Melchor Navarra y Rocafull.

Retrato de Melchor Navarra y Rocafull


MELCHOR NAVARRA Y ROCAFULL, virrey del Perú (1626-1691; 1681-1689). [Torrelacárcel (Teruel) Portobello]. Duque de la Palata y marqués de Tolva, estudió leyes en Salamanca a mediados del siglo XVII. Fue asesor del Gobierno general de Aragón y miembro del Consejo de Nápoles y del de Italia, y en 1681 fue nombrado virrey y capitán general del Perú, entrando en Lima el 20 de noviembre de este año. Tomó el mando de manos del virrey interino don Melchor de Liñán y Cisneros, arzobispo de Lima. No se resignó este a pasar a segundo término al llegar el virrey, promoviéndole cuestiones de competencia, amonestándole y censurándole desde el púlpito de la catedral, con desprestigio de su propia autoridad y de la del virrey, quien prohibió a las autoridades civiles que asistieren a los actos religiosos de la catedral y que visitasen al arzobispo, ordenando que cumplieran con sus devociones en la iglesia de Santo Domingo.

La Memoria de gobierno del duque de la Palata es una de las más interesantes que nos ha dejado el virreinato. En ella se exponen los abusos más corrientes y se proponen los remedios más adecuados, posteriormente adoptados en gran parte. Propuso la creación de una Audiencia en el Cuzco, para descargar la de Lima, como así se hizo después de la revolución de Tupac-Amaru; fomentó y reorganizó los estudios de la Universidad de San Marcos de Lima; puso límites a los abusos en lo tocante a la inmunidad eclesiástica, al ejercicio de las regalías, a cuestiones de protocolo, a la provisión de curatos y a otras muchas viciosas prácticas, con las que el clero trataba de mermar la suprema autoridad virreinal.

El sabio dictamen del duque de la Palata, aconsejando que, en vacante de virrey, no gobernase ningún prelado, sino la Audiencia, fue aceptado y establecido por la corona. Por medio de asientos y del restablecimiento de las mitas logró levantar de nuevo la producción del azogue de las minas de Huancavélica, dotando de buena renta al hospital de mitayos de dicha ciudad. Su interés por las cuestiones mineras se manifiesta también en la recopilación de Ordenanzas sobre minas que mandó hacer a Tomás Ballesteros (Lima, 1685). En su tiempo se hizo un nuevo y general empadronamiento en el reino de Quito y en el Alto Perú.

Dedicó el duque especial atención al ramo de guerra y armadas, fomentando la fabricación de cañones, la construcción de murallas en Lima y Trujillo, la construcción y reparación de navíos de guerra, persiguiendo a los corsarios que asolaban puertos y costas; siendo de alabar las hazañas que realizaron los pilotos vizcaínos don Dionisio Artunduaga y don Nicolás de Igarsa.

Envió contra los indios del Chaco una expedición de castigo por el asesinato del cura Zárate, de otro misionero y de su acompañamiento, fortaleciendo la guarnición de Santiago del Estero para evitar estos ataques.

Con motivo de los terremotos de Lima de 1687, tanto el virrey, como su mujer, acudieron personalmente en auxilio de los damnificados, concediéndoles de su peculio cuantiosas sumas, hasta 60.000 pesos, contribuyendo, además, a reconstruir iglesias y hospitales.

El conde de Cañete fue nombrado virrey del Perú para sustituir al duque, pero falleció en la travesía de Acapulco a Paita. En su lugar fue designado don Melchor de Portocarrero Lasso de la Vega, conde de la Monclova, que entró en Lima el 15 de agosto de 1689. El duque permaneció en Lima hasta que terminó el juicio de residencia.

Salió para España en 1691, para desempeñar la presidencia del consejo de Aragón, y en Portobelo, donde esperaba los galeones para hacer la travesía, falleció el 13 de abril del mismo año.

El gobierno del duque de la Palata -dice Mendiburo - fue uno de los más honrados y acertados del virreinato del Perú. Supo mantener el prestigio de su cargo sin intromisiones ni suplantaciones de otros órdenes, fomentó la economía y la cultura, favoreció las construcciones militares, religiosas y piadosas y su generosidad fue muy celebrada por todos. Su Memoria de gobierno es una de las más discretas, hasta el punto de que sus advertencias y consejos pueden considerarse los más clarividentes y acertados de cuantos formularon los virreyes en estas Memorias, siendo, en parte, atendidos por la corona y por el Consejo de Indias.

Escribió numerosas obras, publicadas unas, inéditas otras, casi todas sobre el gobierno del Perú.

TUDELA DE LA ORDEN, José, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. N-Z, págs. 25-26.