Andrés Hurtado de Mendoza.

Retrato de Pedro Andrés Hurtado de Mendoza

ANDRÉS HURTADO DE MENDOZA, virrey del Perú (?-1561; 1555-1560) [?-Lima). Marqués de Cañete, señor de esta población en la provincia de Cuenca, hijo de don Juan Hurtado de Mendoza, que fue virrey de Navarra; nombrado en 1554 por Carlos V virrey del Perú, cuyo gobierno estaba desempeñado por la Real Audiencia desde la muerte del anterior virrey Antonio de Mendoza. Dicha Real Audiencia tuvo que hacer frente a las rebeliones de Sebastián de Castilla y Hernández Girón. Carlos V, antes de ir, le ordenó que empleara a los ociosos y a los carentes de encomienda y cargos y limpiara el Perú de gente suelta y libre, enviándolos a entradas o expediciones.

Hurtado de Mendoza, que ya había hecho la guerra en Flandes y Alemania, al llegar a Panamá encargó a Pedro de Ursúa que reprimiera las bandas de negros alzados y los concentrara en pueblos, dejándoles libres. Hizo su entrada en Trujillo y en Lima el 29 de junio de 1556, tranquilizando por entonces a los numerosos inquietos y complicados en los disturbios pasados. Sus cartas al emperador presentaban un oscuro cuadro de la situación, por las amenazas de los soldados, antiguos rebeldes; los abusos de los encomenderos, la inmoralidad de los oidores y otros males.

En 1556 y, con objeto de pacificar el país, prohibió a los españoles viajar sin licencia, recogió las armas e hizo ejecutar a varios revoltosos de la sublevación de Hernández Girón, que ya se creían impunes, dio encomiendas para premiar servicios militares electivos y deportó a España a los más significados cabecillas y con sagacidad notabilisima, logró evitar las insurrecciones, mal que se iba haciendo crónicoL. Hernández, Virreinato del Perú. Hizo frente a la anarquía con dureza y no perdonó incluso a los ya perdonados por indultos anteriores, algunos de los cuales fueron ejecutados, e impuso fuertes contribuciones a ricos comprometidos con Girón para perdonarles la vida y el resto de sus bienes.

Prosiguió su labor colonizadora y durante su virreinato se fundaron nuevas ciudades (Cañete, Santa, Cuenca, Mendoza y Osorno), en las diversas regiones que entonces dependían del virreinato, hospitales y, por primera vez, se cultivó en el Perú el trigo y el olivo; por aquel entonces salió Pedro de Ursúa en busca del legendario país del Dorado, y Juan de Salinas al norte para deshacerse de revoltosos. En 1557 creó las tres compañías de una fuerza permanente y la guardia del virrey. Concedió encomiendas después de retirarle el rey el poder para ello, por lo que Felipe II le anuló las otorgadas así. Dio muchas disposiciones de buen gobierno, deslindando las funciones judiciales de oidores y corregidores; organizó galeras para Chile y puso al remo a los reos; protegió los colegios de Trujillo y Lima: fundó un recogimiento de mestizas, que luego decayó; dio medidas en favor de los indios y prohibió trasladarlos de un clima a otro, por lo pernicioso que les era. Se descubrió entonces la mina de azogue de Huancavélica y en 1559 se erigió la Audiencia de Chuquisaca.

Para poner fin a las disputas por el gobierno de Chile envió allí a su hijo García Hurtado de Mendoza. Al rey envió 684.000 ducados. Antes de su destitución por Felipe II motivada por las quejas de los que había deportado, fue sometido el penúltimo de los incas, Sayri-Tupac, que vivía retirado e insumiso en las montañas de Vilcabamba, y fuese a Lima, donde renunció a sus derechos al trono y recibió un señorío y una renta procedente de repartimientos (1560). También hizo trasladar al hospital de San Andrés de Lima las momias de los emperadores incas.

Humillado por el regreso de los sancionados y expulsados, que permitió Felipe II, dándoles incluso rentas y por la desautorización de alguna de sus ejecuciones, entregó el mando a su sucesor en 1561 y murió poco después. Gobernó con deseo de acierto y restableció la paz, pero fue duro, despótico y arbitrario. Le sucedió en el gobierno del Perú Diego López de Zúñiga, conde de Nieva, IV virrey

VILLA, Justa de la, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. F-M, págs. 408-409.