Santo Domingo

Época Precolombina

A la llegada de los españoles el territorio de esta isla, llamada por los indígenas Haití o Quisqueya, estaba ocupado en su mayor parte por los taínos, cuyo nivel cultural alcanzaba la Edad de los Metales. Eran agricultores —la isla en general era muy fértil— y cultivaban la yuca, cazabe o mandioca, los frijoles, el ají, la batata, el maíz —aunque menos que en otros países—, la raíz yahutia y conocían las virtudes de diversas plantas medicinales. Conocían el tabaco, que mascaban de día y fumaban de noche enrollado en forma de cigarros. Se alimentaban de la pesca y con menos frecuencia de la caza, pues eran escasos los animales, no habiendo más mamífero que el perro mudo. Tejían el algodón y el henequén, con que hacían hamacas; trabajaban la piedra y eran buenos alfareros. Dada la abundancia de oro, lo empleaban en la fabricación de brazaletes y guanines (discos distintivos del cacique y dote de las esposas ricas). Con las maderas finas, que abundaban, se construían vasos y asientos.

Existían tres clases sociales: los taínos o nobles, los bohiques o sacerdotes y el pueblo, y dentro de él un grupo especial, los naborías o criados domésticos, todos bajo la autoridad del cacique, que en algunas comarcas estaba representado por los nitaínos, especie de gobernadores. Los caciques eran hereditarios y practicaban la poligamia. Los pueblos o yucateques estaban formados por bohíos, viviendas en forma cónica de paja, y por la casa rectangular del cacique. En casi todos había un batey donde se celebraban los areytos, danzas y fiestas religiosas, y especialmente el juego de pelota, hecha de caucho.

Además de adorar al Sol y a la Luna daban culto a los cemíes, representación material del fuego, agua, tierra, etc., en el cu o altar que estaba dentro del propio bohío o en el caney, especie de adoratorio del pueblo.

Su lengua era aglutinante y polisintética; palabras antillanas introducidas en el español, algunas a raíz ya del primer viaje de Colón, son: canoa, hamaca, cacique, enagua, carey, batata, maíz, tiburón, tabaco, la sabana, caníbal. Los ciguayos habitaban en la actual provincia de Duarte, parte de la de La Vega y Samaná. Eran buenos guerreros y empleaban arcos de gran tamaño.

Los caribes, intrépidos navegantes y guerreros, atacaban las costas en rápidas incursiones, procedentes de las Antillas Menores, pero parece que no tenían establecimientos fijos en la isla.

Los taínos habitaban casi toda la isla; otro grupo menos numeroso era el citado de los ciguayos o macoriges; unos y otros eran arahuacos, familia étnica y lingüística, originaria de América del Sur, como también lo eran los caribes, aunque de otro tronco.

Estaba dividida la isla de Haití al ser descubierta en cinco cacicazgos principales: el de Marién, al Noroeste, primero con que entró en contacto Colón, cuyo cacique era Guacanagari; Magua, en el Centro-Norte, al norte de la sierra de Cibao, con la Vega Real, cuyo jefe era Guarionex; en el Este, Higüey, cuyo principal cacique fue Cotubanamá; en el centro de la isla, Maguana, cuyo cacique era Caonabó, de raza lucaya o caribe, el más importante y que parecía ejercer la supremacía sobre los demás primero en combatir a los españoles; la península del sudoeste era Xaraguá, y estaba regida por Behechio y luego por su hermana, la gentil Anacaona, que heredó también la Maguana de su esposo Caonabó. Era la región de costumbres más refinadas, de gente más culta e inteligente y de organización más aristocrática.

Época Precolombina

La isla tenía comarcas muy fértiles, como la Vega Real, al Norte, que alimentaban una población bastante densa, sin gran esfuerzo. Por ello, el indio haitiano, no acostumbrado a trabajos duros y sí a una vida fácil, no pudo soportar el fuerte trabajo, continuo y sin contemplaciones que se le impuso por los colonos europeos y así sucumbió totalmente. De la belleza y fertilidad de la isla se hacen lenguas los primeros viajeros y cronistas, como el mismo Colón, el doctor Chanca, médico que acompañó al descubridor en su segundo viaje; Oviedo y, sobre todo, Las Casas, que ha exagerado en forma hiperbólica la grandeza y magnificencia de la isla. De los indígenas quedan relatos etnográficos en Las Casas y el más antiguo y mejor observado, el del ermitaño jerónimo catalán Ramón Pane, que convivió con los indios, conservado en la obra de Fernando Colón.

SEGURA GRAÍÑO Cristina, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. N-Z, págs. 601-602.

Descubrimiento y conquista

La isla de Santo Domingo era llamada por los indígenas Haití y Quisqueya, equivalentes, parece, a tierra alta o montañosa el primer nombre y a madre de tierras el segundo. Fue descubierta por Colón ya en su primer viaje, llamándola Isla Española, o La Española como se designaría por mucho tiempo, Según él, los indios la llamaban Bohío y quizá sea la misma isla de Babeque, abundante en oro, de que oía hablar en Cuba, y que motivó la deserción de Martín Alonso Pinzón, que se adelantó por su cuenta y hasta semanas más tarde no volvió a reunirse con el Almirante, siendo probablemente el primero que vio esta isla.

Colón llegó al cabo de San Nicolás, en el extremo noroeste de la isla (hoy en la República de Haití), el 5 de diciembre de 1492 y recorrió la costa norte, hallándole a la isla semejanzas con Castilla, por lo que acabó por imponerle aquel nombre. El 20 de diciembre entró en la bahía de Acul y entabló amistad con el cacique Guacanagari, que era uno de los cinco grandes reyezuelos de la isla; recibió también oro y supuso que abundaría en aquella tierra. Allí cerca sufrió la pérdida de la Santa María y con sus restos construyó el fuerte de la Navidad, donde dejó a Diego de Arana con 38 hombres más. El 2 de enero de 1493 se despidió de Guacanagari y emprendió el regreso, hallando el 6 la Pinta con Martín A. Pinzón. Siguió recorriendo la costa norte y descubrió la bahía de Samaná, desde donde emprendió el regreso a Europa.

Gobierno de Colón. Comienzos de la colonización

El segundo viaje fue ya de colonización. En virtud de las Capitulaciones de Santa Fe, confirmadas ahora, era Colón virrey y gobernador de las tierras que descubriera. El oro y fertilidad de la isla despertaron gran afán por ir a ella, y así la expedición se compuso de unos 1.200 hombres y diecisiete embarcaciones; iban muchos hidalgos, soldados —a su frente Pedro Margarit —, funcionarios, los primeros religiosos con fray Bernardo Boil, criados, labradores y artesanos; también se llevaban semillas y animales. Llegó Colón a la costa norte el 22 de noviembre de 1493 y el 28 a Navidad, encontrando destruido el fuerte y muertos todos los hombres, y Colón, que iba a poblar, disimuló el contratiempo.

El 6 de enero de 1494 fundó la Isabela, en la costa septentrional de la isla, primera ciudad española en América. Enfermedades y falta de víveres aquejaron a los expedicionarios y el descontento al no hallar rápidamente las riquezas soñadas y obligarles Colón a trabajar materialmente. Envió expediciones a reconocer el interior y Alonso de Hojeda llegó al Cibao, que tenía fama de rico en oro. El mismo Colón partió en marzo de 1494 con 400 ó 500 hombres, descubrió la Vega Real y llegó al Cibao, encontrando oro, y allí construyó el fuerte de Santo Tomás, pero chocó con la hostilidad del cacique Caonabó, contra quien envió Colón a Hojeda y comenzaron las violencias; el cacique hubo de levantar el sitio de la fortaleza. Colón partió el 24 de abril de 1494 para explorar Cuba y dejó un consejo presidido por su hermano Diego. A su regreso costeó todo el litoral sur de La Española, aún inexplorado, y el oriental. Entretanto llegó a la isla Bartolomé Colón, el hermano del Almirante, que le prestaría valiosa ayuda, pero también se habían ausentado a España Boil y Margarit con otros, que denigraron la conducta de Colón ante los reyes.

Los abusos de los colonos provocaron una sublevación india, uniéndose cuatro caciques de los más importantes; los indios prisioneros fueron llevados a España como esclavos, idea que ya tenía Colón anteriormente, y que hizo vacilar a los reyes sobre su licitud (1495). Con un ardid prendió Hojeda a Caonabó, y Colón con Bartolomé efectuó una expedición guerrera (III-1495), que sometió por entonces la isla. Impuso Colón a los indios un tributo de un cascabel lleno de oro en polvo por persona en el Cibao y en el resto 25 libras de algodón, lo cual resultaba pesado, y se rebajó.

Las quejas contra el Almirante motivaron el envío de una especie de inspector, Juan de Aguado, y Colón se volvió a España a dar cuenta a los reyes de lo que ocurría, haciendo antes construir varios fuertes, hasta siete con los existentes, entre ellos el de la Magdalena, antecedente de la villa de Santiago de la Vega; el de la Concepción, luego villa de la Concepción de la Vega. Una expedición mandada por Francisco de Garay y Miguel Díaz de Aux descubrió las minas de oro del Bonao en el Sur, construyéndose allí otro fuerte.

Dejó como gobernador de la isla en su ausencia a su hermano Bartolomé y como alcalde mayor a Francisco Roldán (1496). Cumpliendo un proyecto de su hermano, Bartolomé fundó la ciudad de Santo Domingo o Nueva Isabela, a orillas del río Ozama, en el sur de la isla (5-VIII-1496), donde edificó una fortaleza y ordenó despoblar la Isabela, trasladando a sus vecinos a la nueva población. De allí fue a Jaraguá, comarca sudoeste de la isla, donde reinaba la bella Anacona, viuda de Caonabó, que les hizo un fastuoso recibimiento. Ante una conjura india, Bartolomé sorprendió al cacique Guarionex en la Concepción, con matanzas y prisiones.

Ocurrió el alzamiento de Roldán con unos setenta hombres, que intentó incluso matar a Bartolomé y sorprender la fortaleza de la Concepción sin lograrlo, y al fin se asentó en Xaraguá, explotando el trabajo indio, aunque proclamaba que no debía cobrárseles el tributo (1497). Provocó ello una insurrección de Guarionex y Mayobanex, jefe de los ciguayos, que reprimió duramente Bartolomé, prendiendo a los dos caciques. A Roldán se sumaron otros muchos hombres, pues abundaban ya los aventureros, los díscolos y los delincuentes.

Cuando regresó Colón en 1498, claudicó ante los rebeldes, perdonando su actitud, nombrando de nuevo a Roldán alcalde mayor y autorizó el repartimiento de tierras y del trabajo indio (X-1499). Nuevas rebeldías de algunos fueron ahora reprimidas duramente por Colón y Roldán. Las quejas, fundadas o exageradas contra Colón, acarrearon el envío de Francisco de Bobadilla por los reyes, poniendo fin al gobierno del Almirante.

Llegó el 23 de agosto de 1500 y el 25 hizo público su nombramiento de juez gobernador, se hizo cargo de los presos, prendió a Diego Colón y cuando llegó el Almirante, ante sus intimaciones, igualmente a él y a Bartolomé y cargados de cadenas los envió a España. En cambio respetó a Roldán y a los rebeldes, prometió el pago de los sueldos atrasados y permitió recoger oro libremente sin más que pagar 1/11 al rey. Las reclamaciones de Colón a los reyes y la necesidad de poner orden en la isla motivaron la sustitución de Bobadilla por el comendador Nicolás de Ovando, que llegó a La Española en 1502. Definitivamente quedaba Colón privado de su virreinato y de hecho anuladas las capitulaciones y su monopolio de descubrimiento, esto ya de antes, pues en 1499 se había autorizado el primer viaje de Hojeda.

Colón había concebido su empresa como un asunto comercial, para la explotación de las riquezas de los países descubiertos, en régimen de monopolio estatal, al que estaba él asociado. Sus expediciones fueron costeadas por los reyes, salvo la parte que en el primer viaje debía poner él. En el segundo viaje la mayoría de los expedicionarios iban a sueldo de los reyes y cundió el desengaño al no hallar el oro con la abundancia y facilidad que habían creído; por ir a sueldo, Colón obligó a trabajar, chocando con la mentalidad hidalga opuesta al trabajo manual. Soldados, funcionarios y aventureros no pensaban en ir a las Indias para trabajar.

El criterio de Colón difería del castellano, de conquista, reparto de tierras, sumisión de la población y asimilación, y por parte de los Reyes Católicos, además, el de prestigio y el de evangelización de los paganos; por el criterio de prestigio no estaban dispuestos a abandonar la empresa, aunque no diera rendimientos. Pero temía Colón que los reyes se cansaran de la empresa si no daba beneficios y de ahí su afán de obtener oro y de someter a los indios a tributo y también de venderlos como esclavos. En la cuestión de la conversión muy poco se hizo en su época por parte de Boil y sus religiosos, ni de los que vinieron después, ni la tomó Colón con interés. También fueron labradores y se intentó aclimatar, con poco éxito en general, los cultivos españoles; más suerte hubo con el ganado, que se multiplicó bastante.

Tendieron los reyes a favorecer la colonización y por ello concedieron una serie de franquicias en 1495, otorgando participación en el oro y en los productos naturales y buscando el paso a la economía privada en el sostenimiento de los colonos. A raíz del tercer viaje autorizaron la concesión de tierras y confirmaron el tributo indio; en realidad concedían el derecho a aprovechar el trabajo indígena; intentaban que la isla se bastara a sí misma, no hubiera que pagar fletes y disminuir el número de gente a su sueldo. El trabajo ya se había impuesto como obligatorio a los indios para obtención de oro y productos agrícolas; lo que no admitieron los reyes fue la esclavitud, salvo para rebeldes y caribes (lo que se autorizó en 1503).

Roldán invocó, aunque egoístamente, la tradición española, de asimilación —los suyos se aprovecharon de las mujeres indias ampliamente— y combatió la esclavitud y el tributo, aunque utilizó el trabajo indio. Confirmado por Colón a los rebeldes y también a los leales, comenzó así el repartimiento. Al enviarse a Ovando, sus instrucciones le prescriben la fundación de pueblos, el oro sería monopolio oficial, sosteniéndose con él los gastos, salvo una participación de los particulares; no se abonarían sueldos a los colonos, que deberían servicio militar y recibirían la propiedad de sus tierras a los cinco años; el indio era declarado libre, pero debería trabajar obligatoriamente a sueldo.

No había cesado el envío de flotas a La Española durante la etapa de Colón, llevando algunas Antonio de Torres; debían llevar víveres, armas, herramientas, animales, y al lado de los elementos dichos no faltaron agricultores y artesanos. El número de españoles que había en la isla al llegar Ovando era de 300. Ovando llevó 30 barcos y 2.500 españoles, llegando a Santo Domingo el 15 de abril de 1502. Con él llegaban también doce franciscanos y cuatro sacerdotes seculares.

Gobierno de Ovando

Gobernó Ovando hasta 1509. Su actuación es diversa. Procedió a la conquista de la isla, con terrible dureza hacia los indios, que ha hallado su retrato en cuanto a los peores excesos, en las páginas de Las Casas. Sometió primero Higüey, en el sudeste de la isla, por Juan de Esquivel, haciéndose un pacto de sumisión (1503). Por el rumor de una conjura se dirigió a Xaraguá, prendió a Anacaona, que fue ahorcada, y quemó a varios caciques; empleaba el terror para amedrentar a los indios, por el reducido número de españoles (1503). Por una nueva insurrección llevó a sangre y fuego la región de Higüey (1504), sometiendola, y su cacique Cotubanamá igualmente ahorcado.

La sociedad india quedó desorganizada, y por ello las matanzas, la desesperación que se apoderó de los indios, hambre, suicidios, abortos, su número disminuyó sin cesar. No se sabe qué población había al tiempo del descubrimiento, y los métodos modernos de cálculo de ella tampoco han podido señalarla con exactitud. Las Casas le atribuía tres y aun cuatro millones; un millón es cifra corriente entonces: Fernández de Oviedo, López de Velasco (en tiempo de Felipe II), López de Gomara (1.500,.000); Zuazo (1.130.000); los dominicos en 1519 (1.100.000), atribuyéndolo a un recuento hecho por Bartolomé Colón. Algunos modernos también admiten un millón, como Spinden y Olbricht, que fija la cifra entre 1.460.000 y 2.190.000.

Rosenblat cree que no pasaban de 100.000 La población indígena y el mestizaje en América, b. A., 1954. La extinción fue rápida, lo que es indudable, pero tampoco hay cifras exalista del número de indios en tiempos posteriores: Pasamonte, recogido por Antonio de Herrera, hablaba de 60.000 vecinos indies; pero Alburquerque solo halló 14.000, aunque su recuento dio 22.336 indios de servicio, sin contar, por tanto, viejos y niños. Zuazo creía que solo quedaban 11.000 y unos religiosos dan 10.000 ó 12.000. Para Casas y fray Tomás de Angulo en 1535 y 1544, quedaban solo 200; Oviedo, en 1948, 500, y lo mismo Gomara; Velasco los da por casi del todo extinguidos.

Rosenblat supone, partiendo de 100.000 originariamente, que eran unos 60.000 en 1508, 30.000 en 15141 y 500 hacia 1570. En cuanto al régimen de trabajo, el de 1502 se reveló inútil, pues el indio no quiso trabajar, y así en 1503 otra real cédula volvió al sistema de repartimientos en la forma, luego consolidada de la encomienda. atribuyéndose a cada colono cierto número de indios, que trabajarían durante algunos meses en su beneficio, pero con la obligación de salario, sostenerlos, buen trato, cristianización y habituarles a la vida española, para estos últimos fines deberían concentrarse en pueblos, donde habría un sacerdote. Pero también se encargaba a Ovando que procurase la mayor cantidad de oro posible, pues junto con la lana querían los reyes que fuese la base de la economía castellana.

La encomienda se consolidó en 1509, aunque con carácter temporal. El indio sería considerado no esclavo, sino naboria (criado); ahora se unen repartimiento y encomienda, con la obligación de convertir y educar al indio, y también para asegurar el pago de su tributo. Las consecuencias fueron, por una parte, cerrar la isla a nuevos pobladores y formar una clase privilegiada de encomenderos, por lo que los no favorecidos emigrarían y buscarían otras tierras en América; además, muchos encomenderos eran absentistas, altos funcionarios de la Corte. Por otro lado, el sistema se transformó en una verdadera esclavitud del indio, sin que se atendiera más que a su explotación ilimitada y sin preocupación por las disposiciones que intentaban favorecerlo, y esta fue otra causa de la desaparición de la población indígena.

En cuanto a los españoles, gobernó Ovando con rectitud, justicia e inflexibilidad, manteniendo el orden y la disciplina tan alterados bajo Colón; expulsó a Roldán y otros rebeldes e hizo sentir severamente su autoridad. Impulsó la colonización y fundó varias poblaciones: comenzó por trasladar Santo Domingo a su actual emplazamiento; se fundaron Santa María de la Yaguana, Salvatierra de la Sabana, por Diego Velázquez; Yáquimo, todas ellas en Xaraguá; Azúa; en el centro, San Juan de la Maguana; en el Norte, Puerto Real, cerca de la antigua Navidad; Lares y Puerto Plata; en Higüey, Salvaleón y Santa Cruz de Aycayagua, fundidas luego en la población de Higüey. No todas subsistieron.

El piloto Andrés de Morales reconoció toda la isla y redactó sobre ella un informe. De La Española salieron las expediciones que conquistaron Jamaica, Puerto Rico y Cuba. La disminución de los indios se subsanó con la cacería de esclavos en las islas Lucayas y en las Antillas Menores, y se comenzó a llevar negros. A los cultivos importados se unían los indígenas, que fueron los que alimentaron la población: maíz, yuca o cazave, ajes; la cavalleria comprendía 200.000 montones de yuca y la peonía, 100.000, Luego se introdujo la caña de azúcar, que alcanzaría gran desarrollo. Pero se prefirió el oro, que en realidad abundaba, especialmente en el Cibao y Cotuy; se obligó a los beneficiarios de las liberalidades de Bobadilla a abonar una parte al rey y desde 1504 se fijó en el quinto. Pero tras una breve época de auge sobrevino pronto el agotamiento.

La ganadería europea prosperó al revés que la agricultura, ya que el clima no permitió desarrollarse las plantas del Viejo Mundo; espontáneamente se multiplicaron el ganado de cerda, el vacuno, el caballar y mular y las aves de corral. Aunque Ovando mantuvo su plena autoridad, se necesitaron otros funcionarios, y así se nombraron dos alcaldes mayores, Alonso Maldonado y Lucas Vázquez de Aillón, y un tesorero, Miguel de Pasamonte.

En 1504 un bula papal erigía un arzobispado y dos obispados, que no llegaron a realidad, siendo confirmada la creación en 1511, erigiéndose dos obispados en Santo Domingo y en Concepción de la Vega, más el de Puerto Rico. El primer prelado designado había sido Deza, pero no hubo efectividad hasta que Fernando el Católico consiguió del Papa la concesión del Patronato en 1508; entonces es cuando se formalizaron las sedes y los primeros obispos fueron fray García de Padilla, de Santo Domingo, que fue el primero en consagrarse, en Burgos, en 1512; pero no llegó a ir a las Indias y murió en España, sucediéndole el italiano Alejandro Geraldini, que llegó en 1520, redactando un relato en latín de su viaje, y que impulsó las obras de la catedral en 1523; de la Concepción fue el primer prelado Pedro Suárez de Deza, que sí fue allí; pero luego no se proveyó la sede y quedó agregada a la de Santo Domingo. De Puerto Rico el primer obispo fue Alonso Manso. Consiguió Fernando que no tributaran diezmos el oro, plata y perlas y de los demás productos se reservaría el tercio al rey (1510-1511).

El gobierno de Diego Colón y de los Jerónimos

La hostilidad de Fonseca y Conchillos en la Corte y la presión del II duque de Alba en favor de Diego Colón el hijo del descubridor, ocasionaron el cese de Ovando en 1509 y el nombramiento de don Diego, pero como gracia real, no en virtud de los derechos de su padre. Dejaba Ovando la isla organizada y en orden. Llegó Diego Colón el 10 de julio de 1509, con su familia y el alcalde mayor Marcos de Aguilar; persiguió a los amigos del anterior gobernador e hizo un nuevo repartimiento, surgiendo dos bandos; la oposición, dirigida por Pasamonte y favorecida por Fonseca y Conchillos logró que se limitara la autoridad de Colón en 1511, con el nombramiento de tres jueces de apelación, que fueron el origen de la primera Audiencia de América creada por don Fernando por real provisión de 5 de octubre: Aillón, Marcelo de Villalobos y Juan Ortiz de Matienzo, su jurisdicción se extendía a todas las Indias.

En 1510 llegaron los dominicos y entre ellos fray Pedro de Córdoba y fray Antonio de Montesinos, quien en 1511 comenzó la campaña contra la servidumbre del indio, que provocó polémicas, intrigas y por fin las Leyes de Burgos de 1512, completadas en 1513, que moderaban el trabajo del indio, les daban tiempo para sus cultivos, ordenaban se les pagara un salario y se les tratara bien, pero que en la práctica resultaron estériles, continuando la real esclavitud y la progresiva desaparición del indio, sustituido por una creciente importación de negros. Rodrigo de Alburquerque, con Pasamonte, llevó a cabo otro repartimiento (1514) y Pasamonte hizo adjudicar numerosos indios en encomienda al rey, Fonseca, Conchillos y otros altos personajes y las autoridades de la isla, en perjuicio de los antiguos colonos. Comprendió el repartimiento 32.000 indios de ellos 22.344 de servicio o útilesiglo Víctima de choques con los otros funcionarios y de reprensiones del rey, regresó Colón a España en 1515.

Era cuando Las Casas comenzaba su enérgica campaña contra la encomienda y la esclavitud del indio y consiguió del regente Cisneros el envío de tres religiosos jerónimos (1516-1518), como comisarios para la cuestión india, yendo al mismo tiempo el licenciado Alonso de Zuazo como juez de residencia. Pero todos ellos fracasaron ante la oposición de los colonos y aunque se llegó a fundar algún pueblo de indios libres, la viruela diezmó el resto de la población indígena; Cisneros, por otra parte, mantuvo la encomienda, por creerla conveniente para la conversión.

Los Jerónimos, por tanto, mantuvieron las encomiendas, quitándolas a algunos ausentes, recomendaron que los repartimientos fueran perpetuos y que se importasen negros. Es de advertir que en abril de 1517 se celebró en Santo Domingo una asamblea de representantes de los colonos, con predominio de los enemigos de Diego Colón, para deliberar sobre los asuntos de la isla y enviar un procurador a España, que fue Aillón, se pidió el restablecimiento de la Audiencia, libertad de comercio, amonedación del oro, licencia para llevar negros e indios esclavos de las Lucayas y Tierra Firme y que no se concediesen indios encomendados a ausentes. Zuazo no envió las alista hasta 1519 y la Corte se indignó, considerando ilegal tal reunión.

En 1518 se hizo cargo del gobierno Rodrigo de Figueroa, que intentó nuevos pueblos de indios con los encomendados al rey y los quitados a algunos personajes, pero siguió la encomienda, pues los colonos no creían poder pasarse sin el trabajo indio obligatorio. El indio no estaba acostumbrado al trabajo duro y continuo ni, por la fertilidad del suelo, al trabajo previsor para sí y que excediese de sus inmediatas necesidades, por lo que tampoco tenía interés en trabajar en los pueblos libres (aunque sometidos a un administrador). Figueroa, hombre codicioso, persiguió a Zuazo, odioso por su rectitud.

En 1520 llegó de nuevo Diego Colón como gobernador, siendo llamado definitivamente a España en 1523; en 1519 comenzó la larga sublevación india de Enriquillo; en 1522 había estallado una insurrección de negros, cuyo número había aumentado al compás de la desaparición del indio; Zuazo y el mismo Las Casas habían recomendado su importación como remedio para el indio, aunque el segundo se arrepintió más tarde.

Al comenzar el reinado de Carlos V aumentó la trata en grandes proporciones, concediéndosele el monopolio en 1518 a Jorge de Portugal y luego al flamenco Lorenzo de Gorrevod, con derecho a llevar 4.000, que vendió a unos genoveses. Extinguida la raza indígena, quedaría poblada la isla por criollos —con mestizaje— y negros.

Los siglos XVI y XVII

Santo Domingo había sido el centro de las Indias y de la isla habían partido las expediciones de exploración y conquista al resto de las Antillas, a Florida y a la costa de Venezuela, atractiva por las perlas y los esclavos. Pero pronto le suplantó Cuba en este papel, pues de aquí surgió Descubrimiento y Conquista de México y de otras regiones americanas; a su vez las nuevas tierras continentales atrajeron con sus riquezas y masas indias, más resistentes, a los conquistadores y pobladores, y La Española perdió el papel preeminente de sus primeros años.

La Audiencia mantuvo su papel preponderante durante más tiempo y en 1526 Carlos V la ascendió a Chancillería de Sello Real, dándole ordenanzas nuevas dos años después. Su jurisdicción se extendía a todo lo que se iba sometiendo: las Antillas, Castilla del Oro, Nueva España, Veragua, la América Central, Santa Marta, Venezuela. Pero pronto la fundación de nuevas Audiencias, le mermó territorios, y así perdió su jurisdicción sobre Nueva España, A. Central, Perú y Nueva Granada, según se crearon las Audiencias de México, Panamá, Santa Fe y Lima, quedando reducida a las Antillas, Florida y Venezuela. En cambio la sede de Santo Domingo fue erigida en archiepiscopal, siendo su primer arzobispo Alonso de Fuenmayor (1546), sucesor del obispo y presidente de la Audiencia Sebastián Ramírez de Fuenleal. Fue considerada honorificamente la sede dominicana como primada de América y de ella eran sufragáneas las sedes de Puerto Rico a Santiago de Cuba, Coro, Cartagena, Santa Marta, Trujillo y Cumaná.

Durante muchos años estuvo sublevado el cacique Enriquillo, último caudillo de los indios, a causa de un agravio, y por lograr la libertad de su raza; las gestiones de Las Casas y otros lograron por fin su sumisión en buenas condiciones en 1533.

Los derechos de Colón en virtud de las capitulaciones de Santa Fe, quedaron al final extinguidos por el acuerdo de sus descendientes con el Estado en 1536; entre las indemnizaciones figuraban algunos derechos en Santo Domingo y más tarde, entre ellos, el ducado de la Vega. Los restos del Almirante habían sido llevados a la isla en 1536 y sepultados en el presbiterio de la catedral.

La isla decayó, la encomienda, que allí había surgido, desapareció por falta de indios y quedó aquella en un lugar secundario y poco atendida. Pero no dejó de atraer codicias extranjeras y así fue rechazado un ataque de Drake en 1586. Pero desde comienzos del siglo XVII los bucaneros no se contentaron con el contrabando o la explotación del ganado, sino que hicieron establecimientos permanentes como el de la isla de la Tortuga y acabaron por dominar toda la parte occidental colocándose luego bajo la soberanía francesa, lo que daría origen a la fundación de la colonia francesa de Saint Domingue (Haití), a pesar de los esfuerzos por evitarlo. Entre ellos figura la batalla de la Limonada en 1621, siendo derrotados los franceses y de nuevo en 1654 por Juan Francisco de Montemayor; en 1663 el presidente Pedro de Carvajal recuperó Samaná y echó a los franceses del Oeste, pero en vano. No tuvieron éxito intentos franceses de ocupar toda la isla, como en 1691, siendo vencidos en la batalla de la Sabana Real.

La paz de Ryswick en 1697 reconoció la posesión por parte de Francia del Occidente de la isla, aunque en forma implícita, quedando dividida definitivamente en dos par tes, española y francesa, que seguirían rumbos distintos. Los ingleses también intentaron apoderarse de Santo Domingo y la expedición de Penn y Venables atacó la capital en 1655, siendo rechazada, pero conquistó Jamaica.

La prosperidad de la primera mitad del siglo XVI pasó pronto aunque a fines de él se seguía cultivando y exportando azúcar, palo brasil, cañafístola, zarzaparrilla y sobre todo cueros por la gran extensión del ganado. Pero, para evitar el contrabando, se ordenó evacuar las ciudades costeras del Norte y retirarse los vecinos al interior (1606), y así desaparecieron Bayahá, la Yaguana, Montecristi y Puerto de Plata, refundidas en Monte de Plata, vacío que sirvió para fomentar la colonización pirata dicha. El monopolio acabó por reducir el comercio al de México y aun tardíamente. Las epidemias disminuyeron enormemente la población, en especial la negra, como en la de 1666. Las familias de clases superiores emigraban a otros países hispanoamericanos.

En cuanto a la cultura, Ovando hizo construir el hospital de San Nicolás, cuya iglesia es de estilo isabelino; el convento de San Francisco y la Torre del Homenaje o fortaleza; luego se construyeron el alcázar de Diego Colón, el convento de los dominicos, la iglesia mudéjar de Santiago de la Vega, y la catedral, de estilo gótico, con planos de compañeros del maestro de la de Sevilla Alonso Rodríguez, impulsada por el obispo Geraldini y consagrada en 1541, habiendo intervenido en las obras el arquitecto montañés Rodrigo Gil de Liendo, que le dio monumentalidad. Liendo construyó también el acueducto y las murallas de la capital. Otras iglesias góticas se alzaron aún y otras renacentistas, como el convento de la Merced.

La primera escuela se fundó en el convento franciscano en 1505 por fray Hernán Suárez. En 1538 el convento de los dominicos parece que recibió el privilegio de Universidad, con el título de Santo Tomás de Aquino, pero aunque nominalmente es la más antigua de América, no llegó a funcionar como tal entonces. El rico vecino Hernando de Gorjón ofreció bienes para un centro de enseñanza superior en 1537, no creándose el colegio de Santiago de Gorjón y de la Paz hasta 1558, concedido después a los jesuitas, quienes consiguieron que fuera elevado a universidad en 1748, resultando dos a pesar de la escasez de alumnos. Fuenleal había fundado otro colegio que sirvió de base al de Gorjón.

No hubo figuras destacadas en la literatura, aunque en la isla residieron Fernández de Oviedo, Las Casas, Eugenio de Salazar, y en el siglo XVII Tirso de Molina (1616-1618).

El siglo XVIII

Continuó en la primera mitad del siglo XVIII la situación de pobreza y despoblación anterior, en contraste con la creciente prosperidad de la parte francesa de la isla. No estaba delimitada la frontera y así ocurrían con frecuencia conflictos, destrucción de establecimientos franceses en terreno español, incursiones, intentos de ocupación francesa de la capital en 1706. En 1770 se llevó a cabo un acuerdo, ratificado en 1771, por la que los gobernadores respectivos se atendrían en la delimitación fronteriza a los acuerdos de los comandantes de la línea; por fin, en 1776 se celebró un tratado de límites entre José Solano, presidente de la Audiencia y capitán general de la parte española, y el gobernador de la francesa, conde d'Ennery, efectuándose el acuerdo definitivo en 1777 en Aranjuez y en el terreno, en San Miguel de la Atalaya; era la realización de tratados previos de 1763 a 1773 en Europa; el definitivo, entre Floridablanca y Ossun.

En la segunda mitad del s. resurgió Santo Domingo y conoció cierta prosperidad, estimulada por el libre comercio. Se exportaba ganado a la zona francesa, lo que fue la principal causa de su resurgimiento. Se abrieron algunos puertos, se reedificó Puerto Plata (1736); se fundaron nuevas poblaciones, como Monte Christi (1751), Samaná, en su excelente puerto (1756); Sabana la Mar (1760), Dejabón (1771), San Rafael de la Angostura (1761), San José de los Llanos y San Pedro de Macoris (1779).

La población se dice que era sólo de 6.000 habitantes en 1737, pero hacia 1785 había subido a más de 100.000, probablemente 125.000, de ellos unos 12.000 ó 14.000 esclavos negros; había habido bastante inmigración canaria. Escasos los mestizos, la población era criolla, negra y mulata. La capital tendría unos 25.000 habitantes, con su término. Las producciones eran caña de azúcar, café, añil, tabaco, cacao, caoba, aunque se exportaba poco, salvo esta madera y el tabaco, y desde luego el ganado vacuno y los cueros, cuya explotación a la parte francesa había promovido la prosperidad de este s. .

Del siglo XVIII quedan dos buenas descripciones de Santo Domingo, la del eclesiástico dominicano Antonio Sánchez Valverde (1729?-1790) Idea del valor de la Isla Es pañola, Madrid, 1785; ed. moderna. s. D., 1947 y la del francés Moreau de Saint-Méry Description topographique et politique de la patrie espagnole de l'isle Saint-Dominique, Filadelfia, 1796; trad. española, s. D., 1944. La vida era de nivel pobre, pero suficientes los medios; poco desarrollada la economía;

EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. N-Z, pág. 602-608.

La revolución haitiana y la ocupación francesa

Muy decaída la más antigua colonia española en América durante el siglo XVII, se recuperó algo durante el XVIII, por la inmigración, el libre comercio y la fundación de nuevas poblaciones; pero contrastaba con la prosperidad de la parte francesa de la isla (Saint-Domingue), que era una de las colonias más ricas que existían, pero con hondo desequilibrio social, por estar formada por una minoría de blancos y una gran masa de esclavos negros, sometidos a duro trato; en Santo Domingo predominaba la población libre, y el negro estaba mejor tratado. La Revolución francesa repercutió en la parte francesa, adoptando muchos criollos los principios revolucionarios, pero sin estar dispuestos a la emancipación de los esclavos, ni a admitir igualdad con los mulatos, que asimismo se hallaban en una situación inferior, y que también adoptaron las doctrinas de la Revolución, lógicamente favorables a sus reivindicaciones.

Se formó una Asamblea general, que excluyó a los hombres de color, mientras los blancos se dividían en republicanos y realistas. La Asamblea Nacional francesa reconoció a los mulatos los derechos de ciudadanos, pero les fueron retirados por presión de los blancos. Se sublevaron los mulatos, mandados por Vincent Ogé (1791), que, habiéndose refugiado en la parte española, fue entregado a los franceses y ejecutado, lo cual provocó una insurrección de negros, dirigidos por Boukman, Bissou y Jean François, y empezó una feroz guerra de exterminio de carácter social y racial, complicada, desde 1793, con otra internacional, al estallar la guerra entre la República Francesa y España e Inglaterra; estas ayudaron a los monárquicos y a los negros contra los criollos republicanos; los mulatos excluidos de derechos, se unieron a los negros y reinó un completo caos. España pensó en la recuperación de la parte francesa y el gobernador Joaquín García Moreno pidió auxilios a Cuba y México; Aristizábal sorprendió Port Dauphin y Bayajá, pero se fracasó por la inercia de García Moreno y la defección de Louverture.

En 1793, el comisario de la Convención, Sonthonnax, abolió la esclavitud. A raíz de la ejecución de Luis XVI, varios jefes negros se pasaron a Santo Domingo, entre ellos Biassou y Toussaint Louverture, y fueron admitidos como oficiales del ejército español y tomaron parte en las campañas contra Francia, llevando a ellas rasgos de crueldad y exterminio, como ocurrió en la toma de Bayajá; pero al ver la actitud favorable de la República, volvieron a su servicio (1794), y Louverture, que pronto fue el jefe indiscutible de la zona francesa, expulsó a los españoles de ella.

En 1795, por la paz de Basilea, cedió España su parte de la isla a Francia, aunque la cesión efectiva tardó algunos años, durante los cuales fueron llevados a La Habana los restos de Colón; se ordenó el traslado de la Audiencia en 1799 a Puerto Príncipe (Camagüey), y muchos habitantes emigraron a Cuba, originando algunas conocidas familias criollas. También huyeron algunos jefes negros Biassou, Jean François enemigos de Louverture y que seguían en territorio español, pero no se les admitió en Cuba, para que no propagasen la rebelión. Louverture, jefe militar de la isla desde 1797, por nombramiento del Gobierno francés, emancipaba a sus hermanos de raza y se iba aniquilando el elemento blanco, actuando en la práctica de modo completamente independiente.

En 1798 consiguió la retirada de las tropas inglesas; en 1800 ocupó la parte española, aunque en nombre de Francia, y se apoderó de la capital, 26 de enero de 1801, con su ejército de negros, poniendo fin al mando del último gobernador, Joaquín García Moreno, que había llevado la guerra anterior, y a cuyas órdenes había estado el caudillo negro. Convocó una asamblea a la que asistieron cinco españoles, la cual proclamó la autonomía de la isla el 1 de julio de 1801. Louverture era, no obstante su origen, un hombre inteligente, y que hubiera querido constituir una nación con las tres razas, aunque bajo la hegemonía de los de color, Louverture dejó a su hermano Paul en el mando de Santo Domingo.

Napoleón decidió poner fin a la situación de Haití y someter a los negros, enviando en 1802, un ejército a las órdenes de su cuñado Leclerc, que ocupó la ciudad de Santo Domingo y Kerversau reconquistó la parte española, capturándose luego a Louverture; pero el clima diezmó a su ejército, pereció el mismo, y, en 1803, su sucesor Rochambeau (hijo del que participó en la Independencia de los Estados Unidos) tuvo que capitular ante los ingleses. Sostuvieron la lucha los caudillos negros Jean Jacques Dessalines y Henri Christophe, que proclamaron la total Independencia de la isla con el viejo nombre indio de Haití, en 19 de enero de 1804, siendo el segundo país americano que se hizo independiente. Sin embargo, continuaron ocupando los franceses la ciudad de Santo Domingo, y el gobernador Ferrand resistió dos invasiones negras, en 1804 y 1805, de modo que la antigua parte española siguió en poder de Francia, pero en plena decadencia, por la cuantiosa emigración y la extinción de las clases elevadas.

La recuperación española y la proclamación de la Independencia

Al comenzar la guerra de la Independencia española, los emigrados dominicanos pensaron libertar Santo Domingo de la dominación francesa y reintegrarlo a España, llevando a cabo la empresa el grupo refugiado en Puerto Rico, dirigido por el oficial dominicano Juan Sánchez Ramírez, huido por conspirar contra los franceses, desembarcó en 1808 y cundió rápidamente la sublevación, siendo nombrado brigadier aquel jefe, que recibió plenos poderes del gobernador de Puerto Rico, Toribio Montes (que lo fue de Quito). Derrotó en Palo Hincado (noviembre, 1808) a Ferrand, que murió en la batalla.

Coordinó Sánchez Ramírez los esfuerzos, formó un ejército y fue ayudado por la escuadra inglesa. Los franceses se defendieron en la capital, donde sostuvieron un duro sitio, dirigidos por Du Barquier hasta que capitularon, el 8 de julio de 1809. Sánchez Ramírez murió a poco. La antigua parte española fue reincorporada a España, sin oposición de los haitianos, divididos entonces, y el tratado de París (1814) confirmó la devolución. El país se encontraba arruinado, aunque regresaron muchos emigrados y se gozó de tranquilidad, llamándose a este periodo la España boba. La revolución por la independencia de la América española repercutió también en Santo Domingo, y se conspiró en 1820, siendo gobernador Pascual del Real.

El teniente general José Núñez de Cáceres (1772-1846) proclamó la independencia de Haití español, el 30 de noviembre de 1821, aunque no contaba con demasiados partidarios, entre otros motivos por el temor a los haitianos. En efecto, la independencia no fue viable entonces. Para evitar el ataque negro, se declaró unido Santo Domingo a la Colombia de Bolívar, que en uno de los momentos culminantes de la emancipación, no pudo hacer nada por socorrerlo. A las nueve semanas, ocurrió la invasión haitiana, y el presidente Boyer se apoderó de la capital, el 9 de febrero de 1822, sin que se atreviera Francia a conceder el auxilio que se le pidió.

La anexión de Haití

Fue anexionado Santo Domingo a Haití; se abolió la esclavitud, imponiendo a los negros emancipados que abandonaran las casas y los amos, se persiguió a los blancos, procurando despojarles de sus propiedades y se trató de fomentar la colonización negra, incluso con negros procedentes de los Estados Unidos. Haití tuvo que pagar por su reconocimiento una cuantiosa indemnización a Francia, por las confiscaciones hechas, y esa deuda pesó también onerosamente sobre Santo Domingo.

El sentimiento nacional dominicano era enemigo del yugo haitiano, inferior, además, en cultura, y en 1843 estalló la lucha por la independencia, dirigida por Juan Pablo Duarte (1813-1876) y Francisco del Rosario Sánchez. Habían preparado la insurrección las sociedades La Trinitaria y La Filantrópica. Duarte había ayudado a derribar al presidente Boyer en 1843, pero se enfrentó con su sucesor Rimiere Hérard, que ante un triunfo electoral dominicano, depuso a los elegidos y persiguió a los patriotas. El 27 de febrero de 1844 capituló la guarnición haitiana de la capital; se proclamó la independencia y se formó una Junta provisional que llamó a Duarte en el destierro, y el país se unió a los libertadores. La invasión de Hérard fue rechazada, en Azúa por Santana, con devastaciones en su retirada.

Triunfó la independencia en 1844 y se constituyó la República Dominicana, cuyo primer presidente fue el conservador Pedro Santana, que triunfó sobre Duarte, proclamado a su vez presidente por los liberales en el Cibao. España reconoció su independencia en 1855 (tratado que firmó Rafael M. Baralt ), tras haber rehusado aceptar el protectorado que se le ofreció (1854).

EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. N-Z, pág. 608-610.

La primera etapa independiente

La República Dominicana no gozaría de paz en su vida independiente: continuas revoluciones, cambio vertiginoso de presidentes, dictaduras, desorden, instituciones puramente nominales, escaso desarrollo económico, harían de la antigua Santo Domingo uno de los países americanos más alejados de la estabilidad y de la paz interna. Además durante mucho tiempo pesaría sobre la República la amenaza de Haití, pues este no se resignaba a la pérdida de la parte oriental de la isla, y ello causaría una constante aspiración a un protectorado de otra potencia. Por otro lado, la situación estratégica de la Dominicana la convertirían en objeto de otras ambiciones extranjeras.

Santana dio la primera constitución (6-XI 1844); ante el peligro haitiano buscó la protección de Francia o de España, sin resultado, aunque ofreció Samaná la primera. Gobernó dictatorialmente y quiso tener paz con Haití, manteniendo la abolición de la esclavitud y respetando a los proletarios haitianos, sin lograrlo. Sobrevino una invasión haitiana en 1845 de nuevo, que sufrió una gran derrota en la Sabana de la Estrelleta (17-XI) y al año siguiente se consiguió el reconocimiento por parte de algunos países.

Renunció Santana en 1848 ante la grave crisis económica ocupando la presidencia el incapaz Manuel Jiménez, y se sucedieron las invasiones haitianas, una que capturó al inepto general Alcántara; otra de Soulouque, que hizo correr grave peligro a la Dominicana, y que fue derrotado por Santana en el paso de las Cerreras (IV-1849) e incendió Azúa en su retirada. Buenaventura Báez, elegido presidente por indicación de Santana y con un programa progresista (1849), pidió auxilio a las potencias extranjeras, sin evitar otra invasión de Soulouque, siendo de nuevo derrotado en Neiba y acordándose una tregua por mediación franco-inglesa.

Volvió Santana a la presidencia en 1853, amplió el período presidencial y creó la vicepresidencia. Aprovechando la Guerra de Crimea invadió de nuevo Soulouque la República Dominicana con tres ejércitos (1855), siendo derrotado en la Sabana de Santomé, el Cambronal y en una nueva tentativa, en Sabana Larga. Las victorias eran fruto de la capacidad de Santana. De nuevo fue presidente Báez en 1856, derribado pronto por Santana. La crisis económica era profunda y la hacienda, arruinada.

La reincorporación a España

El desorden, la anarquía y las continuas guerras civiles, con la falta de estabilidad política, ocasionaron que un grupo de dominicanos pensara asegurar la paz, colocándose de nuevo bajo la soberanía española. Ya se había hecho una gestión en este sentido en 1843 cerca del gobernador de Cuba. En 1857, Santana, era el nuevo presidente, intentó realizar la reincorporación, obsesionado, además, por el peligro haitiano, y envió un delegado con ese objeto. En 1860 escribió a Isabel II pidiéndole la anexión y asegurando que una parte considerable del pueblo la deseaba. Gobernaba entonces O'Donnell, muy partidario de desarrollar una política internacional activa y hasta imperialista. Apoyaba la anexión Serrano, capitán general de Cuba a la sazón. Santana logró que se votara la reincorporación, que tenía muchos enemigos, y se proclamó por el acta de 18 de marzo de 1861, en que se renunciaba la soberanía en la reina de España, y que fue aceptada por Real Orden de 19 de mayo de 1861, obligado el Gobierno español por la iniciativa dominicana.

No se opusieron con fuerza los Estados Unidos, enfrascados en la guerra de Secesión. La incorporación resultó desgraciada y origen de una agotadora guerra, sin que España ni Santo Domingo hallaran las ventajas buscadas. Muchos enemigos de la anexión se refugiaron en Haití y otros países y promovieron continuas sublevaciones. Desde Haití efectuaron una invasión José M.a Cabral y Buenaventura Báez, que fueron derrotados. Sánchez cayó prisionero y fue fusilado (1861). Otro jefe insurrecto importante fue Gregorio Luperón, Santana había sido nombrado gobernador y capitán general por España, hasta 1862, habiéndosele concedido el título de marqués de las Cerreras.

Una nueva sublevación estalló en 1863, en tiempo del capitán general Felipe Rivero, proclamando la República José Cabrera y Benito Monción (16-VIII), y ya no cesó la guerra; tomaron los insurgentes Puerto Plata, Santiago de la Vega y Azúa, cometiendo fuertes excesos y manifestándose gran odio a España. José Salcedo formó un Gobierno independiente. Realizaron campañas Rivero, Carlos de Vargas, Santana (que murió en 1864) y José de la Gándara, último capitán general (1864-65), que escribió el relato de la ocupación y de la guerra.

A comienzos de 1864, atacaron los independientes la capital, rechazándolos Alfau, que recobró San Cristóbal, sede del gobierno de aquellos. Una gran expedición española tomó Monte Christi, en el Norte, sin conseguir el resultado previsto, que era cortar las comunicaciones de los insurgentes con el exterior, siendo ineficaz el bloqueo. También se recuperó Puerto Plata, pero la insurrección no terminaba. Entabladas negociaciones con Salcedo, que estaba dispuesto a capitular, fue asesinado, sucediéndole Gaspar Polanco.

Narváez se mostró decidido a abandonar Santo Domingo, convertido en un fuerte desgaste para España, viendo la falta de unanimidad y espontaneidad en la anexión que habían hecho creer sus partidarios y que la guerra era de conquista, contra la norma adoptada por España. La opinión del gobierno era adversa a la conservación de la isla, y la guerra se mantenía solo por pundonor. Se oponía la reina al abandono, pero Narváez impuso su criterio, y se ordenó a Gándara la suspensión de las operaciones y la concentración de las tropas españolas. Aprobaron las Cortes la evacuación (1-V-1865) y llegó la orden en 28 de mayo de 1865.

Se negoció con el gobierno dominicano un acuerdo (6-VI-1865) por el que se reconocía que debía la independencia a la generosidad de España, y se pactaba respeto a sus partidarios, una indemnización, y que no se enajenaría el país o parte de él sin permiso de España, tratado que anularon luego los independientes. La capital fue evacuada el 11 de julio de 1865. El nuevo presidente era Cabral. Probablemente la ventaja buscada por los fautores de la incorporación —la defensa contra Haití— se hubiera logrado por otro procedimiento, que hubiese mantenido la independencia más o menos nominalmente, y que evitase a España una aventura ruinosa y estéril, en la que se actuó inhábilmente. Hasta 1875 no se reanudaron las relaciones entre España y la República Dominicana.

La restauración de la independencia y el tránsito al siglo XX

Durante la guerra contra España se habían sucedido varios presidentes insurrectos; en 1865 una convención eligió a Pedro A. Pimentel, pronto sustituido por Báez y una Asamblea Nacional en 1866 dio otra constitución y eligió a Cabral (1866-1868), que intentó reanudar las relaciones con España, firmó un tratado de comercio con los Estados Unidos e hizo gestiones para arrendarles Samaná. Derribado por Báez, dio este otra constitución y contrató un empréstito en Inglaterra que causó la inflación.

La propuesta anexión a los Estados Unidos fue rechazada afortunadamente por el Senado norteamericano, pero Báez les arrendó la bahía de Samaná. Caído en 1873, su sucesor Ignacio M. González anuló el arriendo y convocó otra asamblea y hubo otra constitución. Durante varios años hubo un desfile algo vertiginoso de presidentes, González, Báez, Luperón, entre otros, incluso un eclesiástico, el padre Meriño, en el nuevo período bienal (1880-1882). En 1877 el prelado italiano Roque Cocchia anunció haber descubierto los restos de Colón, que no habrían sido llevados a La Habana por tanto, y el hecho provocó polémicas y la duda que subsiste sobre los verdaderos restos.

De 1889 a 1899 ejerció el mando el dictador general Ulises Heureaux, el negro Lili, que ya había sido presidente en 1882 -1884 y 1887-1889. Su arbitrariedad y actos de tiranía acarrearon su asesinato. Como remedio a la mala situación había intentado una vez más el protectorado norteamericano. A su muerte se fueron sucediendo varios presidentes, pero también creció enormemente la deuda extranjera y el temor de los Estados Unidos a que sirviera de pretexto a intervenciones de otros países.

Desde 1888 las aduanas estaban intervenidas por los acreedores extranjeros, Juan Isidro Jiménez (1899-1902) quiso reorganizar la Hacienda, suprimió los impuestos a las exportaciones y los agentes extranjeros en las aduanas, e intentó un acuerdo con los acreedores, consiguiéndolo más fácilmente de los europeos. En 1907 un acuerdo con los Estados Unidos les concedió el derecho de administrar las aduanas como garantía y a cambio de asumir la deuda, dedicando el 45 por 100 de los ingresos al gobierno y el resto a la amortización, lo que colocó al país en situación colonial, pero mejoró la hacienda y se rebajó la deuda, a lo que contribuyó un empréstito de 20.000.000 de dólares con ese objeto y fomentar las obras públicas. El presidente norteamericano Th. Roosevelt, que firmó tal acuerdo, anunció que no podrían las naciones europeas cobrar por la fuerza sus deudas en América.

El firmante dominicano era el general Ramón Cáceres, el matador de Heureaux, que gobernó de 1906 a 1911 dio otra constitución, procuró gobernar bien y cayó también asesinado. Entre sus sucesores figuró el arzobispo de la capital Mons, Adolfo A. Nouel, designado interinamente y para buscar imparcialidad (1912-1913).

La ocupación norteamericana

No obstante siguió el desorden político y la rápida sucesión de jefes de Estado. Una comisión norteamericana presentó un proyecto de gobierno provisional que restableciera la tranquilidad y un acuerdo de varios partidos eligió a Ramón Báez (1914) y definitivamente a Juan Isidro Jiménez, derribado en 1916. Se desenvolvía entonces la primera Guerra Mundial y los Estados Unidos deseaban seguridad en el Caribe, aparte de que atravesaban una etapa expansionista. Ya se había ocupado Haití y en ese año el almirante Caperton desembarcó en la Dominicana (15-IV). Wilson, el presidente yanki, pidió la entrega de la hacienda y del ejército a los norteamericanos. Se negó el nuevo presidente Francisco Henríquez y Carvajal, y la ocupación se hizo total, por el capitán de navío Knapp, suprimiéndose todo gobierno nacional.

La ocupación norteamericana duró hasta 1922 con un gobierno militar; mejoró la Hacienda, restableció el orden y fomentó las obras públicas, pero anuló las libertades y reprimió severamente toda rebeldía. El presidente Harding puso fin a la ocupación en 1922, mediante un acuerdo firmado en Washington el 30 de junio con una representación de los diversos partidos. Sin embargo, continuó la intervención de la Hacienda. Sé procedió a elegir un presidente provisional, Juan Vicini Burgos, que tomó posesión el 21 de octubre del mismo año. En 1923 hubo elecciones para la nueva cámara y que ratificase el tratado. Pero no se evacuaron del todo las tropas hasta 1924. En este año entró el nuevo presidente general Horacio Vásquez, que hizo redactar una nueva constitución, que establecía la vicepresidencia, la abolición de la pena de muerte, prohibía la reelección inmediata e introducía el sufragio universal; luego se alargó al período presidencial a cuatro años. Cayó Vásquez en 1930.

La Era de Trujillo y la posterior

En 1930 fue elegido presidente Rafael Leónidas Trujillo, que gobernó por sí o por mandatarios suyos hasta 1961 (1930-1938 y 1942-1952), con el intermedio de Jacinto Peynado (1938-1940) y Manuel J. Troncoso (1940-1942) y la sucesión nominal de su hermano Héctor Trujillo (1952-1960). Trujillo gobernó de un modo radicalmente autoritario y arbitrario, como si la nación fuera una propiedad suya; anuló toda oposición e impuso unas normas de adulación que culminaron en el cambio de nombre de la capital por el de Ciudad Trujillo, recuperando su vieja denominación a su muerte.

Por otra parte hizo progresar el país, hubo mejoras económicas y culturales, acabó por un acuerdo con los Estados Unidos con el organismo que seguía interviniendo las aduanas; fundó un Banco de Reservas; se liquidó la deuda exterior, combatió el analfabetismo, se construyeron vías de comunicación, dio el voto a la mujer y hubo una etapa de paz y de estabilidad. Pero su régimen tuvo muchos enemigos, empezando por los desterrados y fugitivos, que mantuvieron una constante agitación contra él, y desde 1947 realizaron varias tentativas para derribarlo desde fuera. No faltaron conflictos con Haití.

Trujillo era, además, generalísimo del ejército y las cámaras le otorgaron el poder de declarar la guerra, lo que fue interpretado como una amenaza contra los países que se le mostraban hostiles, especialmente Costa Rica, Cuba y Venezuela, por lo que recibió una advertencia de la Organización de Estados Americanos (1950) y aseguró que actuaría dentro del sistema pacíficamente y renunció a aquellos poderes. La Legión del Caribe formada por aventureros y exiliados amenazó de nuevo a Trujillo con ayuda de Guatemala y por tres veces efectuó intentos de destruir su régimen. El triunfo de las tendencias democráticas en la posguerra fueron creando un ambiente cada vez más difícil para Trujillo. La reunión de ministros de Relaciones Exteriores americanos de Santiago de Chile condenó los regímenes dictatoriales (1959) y en 1960 la reunión de San José de Costa Rica recomendó sanciones contra la Dominicana mientras durara el régimen de Trujillo.

Coincidían estos ataques con el triunfo del castrismo en Cuba. Dejó Trujillo la presidencia a Joaquín Balaguer y en 30 de mayo de 1961 fue asesinado. Hubo que dar marcha atrás y la familia del dictador, enormemente enriquecida tuvo que abandonar el país. La agitación no fue entonces excesiva, pero Balaguer no pudo sostenerse y fue objeto de un pronunciamiento del general Rodríguez Echevarría, que no fue reconocido y ambos hubieron de dejar la presidencia a Rafael Bonelly. A fines de 1962 las primeras elecciones presidenciales dieron el triunfo a Juan Bosch, de tendencia izquierdista, por lo que fue derribado en septiembre de 1963, haciéndose cargo del poder una junta militar, hasta que en abril de 1965 estalló un movimiento en favor de Bosch, hundiéndose el país en la guerra civil.

Ante lo ocurrido en Cuba, los Estados Unidos desembarcaron fuerzas para restablecer el orden e impedir el triunfo de los extremistas; pero esta acción provocó tantas críticas y oposición, que el asunto fue encomendado a la O.E.A., que se hizo cargo del envío de fuerzas y logró en agosto un acuerdo entre los partidos rivales para el nombramiento de un presidente provisional, Héctor García Godoy, realizándose nuevas elecciones en mayo de 1966, saliendo elegido de nuevo Balaguer.

Aunque parece que hubo imprenta en el siglo XVIII, en realidad no funcionó regularmente hasta 1821 y después de la independencia no apareció el primer periódico en el mismo año. Varios escritores de otros países eran de familia dominicana, como Domingo del Monte, los Foxá, el poeta Heredia. En la isla vivió Hostos desarrollando su labor educativa. Figuras destacadas han sido el novelista Manuel de Jesús Galván, el poeta Gastón F. Deligne, Salomé Ureña de Henríquez, Federico Henríquez y Carvajal, y los ilustres críticos y literatos Max. y Pedro Henríquez Ureña, familia que ha honrado durante un s. la cultura dominicana. Fabio Fiallo, Tulio M. Cestero, los historiadores Antonio del Monte y Tejada, Héctor Inchaustegui y Emilio Rodríguez Demorizi.

EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. N-Z, pág. 610-613.