y pertrechos al Perú. Estos comisionados salieron en el bergantínMaipú, y después de un viaje lleno de accidentes; consiguieron la confirmación del ascenso a teniente general de la Serna, su nombramiento de virrey expedido en 20 de julio de 1821 y algunas condecoraciones para los jefes superiores. Entabló negociaciones con San Martín en Punchauca (mayo de 1821) —con una entrevista personal el 2 de junio—, rehusando admitir la independencia y las condiciones que proponía el caudillo argentino, para no arrostrar tal responsabilidad ni permitirlo sus oficiales. Disponía de un buen equipo de mandos, entre quienes figuraban Canterac, Valdés, García Camba, Rodil, Espartero y otros; en cambio el absolutista Olañeta se le enfrentaría más tarde en el Alto Perú y con esta actitud contribuiría a la derrota final.

Al ser proclamado virrey, nombró La Serna general en jefe a Canterac y jefe del Estado Mayor a Valdés. La Serna era probo, desinteresado y exento de codicia; muy difícil era su actuación, por la insurrección, la necesidad de refuerzos navales y el ambiente favorable a la emancipación. Fue inútil la llegada del comisionado español Abreu para conseguir la paz, por lo referido y la postura de la Serna y su grupo, opuestos al cese de la guerra; en las mencionadas negociaciones solo se pactó un armisticio, roto definitivamente el 1 de septiembre de 1821. Poquísimo duró el gobierno del general La Serna en Lima, pues el 6 de julio del mismo año de 1821, a los cinco meses y seis días de haberse posesionado de él, se vio obligado por las operaciones de la guerra a evacuar esta capital, retirándose al valle de Jauja con su ejército y estableciendo allí su cuartel general, mientras el general San Martín entraba en ella y proclamaba la independencia del Perú, el mismo dia memorable de 28 del mismo mes y año.

La biografía de La Serna se confunde desde este momento con la historia de la independencia del Perú. Cuando esta se consuma (9 diciembre 1824) en la batalla de Ayacucho, cayó en ella herido y prisionero, y, en mérito de la capitulación ajustada el mismo día, y sobre el campo mismo de batalla, por el jefe de Estado Mayor del ejército vencedor, don Antonio José de Sucre, obtuvo su libertad y se retiró a la ciudad de Huamanga: pasó de allí al puerto de Quilca, donde se embarcó en la fragata francesaErnestine, en la que zarpó para Europa (2-1 1825), acompañado de los generales Maroto, Valdés y Villalobos, los brigadieres Landazuri y Ferraz, y de su secretario el coronel don Eulogio Santa Cruz. En Madrid fue fríamente recibido por el rey, y se retiró a Cádiz, en donde falleció (VII-1832). En enero de 1825, cuando navegaba ya con rumbo a España, Fernando VII le concedió el título de conde de los Andes.

Ha sido discutida su actuación, censurándole los historiadores americanos por su tenaz prolongación de la lucha, que estaba perdida, ocasionando innecesarios sacrificios al Perú y Charcas. En parte es cierto, como también que su ambición y la de los componentes de su mencionada logia y camarilla contribuyeron a tal actitud; pero asimismo obraron por patriotismo, pundonor militar y esperanza de conseguir el triunfo si recibían refuerzos, lo que no estaba tan desprovisto de fundamento, ya que San Martín no pudo acabar con su resistencia y se necesitó para concluir la guerra el genio de Bolívar y el de Sucre y aún hubiera podido ganarse la última batalla y prolongarse más la guerra, pero su resultado era inevitable, perdido para España ya el resto de América e inclinados los pueblos a la independencia.

Se le acusa a La Serna de favoritismo, de obrar al dictado de Valdés y de injusticia con Olañeta, lo que provocó su rebeldía y la consiguiente debilitación de la causa realista en el momento más grave. Para la historia de sus campañas son de importancia las memorias deValdés, Documentos para la historia de la guerra separatista del Perú, publicados por el conde de Torata, M., 1894-98, 4 vols.yGarcía Camba, Memorias para la historia de las armas españolas en el Perú, M., 1846, 2 vols. , y en Biblioteca Ayacucho.

VILLA, Justa de la - EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. F-M, págs. 646-647.