Pacheco Osorio, Rodrigo. Marqués de Cerralbo (III). Madrid, s. m. s. XVI – ?, VI.1652. Decimoquinto virrey de la Nueva España (1624-1635).

Fue nombrado con urgencia por Felipe IV como virrey, ante la gravedad de los sucesos producidos en la Ciudad de México, como resultado del enfrentamiento del anterior gobernante, marqués de Gelves, con el Cabildo local y el arzobispo Pérez de la Serna.

Los habitantes de la capital llegaron a quitar de su puesto a la máxima autoridad civil, que tuvo que refugiarse en el Convento franciscano de Tacuba, a las afueras de la traza de esa ciudad.

Con experiencia previa como gobernador y capitán general de Galicia, permaneció Pacheco en su cargo durante más de diez años, aunque ya en 1629 el Consejo de Indias había dispuesto que los virreyes no duraran más de tres años como gobernantes y solo hasta cinco, en casos extremos. Fue considerado un hombre enérgico, capaz de calmar las tensiones del gobernante anterior, pero a la vez prudente. También se supo en el virreinato su amistad con el conde-duque de Olivares, llegándose a conocer el envío que hizo de 100.000 ducados para el famoso valido de Felipe IV y los miembros del Consejo de Indias.

Viajó a México acompañado de su esposa Francisca de la Cueva, sexta hija del duque de Alburquerque y tía del posterior Virrey de México que ostentó ese mismo título (1653-1660).

Recibió dos instrucciones reales: unas públicas, dadas en Madrid el 18 de junio de 1624, integradas por sesenta apartados, en las que se mantenían las líneas generales de esos documentos acerca de administración, burocracia, fomento económico y mayor beneficio de la Corona, así como sobre decadencia del clero, crítica a la falta de espíritu misionero de los religiosos, fomento del Real Patronato y, con respecto a los indígenas, una mezcla de interés por sus lenguas y de impulso del castellano entre ellos, así como el intento de pagarles un salario justo y de cuidarles para que no siguieran descendiendo en número; otras instrucciones secretas, fechadas el 24 de junio de 1624, en igual lugar y emitidas también por Felipe IV, muy cortas, le aconsejaron que actuara prudentemente a su llegada, con el fin de evitar más enfrentamientos, pero afirmando la autoridad real, al restituir provisionalmente en su puesto a su predecesor Gelves.

Tomó posesión el 3 de noviembre de 1624. Ese día hizo su entrada solemne en la Ciudad de México, acompañado por Martín Carrillo de Alderete como visitador y juez, siendo ambos recibidos con falsa alegría popular, que pretendía calmar los posibles castigos después de la actuación de los amotinados contra el virrey anterior. Su primer acto oficial fue reponer en el cargo al marqués de Gelves, solo durante un día, para luego sustituirle. Siguiendo órdenes del Rey, también perdonó a los criollos que habían participado en el motín. Pero estuvo siempre dispuesto a limitar los poderes de la Real Audiencia de México y de los cabildos de las principales ciudades, con el fin de afianzar el cargo de máximo gobernante.

El carácter fuerte, e incluso “muy violento”, según Schäfer, de este virrey se puso de manifiesto en 1629, cuando una Real Cédula de 13 de noviembre de 1628 había estipulado que no se pagaría a estos mandatarios sus sueldos del último año de gobierno hasta que prepararan y presentaran su relación al Monarca. Cerralbo expresó su protesta en una carta de 25 de mayo de 1629, manteniendo que esa fórmula iba en contra de la autoridad virreinal y, en su caso, pidió a Felipe IV que tuviera en él la confianza necesaria y no le suspendiera sus emolumentos antes de cesarle.

También en 1627 actuó con decisión, cuando mandó tomar declaraciones por una falsa recusación que le había planteado el oidor de la Real Audiencia de México Antonio Coello de Portugal, pretendiendo anular ciertos autos promovidos por este virrey en contra suya.

Pero los problemas de su período de gobierno fueron importantes y de tipo muy variado. Uno de ellos se relacionó con la llamada Unión de las Armas, un cuerpo militar defensivo diseñado por Olivares para fortalecer el Imperio español mediante el desarrollo de una armada que debía ser pagada por los Ayuntamientos, y a la que en la Nueva España se denominó “de Barlovento”. Las protestas de los criollos, integrantes mayoritarios de esos gobiernos locales, ante el virrey que les aumentaba el impuesto de las alcabalas, se centraron en aspectos reivindicativos como anular la prohibición de comerciar entre México y Perú, decretada en 1634 y ratificada al año siguiente, un mayor control sobre el puerto de Veracruz y sobre todo la demanda de mano de obra negra, en sustitución de los indígenas, y Cerralbo respondió manipulando el sistema de repartimientos, para dificultar el abastecimiento de mano de obra en las minas y la agricultura. Su decisión inició una lucha por parte de los sectores perjudicados para conseguir que también se implantara el trabajo libre asalariado, en lugar de los repartimientos por su orden. El problema fue mayor debido al descenso de la población autóctona, que limitaba la cantidad de indígenas a distribuir por turnos.

El anterior tema de defensa se vinculaba en concreto con la presencia holandesa en las costas novohispanas. En 1625, una armada de esta nación mandada por Spilberg llegó a Acapulco, en el Pacífico; aunque se pretendió calmar el miedo informando que solo querían víveres y agua antes de proseguir viaje a las Indias Orientales, los habitantes de ese puerto temieron que se rompiera la ruta entre México y Filipinas por parte de la Compañía Holandesa. La realidad del peligro de esta fuerte organización se reflejaría especialmente en la zona caribeña, cuando los holandeses intentaban atacar las armadas que, desde México y Cuba, regresaban a la metrópoli con oro y plata, así como las portuguesas con el azúcar brasileño. En ese ámbito se hizo famoso Piet Heyn, que en 1628 consiguió apoderarse de una flota española que llevaba, solo en dinero, doce millones de pesos, enriqueciendo con ellos a los accionistas de la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales.

Otro tema que venía arrastrándose desde el siglo xvi eran las frecuentes inundaciones de la capital mexicana, y ya en 1626 Cerralbo trató este problema con los integrantes del Cabildo de la Ciudad de México, revisando los proyectos de varios maestros de obras entre los que destacaban Enrico Martínez y Adrián Boot pero las obras se retrasaron hasta 1629, en que el virrey ordenó limpiar el túnel hecho por el primero. Pero se obstruyó la boca de ese conducto y las aguas inundaron México y sus alrededores arrasando a su paso casas y tierras de labranza y llegando a alcanzar el 22 de septiembre, en algunas calles, hasta dos metros de altura. Al mantenerse las aguas crecidas durante cuatro años, los resultados fueron terribles: unos treinta mil muertos, veinte mil familias sin hogar o que abandonaron la ciudad por miedo, yéndose a Puebla de los Ángeles, y los consiguientes problemas comerciales, de comunicaciones, etc., que llevaron a Felipe IV a pensar, en 1631, en hacer una nueva capital del virreinato en un lugar más alto y seguro, lo cual no se llevó a la práctica por las protestas que suscitó, aparte del gasto enorme que hubiera supuesto. Enrico Martínez continuó la obra suspendida y en 1632 se acabó de construir el canal de Huehuetoca, reparando también la calzada de San Cristóbal y poniendo compuertas para regular las crecidas de las aguas.

Vinculado al desastre anterior, se había planteado una gran demanda de mano de obra indígena, que llegó a amenazar con dejar sin brazos para la agricultura, por lo cual Rodrigo Pacheco se vio obligado a suprimir el sistema de repartimientos para las labores agrícolas a finales de 1633, manteniéndolo, sin embargo, para la minería y las obras públicas. Esta medida agradó a los propietarios agrícolas, que por fin conseguían sus propósitos, en perjuicio de una prerrogativa real, como una consecuencia más de la inundación de 1629, entre las varias que duraron varios años, siendo muy importante la de la decadencia de población de la ciudad de México, que benefició a Puebla, por entonces segunda ciudad mexicana en importancia.

Artemio de Valle Arizpe muestra el lado mundano de este gobernante como un hombre amigo de diversiones, desde su organización a la participación en mascaradas, regatas, comedias, y también en los tocotines, mitotes y palos voladores de indios; como excelente caballista, le gustaba formar parte de los juegos de lanzas para enganchar sortijas, derribar pandongas e incluso alancear y manejar la capa en el rejoneo de toros bravos. El virrey y su esposa dieron vida a esas actividades, tanto dentro de la suntuosidad del palacio, como en los lugares al aire libre, entre ellos el paseo de la Viga, rodeados de todos los grupos sociales, con refrescos y flores. Pero también recoge este cronista que las difíciles circunstancias del virreinato, antes comentadas, impidieron varias veces la realización de festejos y actividades en los grandes días de fiesta como el de san Hipólito, patrón de la capital, o el del apóstol Santiago, cuando ya estaban preparados.

La virreina Francisca de la Cueva cooperó al importante papel de su esposo con su elegancia y su propia presencia; su participación, piadosa y limosnera, en diversas actividades de caridad como fundar cofradías, dotar a futuras monjas pobres para que ingresaran en religión, instituir fondos para viudas y doncellas huérfanas y aportar riquezas a los conventos e iglesias, le dio mucha popularidad.

Cerralbo fue cesado el 16 de septiembre de 1635 y se ha opinado que en parte por sus choques con la Audiencia mexicana y también por acusaciones de deshonestidad en el manejo de los fondos de la Real Hacienda. Resulta rica en noticias la Relación del estado en que dejó el gobierno, enviada al Rey y fechada el 17 de marzo de 1636, en la que detalla los sucesos más importantes de su período. Su juicio de residencia fue dirigido por Pedro de Quiroga y Moya y provocó una extensa defensa del marqués, de 29 de abril de 1636, en 48 apartados, pero el proceso continuaría lentamente, incluso después de la muerte del residenciado, dando lugar a unos dos mil folios.

Bartolomé Fernández sería el representante de sus descendientes durante ese largo trámite. La sentencia final del Consejo de Indias no se dio hasta el 16 de noviembre de 1647, siendo absuelto de los cargos contra él, salvo una pequeña indemnización a un platero por impago.

Felipe IV, sin embargo, debió de quedar contento con su mandato virreinal ya que, como premio por sus servicios, le otorgó los cargos de consejero de Estado y Guerra, gentilhombre de la Real Cámara, mayordomo de palacio y de pie del infante don Fernando y embajador en la Corte de Viena.

SARABIA VIEJO, María Justina, «Rodrigo Pacheco y Osorio», en Real Academia de la Historia, Diccionario Biográfico electrónico (en red, http://dbe.rah.es/biografias / 7718/rodrigo-pacheco-osorio)