Independencia de Paraguay

Dentro del virreinato del Río de la Plata, ofrecía el Paraguay una personalidad muy marcada, que le distinguía del resto. Su aislamiento geográfico, la vida particular que había llevado, la huella impresa sobre la masa india por el régimen jesuítico, su historia con rasgos propios, le daban una fisonomía diferente del núcleo argentino, que le había superado después de haber constituido el Paraguay en los primeros tiempos de la colonización el foco principal en el Plata.

La población era muy valiente, y el elemento criollo poseía de antiguo un fuerte sentido de orgullo, rebeldía, turbulencia y espíritu autonómico, manifestado en la destitución de varios gobernadores y en la larga y tenaz sublevación de loscomuneros paraguayos, imbuida de espíritu democrático. La tendencia criollista se había expresado luchando en aquella coyuntura por lapatria, que era ya la patria paraguaya. Se iba a manifestar, y con más fuerza que en el resto del Plata, la oposición al monopolio comercial de Buenos Aires y a sus propósitos hegemónicos a raíz de la revolución.

Al triunfar, en 1810, la revolución argentina, el nuevo gobierno criollo quiso heredar al virreinato, extendiendo su autoridad sobre todos los países que lo componían, y, por tanto, invitó a las autoridades paraguayas a adherirse a la revolución de Mayo, a reconocer su autoridad y enviar diputados al próximo Congreso. Surgieron tres partidos en el Paraguay ante los acontecimientos: el españolista, reducido, pero influyente, apoyado en el cabildo de La Asunción y el viejo patriciado; elporteñista, partidario de la unión con Buenos Aires e inspirado por Pedro Somellera, y el patriota, partidario de amplia autonomía, con relación a Buenos Aires, pero sin romper con él, y de la separación de España. Dentro de este, un grupo más extremista quería la independencia absoluta.

Era gobernador Bernardo de Velasco, perteneciente al tipo de mandatarios españoles mediocres y sin energía que en 1810 se dejaron arrebatar el poder sin resistencia. Ante la invitación de la Junta de Buenos Aires, convocó Velasco una asamblea general de autoridades y representantes de entidades, villas e intereses (24 de julio de 1810), la cual acordó reconocer a la regencia de España, mantener buenas relaciones con la Junta de Buenos Aires, pero sin admitir su autoridad, y proceder a la defensa por si era atacado el país, reclutándose inmediatamente un ejército para resistir una invasión argentina: el particularismo más extremado se manifestó desde el primer momento.

Asistió a la asamblea el doctor José Gaspar Rodríguez de Francia, que se mostró partidario de la independencia. Buenos Aires se anticipó decretando el bloqueo, por el cierre del río Paraná, a la navegación paraguaya, y enviando una expedición militar mandada por Manuel Belgrano, para extender la revolución y acabar con la resistencia, pero halló, no la del elemento realista, sino la de carácter nacional paraguayo. Pasó el Paraná por Candelaria con 1.500 hombres (XII-1810), y debía apoyarle una escuadra mandada por Azopardo, pero que fue vencida por la española de Jacinto Romarate, Belgrano fue derrotado en el Paraguarí (19-I-1811) por Manuel A. Cavañas y Juan Manuel Gamarra; Velasco huyó, desprestigiándose.

Los agentes de Belgrano fracasaron y sus partidarios nada pudieron hacer, pero su manifiesto y sus intentos declarados de auxilio a la liberación y supresión de cargas e impuestos pesados, influyeron en los espíritus en pro de la emancipación, pero no para unirse al gobierno bonaerense; vencido de nuevo Belgrano en Tacuarí (9-III-1811) logró una capitulación que le otorgó Cavañas, y entabló negociaciones con este y Fulgencio Yegros para extender las ideas revolucionarias rechazadas en los campos de batalla.

Retirado Belgrano, los criollos se entusiasmaron con la victoria debida a ellos y a sus jefes, en especial a Yegros; resurgió el viejo sentimiento comunero y cundió la aversión a la soberanía española. Elío, gobernador de Montevideo y el más enérgico defensor de la causa española en el Plata, envió socorros al Paraguay, con los que se ocupó Corrientes, pero se cometió el error de pedir auxilio al Gobierno portugués radicado en Río de Janeiro y muy dispuesto a prestarlo con sus objetivos imperialistas de siempre en América, por un lado, y por el deseo de la infanta Carlota Joaquina de ser reconocida regente de España o en los países americanos y salvarlos para España y la dinastia.

Pero Portugal, o mejor el Brasil, era odiado en el Paraguay por su política hostil de los siglos anteriores y la destrucción de las misiones, y la llegada de su agente José de Abreu, bien acogido por el cabildo asunceno, foco españolista, para obtener la protección portuguesa y atacar a Buenos Aires, irritó los ánimos y precipitó la revolución, que ya preparaban varios partidarios de la separación, como Somellera, Yegros, Rojas Aranda, gobernador de Corrientes; Cavañas, Yegros, Pedro Juan Cavallero y el doctor Francia.

Estalló la sublevación la noche del 14 de mayo de 1811, por un golpe de mano de Cavallero sobre los centros militares, pero sin lucha apenas por la indecisión de Velasco y el deseo de los insurrectos de contar con él para evitar la reacción de los leales. Capituló Velasco y dejó agregársele dos diputados para el gobierno, Juan Valeriano de Zevallos y el doctor Francia (16-V), alma de la revolución, quien publicó un manifiesto el día 17, en que se reconocía la autoridad de Fernando VII y se afirmaba que no se entregaría la provincia a Buenos Aires ni a otra potencia, pero que se deseaba la confederación con aquel Gobierno bonaerense en plan de igualdad, para la mutua defensa, con la fórmula de la confederación se resolvía hábilmente la cuestión de la autonomía respecto del Río de la Plata, y tampoco quiso Francia romper con Portugal.

Se armó a los independientes y se apresó a los miembros del Cabildo y otros elementos españolistas El 9 de julio fue eliminado Velasco : se apresó a Somellera, y así, el Congreso, abierto el 17 de junio, careció de españoles y de partidarios de Buenos Aires. Se acordó formar una Junta Suprema Gubernativa, presidida por Yegros, con Francia, Cavallero y dos vocales más; se inhabilitó a los peninsulares y se decidió unirse a Buenos Aires y demás provincias platenses y enviar un diputado a su Congreso, pero sin reconocer entre tanto su autoridad ni admitir ninguna resolución constitucional que no ratificase el Paraguay, insistiéndose en la idea vaga de la confederación y en la propia insumisión. Se suprimió el estanco del tabaco, varios impuestos sobre los productos del país y el servicio militar obligatorio y gratuito, Siguió reconociéndose a Fernando VII, no obstante; así, la revolución paraguaya se fundió en el molde de las demás de América, reproduciendo sus principales rasgos.

Francia fue el verdadero jefe de la Junta, de la que se retiró algún tiempo descontento por el militarismo dominante, que repugnaba a su rígido concepto autoritario, jerárquico y civilista. Fracasó una conspiración realista dirigida por José Teodoro Fernández para destituir a la Junta e instaurar la autoridad de Elío; el 6 de septiembre volvió Francia a la Junta, ante la llegada de una misión argentina, a la que impuso un convenio (12-X), que reconocía la independencia del Paraguay respecto a Buenos Aires, su libertad de enviar o no diputados al Congreso del Río de la Plata, y acordaba alianza militar.

No eran estos los propósitos del Gobierno bonaerense, opuesto a la federación, pero necesitado de la alianza paraguaya contra Elío; el Paraguay se desligaba de hecho de toda relación con la Argentina, aunque no se declarara así todavía. Francia, dueño indiscutible de la Junta, dimitió por disensiones con el resto, quedando formada por Yegros, Cavallero y Fernando de la Mora, la cual procuró gobernar sola e introdujo varias reformas, como la supresión del tributo de los indios, ruptura judicial con la Audiencia Buenos Aires y con la Inquisición de Lima y otras de tipo económico y cultural; efectuó preparativos ante el peligro de una invasión portuguesa, aunque rehusó auxiliar a Artigas y a Buenos Aires, para evitarse complicaciones y por la debilidad del país, y rechazó cualquier acuerdo de las Cortes españolas sobre la suerte de América.

Desde su retiro, Francia desenvolvía una política hostil a la Junta, procurando su desprestigio —ayudado por el Cabildo—, hasta tener contacto con los elementos españolistas; y también al Gobierno de Buenos Aires, por su suprema aspiración a la plena independencia paraguaya y al aislamiento del país, mientras que los gobernantes argentinos aún confiaban en incorporarlo al Río de la Plata, para lo cual enviaron un agente, en vano; protestaron contra las negociaciones de la Junta con Montevideo (1812) —replicándoseles con el derecho a ejercer atribuciones soberanas—, y quisieron bloquear el Paraguay, imponiendo fuertes derechos a sus exportaciones.

Los hechos daban la razón a la actitud de Francia y acrecían su popularidad, volviendo a la Junta (16-XI-1812) y exigiendo la jefatura de parte de la fuerza armada; no se enviaron diputados a la Asamblea general del Río de la Plata, la cual, no obstante la tensión, hizo gestiones de avenencia, a las que dio largas Francia. Había pedido este la convocación de un congreso, que se abrió el 30 de septiembre de 1813, con más de 1.000 diputados elegidos por sufragio universal, pero en forma que hubiera predominio del campo sobre la ciudad, fueran excluidos los enemigos de Francia y de la independencia total y se anulara el elemento militar.

Aún confiaba Francia en un régimen federal, pero lo abandonó ante el deseo integrador de Buenos Aires y la anarquía implantada en el Plata, de la que se propuso firmemente apartar a su pueblo. El Congreso rechazó unánimemente la propuesta del delegado argentino Nicolás Herrera de enviar representantes a la Asamblea del Río de la Plata. Renunciaron Francia y Cavallero —Mora había sido echado ya— y se aprobó por aclamación, el 12 de octubre, un reglamento constitucional, que creaba la República del Paraguay, rompiendo definitivamente con España, y asimismo con la Argentina, cuyo gobierno sería ejercido por dos cónsules, que fueron Yegros y Francia, turnándose en la presidencia, y con el mando del ejército por mitad.

No se anuló, sin embargo, la alianza con Buenos Aires, y se prometió auxiliarlo en caso necesario; pero lo que se mantuvo fue una estricta neutralidad en su lucha con España o con Artigas. Se había apoyado Francia en el elemento españolista, al que interesaba toda hostilidad a la Argentina; pero, ya, dictador de hecho, lo persiguió implacablemente, expulsando a muchos españoles y prohibiendo que se casaran con mujeres del país (III-1814). Pronto quedó anulado Yegros, y Francia fue destituyendo a sus adversarios militares, como Cavallero y Gamarra.

El nuevo Congreso, reunido el 3 de octubre de 1814. otorgó la dictadura al doctor Francia, como pidió, con el título deDictador Supremo, por cinco años, que otro Congreso, en 1816 (1-VI). declaró perpetua, y que duró hasta la muerte de Francia, en 1840, tras ejercer una de las más rígidas dictaduras americanas, durante la cual aisló totalmente al Paraguay del mundo exterior; rehusó tenazmente adherirse al Congreso de Tucuman ni a ninguna complicación externa, y gobernó con una autoridad omnímoda y despótica, sin igual apenas, sin más ley que su voluntad, ni más organismo de Estado que él; eliminó al patriciado criollo y aniquiló al elemento español; implantó de hecho una nivelación social, procurando el predominio de la masa popular india, a la que dio, en cambio, prosperidad y paz y alejó de la anarquía y de las guerra civiles que siguieron en las demás naciones hispanoamericanas al triunfo de la independencia.

La masa popular, habituada ya por el régimen aislador y autoritario de las reducciones de la Compañía de Jesús, no hallo demasiada novedad ni opresión en el régimen, implacable, en cambio, con los demás elementos, incluso la Iglesia, el patriciado, la oficialidad, la burguesía y los peninsulares. Perecieron Yegros y Cavallero (1821) y por el terror eliminó toda oposición posible.

En 1823 rechazó unas proposiciones de paz con España y desafió la indignación de Bolívar, que en 1825 soñaba con invadir el Paraguay y derribar al famoso dictador. De manera diferente al resto de América había conquistado la independencia el Paraguay, sin lucha con España, salvo alguna hostilidad fluvial, gracias a su apartamiento geográfico, que le dejó lejos de los campos de batalla, en abierta oposición a la voluntad del Río de la Plata, que no pudo hacer triunfar sus tendencias unificadoras del antiguo virreinato; y con unas características, asimismo, únicas en el Nuevo Mundo. Hubo negociaciones con España en 1846, para obtener el reconocimiento, que no se hizo para no molestar a la Argentina, y no se firmó tratado de paz y amistad y establecimiento de relaciones diplomáticas hasta 1880.

EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. N-Z, pág. 169-172.