En realidad la conquista no había terminado en el momento en que concluye el art. anterior, pues hacia 1570 había gran parte del territorio hoy venezolano desconocido —como los Llanos a pesar de las expediciones que lo habían cruzado— y el valle del Orinoco, y en el resto quedaban muchas tribus insumisas. De hecho, el núcleo propiamente venezolano, la costa y las regiones montañosas próximas y la cordillera de Mérida, no quedaron sometidas hasta 1600 aproximadamente; los núcleos poblados por blancos eran esporádicos, con grandes espacios intermedios no colonizados.

La geografía había opuesto enormes dificultades, por la extensión, el clima y el relieve del territorio, unidas a la tenaz resistencia india. Había obligado la conquista a muchos esfuerzos, a derroches de heroísmo y a vencer calamidades de toda clase, sin el prestigio que rodeó la conquista de otros países americanos; por su parte los cronistas dejaron la memoria de muchos jefes indios que se distinguieron por su valor y constancia, y de los que algunos se han mencionado.

Pero sin la ayuda y alianza de algunas tribus los conquistadores habrían hallado más dificultades en triunfar, y no dejaron de experimentarse fracasos y derrotas. Tampoco formaba Venezuela una unidad política, por existir dos gobernaciones efectivas distintas: la propiamente venezolana, con la capital en Coro y en realidad en El Tocuyo, y la de Nueva Andalucía o Cumaná —la antigua Paria— y las regiones orientales. Dependían ambas de la Audiencia de Santo Domingo. La más desarrollada era Venezuela.

Las amenazas piráticas contra Coro obligaron a llevar las arcas de la Hacienda a Barquisimeto (1559) y en 1564 se trasladó aquí toda la administración, hasta que la capital se fijó en Caracas. Borburata fue asaltada por piratas franceses en 1555 y más tarde destruida e incendiada por franceses e ingleses, lo que obligó a sus vecinos a abandonarla en 1570.

En 1572 fue nombrado gobernador de Venezuela Diego de Mazariegos, quien nombró teniente suyo a Diego de Montes, por cuyo encargo Juan de Salamanca fundó San Juan Bautista del Portillo de Carora en el mismo año. En la región de Caracas Pedro Alonso Gáleas logró matar al cacique Tamanaco y en una expedición de Garci González de Silva se registró el heroico hecho de Sorocaima, que prefirió la mutilación a invitar a la sumisión a los indios, los cuales, sin embargo, aterrorizados, se sometieron.

En 1577 llegó el gobernador Juan de Pimentel y dispuso el traslado de la capital de Coro a Caracas, donde quedó definitivamente asentada. En Coro quedó el obispado, trasladado igualmente a Caracas en 1615, en que lo hizo el prelado, y el cabildo en 1635, aprobándose canónicamente el cambio en 1638. Encomendó Pimentel al citado González de Silva la sumisión de los cumanagotos, envalentonados por la derrota y muerte de Serpa, pero también fue derrotado; a poco fundó Espíritu Santo en tierra de los quiriquires, abandonada luego.

Contribuyó a la sumisión la baja en gran proporción de los indios, por la primera epidemia de viruela, llevada por un barco portugués en 1580 y que causó enorme mortandad. Según fray Pedro Simón pereció en ocho años un tercio de la población.

En 1584 Sebastián Díaz de Alfar fundó San Sebastián de los Reyes. Cristóbal Cobos logró someter a los cumanagotos y fundó San Cristóbal (1585). Anteriormente, en 1576, Juan Andrés Varela fundó Altamira de Cáceres, luego Barinas. En 1586 se fundó La Guaira, el puerto de Caracas, por haber abandonado los vecinos a Caraballeda.

El gobierno de Osorio

La habilitación del puerto de la Guaira fue obra del gobernador Diego de Osorio, llegado en 1587. Por intentar evitar abusos con los indios, envió la Audiencia un juez pesquisidor, cuyos excesos motivaron su suspensión. Para tratar de los asuntos de interés del país convocó Osorio en 1589 una reunión de representantes de las ciudades de la provincia, los cuales eligieron como procurador en la Corte a Simón de Bolívar El Viejo, secretario de la Audiencia de Santo Domingo, llegado con Osorio y tronco de la familia de Bolívar el Libertador.

Se dieron unas extensas instrucciones en las que se solicitaban del monarca mejoras para los colonos, como importación de negros, rebaja de los quintos reales, fijar y ampliar los límites de la gobernación, exención del almojarifazgo, y de otros impuestos, licencia para que fueran don navíos anuales con mercaderías, reducir a la apelación el procedimiento en la Audiencia, y nombramiento de un teniente de gobernador letrado; evitar el envío de jueces de comisión, impuestos para las fortificaciones de la Guaira, autorización para usar las perlas como moneda, confirmación de la esclavitud de los indios rebeldes y otras.

Bolívar tuvo éxito en la Corte y logró rápido y favorable despacho para esas peticiones —salvo la introducción de negros— añadiéndose el escudo de Caracas y una escuela de Gramática (1592); también se creó en esta fecha el Seminario, pero no pudo establecerse por falta de medios hasta 1641. Bolívar por su parte fue nombrado regidor y contador general y tuvo otros cargos, como alcalde y aguacil mayor de Caracas, falleciendo en 1616.

Osorio repartió encomiendas, fijó las rentas del cabildo y le dio ordenanzas, consiguiendo del rey que los cargos de regidor dejaran de ser elegibles y fueran vendibles y perpetuos; procuró agrupar a los indios en pueblos y evitar el trabajo forzoso; hizo abrir caminos a Aragua y La Guaira y fundó Espíritu Santo o Guanare, por medio de Juan Fernández de León (1593). En 1595 durante la ausencia de Osorio de la capital, Drake desembarcó y tomó Caracas saqueándola. Sucedió a Osorio en 1597 Gonzalo Piña Lidueña, que había fundado Gibraltar a orillas del lago Maracaibo (1592).

En 1618 Walter Raleigh repitió su ataque a Guayana y se apoderó y destruyó Santo Tomé; a su regreso fue ejecutado por este acto de piratería. Fue reconstruida aquella ciudad por Fernando de Berrío al año siguiente. Durante el siglo XVII cabe recordar la fundación de una fortaleza en Araya, a cuyas salinas acudían los holandeses (1624). Se fundó Nuestra Señora de la Victoria (Nirgua) (1628) y, sometidos los cumanagotos se fundó en su territorio Nueva Barcelona por Juan de Urpín en 1637.

No faltaron otros ataques piráticos, como el del francés Gramont, que tomó La Guaira en 1680, pero se evitó que llegara a Caracas. Guayana, más abandonada, fue visitada por los holandeses, que se aliaron con los caribes y ambos volvieron a tomar y destruir Santo Tomé en 1629 y 1637; y no se pudo evitar que se establecieran permanentemente, formando la colonia de la Guayana holandesa, cuya primera factoría data de fines del siglo XVI, existiendo ya tres o cuatro en 1613, tomándolas luego a su cargo la Compañía de las Indias Occidentales y fundándose más factorías a los largo del siglo XVII.

También se apoderaron los holandeses de Curaçao en 1634 y lo conservaron en los sucesivo, convirtiéndolo en un foco de contrabando y de cultivo del caco. A su vez se fundaron las factorías francesas en 1626 y 1635 (Cayena), asegurándose el dominio en los tiempos siguientes. No faltaron calamidades en este s. , como epidemias de viruela (1614, 1667); otras enfermedades (1658); hambres (1614 y 1627); terremotos (1641), el incendio de Asunción por los holandeses (1662), el saqueo de Maracaibo por el Olonés, el de Valencia por los franceses (1677), el de Margarita y Trinidad por los mismos (1678).

La propiedad

El siglo XVII fue de escaso desarrollo para Venezuela, con muy exigua población blanca; eran pocas las villas y ciudades separadas por grandes extensiones desiertas o peligrosas por los ataques indios, y por tanto poco relacionadas entre sí. Las encomiendas también eran poco provechosas; las había concedido el intruso Carvajal al fundar Tocuyó en 1545 y las ratificó Pérez de Tolosa para asegurar a los colonos una recompensa; como en otros países, la legislación española tasó las rentas de las encomiendas, convertidas en tributo a favor del encomendero, pero la pobreza motivó que siguiera el trabajo personal, como en la región oriental.

Esto era fuente de abusos, y así ordenó el rey en 1688 que se quitaran las encomiendas a los Cumaná. Pero la encomienda jugó un papel importante en la economía venezolana, pues con ellas comenzó realmente la colonización, basada en el cultivo; dio origen a la hacienda, en régimen autárquico por la pobreza del país; allí se importaron plantas europeas, se desarrollaron las americanas y en especial el ganado, antes desconocido, junto con algunas incipientes industrias de transformación de los productos, como trapiches para el azúcar y el aguardiente.

En los Llanos se dio el hato para la cría de ganado, que permitía al indio un trabajo más nómada y menos sujeto. Las haciendas se convirtieron en latifundios, trabajados por negros esclavos o indios en régimen de servidumbre, y donde, en las de tipo agrícola, se cultivaba sobre todo caña, cacao y tabaco, siendo célebre el de Barinas; aparte de los productos alimenticios, ante todo el maíz, la yuca y plátano, alimentos fundamentales de los indígenas. El cacao se dio en excelentes condiciones y fue uno de los principales artículos de exportación —en parte clandestina— hasta su regularización en el siglo XVIII.

La estrecha convivencia de los propietarios con sus trabajadores, negros o indios, y la falta de mujeres blancas, originaron pronto una nueva población mestiza y mulata, y una relación menos dura y más familiar con sus subordinados que en otros países americanos. Tuvo así la sociedad colonial venezolana en buena parte un carácter feudal, servil y agrario, formándose una aristocracia de grandes propietarios, los grandes cacaos, y una oligarquía de blancos criollos que con el tiempo mostrarían su rivalidad con el peninsular y aspirarían a gobernarse por sí mismos.

Las misiones

A mediados del siglo XVII, tanto Venezuela como Cumaná estaban poco desarrolladas, en especial la segunda; el país era pobre y escasamente colonizado; la mayoría de los indios vivían en estado primitivo, sin cristianizar y en luchas mutuas o con los blancos, y los sometidos, sujetos a la encomienda. la población indígena era nómada, muy subdividida y sin estabilidad. A partir de 1650 comienza un nuevo periodo, en el que Venezuela efectuará progresos visibles y sustanciales, por obra de la Iglesia, y se inicia en el seno de las pequeñas comunidades religiosas una verdadera etapa de colonización, de educación y de actividad y vida social (Siso).

Francisco Rodríguez Leite, vecino de San Cristóbal de Cumanagotos, sugirió al obispo de Puerto Rico, Lope de Haro, la conveniencia de colonizar el país por medio de misiones. Pero no se llevó a efecto el proyecto hasta 1650, en que llegaron tres franciscanos, uno de ellos, fray Francisco de Pamplona, había sido en el s. el valiente y pendenciero militar Tiburcio de Redin (1597-1651), retratado por Juan Rizi (Museo del Prado), que había combatido antes en los mares americanos, siendo nombrado almirante de una flota en 1626, famoso por sus atrevidas hazañas, y que entró en religión en 1636.

Aconsejados él y sus compañeros, fundaron en la región de Cumaná la primera misión entre los Píritus y luego entre los Cochimas y Chacopatas, siendo bien recibidos; congregaban a los indios en pueblos y erigían iglesias; su bondadosa conducta les atrajo pronto el afecto de los indios, al ver el contraste con la dureza de los seglares, y conquistaron su adhesión, desviviéndose por obedecerles y atenderles. Sufrieron contrariedades y oposición por parte de algunas autoridades, lo que causó que en 1654 las misiones de Píritu o de la provincia de Nueva Barcelona se encomendaran a los franciscanos observantes y los capuchinos pasaron a Nueva Andalucía o resto de Cumaná.

Más adelante se dividió el campo misional confiando a los capuchinos aragoneses la ribera izquierda del bajo Orinoco; a los capuchinos catalanes, la orilla derecha, y desde 1753, solo el valle del Caroní; a los capuchinos andaluces, los Llanos de Caracas; a los jesuitas, la orilla derecha del Orinoco desde el río Cuchivero aguas arriba; unos vivían de la ganadería y otros de la agricultura.

En Cumaná fray José de Garavantes logró reducir a los indómitos caribes, pero el rápido esfuerzo realizado en esa provincia quedó destruido por los abusos de los encomenderos que penetraban en los pueblos de misiones y que provocaron una rebelión en 1669, siguiendo ataques de caribes y franceses combinados en 1673 y 1674, que destruyeron varios pueblos, teniendo que volver a comenzar la tarea; a fines del siglo XVIII, según Humboldt, había 19 pueblos de indios y otros tantos de doctrina y todos los indios estaban reducidos y cristianizados. En la provincia de Barcelona, se reanudaron las misiones entre los cumanagotos en 1655 por los observantes, con su centro en Píritu, cuya tribu se distinguió por su lealtad y docilidad.

Allí laboró fray Matías Ruiz Blanco, autor de una relación sobre dichas misiones, y hasta fines del siglo XVIII se fundaron 51 pueblos, no subsistentes todos al mismo tiempo, y el llamado pueblo de españoles para resguardo de indios —de vigilancia— de El Pao. En los Llanos, de difícil tarea por el carácter nómada y salvaje de sus moradores, refugio además de huidos, comenzó la conversión en 1659 y llegaron a fundarse 45 pueblos más varias villas y pueblos de resguardo, entre ellos San Carlos de Austria, Araure, Calabozo. Las misiones de capuchinos catalanes en Guayana comenzaron con efectividad en 1724 y transformaron el país, elevándolo a un alto grado de prosperidad como afirmó Humboldt; en el Caroní habían fundado por 1773 veinte pueblos.

Los jesuitas que ya tenían misiones en los Llanos de Casanare y del Meta en territorio neogranadino, comenzaron a intentar fundarlas en el Orinoco por un grupo de padres alemanes para facilitar la comunicación de aquellas con el océano, y erigieron algunas entre los salivas; fracasadas, logró implantarlas definitivamente en el alto Orinoco el padre José Gumilla, ayudado por el indio cristiano Antonio Calaimí; fundó el pueblo de Casiabo, y en 1731, protegido por una pequeña tropa, se internó por las selvas del Orinoco, fundando varios pueblos entre los salivas y asegurando así la comunicación de Nueva Granada con el Orinoco.

Hubo que establecer pequeñas guarniciones y fortines para proteger los pueblos contra los caribes que iban a cazar esclavos para los holandeses y los portugueses. Hubo que establecer hatos para el ganado y conucos de cultivos para asegurar la alimentación y la vida económica de estas comunidades, e industria productiva fue la obtención del aceite de huevos de tortuga, de mucho uso por falta de otro; también en las misiones jesuíticas se introdujo por primera vez en Venezuela el cultivo del café, por obra de Gumilla. Encontraron la comunicación con el Amazonas por el Casiquiare. Gumilla ha dejado además la historia de las misiones de la Compañía en su importante obra El Orinoco Ilustrado (1741). Toda la labor realizada quedó destruida con la expulsión de 1767.

Las misiones lograron agrupar a indios dispersos, convertirlos, inculcarles el régimen de la familia cristiana, el amor a los hijos, y acostumbrarles al trabajo agrícola y al uso del ganado, en forma regular y suavizar sus belicosas costumbres. Gracias a ellas se colonizó una extensa zona del país, se integró en la futura nacionalidad, se incorporaron a ella y a su economía las masas indias. Humboldt visitó esas regiones y reconoció la honda labor llevada a cabo, aunque juzgó que el barniz de civilización era superficial y que el indio estaba demasiado sujeto, lo que repercutía en su carácter.

El régimen interno se basaba en la plena autoridad del misionero a través de los alcaldes indios, sin intervención de otras autoridades, y con derecho a nombrar tenientes de justicia en los pueblos de españoles de la zona; a los veinte años de la fundación los pueblos indios debían pasar a la jurisdicción civil y eclesiástica ordinaria, lo que no siempre se cumplía, prolongándose la tutela misionera.

Además de las nuevas técnicas dichas, enseñaron los misioneros artes y oficios europeos, adquiriéndose pronto bastante habilidad. Cada pueblo tenía su conuco o plantación de la comunidad y cuyo producto constituía una reserva y su trabajo era obligatorio para todos, y los conucos o tierras particulares de cada familia; además de los productos alimenticios citados, los misioneros introdujeron en tales tierras la caña de azúcar, café, cacao y añil; donde las condiciones del suelo eran más adecuadas, fomentaron la ganadería y hubo también hatos de comunidad. Una real cédula de 1702 legalizó la referida situación económica de las misiones, que no estaba muy conforme con su regla, atribuyendo la propiedad a los pueblos de indios y la administración a los misioneros.

Las razas

Dado el bajo nivel cultural del indio y su dispersión demográfica, no pudo ofrecer fuerte resistencia a la conquista ni mantener su rudimentaria organización, ya quebrantada en muchas tribus por los ataques de los caribes. Se conservó puro más o menos tiempo según las regiones, como se ha visto en las zonas que tomaron a su cargo las Misiones, los Llanos, Guayana, la cordillera de Mérida; pero diversos factores contribuyeron a su desaparición en el resto o a que no formara una masa homogénea como en otros países hispanoamericanos, sustituyéndole el pardo o sea la masa de mestizos, mulatos y zambos y sus diversos matices. Pero formó el principal ingrediente en la formación del llanero o pastor. A fines de la época colonial los indios puros eran solo 120.000.

El negro, que habría de formar una parte importante en la composición del pueblo venezolano, comenzó a ser introducido desde los primeros tiempos de la conquista, como indican las concesiones a Ortal y a los Welser, los cuales las negociaron con tratantes portugueses; en el siglo XVI hubo algunas introducciones como las de Hawkins y Serpa, sin ser abundantes; pero al avanzar la colonización hubo una gran demanda para minas y cultivos, como lo manifiesta la petición de tres mil que solicitó en nombre de la provincia el mencionado Bolívar y que no se otorgó.

Durante los siglo XVI y XVII la importación estuvo a cargo de portugueses, que poseían los asientos; al comienzo del siglo XVIII tuvo el monopolio una compañía francesa y en virtud del tratado de Utrecht los ingleses.

La Compañía Guipuzcoana entró en colisión con ellos por intentar evitar el contrabando que se hacía a la sombra de la trata y también obtuvo licencias de introducción (1765) y siguió aumentando la demanda, considerando indispensable al negro. En 1789 se declaró la libertad de comercio de esclavos para Venezuela y las Antillas a los súbditos españoles y también por dos años a extranjeros.

Al comenzar la emancipación eran los esclavos unos 62.000, de ellos 40.000 en la provincia de Caracas. la mayoría se hallaba en las regiones costeras y bajas y de más rica agricultura. La mayor parte procedían de la zona bantú; y luego del Senegal y Guinea. Trabajaron en minas, pesquerías de perlas y plantaciones, en especial las de caña y cacao; buscaron yacimientos mineros y por su valor y tenacidad combatieron en todas las expediciones; más tarde, más que su fortaleza física se buscó su habilidad manual y se especializaron en oficios y se les prefirió para capataces.

Pero también hubo siempre gran cantidad de huidos o cimarrones, que vivían en cumbes o pueblos en lugares recónditos. No faltaron pueblos de negros libres, como Nirgua, repoblada con cimarrones perdonados, con zambos y mulatos. A raíz de la revolución haitiana se prohibió la entrada de negros extranjeros. Había facilidades para la manumisión, pero en la realidad se ponían muchas dificultades, como también para su matrimonio legítimo.

En 1784 se suprimió el carimbo o marca con hierro. La legislación que tendía a suavizar la suerte de los esclavos fue copiosa, pero también se incumplió con frecuencia cf. Miguel Acosta Saignes, Vida de los esclavos negros en Venezuela, Caracas, 1967.

El pardo era en general libre y a fines de la época colonial venía a formar la mitad de la población. La corona, en el siglo XVIII, concedió las llamadas gracias al sacar (1795), por las que se dispensaba de tal condición social, pudiendo recibir el tratamiento de don u optar a cargos públicos, mediante un arancel, lo que provocó reclamaciones del municipio de Caracas, formado por la oligarquía criolla, opuesta a tal igualdad, alegando la ilegitimidad de origen de los pardos y su procedencia de la esclavitud, o que el ingreso en las milicias exacerbaba su vanidad (1796 y 1802).

Por aquella época los funcionarios españoles tendían a favorecer a los hombres de color frente a los criollos, demasiado orgullosos y menos dóciles. Los miembros de la aristocracia dueña de los latifundios y los esclavos recibían el nombre de mantuanos.

La economía en los siglo XVI y XVII

Ya se han indicado los principales productos de interés en los primeros tiempos, agrícolas de alimentación —maíz, yuca, plátanos— o materias preciosas, como las perlas. En las regiones de bastante altitud se cultivó el trigo, ya que no eran propicias al maíz, y por los indios, ya que el negro tampoco podía vivir en su clima.

El ganado se multiplicó pronto en grandes cantidades, especialmente en los Llanos y su explotación originó el tipo del llanero. serpa había llevado 800 reses. La principal exportación fue siempre la de cueros; en el siglo XVII llegó a formar el 75 por ciento de las exportaciones; desde el siglo XVII, también la harina —por poco tiempo—; el tabaco, ya desde fines del XVI, muy requerido por los extranjeros y objeto de contrabando, lo que ocasionó muchas plantaciones.

Sufrió una crisis, por haber pedido el municipio de Caracas su supresión (1606) y el gobernador Sancho de Alquiza hizo destruir las plantaciones, lo que causó una grave crisis económica general, por lo que se volvió a autorizar su cultivo en 1612, creciendo pronto la producción; pero un monopolio de la exportación y la competencia del tabaco norteamericano lo hicieron entrar de nuevo en crisis.

El tabaco más apreciado era el de Barinas. Pero entonces empezó a desarrollarse el cultivo del cacao, que abrió el tráfico con Veracruz y dio origen a grandes fortunas y a la formación de una flota propia en competencia con la de España; a fines del XVII el cacao venezolano ejercía un verdadero monopolio en México, pero sufrió fuertemente la competencia del de Guayaquil; exportación que permitía a Venezuela proveerse de moneda mexicana, ya que el numerario era escaso, y el comercio debía hacerse por trueque o pequeños trozos de oro.

La producción de caña de azúcar solo servía para el consumo del país. El oro, a pesar de las minas, era raro, aunque las de Buría al descubrirse facilitaron en su tiempo la riqueza y el comercio. Tampoco fue abundante el cobre de las minas de Cocorote. Durante algún tiempo se desarrolló la fabricación de lienzos ordinarios, en especial en El Tocuyo, por la abundancia de algodón, exportándose algo incluso (siglo XVII), pero decayó luego casi totalmente.

La exportación a España consistía en cueros, tabaco, zarzaparrilla, palo brasil y el cacao, que aumentó mucho en la segunda mitad del siglo XVII. Ya en 1560, el procurador de la provincia, Sancho Briceño, pidió un navío de registro, lo que indica una economía desarrollada. En el XVI llegaban pocos barcos, pero se recibían mercancías por las Antillas —Santo Domingo o Puerto Rico— y por Cartagena. La flota de Indias destacaba un patache a Margarita para recoger la correspondencia y las rentas reales y desembarcar las mercancías destinadas a Venezuela. Desde 1584 aumentó algo el tráfico directo con España al rebajarse el almojarifazgo para las mercancías procedentes de Sevilla.

No es cierto el aislamiento marítimo con la metrópoli como se ha creído, pues siempre existió, aunque con crisis, siendo la más grave la iniciada hacia 1671 por las guerras de la época de Carlos II y la de Sucesión, por la amenaza de los corsarios y el consiguiente encarecimiento de las mercancías españolas, con el auge del contrabando —en el siglo XVI cabe recordar las visitas con este objeto de Hawkins en 1565 y 1567, esta vez con Drake—. Aquel siempre existió, distinguiéndose los holandeses en el siglo XVII, además de los franceses e ingleses y contando con la complicidad de las autoridades, de otros personajes y de aún la mayoría de la población y el pretexto de las arribadas forzosas, que llegaron a superar a las legítimas.

La corrupción administrativa hacía inútiles todas las repetidas órdenes oficiales para la represión del contrabando. Favoreció a este el establecimiento de los extranjeros en las Antillas Menores y en Curaçao. Especial interés contrabandista hubo por la sal de Araya y de la isla Tortuga, que sostuvieron con tenacidad los holandeses, pese a los ataque que les infligieron en 1605 y 1631.

La gobernación de Venezuela y de Cumaná dependían de la Audiencia de Santo Domingo. La primera comprendía la parte central y occidental de la actual república; Cumaná, la oriental con Guayana. Margarita tenía un gobernador particular. Mérida fue una gobernación dependiente de Nueva Granada y se creó otra en La Grita (1575); ambas se convirtieron en corregimientos en 1609 y se unieron en una sola gobernación en 1625.

En 1676, Maracaibo fue incorporado a Mérida, que formaba parte de Nueva Granada. La gobernación de Venezuela estaba delimitada en la costa entre Maracapana y el cabo de la Vela. Cumaná y Guayana dependían de la Audiencia de Santo Domingo. Al crearse el virreinato de Nueva Granada por primera vez en 1717 pasó a depender Venezuela de él y de la Audiencia de Santa Fe, y también Cumaná y Guayana, volviéndose a la situación anterior en 1723 al suprimirse el virreinato; pero en 1731 se separó Venezuela, colocándola bajo la Audiencia de Santo Domingo al restablecerse definitivamente el virreinato en 1739; volvió a abarcar Venezuela, Maracaibo, Cumaná, Guayana, Trinidad, Margarita y el Orinoco.

El 12-II-1742 se eximió al gobierno y capitanía general de Venezuela de toda dependencia del virreinato, y este proceso culminó en 1777 (Real Cédula del 8 de septiembre) al erigirse la capitanía general de Venezuela, agregándosele las provincias de Cumaná, Guayana, Maracaibo e islas de Margarita y Trinidad, separándolas de toda dependencia de Nueva Granada. Ya se había ordenado lo mismo en 1742, pero no se había aplicado. Guayana había sido separada de Cumaná en 1764, formando un gobierno dependiente de Nueva Granada hasta la referida incorporación y su capital se trasladó a Angostura. Margarita dependió de Santo Domingo hasta 1777.

Así quedó constituido aunque tardíamente el marco de la nacionalidad venezolana, ensamblando territorios fragmentados desde la conquista. En 1787 se fundó la provincia de Barinas, pero en 1797 se perdió la isla de Trinidad, convertida en colonia inglesa. En 1786 (R. C. de 13 de junio) se perfeccionó la organización política de Venezuela con la creación de la Audiencia de Caracas, instalada al año siguiente.

Al crearse la capitanía general, Maracaibo y Guayana fueron separadas de la Audiencia de Santa Fe y agregadas a la de Santo Domingo, como ya lo estaban Margarita, Cumaná y Trinidad, hasta la creación de la Audiencia de Caracas. También se había creado la Intendencia en 1776. No quedaron fijados los límites con el Brasil ni las colonias extranjeras en Guayana.

En 1793 se fundó el Consulado, con jurisdicción comercial en toda la Capitanía. En cuanto a la organización eclesiástica, se creó el obispado de Mérida en 1777 y el de Guayana en 1790. Cumaná había dependido del obispado de Puerto Rico desde 1588 y Guayana desde 1625. Mérida dependió al principio de Santa Fe. En 1803 Caracas fue erigida en arzobispado, con Mérida y Guayana por sedes sufragáneas. La jurisdicción inquisitorial era la de Cartagena desde su fundación en 1610; en Venezuela entendió en muy pocos casos.

Entre los gobernadores del siglo XVIII cabe citar a Juan José de Cañas (1711-1714), extravagante e inmoral que detestaba a las clases altas y que fue destituido y preso; Diego Portales, que tuvo hondas diferencia con el municipio caraqueño, que le puso preso en 1724, reponiéndole el rey en 1726, pero el cabildo perdió varios de sus privilegios gubernativos. Felipe Ricardos, que reprimió la insurrección de J. F. de León; Manuel de Guevara Vasconcellos, que hubo de hacer frente a las primeras tentativas separatistas.

En Guayana hubo a fines del siglo XVIII gobernadores, dotados de gran espíritu de progreso, cuyos proyectos, de haberlo aceptado, habrían cambiado las condiciones de aquella pobre región. Manuel Centurión (1766-1776), que propuso una colonización civil al lado de la exclusiva de las misiones; Felipe de Inciarte, que aceptó el plan del intendente de Caracas José de Ábalos, de fundar nuevos hatos con 12.000 reses ofrecidas por los capuchinos catalanes; formar aldeas con indios ya cristianos, atraer fugitivos de las Guayanas extranjeras y exención de impuesto por diez años a los nuevos colonos; Manuel Marmión (1783-1791), que redactó otro amplio proyecto de colonización y de extensión de cultivos, no llevado a la práctica.

En Cumaná se distinguió el gobernador Carlos de Sucre, antepasado del general de este nombre. Con motivo de la delimitación de confines entre las posesiones españolas y portuguesas realizaron exploraciones en las comarcas más interiores de Venezuela las expediciones de Iturriaga y José Solano.

Los primeros años del siglo XVIII fueron muy desfavorables para la economía venezolana, a causa de la Guerra de Sucesión. Felipe V hizo un contrato con la Compañía Real de Guinea, francesa, para la introducción de negros, pudiendo llevarse en cambio productos americanos en sus barcos, contrariamente a la exclusivista política seguida hasta entonces, lo que duró hasta la paz de Utrecht.

Ya había gran escasez de mercancías antes de 1700, y la guerra interrumpió en gran parte el tráfico, tanto con España como con las otras provincias americanas, salvo México, sobreviniendo una gran escasez, carestía de precios y falta de exportación, sin los franceses atenuaran demasiado la situación, la provincia quedó casi arruinada, y la Hacienda en pésima situación; no faltó, sin embargo, el contrabando inglés.

Por la paz de Utrecht la Compañía inglesa del Mar del Sur obtuvo el privilegio del asiento de negros, que le abrió el mercado americano y que le permitió dominar el mercado y el tráfico de Venezuela desde 1715, llevándose géneros del país a cambio de esclavos y de mercancías introducidas con el pretexto de los negros. Nuevas guerras dificultaron la comunicación con España y de 1715 a 1720 no llegó ningún barco de esta, pero no es cierto que no llegase ninguno en veinte años como se ha dicho.

El gobierno de Felipe V creía en la eficacia de las compañías de comercio para el tráfico de los países ultramarinos y se sentía acuciado por la necesidad de rehacer económicamente a España, por lo que estaba dispuesto a patrocinar una compañía que combatiese el contrabando, importase el cacao necesario y garantizara fuertes ingresos a la corona. Eduardo Arcila Farías, Economía colonial de Venezuela, México, 1946, p. 148.

Negoció con ese fin la provincia de Guipúzcoa con el ministro Patiño y se concedió el 25-IX-1728 el privilegio correspondiente a la Real Compañía Guipuzcoana; debería enviar dos barcos armados cada año a Venezuela directamente, sin pasar por Cádiz, salvo a la vuelta, y llevar toda clase de mercancías para todo el país; reprimiría el contrabando con sus barcos y otras ventajas que le daban el monopolio comercial de la provincia, sin posibles competidores desde 1724, y gozando de plena protección oficial. En 1730 salió de Pasajes la primera expedición y fue un buen negocio desde el primer momento.

Fue recibida la Compañía con hostilidad en Venezuela, por no haberse consultado al Ayuntamiento de Caracas y por alterar los negocios regulares existentes con España, las provincias americanas y las colonias francesas, aparte de su represión del amplio contrabando, que no obstante, continuó. Se eligió Venezuela por la Compañía por su situación económica, mucho mejor de lo que se ha dicho, y por el valor de su excelente cacao, aunque ahora bajo mucho su precio.

La Compañía limitó a la inglesa solo a la introducción de negros, y sus privilegios perjudicaron a los cosecheros y mercaderes del país; gozó del monopolio de la importación y manejó la exportación del cacao a España, pero no pudo quedarse con la dirigida a Veracruz, por la resistencia de los propietarios. Se le ampliaron las exenciones judiciales y fiscales, pero su poderío y rigidez le concitaron también la antipatía de los pequeños propietarios y de la masa popular.

Estalló el descontento con la rebelión de Juan Francisco de León en 1749, tras varios motines en diversos años, como el del zambo Andresote, jefe contrabandista y cuya banda acabó por alarmar, pero derrotó a varias expediciones (1730-1732) hasta que hubo de huir a Curaçao; con el pretexto de que quiso sustituírsele en su cargo por un agente de la Compañía, llevó León una masa a Caracas pidiendo la destrucción de la Compañía y logró del gobernador Luis Castellanos la expulsión de todos los vascos, solidarizándose el cabildo municipal con sus acusaciones a la Compañía.

El mismo año llegó el nuevo gobernador Arriaga, que otorgó un indulto; pero fue sustituido en 1751 por Ricardos, que reprimió por la fuerza la insurrección, rebrotada con carácter violento, y León fue enviado a España, donde más tarde le perdonó el rey. Había contado con muchos apoyos del país e incluso de los holandeses, pero no tuvo carácter separatista. El rey, sin embargo, recortó los privilegios de la compañía, garantizó el tráfico venezolano con Veracruz e hizo que se asegurase un precio justo para el cacao a los productores, y se dieron acciones a venezolanos.

La exportación de cacao creció en los años siguientes y asimismo el precio. Pero pronto surgió la crisis por el gran aumento del contrabando holandés, la competencia en los mercados extranjeros, el exceso de negocios emprendidos en la Península al montar o hacerse cargo la compañía de varias fábricas. Se había desarrollado no solo el cacao, sino también el algodón, el añil, el tabaco y un nuevo producto, el café, otorgándose medidas favorecedoras de tales cultivos y su salida.

En 1777 se permitió la entrada de negros por mercancías desde las colonias extranjeras y en 1780, por la guerra, se autorizó el comercio con neutrales. Las tendencias al libre comercio por el gobierno español, promulgado en 1778, y las denuncias del intendente Juan de Ábalos contra la Compañía, por considerarla perjudicial para la provincia y aún de ejercer el contrabando, causaron su fin; en 1780 se anuló su monopolio, al extender el libre comercio a Venezuela, y en 1781 se rescindió el contrato con ella.

En mala situación, se disolvió en 1785, creándose con lo que tenía la Compañía de Filipinas a propuesta de Cabarrús, la cual, aprovechando la experiencia y conocimientos de la anterior, logró mantener su buena situación en el comercio venezolano. Se ha considerado, en general, beneficiosa para Venezuela la actuación de la Compañía Guipuzcoana por haber impulsado su economía poderosamente y haber introducido hábitos de seriedad propios de los vascos; Arcila Farías disiente y la considera, quizá apasionadamente, explotadora y contraria a los intereses de sus habitantes.

La creación de la intendencia supuso, además de los fines señalados con carácter general al nuevo cargo, unas ordenanzas que disponían el reparto de tierras a las familias indias, con cultivo obligatorio, una colonización agrícola —no llevada a la práctica—; estas ordenanzas fueron reemplazadas en 1784 por las de Buenos Aires.

El primer intendente fue el citado Ábalos (1777-1783), que abrió los puertos al comercio extranjero, organizó la hacienda, favoreció la importación de negros para fomentar la agricultura, lo que aumentó el comercio con las colonias extranjeras, exportándose animales en cambio; combatió el contrabando, se opuso a la Compañía Guipuzcoana; abrió los ríos al libre tráfico; introdujo por orden superior el estanco del tabaco, que suscitó oposición, pero que dio un enorme y rápido crecimiento a la Hacienda, exportándose durante algún tiempo muchas cantidades a Holanda directamente. Ábalos realizó una honda y eficaz labor, apoyado en su celo por su carácter inflexible y muy recto. Le sucedió Francisco de Saavedra (1783-1788).

Al implantarse el libre comercio en 1778, quedó exceptuada Venezuela, por el monopolio de la Compañía, consiguiéndolo de hecho en 1781 y oficialmente en 1789. En 1797 se permitió el tráfico con neutrales a causa de la guerra, aprovechándolo grandemente Inglaterra, a pesar de ser enemiga. Los agricultores eran partidarios de la plena libertad —y como consecuencia de la independencia— y los comerciantes del viejo monopolio mercantil.

Había a fines de la época colonial una verdadera prosperidad. En 1804 el tráfico de La Guaira fue de 6.321.000 pesos, de los que correspondieron a la exportación 4.019.812; el de los demás puertos, 1.295.761; en los últimos diez años la exportación media de café fue de 1.500.000 libras; en el año citado, la exportación fue de 1.140.000 fanegas de cacao; 40.000 quintales de café; 20.000 de algodón; 50.000 de carne salada; 80.000 cueros; 12.000 caballerías. En 1809, víspera de la revolución, se exportó por valor de 4.776.500 pesos y se importó por 5.500.000. Desde 1796 creció el valor del comercio en un 70 por ciento, aparte del contrabando. C. Parra-Pérez, El régimen español en Venezuela, M. 1932.

La sociedad

Ya se han expuesto las clases sociales venezolanas. La encomienda fue abolida de hecho en el país en 1687, en que una real cédula prohibió terminantemente el servicio personal. Las últimas encomiendas —con participación en el tributo— fueron suprimidas por Carlos III. Ya se ha hablado del negro; cabe añadir que la trata en Venezuela fue suprimida en 1807.

Los peninsulares ocupaban los altos cargos, causando la rivalidad de los criollos; pero también había una masa de emigrantes, dedicados al comercio, generalmente canarios, y a otras ocupaciones; los criollos ricos eran los grandes propietarios, que ocupaban los cargos municipales, deseosos de sustituir a los europeos en la dirección suprema del país y que formaban la orgullosa aristocracia mantuana; también había cultivadores más modestos y artesanos, alternando en los oficios con los pardos. De la masa mestiza de los pardos, que socialmente constituye la mayoría de la clase popular —racialmente los criollos estaban también bastante mestizados— destaca el llanero, pastor trashumante pero no nómada.

El clero virreinal en general fue virtuoso, caritativo y culto, y no muy numeroso, respetado pero poco poderoso. El ejército se redujo a un ejército veterano creado en 1768 para la protección de Caracas, La Guaira y Puerto Cabello, y poco después se crearon cuerpos de milicias, divididas en blancos y pardos; en estas los hombres de color no podían pasar de capitanes; había otras compañías sueltas de veteranos y milicianos en otras provincias. La población total ascendía a fines del siglo XVIII, según De Pons, a 728.000 habitantes, y a unos 800.000 en 1807, variando las estimaciones de los grupos raciales y sociales.

Caracas (25.000 habitantes según Miranda, o 40.000 en 1800) era una ciudad que había sido objeto de reformas urbanas por Ricardos; pero víctima de terremotos; hermosa y bien surtida a fin de esta época; la vida era alegre, con hospitalidad, cortesía, tolerancia y elegancia en las clases altas, imitadoras de las modas extranjeras y aficionadas al lujo.

Dos buenos observadores europeos han pasado por Venezuela a fines del siglo XVIII: el francés François De Pons, Voyage à la partie orientale de la Terre-Ferme de l´Amerique Méridionale, 3 vols. París, 1806, escrita entre 1801 y 1804 y Alejandro de Humboldt, Voyage aux regions équinoxiales du Nouveau Continent, de 1799 à 1804, publicada en 1814-1825.

La cultura

Ya se estableció una escuela primaria en Caracas en 1567, que patrocinó el municipio, y el primer Bolívar obtuvo una cátedra de Gramática para la ciudad (1592), fundándose otra por un prelado en 1608, y hubo más en otras ciudades. Los conventos tuvieron en general escuelas y bibliotecas, con cátedras de Teología y Artes, que preparaban al clero. El Seminario de Santa Rosa en la capital no se pudo abrir hasta 1673, por obra del obispo fray Antonio González de Acuña y servía también para los seglares.

Por iniciativa del obispo Juan José Escalona y Calatayud se logró del rey en 1721 para elevar dicho colegio-seminario a universidad, confirmada por el papa al año siguiente. Carlos III separó la universidad del seminario (1784), emancipándola de la autoridad episcopal. Mérida pidió universidad que negó Carlos IV, por la oposición de la de Caracas y pedirla Maracaibo —y no por una frase contra la instrucción de los americanos, que gratuitamente se le atribuye—, pero le concedió la facultad de graduar al seminario (1806).

El obispo Manuel Cándido Torrijos había llevado allí en 1794 una biblioteca y un gabinete de Física. Había preocupación por la enseñanza, como lo indica el plan de reforma elevado al cabildo por el famoso maestro de Bolívar Simón Rodríguez. El Colegio de Abogados estableció una Academia de Derecho Público y Español (1790). La universidad —como ha demostrado C. Parra-León, Filosofía universitaria venezolana — estaba al tanto de las corrientes europeas y eran conocidos los principales filósofos de la Ilustración y los hombres de ciencia, incluso Lamarck; fue combatida la vieja Escolástica, e introdujo en la universidad la filosofía moderna el sacerdote Baltasar Marrero. Reformó la filosofía en ella el doctor Montenegro.

En cambio no hubo imprenta en toda la época colonial, siendo la primera la que intentó llevar Miranda y que fue traída por unos ingleses de Trinidad a Caracas, siendo el primer libro editado el Calendario manual y Guía universal de forasteros en Caracas, de Andrés Bello (1810), que inauguraba así su obra. Había un grupo muy culto a fines de esta época, como lo revela el alto nivel de muchos de los dirigentes patriotas, como el jurista, escritor y orador Miguel José Sanz (1754-1814), y la amplia cultura autodidáctica de Miranda y Bolívar.

En aquel ambiente se formó Andrés Bello. Se introducían libros enciclopedistas, y a ellos contribuyeron los barcos de la Compañía Guipuzcoana, Los navíos de la Ilustración, según la obra de R. de Basterra. Los hermanos Francisco Javier y Luis Ustáriz sostuvieron una academia literaria particular, de la que formaban parte futuros patriotas, y donde se dieron a conocer algunos escritores, como el mismo Bello. Buen desarrollo alcanzó la música y el padre Pedro Sojo y Juan Manuel Olivares establecieron una academia, algunos de cuyos alumnos lograron renombre, como compositores, cuales Cayetano Carreño, José Ángel Lamas y Juan Landaeta, cultivándose la música religiosa y autor el último del himno nacional al comenzar la revolución.

La literatura en la época colonial no tuvo gran desenvolvimiento, destacando más los historiadores peninsulares en los primeros tiempos, como fray Pedro de Aguado, que escribió en 1581 una Historia de Venezuela continuación de la de Nueva Granada (no publicada hasta 1913); el versificador Juan de Castellanos, que en sus Elegías de varones ilustres de Indias incluyó la conquista de Venezuela, y el franciscano fray Pedro Simón, de la provincia de Cuenca, que vivió en Nueva Granada en el siglo XVII e incluyó a Venezuela en sus Noticias historiales de la conquista de Tierra Firme (hasta 1624) (pub. en 1626).

En el siglo XVIII sobresale el bogotano José de Oviedo y Baños (1671-1738), que vivió casi toda su vida en Venezuela, autor de la Historia de la conquista y población de la provincia de Venezuela (Madrid, 1723), que llega a 1600 y quedó incompleta; utilizó documentos, además de los cronistas y se refirió a diversos aspectos del pasado, no solo a los externos. El franciscano Matías Ruiz Blanco había referido la historia de las misiones en Conversión de Piritu, de indios cumanagotos, palenques y otros (M., 1690). El comerciante José Luis de Cisneros publicó una Descripción exacta de la provincia de Benezuela (sic) (Valencia, 1764).

La historia misional, y la etnografía por añadidura, contó con las obras del jesuita Juan Rivero Historia de las misiones de los Llanos de Casanare y los ríos Orinoco y Meta (escrita en 1736); otro jesuita, el padre José Gumilla con su importante libro El Orinoco ilustrado (M. 1741); el franciscano cordobés fray Antonio Caulín, autor de la Historia... de la Nueva Andalucía (1759, pub. en M., 1779).

El tardío desarrollo de Venezuela se manifestó también en el Arte, quedando pocas obras de aquella época y con menos relieve que en otros países hispanoamericanos. No faltaron en Caracas edificios religiosos y de carácter oficial y educativo, desaparecidos o modificados; la catedral, del siglo XVII, era barroca, y destruida por los terremotos, hubo que reconstruirla del todo; quedan varias casas solariegas, en general barrocas. La pintura recientemente estudiada y valorada, tuvo marcada personalidad, en especial en el siglo XVIII. A fines del XVIII la Sociedad de Amigos del País fundó una escuela de dibujo, cuyo director, Antonio José Carranza, influyó en la formación de la siguiente generación de pintores.

EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. N-Z, págs. 939-948.