Perú Colonial

De José Tudela de la Orden

Así como la isla Española fue el trampolín del que saltaron las expediciones para descubrir y conquistar Tierra Firme, el Darién, Yucatán, México y la Florida, fue Panamá el punto de partida de los exploradores y conquistas de la América Andina y del Cuzco, luego, el centro del que irradian las expediciones que cruzan todo el continente, marcando las directrices de su total conquista.

De Panamá parte Pascual de Andagoya para la exploración de la costa de Coro, en 1522, en la que tiene las primeras noticias del imperio Birú, y, de no haber caído gravemente enfermo, quizá el lo hubiera descubierto. Así, solo le queda la precaria gloria de ser un precursor. Birú se llamó primero a un cacique de Panamá, o a un río del Oeste de Colombia o del Sur de la actual República panameña. Se llamó pronto Birú o Perú al territorio al Sur de Panamá, en la costa del pacífico, corriéndose el nombre al mediodía, hasta aplicarse exclusivamente al imperio de los incas o Tahuantinsuyo.

La suerte había reservado al capitán don Francisco Pizarro el preciado premio de ser el descubridor del gran imperio del Perú, ganado en la más dura prueba sufrida por los exploradores de América. Después añadiría a este título el más valiosos de ser su conquistador.

El contrato celebrado en Panamá un día del otoño de 1524 entre Luque, como socio capitalista y Pizarro y Almagro, como socios industriales de esta gran empresa, fue en su esencial igual a los concertados para otras conquista americanas, pero no su teatral ratificación, al comulgar los tres contratantes, sacerdote y capitanes con la misma forma, en la misa celebrada para solemnizarlo.

A punto estuvo de quebrar este gran negocio geográfico-histórico. Dos años de infructuosas exploraciones, en contaste lucha con el mar borrascoso, con la tierra inhóspita, el clima tropical y los indios alevosos, gastaron pronto las primeras aportaciones. Cuatro veces tuvo Diego de Almagro que ir a Panamá a reponer barcos, armas, bastimentos y hombres, que la dura empresa devoraba sin esperanza de fruto próximo.

En la isla del Gallo se decide al fin la suerte de esta arriesgada empresa. Allí se hallaba, casi desnudo, maltrecho y hambriento, un pequeño grupo de supervivientes de aquella ingente lucha contra la naturaleza, esperando, una vez más, la llegada de auxilios y refuerzos. Llega al fin, un barco de Panamá mandado por Juan Tafur, que traía estrictas órdenes del nuevo gobernador para recoger las pavesas de aquella terca expedición y darla por terminada.

Mas entonces, de aquellas cenizas humanas se levantó como una llamarada el terco temple y la genial gallardía de Pizarro, y con un gesto heroico, que ha de dejar honda huella en la historia, traza en el suelo una raya con su espada e invita a aquellos fantasmas de hombres a cruzar la línea; el fue el primero en cruzarla; trece valientes le siguen, que llevan en la historia el mote de Los trece de la fama. Es un gesto más gallardo y dramático que el hundimiento de las naves de Cortés. Allí está la nave de Tafur, que llevará a seguro puerto a disfrutar pacífico descanso a los rendidos exploradores; mas allá esta también el averiado barco de Pizarro, dispuesto a continuar el juego de la suerte con aquel puñado de valientes. (Los cronistas no hablan del gesto de Pizarro; para Herrera, fue Tafur quien trazó la raya).

La suerte está echada: unos regresan sin gloria a Panamá y nadie se acuerda de su nombre, y otros guiados por la experta mano del piloto Bartolomé Ruiz, descubren en Túmbez el imperio incaico. Con las preciosas muestras de aquella gran civilización, orfebrería, tejidos, llamas, indios, con la visión de aquellas ciclópeas fortalezas y con las precisas y concretas noticias de aquel gran imperio, regresan a Panamá con Pizarro, ya inmortales, los trece valientes de la isla del Gallo (1527).

Pizarro vuelve a Panamá tres años después de haber salido de aquel puerto y un año más tarde que la nave de Tafur; pero ahora lleva él las preciosas muestras y las precisas noticias de la existencia de un poderosísimo y rico imperio: el de los incas del Perú. La noble ambición y el impulso valiente y generoso habían sido premiados con la suerte. Con sus ricas muestras y valiosos testimonios parte Pizarro para España a presentarle unas y otras al emperador, con quien celebra capitulaciones en Toledo (26-VII-1529).

Regresa Pizarro a Panamá, y de allí (enero-1531) al Perú, para emprender la conquista del Tahuantinsuyo, del gran imperio incaico, de más de cuatro mil kilómetros de extensión, —con 185 soldados y 27 caballos— Adueñado de Túmbez, funda en 1532 San Miguel (Piura), primera ciudad española del Perú. Al pie de la fortaleza de Cajamarca le aguarda el inca Atahualpa rodeado de un poderoso ejército, unos 10.000 hombres. Allí van Hernando de Soto y Hernando Pizarro con un pelotón de jinetes a saludar al Inca de parte de Pizarro y a invitarle a pasar a Cajamarca para ofrecerle el homenaje de su alianza y de su amistad.

Únicamente por un audaz golpe de mano podía Pizarro salvarse. Si no se adelantaba él, el Inca les cazaría en la misma ratonera, para beber después, él y su cohorte, la chicha fermentada en las bóvedas de los cráneos de los españoles. Pizarro tomó la ventaja y se apoderó del Inca. En aquel instante el imperio se hundió, como un enorme cuerpo decapitado (16-IX-1532). La concentración de poder político y de fuerza mágica, mítica, en una sola persona tenía el riesgo de perder con ella su fuerza y su poder; poder y fuerza que recogió Pizarro como un dios, en una lucha de dioses.

Así se explica que la conquista del Perú, por una concurrencia de motivos, fuese una especie de paseo militar, en la que no jugaron tanto como en México las alianzas indígenas.

Tuvo además esta fulminante conquista el recurso espectacular del tesoro de Atahualpa, el único tesoro que por su abundancia, nunca vista, de oro y de plata enriqueció milagrosamente a los soldados españoles, que vieron allí convertido en realidad el sueño de El Dorado. El juego y el despilfarro empobreció enseguida a muchos conquistadores y al mismo emperador con la parte del quinto de la Corona, perdido en el juego político de Europa. Remataron por entonces la conquista del Perú la entrada en el Cuzco (XI-1533) y la fundación de Lima (18-I-1535), destinada a capital por su situación inmediata a la costa, y que, con Jauja y Trujillo (1533-34), fueron las primeras ciudades españolas.

Las consecuencias de la conquista de Pizarro fueron más trascendentales que las de Cortés, ya que, una vez dominado el núcleo puramente peruano, irradiaron de allí las exploraciones y conquistas de todo el continente sudamericano. Belalcázar conquistó el reino de Quito y atravesó de Sur a Norte la actual Colombia hasta Cartagena.

El descubrimiento de Chile, que en penosísima y fracasada expedición hace don Diego de Almagro, es completado por la conquista de Valdivia, cuyas gentes llegan por mar hasta Chiloé; pero perece Valdivia y se pierde lo conquistado, aunque después recupera lo perdido García Hurtado de Mendoza.

La fracasada expedición al Dorado que realiza Gonzalo Pizarro es superada por Orellana que, desgajado de ella, recorre el Gran Río, el Amazonas, hasta el Atlántico, por la parte más ancha del continente sudamericano. Del Cuzco parte la expedición que ha de llegar al Río de la Plata, y de Santiago de Chile las que han de conquistar el Tucumán y Cuyo.

Ninguna conquista en Indias pasó por una prueba tan larga, más de tres años, y por una lucha tan dura con la naturaleza tropical, más que con los indios; pero ninguna tuvo también más rica recompensa: en tesoros materiales, metales preciosos y en mando y poderío.

No solo se domina el Tahuantinsuyo, el imperio más grande de la América indígena, sino que se traspasa su frontera oriental, infranqueable para los incas, la selva virgen, y se extienden los límites de las nuevas conquistas por Norte y Sur, quedando el vasto imperio incaico convertido en uno de los varios reinos que en Sudamérica fundan los conquistadores españoles en menos de veinte años, reinos o virreinatos, audiencias y capitanías, de las que surgieran luego las actuales repúblicas sudamericanas.

Por eso se decía anteriormente que la conquista del Perú es la más fecunda de todas las conquistas hechas por los españoles en América.

TUDELA DE LA ORDEN, José, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. N-Z, págs. 239-241.