La Banda Oriental, tardíamente colonizada por España y objeto casi constante de conflicto con Portugal, ansioso de asomarse al Río de la Plata, ofrecía a comienzos del siglo XIX, un marcado contraste entre la capital y la campiña. Montevideo era el puerto rival de Buenos Aires, foco comercial y centro de mercaderes españoles y del elemento oficial; el campo, de predominante carácter ganadero, rural y popular, se hallaba más diferenciado con relación a la metrópoli, y se sentía más afín a las provincias rioplatenses.

La Banda Oriental, a pesar de su individualidad, no constituía una entidad política, pues formaba parte de la intendencia de Buenos Aires, como gobierno subordinado, aunque le gobernador de Montevideo en lo militar dependía directamente de la metrópoli. Distintivamente de otras ciudades americanas, Montevideo, muy favorecido en su desarrollo por el libre comercio, sería por mucho tiempo aún un centro de lealtad a España, opuesto a la revolución argentina, mientras que el impulso hacia la emancipación vendría de las campiñas.

De Montevideo partió la expedición reconquistadora de Buenos Aires a los ingleses, en 1806, organizada por el gobernador Pascual Ruiz Huidobro, y dirigida por Liniers. La ocupación inglesa de Montevideo en 3-II-1807, sembró ideas separatistas, difundidas por el periódico La Estrella del Sur. Evacuaron los ingleses Montevideo el 9-IX-1807 por la capitulación de Whitelocke, haciéndose cargo del gobierno militar y político el entonces coronel Francisco Javier de Elío.

En 1808, la familia real portuguesa se trasladó al Brasil, huyendo de la invasión napoleónica, y al convertirse este país en centro del Estado, retoñó la vieja ambición portuguesa sobre el Plata, mezclada con los deseos de la infanta Carlota Joaquina, esposa de Juan VI —regente aún, pero verdadero soberano— de hacerse reconocer en América como regente o como reina, a lo que le incitaban astutamente algunos independientes argentinos, como Saturnino Rodríguez Peña, pero rechazó ella sus proyectos, al advertir su fondo revolucionario, pues defendió siempre los intereses de España en América.

Existía rivalidad entre Liniers y Elío, que sospechaba del primero, recelo que hizo público a raíz de la visita que le hizo a aquel el emisario napoleónico, marqués de Sassenay (VIII-1808). Elío encabezaba un núcleo acérrimamente españolista, radicado no solo en Montevideo, sino, asimismo en Buenos Aires, donde era su principal figura Martín de Alzaga. En septiembre de 1808, intentaron Elío y el cabildo de Montevideo hacer deponer a Liniers, lanzando sospechas sobre su conducta, y replicó el virrey destituyendo a Elío y nombrando sucesor suyo a Juan Ángel Michalena; pero Elío no lo permitió e hizo reunir un cabildo abierto, que nombró una Junta (21-IX) análoga a las de España, primera de las formadas en América, pero de carácter leal, a diferencia de las sucesivas, que fueron instrumento de la emancipación. Con este hecho se agudizaron las diferencias entre las dos riberas del Plata, y comenzó a señalarse la escisión uruguaya.

Montevideo se convirtió en foco de agitación contra Liniers, manifestada en un intento de motín, en octubre, y en otro de formación de una Junta españolista en Buenos Aires, el 1-I-1809, fracasados ambos movimientos por el apoyo de los criollos argentinos a Liniers; Alzaga y demás adversarios suyos, desterrados, fueron acogidos por Elío. La Junta Suprema de España sustituyó a Liniers por Baltasar Hidalgo de Cisneros, y Elío continuó en el gobierno de Montevideo (1809), disolviendo luego la Junta por considerarla inútil (VII-1809). No fue reconocida la Junta bonaerense, surgida el 25-V-1810, aunque contaba con partidarios, por la actitud de las autoridades de Montevideo, que se impusieron a los municipios del país, y reconocieron a la Regencia de España.

El cabildo abierto el 15-VI-1810, rechazó la misión de Juan José Passo, enviado de la Junta bonaerense. Rompieron incluso con la Junta y decretaron el bloqueo de Buenos Aires, que no se hizo efectivo por impedirlo los ingleses. Ejercía el gobierno Joaquín de Soria, interinamente, sustituyéndole, en 7-X-1810, Gaspar Vigodet hasta enero de 1811 en que regresó Elío, nombrado virrey del Río de la Plata. Carlota Joaquina había querido, en 1810, ir a Montevideo, para hacerse cargo del gobierno del Plata, por Fernando VII, apoyada por su esposo y el gobierno portugués, con otras miras estos, que fueron adivinadas por el embajador de España en Río de Janeiro, marqués de Casa-Irujo, quien avisó a Soria para que no lo permitiese, actitud que corroboró la Regencia.

Artigas en la puerta de la Ciudadela, óleo por Juan Manuel Blanes. Artigas en la puerta de la Ciudadela, óleo por Juan Manuel Blanes.

La independencia contaba con partidarios en el Uruguay, y ya Soria quiso desarmar dos regimientos por sospechosos. Desde fines de 1809 conspiraba un grupo, con apoyo en Buenos Aires, entre quienes figuraban Fernando Otorgués, Dámaso Larrañaga, Joaquín Suárez, Miguel Barreiro, Pablo Zufriategui y los hermanos Artigas. El fundador de la nacionalidad uruguaya fue José Gervasio Artigas (1764-1850), nieto de uno de los primeros colonos, de origen aragonés, oficial de Blandengues (milicia contra los delincuentes), hondo conocedor del país.

El 12-II-1811 declaró Elío la guerra a la Junta de Buenos Aires, y tres días después pasó Artigas a esta ciudad, donde le instigó el gobierno a sublevarse; reunió varios adictos en Entre Ríos y en el Uruguay, y el 28-II-1811 un grupo de ellos, dirigidos por Pedro Viera y Venancio Benavides, se sublevó en el Arroyo Asensio, apoderándose Viera de Mercedes y Soriano, y el movimiento al resto del Uruguay, sublevándose Suárez, Otorgués, Fructuoso Rivera, Juan Antonio Lavalleja y otros caudillos.

Se alzaron los hacendados con sus peones y el gauchaje. No respondía la sublevación en la masa, amorfa, a un ideal definido como en los criollos dirigentes, sino a un vago deseo de libertad, entendida en el sentido de librarse de toda autoridad y norma de orden y dar rienda suelta a sus anárquicas pasiones, a su libertad caprichosa e indisciplinada; el régimen español representaba la autoridad, y contra él se concitó un odio profundo, que hizo imposible luego toda avenencia.

El gobierno de Buenos Aires envió el ejército que había ido al Paraguay, al mando de José Rondeau, y nombró a Artigas jefe de las milicias uruguayas, bajo el mando superior de Belgrano y definitivamente de Rondeau. Desembarcó Artigas el 9 de abril y logró sublevar todo el país, alcanzando el 18 de mayo la victoria de las Piedras sobre José Posadas; nueve días después se perdió la Colonia (del Sacramento), y la dominación española quedó reducida a Montevideo, que quedó sitiado por Artigas, ayudado pronto por Rondeau, y defendido por Elío, apoyado por una escuadra, mandada por José María Salazar, que durante algún tiempo actuó en el estuario y en el Paraná.

La primera intervención portuguesa

Fracasadas algunas gestiones con la Junta, acudió Elío a la corte de Río de Janeiro, y Carlota Joaquina no consiguió ayuda, y solo se envió un ejército portugués al mando de Diego de Souza, que se situó en la frontera, y luego penetró en la Banda Oriental, para llevar a cabo los objetivos imperialistas de Portugal. Pero las gestiones del embajador inglés lord Strangford, del español marqués Casa-Irujo y del enviado argentino Manuel Sarratea, por diversos motivos, detuvieron el avance; mas necesitando el Triunvirato argentino las tropas de Rondeau, por la derrota de Guaqui, entró en negociaciones, contra el parecer de Artigas, y se firmó un armisticio, el 20-X-1811, por el que se reconocía a Fernando VII, evacuaría las tropas de Buenos Aires el Uruguay y Elío se comprometía a que lo hicieran las portuguesas, conservando él su autoridad en la Banda Oriental.

Se retiraron los argentinos, pero no los portugueses, y Artigas, que protestó contra el tratado, se retiró con los partidarios de la independencia, destruyendo todo, a orillas del río Uruguay, donde instaló su campamento en Ayuí ( Éxodo del pueblo oriental, fines de 1811-comienzos de 1812). Artigas quedaba así frente no solo a España, sino al Brasil y al Gobierno de Buenos Aires, empezando la honda divergencia con sus hombres y los que se fueron sucediendo en el mando del Río de la Plata, hecho que fue contribuyendo a constituir una conciencia nacional uruguaya. Elío abandonó su mando el 18-XI-1811, dejándolo a Vigodet, quien a su vez, rompió el armisticio el 6-I-1812 y reanudó la guerra con los independientes.

Como seguían los portugueses en el Uruguay, gestionó el gobierno argentino su retirada por mediación de Strangford, acordándose el 26-V-1812 (tratado de Rademaker-Herrera, pero Carlota, que creía poder usar las tropas portuguesas en apoyo de la soberanía española, procuró que no se retirasen, hasta que el fracaso de la conjuración de Alzaga en Buenos Aires (VII-1812) hizo cumplir el acuerdo. Vigodet quedó aislado, y los argentinos reanudaron el sitio al mando de Rondeau (20-X), que derrotaron una salida de los realistas en el Cerrito (31-XII-1812).

Las relaciones entre Artigas y los gobernantes argentinos iban empeorando. Estaba imbuido de un fuerte espíritu localista, y era, por tanto, partidario extremado del federalismo, y adversario de las tendencias unitarias de los gobiernos bonaerenses y de su actitud hacia las provincias. El Triunvirato quiso despojar a Artigas de su mando, sin tener en cuenta su gran ascendente sobre la masa popular oriental, y para ello envió a Sarratea, que trató de arrebatarle sus oficiales. Ambos acudieron con sus tropas ante Montevideo, e incluso rompieron hostilidades entre sí; se intentó atraer a Artigas a la causa española, sin éxito, y Rondeau dirimió la cuestión, obligando a retirarse a Sarratea y reconciliándose con Artigas.

Convocadas elecciones para la Asamblea Constituyente del Río de la Plata (para 1813), Artigas no se sujetó a las condiciones electorales, y partidario de una confederación de provincias —Estados en realidad— y no de una federación, en que aquellas vieran limitada su soberanía, reunió previamente un Congreso uruguayo en el Peñarol (4-IV-1813), que eligió cinco diputados a la Asamblea, a la que habían de proponer la independencia absoluta de España, la república, la confederación, la autonomía y gobierno propio de cada provincia, de carácter liberal, tendencias que coincidían con las de otras provincias (1813).

Las Instrucciones del año XIII —de origen norteamericano— tenían, por tanto, un marcado carácter democrático y liberal, más avanzado que el pensamiento dominante en los próceres argentinos. En adelante iba a ser Artigas el campeón del federalismo en el Plata, pero entendido en una verdadera negación del Estado reducido a una laxa yuxtaposición de Estados; era fruto tal tendencia del particularismo oriental, de la oposición del campo a la urbe, y de la escasa cohesión entre las regiones del Río de la Plata, que no había tenido tiempo de soldar el reciente virreinato.

El 20 de abril el Congreso organizó un Gobierno provisional, Cuerpo municipal, inspirado en el sistema de los municipios; Artigas fue desinado gobernador, e instaló su capital en Canelones. La Asamblea rechazó a los diputados artigusitas, y Rondeau recibió orden de proceder otra elección, como hizo por su cuenta (en Capilla Maciel, XII-1813), para recalcar la soberanía de las Provincias Unidas del Río de la Plata sobre la Banda Oriental. Ello acarreó la ruptura con Artigas, que el 20-I-1814 se retiró con su ejercito del sitio de Montevideo, dejando solo a Rondeau. El Gobierno argentino lo declaró traidor y puso precio a su cabeza, pero, no obstante, no quiso él unirse a los españoles, a quienes odiaba hondamente. El Uruguay fue declarado parte integrante de las Provincias Unidas y se nombró un gobernador, pues se le había elevado a la categoría de provincia (7-III-1814).

La toma de Montevideo

Decidió el gobierno argentino concluir con el sitio de Montevideo y formó una escuadra mandada por el irlandés Guillermo Brown, quien derrotó al marino español Jacinto Romarate en la isla de Martín García (17-III-1814), mientras se ponía al frente del ejército Carlos María de Alvear, ambicioso y deseoso de prestigio. Una nueva derrota naval, el 16 de mayo, dejó en situación angustiosa a la plaza, defendida tan largo tiempo gracia a tener libre el mar, y Vigodet capituló el 20-VI-1814, entregándose la ciudad el 23. Alvear recogía el fruto de la obra de Rondeau.

Se preparaba una expedición española, la de Morillo, pero, en lugar de ir al Plata, fue encaminada a Venezuela, perdiéndose, por tanto, para siempre el Uruguay para España. Pero aún siguió jugando un importante papel en intrigas diplomáticas en los años siguientes, y tardaría en constituirse en nación separada del Río de la Plata. Otorgués pidió a Alvear la entrega de Montevideo, pero este lo atacó y dispersó. La capitulación no fue cumplida y comenzaron las persecuciones contra los españoles y la confiscación de sus bienes.

Artigas frente a Buenos Aires

Artigas había aumentado en fuerza y poderío, pues aparecía como campeón del federalismo y de los derechos de las provincias, y le apoyaban Entre Ríos y Corrientes; continuó la lucha contra el gobierno bonaerense, siendo derrotado su teniente Otorgués por Manuel Dorrego, que, a su vez, lo fue por Fructuoso Rivera y después por Artigas en el arroyo Guayabos (I-1815). El director Alvear procuró llegar a una avenencia con Artigas, y el 25-II-1815 evacuaron las tropas argentinas Montevideo, que se entregó al caudillo uruguayo.

Siguió, no obstante, la lucha con Alvear, reconociendo Entre Ríos, Santa Fe y Córdoba la jefatura de AArtigas, que ostentaba el título de Protector de los pueblos libres, y que colaboró en el motín federal de Fontezuelas, que derribó a aquel (1815). Otorgués persiguió a los españoles de Montevideo, temiéndose la llegada de una expedición desde la Península, conducta que continuó después de dejar aquel el mando de la plaza. El director Álvarez Thomas llegó a ofrecer a Artigas la independencia del Uruguay (1815), que rechazó por ser partidario de la confederación. Tampoco acudieron representantes uruguayos al Congreso de Tucumán, habiendo reunido otro Artigas en Concepción (1815), con diputados de aquellas provincias, y perpetuándose las disensiones con los gobiernos argentinos.

Portugal, cuya corte seguía residiendo en Brasil, creyó llegado el momento de satisfacer sus añejas ambiciones, con el pretexto de la anarquía de Artigas y de que se ponía en peligro el sosiego de las regiones del Sur, y, contando con la tolerancia de su enemigo, el Gobierno de Buenos Aires, envió un ejército mandado por Carlos Federico Lecor, para invadir la Banda Oriental, con la misión oficial de imponer el orden (IX-1816).

Artigas, secundado por Rivera y Otorgués, quiso resistir, tomando la ofensiva en Misiones e invadiendo a su vez Río Grande do Sul, pero fracasaron sus planes y los portugueses derrotaron a las huestes uruguayas; Artigas lo fue en Corumbé (8-X). El revés de India Muerta, sufrido por Rivera (19-X-1816), abrió a aquellos el camino de Montevideo, que ocupó Lecor el 20-I-1817, por capitulación con el cabildo.

Desplegó una hábil política de atracción, favoreciendo la libertad de comercio, y logró así muchos partidarios de la unión al Brasil, aunque el elemento rural siguió hostil a los invasores. Ni aún ante el ataque portugués se unieron Artigas y el Gobierno argentino, a quien se pidió auxilio y que exigió el reconocimiento de su soberanía, negándose aquel a ello, por lo que quedó solo. El Gobierno portugués alegaba que no se invadía territorio argentino, por ser el Uruguay, de hecho, independiente. Pueyrredón, Director de las Provincias Unidas, quiso auxiliar a Montevideo, a petición de Barreiro, si se reconocía la soberanía argentina, la proclamación de independencia y el Congreso de Tucumán. El 8-XII-1816 se firmó un convenio en ese sentido, pero lo rechazó Artigas, intransigente en su federalismo extremista, y siempre enemigo de los unitarios de Buenos Aires.

El rey de España protestó de la invasión, pues no había renunciado a sus derechos, y pidió la mediación de las potencias, cuyos representantes se reunieron el 15_II-1817, manteniendo tenaz y hábilmente Portugal su posición, por su ministro duque de Palmella, frente al embajador español en Londres, duque de Fernán-Núñez; se desaprobó lo hecho, sin demasiada energía, por temor a una guerra entre las dos naciones peninsulares, y se acordó que Portugal evacuara Montevideo, pero permitiéndole conservarlo provisionalmente.

Pueyrredón, Director argentino a la sazón, era opuesto a la pérdida de un país considerado parte integrante de la nación, y quiso atraerse a Artigas y prestarle ayuda, pero este la rechazó por creer que apoyaba aquel la invasión. El enviado argentino en Río de Janeiro, Manuel J. García, aconsejó contemporizar con los portugueses, y el Gobierno argentino, al ver el apoyo de la Santa Alianza a España frente a Portugal, prefirió acercarse a este y obtener su alianza contra España, renunciando a oponerse a sus ambiciones. García negoció unas estipulaciones adicionales al armisticio de 1812 en ese sentido (1818), pero no las aceptó, al fin, Portugal.

Artigas prosiguió la guerra con sus elemento propios, y con escaso éxito, siendo vencido su teniente Andrés Latorre en Catalán (I-1817). En 1817 invadieron los brasileños las Misiones, y el brigadier Changas venció a Andresito Guacutari, arrasando los pueblos de la región, entre ellos Yapeyú, patria de San Martín. A un tiempo luchaba Artigas con los brasileños y contra el director Pueyrredón, ayudado por las provincias litorales argentinas, que le reconocían por jefe del federalismo; secundado por los gobernadores Francisco Ramírez, de Entre Ríos, y Estanislao López, de Santa Fe. Pero después del triunfo de estos sobre Buenos Aires en Cepeda y del tratado del Pilar (1820), riñó con Ramírez e invadió su territorio, tras haber sido definitivamente vencido por los portugueses en Tacuarembo (20-I-1820). Derrotado asimismo por Ramírez, se refugió en el Paraguay, de donde no salió más. Sus capitanes se habían entregado a los portugueses ante la inutilidad de la lucha.

La proyectada expedición española que debía partir en 1820 alarmó en Montevideo, y los principales separatistas pidieron al Gobierno portugués que no lo evacuara e, incluso, que lo destruyera. Este afirmaba que solo ocupaba el país para evitar actos de bandidaje y los ataques de las montoneras, y que estaba dispuesto a entregarlo a España, si era capaz de mantener el orden. La suspensión de la expedición interesaba, por tanto, a Portugal, para conservar su dominación, y a la Argentina, para no verse de nuevo amenazada desde Montevideo.

Dueño del territorio, Lecor le hizo convocar un Congreso en Montevideo el 15-VII-1821, para que deliberase sobre el futuro del país, el cual acató el visible deseo de aquel, votando la incorporación del Uruguay a Portugal con el nombre de reino o Estado Cisplatino, manteniendo su autonomía (por pacto firmado el 31-VII-1821). Manifestaba tal actitud, fatiga de la revolución y de la ruina sobrevenida, aversión a la anarquía de los caudillos y el espíritu de la burguesía urbana frente al ruralismo.

Al proclamarse la independencia brasileña (1822), la guarnición portuguesa se mantuvo fiel a la metrópoli un año, mandada por Álvaro da Costa; hasta que, por un acuerdo de 18-XI-1823, se entregaría la ciudad a los brasileños, que la ocuparon, mandados por Lecor, en febrero de 1824; desaparecía el Uruguay como reino y se reducía a provincia del imperio brasileño. Existía una fuerte corriente adversa a la anexión, dirigida por la asociación secreta de los Caballeros Orientales, y favorecida desde Buenos Aires, especialmente por Rivadavia. Ya poco antes de la capitulación de los portugueses el Cabildo de Montevideo declaró nula la anexión (29-X-1823), sin resultado; como tampoco lo obtuvo la gestión del enviado argentino Valentín Gómez, en igual sentido. El tratado del Cuadrilátero (1822), entre las provincias fluviales o litorales y Buenos Aires, era en el fondo una alianza antiportuguesa.

Ayacucho alentó las esperanzas de los patriotas uruguayos, y se preparó en territorio argentino la sublevación de los Treinta y tres Orientales, que mandados por Juan Antonio Lavalleja —entre ellos iba Manuel Oribe—, cruzaron el río Uruguay y desembarcaron en la Banda Oriental el 19-IV-1825, apoderándose de Soriano. Repercutió ampliamente el movimiento y se le agregó pronto Rivera, que era por entonces comandante general de la campiña por el Brasil. También se pasaron a los libertadores muchas tropas del país, quedando reducidos los brasileños a Montevideo y la Colonia.

En Florida se constituyó un gobierno provisional (14-VI-1825), que confirmó a Lavalleja como jefe militar; se eligió una Asamblea (20-VIII), que anuló la anexión y proclamó la reincorporación al Río de la Plata (25-VIII). Las victorias del Rincón de las Gallinas, por Rivera (24-IX), y de Sarandí, por Lavalleja y Rivera; esta sobre Bentos Manuel Ribero y Bentos Gonçalves (12-X-1825), liquidaron realmente la dominación brasileña e impulsaron al Congreso Constituyente argentino a salir de la neutralidad, aceptando la reincorporación del Uruguay (25-X), lo que ocasionó la declaración de guerra por el Brasil (10-XII). Juan Gregorio Las Heras, gobernador de Buenos Aires, renunció a su cargo y fue sustituido por Rivadavia, como presidente de la República.

Triunfaron los argentinos derrotando a los brasileños el almirante Brown, por mar, en el Juncal (9-II-1827), y por tierra, Alvear, en Ituzaingó (20-II-1827). Por la endeble situación interna envió Rivadavia a García a Río para hacer la paz; quien, excediéndose hizo un tratado por el que la Argentina renunciaba al Uruguay, reconociendo la soberanía brasileña (24-V). Fue rechazado por Rivadavia.

Caído a poco, y con el régimen unitario, Manuel Dorrego, gobernador de Buenos Aires, siguió las negociaciones, con la mediación del enviado inglés Ponsonby, iniciada ya en 1826, y que había presentado la solución de hacer independiente el Uruguay de ambas naciones, rechazada por estas. Su mala situación económica les obligó al fin a aceptar tal solución, acordándose la independencia total por el convenio preliminar de 27-VIII-1828, ratificado el 5 de septiembre.

Las autoridades uruguayas entraron en Montevideo el 1 de mayo de 1829. El país quedaba disminuido en superficie, pues en 1819 el Cabildo de la capital había cedido al Brasil el territorio de las Misiones orientales, entre los ríos Arapey e Ibicuy, a cambio de la construcción de un faro. En 1828, Rivera lo recuperó, pero el Brasil se quedó con la mitad norte, entre el Ibicuy y el Cuareim. Se convocó una Asamblea, que eligió gobernador al argentino Rondeau y promulgó una Constitución (1830), eligiéndose primer presidente a Rivera.

Nacía el Estado uruguayo como fruto de la obra y de las ideas de Artigas, que, partidario de la unión con el resto del Río de la Plata, creó, sin embargo, la nacionalidad; y también de la rivalidad entre Argentina y Brasil, que se zanjó, provisionalmente en su pensamiento, con la erección del Uruguay en un Estado tapón, pero que acabó por consolidarse y desenvolver una indiscutible existencia.

Había contribuido también a declarar independiente el Estado uruguayo la diplomacia inglesa, a la que interesaba aquella zona, donde podía ejercer honda influencia económica. El nombre que adoptaría sería el de República Oriental del Uruguay y sus habitantes uruguayos y también orientales. Redactado un tratado con España en 1841, no llegó, sin embargo, a firmarse uno definitivo y a entablar relaciones normales hasta 1882.

EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. N-Z, págs. 861-866.