Pedro Antonio Fernández de Castro

De Pedro Bravo - Ramón Ezquerra

Retrato de Pedro Antonio Fernández de Castro.Retrato de Pedro Antonio Fernández de Castro

FERNÁNDEZ DE CASTRO, Pedro Antonio (1632-1672) [Montorte Lima] X Conde de Lemos, y también conde de Castro de Andrade y de Villalba, marqués de Sarriá y duque de Taurisano, hijo del IX Conde, don Francisco Fernández de Castro, y de doña Antonia Téllez Girón, hija del gran duque de Osuna. Estuvo de joven en Nápoles, de donde fue traído preso a Segovia. Casó con doña Ana Francisca de Borja, hija de VIII duque de Gandía (1664). Por dificultades económicas y protegido por el padre Nithard fue nombrado virrey del Perú en 1666 para sustituir al conde de Santisteban. El presidente del Consejo de Indias, conde de Peñaranda, le entregó unas largas instrucciones secretas. En Portobelo aconsejó al gobierno la reconquista de Jamaica y que la armada de Barlovento volviera a proteger Tierra Firme contra los bucaneros; en Panamá destituyó al presidente de la Audiencia, enemigo suyo en adelante y que se dedicó a interceptarle la correspondencia, pero el Consejo de Indias anuló la destitución.

Llegó a Lima en 1667. Halló revuelta y desordenada la situación, tras el gobierno del piadoso y trabajador, pero débil, Santisteban, los abusos del arbitrario visitador Juan Cornejo y el desgobierno de la Audiencia, que rigió hasta su llegada. Lemos, celoso y recto, quiso imponer orden, moralizar las costumbres y administrar bien la justicia. Destituyó al inmoral gobernador de Chile, Francisco de Meneses, sustituyéndole por el marqués de Navamorcuende, y puso en libertad a los indios prisioneros de Chile. Unos meses más tarde se embarcó para el Sur, dejando el gobierno a su mujer, caso único en el Perú virreinal, con un consejo asesor; gobernó ella discretamente medio año (la segunda mitad de 1668) y socorrió Portobelo.

En el Sur, Lemos hubo de hacer frente a los graves disturbios de Laycacota, promovidos por los hermanos Salcedo, sevillanos, ricos mineros, revoltosos y arbitrarios, jefes de bandas y, a la par, investidos de autoridad, pues Gaspar de Salcedo había sido justicia mayor de Puno; contribuyó este en 1661 a reprimir la sublevación de mestizos en La Paz y los derrotó en la provincia de Puno. No quiso nombrarle Lemos gobernador de Laycacota y se alzó en 1665, ayudado por los mestizos, criollos y andaluces, en contra de los vizcaínos (Bolivia. Época colonial); siguieron los disturbios entre los dos bandos y al fin preparó Gaspar una rebelión antimonárquica; tenía varios pretextos y en realidad era una lucha contra toda autoridad y legalidad.

Otro motín en 1666, en Laycacota, hirió gravemente al gobernador Peredo, y la Audiencia incluso pensó nombrar corregidor a Gaspar de Salcedo; hubo cierta calma por el indulto que dio como mediador el obispo de Arequipa, fray Juan de Almoguera; siguieron los disturbios y las claudicaciones hasta nombrar a José de Salcedo justicia mayor de Laycacota. Lemos decidió acabar con tal estado de cosas y en 1668 derrotó a los rebeldes, arrasando la población y haciendo ejecutar a los principales cabecillas, acaudillados por José de Salcedo, justicia mayor. Gaspar, que había intentado en vano sobornar al virrey, fue también condenado a muerte, pero la causa fue llevada al Consejo de Indias, que le absolvió (1671) con devolución de bienes; más tarde un hijo de José recibió un título de marqués; la rebelión tuvo eco en Europa Lemos, terminado de pacificar el país, regresó a Lima en 1669, asu miendo de nuevo el gobierno que había dejado en manos de su esposa Ana de Borja, previamente autorizado por la interpretación de una real cédula reservada.

A partir de entonces dedicó su vida a las más exageradas prácticas religiosas y llegó a imponer que todos se arrodillaran en las calles al anunciar la campana de la catedral que se alzaba el Santísimo. En su recto gobierno contó con la colaboración de personas de alto nivel, como su asesor Diego de León Pinelo, el oidor decano Álvaro de Ibarra, verdadero privado de los virreyes de 1650 a 1675, visitador de la Audiencia, muy inteligente y activo y que ejerció un influjo muy poderoso bajo Lemos; y el oidor García de Ovalle.

Preocupado Lemos por la suerte de los indios, ajustó el tributo a su número efectivo, prohibió repartir indios forzados, sin licencia, para los obrajes, y la apertura de más de estos, regulando el trabajo en ellos. Problema agudo era el de Potosí, por la decadencia de las minas y la pretensión de contrarrestarla con la agravación de la mita; Lemos reguló el reclutamiento de mitayos, prohibió el trabajo nocturno y dio otras medidas, sin éxito, pues continuaron los abusos; el corregidor de Potosí, Luis de Oviedo y Herrera, se opuso sistemáticamente a las medidas favorables a los indios mitayos hasta que Lemos lo destituyó (1670). Llegó Lemos a proponer la supresión de la mita y su sustitución por el trabajo libre, sostenido en esto por Ibarra, el protector de indios Juan de Padilla, autor de un memorial sobre el abandono espiritual de los indígenas, y por otros eclesiásticos de Lima, pero la propuesta fue rechazada por el Consejo de Indias. Sí logró la supresión de los indios de faltriquera o mitayos alquilados por los mineros a otros.

Envió Lemos grandes cantidades a la metrópoli, a causa de la buena situación económica, concluidos los disturbios de Laycacota; también procuró poner en buen estado de explotación la mina de azogue de Huancavélica. Trató de poner el virreinato en estado de defensa ante las amenazas de los piratas, activada por las intrigas en Europa de Peñalosa; pero no pudo evitar el saqueo de Panamá por Morgan. En su tiempo se promulgó la beatificación de Santa Rosa de Lima, lo que dio motivo a grandes festejos. Murió Lemos en Lima el 6 de diciembre de 1672; no fue popular por su rigidez y rectitud, y al morir cundieron de nuevo la inmoralidad y el desorden y surgieron muchas acusaciones y calumnias en el juicio de residencia, que le fue favorable. La condesa volvió a España y murió en 1706. Guillermo Lohmann Villena, El conde de Lemos, virrey del Perú, M. 1946, C. siglo I. C. A su muerte le sucedió don Baltasar de la Cueva, conde de Castellar.

BRAVO, Pedro - EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. F-M, págs. 48-50.