El Virreinato del Perú

El virreinato del Perú se crea en 1543 para encargar a una máxima autoridad política el cumplimiento en le Perú de las Leyes nuevas. El elegido para primer virrey es don Blasco Núñez de Vela, que llega a Lima en 1544 y, por su poco tacto provoca la tercera guerra civil, en la que muere, en la batalla de Añaquito, derrotado por Gonzalo Pizarro. Le sucede el gobernador don Pedro de la Gasca (1546-1550), hasta que una vez pacificado por este el Perú, después de cinco guerras civiles, entra en franco periodo de organización, con el segundo virrey, primero de hecho, que fue don Antonio de Mendoza (1551-1552)

La jurisdicción de este virreinato comprendía todos los territorios conquistados en América del Sur, menos la gobernación de Caracas, que se reservaba aún al virreinato de Nueva España, aunque por poco tiempo. Por su mayor extensión y por la mayor dificultad de su gobierno, se consideró este virreinato más importante que el de Nueva España, con mayor asignación económica al virrey; por eso fueron ascendidos a virreyes del Perú nuevos virreyes de Nueva España, comenzando por el primer virrey de la Indias, don Antonio de Mendoza, que ya viejo, pasa de Méjico a Lima.

Este virreinato se compuso, en su mayor tiempo, a fines del XVI, todo el XVII y comienzo del XVIII, de todos los territorios de América del Sur, divididos en capitanías generales y gobiernos; como las Capitanías generales de Chile y de Venezuela y las Audiencias de Panamá, Santa Fe de Bogotá, Quito, Chascas y las gobernaciones de Tucumán, Buenos Aires y de la Asunción.

En 1717 se creó el virreinato de Nueva Granada, de vida efímera, pues se suprimió en 1723, aunque se restableció definitivamente en 1739. Al crearse este nuevo virreinato se agregaron de el de Perú los territorios de Venezuela, Nueva Granada y Quito; pues, al principio, Panamá, por razón de ser centro de las comunicaciones del Perú, quedó aislada, pero dependiendo de este virreinato. En 1739 pasó ya al de Nueva Granada.

Al crearse en 1776, el cuarto y último virreinato, el del Río de la Plata, el del Perú fue desglosado de los territorios de la Audiencia de la Charcas y las gobernaciones de Tucumán, La Asunción y Buenos Aires, y se segregó también de la Capitanía General de Chile, dependiente del Perú, el corregimiento de Cuyo. Así quedó reducido a la mínima expresión, casi a la que hoy constituyen los territorios de las repúblicas de Perú y de Chile, la jurisdicción del mayor virreinato de Indias. En 1782 se dividió el Perú en intendencias y en 1786 se le agregó la de Puno, perteneciente antes a Charcas.

El organizador del gran virreinato del Perú fue don Francisco de Toledo. A él se debió su organización política y administrativa y las bases del establecimiento de las Audiencias, gobernaciones y corregimientos, y en los impuestos y servicios; así como a Santo Toribio de Mongrovejo se debe la organización eclesiástica del virreinato. La Audiencia de Lima fue creada en 1542, y fue la única en el actual territorio peruano hasta 1787, en que se erigió la de Cuzco. Al final de la época colonial del arzobispado de Lima dependían diez obispados, cuatro de ellos en el Perú actual.

Del Perú salen bajo los primeros virreyes, las expediciones y auxilios que han de lograr la conquista, el poblamiento de españoles y la colonización de Chile, el Tucumán, Cuyo, Charcas y Quito e, incluso, las exploraciones de Oceanía.

Por su parte los misioneros, en una pacientísima y heroica labor de dos siglos, logran reducir y convertir a los indios de la Amazonía occidental, inaccesible para los incas y atravesada tan solo por los conquistadores, incorporándola al virreinato y repartida hoy entre las repúblicas andinas. En los valles y el altiplano esta conquista espiritual es más intensa al enseñar a los indios ya cristianizados a leer y escribir el español y, en ocasiones, hasta el latín, pero difundiendo el quechua más que bajo los incas.

Las cuestiones y problemas que más preocuparon a sus virreyes fueron: las esporádicas sublevaciones de los indios, a cuyo frente siempre había algún príncipe de sangre real, como los tres Tupac, Sayri Tupac y Tupac Amaru en el siglo XVII y el segundo Tupac Amaru en el siglo XVIII; o algún aventurero o falso inca, como el español Bohórquez, y los ataques inesperados de los piratas que, pasando el estrecho de Magallanes, asolaban los puertos de Chile, el Perú, Guayaquil, Panamá y hasta Acapulco, y atravesaban el Pacífico hasta Manila. Más azotada era aún por los piratas la costa atlántica del Darién y Tierra Firme, por eso rivalizaban los virreyes en fortificar puertos y ciudades marítimas.

No solo las sublevaciones y reclamaciones turbaban el ánimo de los virreyes, sino las luchas intestinas entre los españoles, sobre todo los bandos de Potosí; los rozamientos entre el virrey y los oidores y altos dignatarios eclesiásticos por cuestiones de mera etiqueta o protocolo, o por mantener las regalías y derechos del patronato real; la persecución del contrabando; las disensiones entre el clero secular y el regular y, aun dentro de este y de cada convento, los bandos y parcialidades entre criollos y peninsulares; las quejas de los indios por los abusos de los encomenderos; las de los comerciantes por los gravámenes; las de los mineros por falta de indios mitayos, etc.

La naturaleza, por su parte, con terremotos (ciclones que destruyeron Lima en 1687 y 1746), pestes y hambres azotaba con frecuencia las extensas regiones de esta jurisdicción.

Rosemblat calcula la población del Perú, hacia 1570, en 1.585.000 habitantes (1.500.000 indios, 94,6%; 25.000 blancos, 1,5%; 60.000 castas, 3,7%). Hacia 1650, en 1.600.000 (1.400.000 indios, 87%; 70.000 blancos, 4,3%; 40.000 mestizos, 2,5%; 90.000 negros y mulatos, 5,5%). El censo de 1791 por el virrey Gil de Taboada dio más de 1.300.000 seres, calculándose en 800.000 indios, 61%; 200.000 blancos, 15%; 300.000 mestizos, 23%; 80.000 negros y castas. En 1825 había 1.400.000 habitantes. Se advierte que tendió la población más bien a disminuir durante la época colonial.

En los primeros tiempos del virreinato decayó notablemente la agricultura tradicional por diversas causas: por la disminución de la población indígena, debida principalmente a los estragos que las nuevas enfermedades produjeron en ella; por las guerras civiles y las rebeliones de los incas; por el cambio en el régimen de la tierra y por la huida de muchos indios a sitios alejados de los concurridos por los españoles, para vivir conforme a sus hábitos y costumbres. A pesar de esto, fue poco a poco introduciéndose el cultivo de nuevas plantas, y cada conquistador procuraba sembrar y plantar en sus tierras repartidas o encomendadas las plantas que le recordaban su lejana patria: trigo, vides, olivos, frutales.

Así se estableció una especie de competición por introducir y cultivar plantas españolas, y así fueron estas encontrando poco a poco, a fuerza de fracasos, el clima adecuado a cada una; pero como en toda América fue la ganadería la que más fácil se desarrolló, a pesar de que el Perú fue el único país que tuvo ganadería indígena, con la llama y la alpaca; pero este género únicamente podía competir con la oveja y la cabra. En cambio, la ganadería mayor para el transporte y los trabajos duros fue en seguida utilizada, pues la llama podía llevar muy poca carga y no podía ser montada. El empleo de la mula facilitó el transporte de los minerales y la explotación de las minas.

La industria de la minería fue la que más rápidamente y con mayor intensidad se esparció por el país, protegida por los virreyes y a favor de la servidumbre de los indios, la mita, que, a pesar de varios intentos de supresión (como en 1720), perduró principalmente en Potosí, hasta el fin de la época colonial.

Las minas más apreciadas fueron las de plata y además de las minas famosas de Potosí y Pasco, las hubo en Chiclayo, Chuquisaca, que por eso se llamó también La Plata, Oruro, Puno, Pomabamba, etc. De la de Potosí se llegaron a extraer en 1602 hasta 4.270 quintales de plata. Notables fueron también las minas de azogue de Azogues, cerca de Guayaquil, y, sobre todo, la de Huancavélica, que produjeron todo el mercurio necesario para el beneficio de la plata, sin tener que llevarlo de los Almadenes de España.

También se explotaron minas de cobre en Pasco, Ica, Tarma, Pomabamba; de hierro, en Puno; de plomo en Cajamarca, Santa Rosa y Cochabamba, y después del descubrimento del platino en el siglo XVIII, las de Potosí de este metal. Los telares de fibras indígenas —algodón y lana de llama y de alpaca— y de fibras europeas —lana de oveja, lino y rara vez seda— fueron otra de las industrias coloniales.

El comercio del virreinato del Perú se resintió de los males comunes a todo el comercio de Indias: de los costoso e inseguro de los transportes por mar y por tierra, de los ataques de corsarios y piratas, del contrabando que por todos los medios hacían los traficantes extranjeros y los nacionales, del monopolio de ciertos puertos, de las concesiones privilegiadas, etc.

La especial disposición geográfica de este virreinato obligó primero al comercio a seguir el camino de las conquistas y de la colonización; atravesando el istmo desde Portobelo y en Panamá, cargando otra vez los barcos hasta Guayaquil, Callao, Valparaíso y de estos puertos irradiar después al centro del virreinato, incluso a las tierras últimamente colonizadas de Tucumán, Río de la Plata y Paraguay.

Esta corriente se contrarresta en cuanto los Puertos de Buenos Aires y La Asunción cobran incremento en el siglo XVIII, irradiando de ellos hacia Charcas, cuya provincia drena la corriente comercial de estos puertos: aunque otro nuevo camino comienza a usarse para evitar los trasbordos, desembarques y embarques, y la larga travesía por tierra: el del estrecho de Magallanes. El rápido desarrollo de Buenos Aires, a partir especialmente del libre comercio, fue en detrimento del monopolio mercantil limeño.

La creación de consulados de Comercio, de Lima en 1594, aprobándose sus ordenanzas en 1627 y luego la evolución de la legislación hacia una mayor libertad logró fomentar la riqueza durante el siglo XVIII.

Para completar esta visión sintética del virreinato del Perú falta resumir su vida cultural.

En 1551 se funda la Universidad de Lima que luego habría de tomar el nombre del evangelista San Marcos; reorganizada por Toledo en 1571, abrió sus clases en 1577. En 1598, la de San Antonio Abad, del Cuzco —no confirmada con tal carácter hasta 1692—, y en 1599, en esta misma ciudad, se funda un colegio para los hijos de los caciques. También hubo una pequeña universidad en Huamanga (1680). En Arequipa, Trujillo, Pasto y Huancavélica se crean colegios de estudios superiores, además de los mayores y menores anejos a las dos universidades peruanas y, sobre todo, la de Lima, con sus treinta tres cátedras, fue tan importante como la de México.

La primera imprenta la establecen los jesuitas como en otros sitios de América; en el Perú, en 1584; en Chile, en 1749 (aunque no se conoce ningún impreso hasta 1776), y en Quito, en 1760.

El virreinato del Perú fue la más culta de las colonias españolas de Sudamérica, y en ella sobresalieron en Letras, en Arte y en Ciencias, no solo españoles y criollos, sino indios y mestizos.

Ejemplo elocuente del nivel al que llegó la enseñanza es el nombre de los indios y mestizos que sobresalieron en las letras y en las Artes, como el Inca Garcilaso, Huaman Poma Ayala, Juan de Espinosa Medrano, el Lunarejo, Tito Cusi Yupanqui, Santa Cruz Pachacutí, Blas Valera, y españoles y criollos, como Juan del Valle y Caviedes, Antonio de León Piñelo, Calancha, Cárdenas, Alesio, Peralta Barnuevo, Carvajal y Robles, Avalos y Figueroa, la poetisa anónima Amarilis, Diego de Ojeda, Diego Mexía de Fernangil, Fernando de Valverde, Allosa, fray Juan Meléndez, Concolorcorvo, Pablo de Olavide, y en el aspecto científico, Alonso Barban y el matemático Francisco Ruiz Lozano, sin olvidar la figura de Santa Rosa de Lima.

El lujo en templos y palacios, el derroche en fiestas y recepciones, hizo de Lima un centro refinado y culto, estimulado por algunos virreyes como el príncipe de Esquilache, Castelldosrius y Amat, que hicieron de su palacio academias literarias.

TUDELA DE LA ORDEN, José, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. N-Z, págs. 242-245.