Independencia del Perú

De José Tudela de la Orden

El tiempo de José Fernando Abascal

Ofrece de peculiar la época de la emancipación en el Perú, el hecho de que durante gran parte de ella fue este país el foco de la resistencia española en Sudamérica; donde repercutió aquella más tarde e igualmente donde se aplazó más su consumación. Se debió tal peculiaridad a estar regido por un virrey verdaderamente excepcional y dotado de férrea energía y grandes condiciones de mando y de gobernante: José Fernando de Abascal, desde 1806; y por otro lado, a que la alta sociedad y burguesía criollas, aunque deseosas en parte de la independencia, temían el estallido de la gran masa india, como había ocurrido ya en tiempo de Tupac-Amaru, y que se convirtiera la lucha en social y de razas; además de que había en ellas muchos elementos adictos a la monarquía, o a la conservación del orden jerárquico y aristocrático virreinal.

Cuando, tardíamente y por impulsos exteriores, se sumó el Perú al movimiento general emancipador, la tarea fue realizada por los criollos, como elemento directivo, y no por los indios, como años atrás, al rebelarlos Tupac-Amaru; el indio formó la masa de los ejércitos que durante muchos años sostuvieron la soberanía española. También existía otro precedente: la frustrada conjura de Gabriel de Aguilar en 1805, para restaurar el imperio inca.

Era el Perú a comienzos del siglo XIX uno de los países más próspero, ricos y cultos de América; en su intelectualidad había personalidades inclinadas en el fondo a la separación, como Hipólito Unanue y José de Barquíjano Carrillo, conde de Vista Florida († 1818), que cultivaban el amor a la tierra natal; fuera del país habían profesado abiertamente ideas separatistas los peruanos Juan Pablo Vizcardo y Guzmán, jesuita de los expulsos, que había lanzado una ardiente proclama divulgada por Miranda; Pablo de Olavide, que durante su refugio en Francia entró en los manejos del Precursor; Juan Egaña en Chile, y fray Melchor de Talamantes, en México.

Abascal fue uno de los más relevantes secuaces del Despotismo Ilustrado, y dedicó sus esfuerzos a las mejoras sociales, materiales y culturales y a atraerse, por la adhesión y la gratitud, a los diversos estamentos sociales, en especial a los criollos, para contener la revolución que preveía. Además de su celo reformista, consagró parte capital de su actividad a poner en defensa el Perú contra futuras eventualidades; previó ya en caso de guerra, la evacuación de Lima, muy expuesta a un ataque marítimo y la continuación de la resistencia en las montañas, plan seguido más tarde.

Organizó un ejército de más de 8.000 hombres de las tres armas, milicianos la mayoría; le ayudó Joaquín de Pezuela, subinspector de Artillería, llegado en 1805, que reorganizó esta arma; se construyeron cuarteles, talleres y fundiciones, que proveyeron de cañones y municiones al Perú y otros países sudamericanos durante las guerras de la Independencia. Abascal estaba atento constantemente a los sucesos exteriores, y así observó el ataque inglés a Buenos Aires, dispuesto a enviar socorros.

Cuando se enteró de la proclamación de Fernando VII obró hábilmente para comprometer a la sociedad peruana y evitar repercusiones que adivinaba peligrosas para España; prescindió de las órdenes contrarias de Carlos IV y de las abdicaciones de Bayona, y precipitó la jura de Fernando el 13-X-1808, asesorado por el Real Acuerdo y otra junta de autoridades, que hicieron siempre su voluntad, y en las que se apoyó aparentemente.

Temía Abascal que el cambio de dinastía, si se aceptaba la nueva, sirviera de pretexto para la sublevación, y por lo mismo se negó a la formación de juntas y a las pretensiones inglesas y portuguesas y a las de Carlota Joaquina. Para enviar dinero a España y sostener sus propios ejércitos y campañas recaudó por todos los procedimientos cantidades enormes, sobre todo, del comercio, exprimiendo el país.

En 1809, al sobrevenir los primeros movimientos autonomistas en Quito y Charcas, se convirtió en el campeón de la autoridad española, e intervino en aquellos territorios aunque no dependían de su jurisdicción, y en adelante mantuvo constantemente tal actitud. Arredondo y Goyeneche aplastaron tales primeros chispazos, y cuando rebrotó la insurrección en Quito sostuvo la resistencia hasta que logró vencerla, por medio de Toribio Montes, su nuevo presidente.

También intentó oponerse a la revolución argentina; quiso apoyar a Liniers, Vicente Nieto, presidente de Charcas, y Francisco de Paula Sanz, impidiéndoselo la ejecución de ambos. ; declaró al Alto Perú unido de nuevo a su virreinato, y allí mantuvo la guerra varios años contra las invasiones argentinas, rechazándolas con fortuna con sus tropas y por medio de Goyeneche y Pezuela.

La invasión de Perú a través de Charcas acabó por resultar imposible para los argentinos, como lo demostraron las derrotas de Guaqui, Vilcapugio, Ayohuma y Sipe-Sipe. Pero también fracasaron los ejércitos peruanos de Abascal en territorio argentino, contenidas sucesivamente en las batallas de Tucumán y Salta y por los gauchos de Güemes y por la agitación y espíritu insurgente de Charcas.

En el Perú se esforzó en seguir atrayéndose a sus habitantes y en que no se rompiera la concordia entre ellos y los peninsulares, creando nuevas unidades con miembros de ambos pueblos y otorgando ascensos y grados a los americanos. Así se formaron en sus ejércitos casi todos los futuros jefes independientes, como el marqués de Torre-Tagle, José de la Mar, Andrés Santa Cruz, Agustín Gamarra y Ramón Castilla. No faltaron conspiraciones y rebeldías en el Perú, pero tuvo la fortuna de yugularlas todas o de vencerlas sin grandes dificultades, pues el ejemplo del resto de América era cada vez más irresistible.

De este modo fracasaron —complicados con altos personajes— los hermanos Silva (1809); Unanue, que conspiró con varios profesores y médicos; Ramón Eduardo Anchóriz (1810); Francisco Antonio de Zela, que se sublevó en Tacna en 1811 para apoyar el avance argentino, y que cayó prisionero, muriendo deportado en Chagres (Panamá); Juan José Crespo, sublevado en Huánuco (1812), vencido en puente de Ambo y que fue condenado a muerte; Enrique Paillardelle, en Tacna, vencido y muerte por el intendente José Gabriel Moscoso; con discreción anuló otras conjuras, como las del padre Segundo Antonio de Carrión, con quien estaba complicado José de la Riva-Agüero; la del colegio de San Carlos, fomentada por su rector, el canónigo Toribio Rodríguez de Mendoza, foco de propaganda de doctrinas revolucionarias y liberales, y la sospechosa actitud del famoso jurista José de Baquijano Carrillo, en especial a raíz de los festejos con motivo de su nombramiento de consejero de Estado en España, que se querían aprovechar para capturar al virrey (1812). Con prudencia y tolerancia quería evitar Abascal el estallido revolucionario y no irritar los ánimos.

La implantación del régimen constitucional y de la libertad de prensa permitió abiertamente la propaganda y los ataques a Abascal, coreados incluso en las Cortes de Cádiz, sin que se le defendiera; sin embargo, se le concedió en 1812 la gran cruz de Carlos III y el marquesado de la Concordia. También fue abolida la Inquisición de Lima (1813). Contenidas las sublevaciones de Quito y Charcas, pudo dedicarse Abascal a Chile, a donde envió a Gabino Gaínza y Antonio Pareja; rechazó el tratado de Lircay y logró que Mariano Osorio acabara en la batalla de Rancagua con el primer gobierno chileno (1814).

Al mismo tiempo estalló la primera insurrección peruana seria, en el Cuzco, fomentada por los prisioneros y agentes argentinos. En 1813 se sublevaron los hermanos Angulo y fueron apresados, reprimiéndolos el anciano brigadier indio Mateo García Pumacagua, que treinta años antes tuvo una eficaz intervención en la derrota de Tupac Amaru; pero en 3-VIII-1814 se sublevó a su vez Pumacagua y formó una junta, presidida por José Angulo, que tomó la ofensiva; José Piñelo y el cura Ildefonso Muñecas sublevaron Puno, y apoyados por los indios tomaron la Paz, de donde fueron echados a poco por Juan Ramírez; otra hueste ocupó Huamanga, pero fue derrotada en Huamanguilla y Huanta, aquí por Vicente González, que hizo un gran degüello de rebeldes, pereciendo Mariano Angulo (2 y 3-X-1814).

Ramírez recobró Puno, donde fusiló a Manuel Villagra, auditor de Muñecas. Pumacagua y Vicente Angulo vencieron en Apacheta (9-XI.1814) y tomaron Arequipa, fusilando en Cuzco al mariscal de campo Francisco Picoaga y a Moscoso; Ramírez recuperó Arequipa, mientras González avanzaba en guerra a sangre y fuego, sin dar cuartel, venciendo en Matará y Cuesta del Inca. En Humachirí, Ramírez derrotó a Pumacagua y José Angulo, aplastando la insurrección (11-III-1815): Pumacagua fue ejecutado en Sicuaní y también el poeta Mariano Melgar, su auditor; Ramírez entró en Cuzco el 25-III y fusiló a más jefes, entre ellos a los Angulo y Gabriel Béjar; también fue muerto Muñecas.

El clero de la comarca, e incluso el obispo, José Pérez Armendáriz, habían favorecido la rebelión. La derrota fue facilitada por la inacción argentina ante el anuncio del envío de la expedición de Morillo, que se creyó se dirigiría al Río de la Plata. De esta fueron destacadas algunas unidades, que reforzaron el ejército del Perú. Entre sus oficiales figuraba Espartero y un grupo muy notorio, más tarde, en el partido progresista español.

El tiempo de Pezuela y de La Serna

En 1816 fue sustituido Abascal por Pezuela, después de haber contenido con energía la insurrección durante seis años y haberla combatido con éxito en el Alto Perú, en Chile, en Nueva Granada y en Quito y contra los argentinos. Su retiro fue un duro golpe para la causa española, pues eran insustituibles su energía e inteligencia. José de la Serna ejercía el mando militar en el Alto Perú; era liberal y le rodeaban oficiales liberales, mientras que Pezuela y los suyos eran partidarios del absolutismo; ello y la divergencia de opiniones sobre el plan de operaciones ocasionaron disensiones entre ambos, y La Serna pidió el relevo.

La situación cambió desfavorablemente para España bajo Pezuela, pues San Martín invadió Chile y lo separó (1817-1818); la pérdida de Nueva Granada (1819) hizo perder definitivamente al Perú la situación hegemónica ejercida hasta entonces y quedó expuesto a un ataque de los independientes. Ante los fracasos argentinos en el Ato Perú había concebido San Martín el plan de atacar el foco realista peruano por mar, desde Chile, y sus victorias en Chacabuco y Maipú le permitían realizarlo, con la ayuda de Chile, mediante su alianza, y el favor de O´Higgins, una vez que reorganizó su ejército y formó una escuadra, mandada por Blanco Encalada y luego por lord Crochane.

Asegurado de que la expedición española al Río de la Plata no saldría ya, a consecuencia de la sublevación de Riego, y a pesar de la opinión adversa del Gobierno argentino, emprendió la invasión del Perú, con su escuadra de 23 buques y un ejército de 4.500 hombres, con armamento para reclutar otro en aquel país, precedida por activa propaganda. Partió la expedición el 20-VIII-1820 de Valparaíso y desembarcó en Paracas, cerca de Pisco, el 8 de septiembre, desde donde lanzó manifiestos incitativos a la independencia.

Pezuela promulgó la constitución de 1812 e invitó a San Martín a unas conferencias, que se verificaron en Miraflores, cerca de Lima, entre sus mutuos representantes, el conde de Villar de Fuentes, Unanue y Dionisio Capaz, por parte del virrey, y Juan García del Río y Tomás Guido por la de San Martín , sin llegarse a un acuerdo, por exigir los segundos la independencia peruana, y solo se consiguió un breve armisticio, que utilizó San Martín para preparar su planes y estudiar la situación.

No era esta mala para el virrey, por contar aún con un numeroso ejército (unos 15.000 hombres entre el Perú y Charcas) y bastantes partidarios en la población, aunque percibía el recelo de muchos elementos frente a los cambios ocurridos en España y la inclinación de muchas masas —de color— a la emancipación; pero estaba aislado de España, incierto y con La Serna en actitud de indisciplina.

Buena parte de la población temía los cambios y se hallaba en actitud dubitativa. Muchos partidarios de la independencia se unieron a San Martín , quien viendo que en el Sur los grandes propietarios temían la libertad de los esclavos, se trasladó al Norte, donde halló ambiente más propicio, y procuró organizar guerrillas por todo el territorio.

En Ica se proclamó la independencia el 20-X. Cochrane logró capturar la fragata Esmeralda en El Callao, y San Martín dejó al general Juan Antonio Álvarez de Arenales en el Sur, para revolucionar el interior, y se trasladó a Huacho, sublevándose el intendente de Trujillo José Bernardo Tagle, marqués de Torre-Tagle (XII-1820), haciendo a San Martín dueño de parte del país, corriéndose el movimiento por el Norte. Arenales se internó en la sierra en una audaz marcha, derrotó a O´Reilly en el Cerro de Pasco (6-XII) y propagó la insurrección, desertando muchas fuerzas realistas. En Huaura dio San Martín un Reglamento provisional (12-II-1821), especie de constitución interina, limitando la esclavitud, y convirtió su base en foco de agitación política más que militar.

Descontentos de la incertidumbre y pasividad de Pezuela y de sus ideas absolutistas, el grupo de oficiales liberales adictos a La Serna depuso al virrey por un pronunciamiento en Aznapuquio el 29-I-1821. La Serna se hizo cargo del virreinato, en el que le confirmó el gobierno español, y decidió continuar la lucha, alentado por sus jefes, célebres por formar luego en España el grupo liberal de los Ayacuchos, afecto a Espartero: José de Canterac, Jerónimo Valdés, José Ramón Rodil, Andrés García Camba, Antonio Seoane, Valentín Ferraz, etc.

Llegó entonces el comisionado español Manuel Abreu para entablar negociaciones con los independientes, y La Serna las inició con San Martín en Punchauca el 4-V-1821, rematadas por una entrevista entre ambos jefes (2-VI), en la que propuso San Martín la independencia del Perú, constituyéndose en monarquía con un rey español, que él mismo gestionaría en España, quedando La Serna de regente y al mando de ambos ejércitos y se ampliaría dicha monarquía al Alto Perú; quería realizar San Martín su ideal de fundar una Monarquía en América que contuviera la anarquía y desunión, y poner fin a la guerra, evitando su prolongación por un tratado honroso para España, asegurando al mismo tiempo la independencia sudamericana. Al fin rehusó La Serna, ofreciendo una solución indecisa y dejando la definitiva al Gobierno español.

San Martín proclama la independencia

Rotas las negociaciones, se confió a la lucha el resultado final, y viéndose en situación difícil, evacuó el virrey lima, donde entró San Martín el 12-VII-1821, convocó una junta de notables y el 28 proclamó solemnemente la independencia. San Martín tomó el título de protector (2-VIII), asumiendo todos los poderes, promulgó el Estatuto provisional de 8-X-1821, organizó un Ministerio con García del Río, Unanue y Bernardo Monteagudo, que había venido con él (1787-1825), y un Consejo de Estado, emprendiendo una serie de reformas, de tipo social y cultural, pero sin innovaciones demasiado violentas.

La forma de gobierno quedaba incierta, pues San Martín aspiraba a una Monarquía y no quería romper bruscamente con el pasado, consiguiendo así que la mayoría de la aristocracia se agrupara en torno suyo. A su pensamiento respondió el envío de dos delegados, García del Río y Diego Paroissien, a Europa, para conseguir un príncipe europeo, ya no español (enero 1822), quienes realizaron gestiones en Inglaterra y con Francia hasta 1825, en que las suspendió Bolívar, sin resultado en ese sentido.

Legisló San Martín en tono reformista y conservador a un tiempo, manumitiendo a los hijos de esclavos, aboliendo el tributo de los indios, estableciendo garantías jurídicas, reformando la enseñanza, mientras reconocía los títulos nobiliarios y creaba la Orden del Sol

Su ministro Monteagudo, en cambio, realizó una sañuda persecución de los españoles y expulsó y arruinó a la mayoría, dejando por sus arbitrariedades y violencias ingrato recuerdo, al punto de ser expulsado del país en 1822. Con la ocupación de Lima, San Martín no concluía la emancipación, sino la empezaba solamente. Gran parte del Perú estaba ocupado por los realistas, que disponían de un ejército de más de 15.000 hombres, y prolongaron la lucha cuatro años más.

El Callao seguía en poder de los realistas y hacia allí efectuó un avance Canterac para socorrerlo, pero se retiró, por la dificultad de mantenerse, y La Mar, comandante de aquel puerto, lo entregó a San Martín el 19-IX-1821. De marzo a julio de este año Cochrane y Miller llevaron a cabo la campaña de los Puertos intermedios, apoderándose de toda la costa al sur de El Callao, y Arenales realizó una segunda campaña en la Sierra, se abril a julio, en la que tomó Pasco, Huancayo, Tarma y el valle de Jauja, pero no recibiendo refuerzos volvió a Lima.

Para socorrer Guayaquil, sublevado contra España, y con el objetivo de asegurar su anexión al Perú, envió San Martín tropas mandadas por Santa Cruz, que se había pasado a los insurgentes. En 1822 la situación del Perú independiente no era nada brillante. San Martín observaba mucha inacción y no se había adelantado demasiado en la emancipación, pues estaba intacto el ejército realista en el interior. Monteagudo causaba descontento por su terror; Cochrane rompió con San Martín y se ausentó, convirtiéndose en enemigo suyo; Canterac derrotó al ex realista Domingo Tristán en Ica (7-IV), sorprendiéndolo después de una marcha de sesenta leguas. Al mismo tiempo Bolívar emancipaba Quito y se apoderaba de Guayaquil. San Martín , decidido probablemente a renunciar, se entrevistó con Bolívar en la famosa y discutida entrevista de Guayaquil, en la que halló a su rival y colega opuesto a sus proyectos monárquicos e irreductible en la cuestión de Guayaquil, que ya había unido a Colombia.

A su regreso reunió el Congreso, el 20-IX-1822 —convocado ya en XII-1821—, ante el cual dimitió el mismo día de sus cargos irrevocablemente, eliminándose para siempre de la vida pública. Estaba cansado, molesto por las intrigas, fracasado en Guayaquil. Le otorgaron grandes honores y se ausentó inmediatamente, dejando, sin embargo, en el Perú las tropas y personajes argentinos y chilenos que le habían acompañado.

El periodo entre San Martín y Bolívar

Asumió el Gobierno, por iniciativa del presidente del Congreso, Francisco Javier de Luna Pizarro, que aspiraba a dirigirlo en el fondo, una Junta presidida por La Mar (1778-1830), con Manuel Salazar y Baquijano y Felipe Antonio Alvarado, la cual quiso continuar los planes militares de San Martín , pero carecía de autoridad, que se había reservado el Congreso, y así la expedición de Rudecindo Alvarado al Sur fue un fracaso, siendo derrotada por Valdés —que se mostró como un gran general en estas campañas de Torata— y por Valdés y Canterac en Moquegua (19 y 21 de enero de 1823). Las tropas colombianas pidieron su reembarque.

Tales derrotas ocasionaron la caída de la Junta y el nombramiento de un presidente de la República, José de la Riva-Agüero (1783-1858), elegido el 28-II-1823, por imposición del ejército. El régimen republicano había sido acordado en XII-1822; Riva-Agüero reorganizó el ejército y la marina y se creyó luego en condiciones de rematar la campaña. Envió a Santa Cruz a una nueva expedición a los puertos intermedios para conquistar el Alto Perú, que logró entrar en la Paz.

Riva-Agüero pidió auxilios a Bolívar , que envió tropas al mando de Sucre. Aprovechando la ausencia de Santa Cruz, Canterac cayó sobre Lima y la tomó el 18-VI-1823, mientras Riva-Agüero se retiraba con el Congreso a El Callao. pero Lima no era útil estratégicamente, y al mes la evacuó de nuevo Canterac. Los diputados retirados a El Callao depusieron a Rivas-Agüero del mando militar, dado a Sucre, y poco después de la presidencia (23 de junio). Sucre, árbitro de la situación, hizo que se nombrara presidente al marqués de Torre-Tagle (17-VII), que ya lo había sido interinamente durante la visita de San Martín a Guayaquil. Riva-Agüero, que desconoció su deposición y disolvió el Congreso, entró en negociaciones con los realistas, lo que produjo tal irritación que el Congreso le declaró traidor, y por orden de Bolívar el coronel Antonio de la Fuente lo apresó en Trujillo, donde había instalado su precario gobierno, y lo desterró; desde Europa publicó una Exposición sincerándose de las acusaciones.

Tagle convocó de nuevo el Congreso constituyente con parte del anterior, que confirmó su autoridad, dio una Constitución (13-XI-1823) y le eligió presidente legal (18-XI). Al desorden y desunión se unían las derrotas, aunque el almirante Martín Jorge Guisse se apoderó de Arica, importante puerto fortificado realista (7-VI-1823), y Santa Cruz había derrotado en Zepita a Valdés (25-VIII).

La situación, como había previsto San Martín, era crítica para los patriotas, por el desconcierto político y la fuerza que conservaba el ejército realista, único que se sostenía aún en América: La Serna y su brillante elenco de generales habían reclutado nuevas fuerzas y disponían de 9.000 hombres, peruanos en su inmensa mayoría amenazando aún eficazmente el triunfo independiente. No hubo más remedio que llamar a Bolívar , como ya lo preveía desde la entrevista de Guayaquil, lo cual colmaba sus deseos de ser quien coronara la emancipación americana, eliminado San Martín .

Llegó Bolívar a Lima el 1-IX-1823), y el 10 le otorgó el Congreso el supremo mando militar y político; contemporizó con los políticos peruanos al comienzo, iniciando gestiones incluso con Riva-Agüero, que se presentaba como representante del peruanismo frente a las intervenciones de otros países, cuyo campo de batalla era el Perú y que pedía la nulidad del Congreso que le destituyó; expulsado Riva-Agüero, Tagle y el Congreso siguieron entretenidos en el juego político, mientras el peligro aumentaba; Había una fuerte corriente opuesta a la dictadura de Bolívar y a la unión con su Colombia.

Pero las tropas realistas, a comienzos de 1824, amenazaron de nuevo Lima, que hizo evacuar Bolívar , y las tropas argentinas de El Callao se sublevaron, lo que facilitó la entrega de la plaza a los realistas, asumiendo el mando el coronel José María Casariego, que estaba allí preso. El realista Monet ocupó de nuevo Lima, donde una parte de las autoridades republicanas y del Congreso reiteraron su adhesión a España. la capital no fue ocupada definitivamente por Bolívar hasta el 7-XII-1824. Bolívar depuso a Tagle, enemigo suyo ahora y que intentaba la reconciliación con los españoles, y recibió todos los poderes sin limitación (10-II-1824), aunque sin dejar de hacer protestas contra la dictadura. Se suspendió el Congreso, y Bolívar , con el título de Libertador se dispuso a emprender la ofensiva.

La favorable situación de La Serna, que aún tenía 14.000 hombres, más 4.000 en Charcas, empeoró por habérsele sublevado en el Alto Perú el general absolutista Pedro Antonio Olañeta, ante el restablecimiento de la plena autoridad de Fernando VII, apoyado por elementos partidarios de la independencia, y que se proclamó virrey, obligando a La Serna a distraer fuerzas para combatirle.

Una vez organizado el ejército independiente, Bolívar se dirigió contra Canterac, y lo derrotó en la pampa de Junín (6-VIII-1824). Bolívar dejó el mando a Sucre, y en socorro de Canterac acudió La Serna, iniciando una maniobra análoga a la de Bolívar , para cortar la retirada a Sucre. Cuando la situación de Sucre parecía más crítica, la batalla de Ayacucho, decidida por el general José María Córdoba, puso fin a la dominación española en el Perú y en el continente americano (9-XII-1824).

Fueron derrotados 10.000 realistas tan completamente que hubo de firmarse una capitulación, que comprendió a los generales y oficiales peninsulares, que fueron embarcados para España. Pío Tristán quiso continuar la resistencia como último virrey, pero tuvo que acogerse a la capitulación. La prosiguió Olañeta en Charcas hasta 1825, en que pereció, y Sucre, contrariando los deseos de los peruanos y sin consultar la voluntad de Bolívar , permitió la formación de una nación independiente en el Alto Perú con el nombre de Bolivia. Varios historiadores peruanos creen que Bolívar tenía interés en ello, para evitar un Perú fuerte al lado de Colombia.

Solamente se empeño en sostener la causa española José Ramón Rodil en El Callao, que se negó a rendirse y mantuvo un duro sitio, aunque Bolívar declaró fuera de la ley a los defensores, hasta el 22-I-1826, en que capituló, último lugar de la América independiente en que se sostuvo la causa española. Allí murió Tagle (1825), vuelto al campo realista. Aún siguieron peleando por el rey los indios iquichanos con guerrillas y bandolerismo, hasta tomar Ayacucho a fines de 1827, siendo después destruidos.

Bolívar conservó la presidencia del Perú, junto con la de Colombia, hasta 1827, en que Santa Cruz separó el Perú de la unión con Colombia en la persona de Bolívar y destituyó a este de la presidencia. Las relaciones entre Perú y España tardaron muchos años en regularizarse y pasaron por etapas agudas, que condujeron a la guerra del Pacífico.

TUDELA DE LA ORDEN, José, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. N-Z, págs. 245-250.