LEIVA Y DE LA CERDA, JUAN FRANCISCO. Marqués de Ladrada (V), conde de Baños (II). Alcalá de Henares (Madrid), 2.II.1604 – Pastrana (Guadalajara), f. 1677-p. 1678. Virrey de la Nueva España.

Perteneciente a la casa del duque de Medinaceli, era hijo primogénito del IV marqués de Ladrada, Gonzalo de la Cerda y de la Lama, y de Catalina de Arteaga Leyva y Gamboa. Luchó contra los rebeldes catalanes en 1626, distinguiéndose por su valor en el sitio de Lérida. Contrajo matrimonio en la parroquia madrileña de San Sebastián el día 20 de febrero de 1632 con su prima segunda Mariana Isabel de Leyva y Mendoza, II marquesa de Leyva y II condesa de Baños, hija única del I conde de Baños y I marqués de Leyva Sancho Martínez de Leyva y Mendoza, quien fuera virrey y capitán general de Navarra, consejero de Estado y castellano del castillo de Ovo de Nápoles.

Nombrado virrey de la Nueva España, el 26 de febrero de 1660 recibía las instrucciones de gobierno [Archivo General de Indias (AGI), Indiferente 514, libro 1], en las que se le hacía especial hincapié en las necesidades económicas de la Monarquía derivadas de las hostilidades de sus enemigos. No se ha conservado su relación de gobierno, pero sí dos memoriales suyos de sus servicios (AGI, Escribanía de Cámara 223A y México 93; ambos en L. Hanke, tomo IV: 183-198 y 211-216), así como su juicio de residencia (AGI, México 93 y Escribanía de Cámara 1190; las sentencias en L. Hanke, tomo IV: 199-211 y 217- 198), documentos que proporcionan una indicación de la naturaleza de su gobierno.

En contra de las costumbres, el conde de Baños consiguió autorización real para ir a México acompañado de sus hijos, Pedro —casado con María de Alancastre y Sande— y Gaspar de Leyva, con el pretexto de que su esposa se hallaba embarazada. Hecho cierto, pues parió en alta mar un nuevo hijo, que murió tres años más tarde en Tacubaya. La presencia de los hijos en México, sobre todo del mayor, costará disgustos a su padre.

Tomó posesión del cargo el día 16 de septiembre de 1660, sustituyendo al duque de Alburquerque, Francisco Fernández de la Cueva. Gobernó el reino durante cuatro años, en los cuales —según él mismo relata en sus memoriales de descargo— actuó rectamente.

Destacó en especial la pacificación de la rebelión indígena de Tehuantepec, comenzada bajo el gobierno de su antecesor, aumentando las rentas tributarias indígenas en 22.000 pesos; el envío de remesas de plata a España y de socorros a diversas partes (Filipinas, Florida, Puerto Rico, La Habana, Campeche) a pesar del exhausto estado de las Cajas Reales; el levantamiento de compañías de soldados para hacer frente a las invasiones inglesas de Santiago de Cuba (diciembre de 1662) y de San Francisco de Campeche (febrero de 1663). Desvelo especial dedicó el virrey al aumento de los fondos reales; una estrategia consistió en sustituir a los asentistas de las rentas de los naipes y de las alcabalas; en cuanto a la primera, en manos del maestre de campo Antonio de Urrutia de Vergara, que la tenía en 70.000 pesos anuales, la remató en Antonio Rendón por 96.000; en cuanto a la segunda, en manos del Consulado por un valor de 270.000 pesos al año, la concedió a la ciudad en 291.734; otra estrategia fue multiplicar las concesiones de venta del pulque. Asimismo, dio inicio al nuevo sistema de cobro de la avería impuesta en 1660, consistente en una cantidad fija de 790.000 ducados, de los que 200.000 correspondían al consulado novohispano.

A pesar de estas actividades, el gobierno del conde de Baños es considerado poco brillante, incluso de “funesta memoria”, al decir de Ernesto Schäfer (t. II: 132). Sin duda, la causa está en las denuncias que sufrió de sus detractores, que, nucleados en torno al obispo de Puebla y administrador del Arzobispado de México, Diego Osorio de Escobar y Salinas, su gran enemigo y sucesor interino en el cargo de virrey, le acusaron de hombre débil en manos de su esposa, nepotista —destacando la concesión de una de las mejores alcaldías mayores, la de Villa Alta, en la jurisdicción del obispo de Oaxaca, a su hijo don Pedro de Leyva, quien la gobernó por medio de un teniente y de la que obtenía unos beneficios fabulosos—, consentidor de la explotación de los nativos por los corregidores, malversador de fondos, etc. Sin embargo, estos cargos por sí solos no explican el descontento provocado por su gobierno, ya que en última instancia eran males endémicos del México del siglo XVII.

Para J. Israel (1980), el factor clave de ello parece haber sido el incremento de la explotación por parte de la burocracia en una coyuntura de depresión económica, en la cual la crisis minera, ocasionada por una grave falta de azogues, repercutió sobre el comercio, a lo que hay que sumar una serie de sequías y heladas que arruinaron las cosechas y produjeron un tremenda carestía.

Pues bien, en esta difícil coyuntura los actos del virrey fueron aprovechados por sus enemigos para atacarle. Así sucedió con uno de sus primeros actos de gobierno, el envío a Oaxaca del oidor Juan Francisco Mayor y Cuenca para investigar la rebelión de los indígenas de Tehuantepec. Se pretendía aclarar el asesinato del corregidor Juan de Avellano y de sus ayudantes, provocado no sólo por la opresión burocrática sino también por la sequía y las malas cosechas.

El hecho ocurrió unos meses antes de que diese principio el gobierno del conde de Baños y, oficialmente, los indios fueron pacificados por el obispo Alonso de Cuevas y Dávalos, quien fue enviado a la zona por el virrey duque de Alburquerque, recibiendo luego el agradecimiento de la Corona por lo que los criollos iban a considerar una hazaña heroica.

Sin embargo, el conde de Baños y el oidor Montemayor y Cuenca, en parte con el objetivo de desacreditar al duque de Alburquerque y al obispo Cuevas y Dávalos y, en parte, para poderse atribuir a sí mismos el mérito de haber pacificado Tehuantepec y también para aumentar los tributos en esa provincia con el pretexto de castigar la rebelión, parecen haber hecho tenaces esfuerzos para aumentar artificialmente la importancia del caso, sosteniendo que subsistió la peligrosa agitación en Tehuantepec y zonas aledañas hasta mediados de 1661.

Otro sonado choque del virrey con la Audiencia tuvo lugar a principios de 1662 a causa de haberse entrometido el tribunal en las actividades del corregidor de Metepec, Austasio Salcedo Benavides, quien fue acusado por los indígenas de su jurisdicción de obligarlos a comprar mantas, chocolate y otros productos que él mismo vendía a precios inflados. Pues bien, en la fiesta de cumpleaños de la condesa, celebrada en palacio el 25 mayo de 1662, se le tuvieron atenciones especiales a Austasio Salcedo, y una semana más tarde el virrey le nombró corregidor de México como demostración especial de su favor, a pesar de que el designado había sido suspendido por la Audiencia de su cargo anterior. Casi inmediatamente aumentaron los precios del trigo y del maíz.

Una semana después, el 8 de junio, el virrey volvió a dar motivo de murmuración general al ordenar, contra la voluntad del Cabildo diocesano, el cambio de ruta de la procesión del Corpus Christi para hacerla pasar frente a palacio, con el fin de que la condesa, que estaba enferma, la viera.

La oposición al conde de Baños comenzó a tomar forma en 1663 alrededor de la figura del gallego Diego Osorio de Escobar, obispo de Puebla y —desde abril de 1661 en que salió de la colonia el arzobispo Mateo Segade Bugueiro— administrador del Arzobispado de México mientras llegaba un nuevo arzobispo.

Osorio de Escobar simpatizaba con los criollos, comprendía sus quejas y era muy popular. Las relaciones entre el obispo y el virrey nunca fueron buenas, pero empeoraron a raíz de los funerales del comandante de la guarnición de Veracruz, encarcelado por el conde de Baños en la Ciudad de México. Las exequias, a las que asistieron el obispo y una vasta multitud de laicos, fue una especie de ordenada manifestación contra el Gobierno. Esto provocó la ira del virrey, que reaccionó desterrando de la capital a varios de los asistentes, entre ellos al maestre de campo Antonio Urrutia de Vergara.

La culminación del período de gobierno del conde de Baños fue dramática y se inició el 19 de marzo de 1664. Osorio de Escobar, sabedor de que Madrid había despachado cédulas reales que, en respuesta a las innumerables quejas recibidas de Nueva España, destituían de su cargo al virrey y le encargaban a él el gobierno provisional de la colonia —cédulas que los agentes del conde de Baños habían interceptado en Veracruz—, mandó leer un aviso en la catedral de México en el que se proclamaba la existencia de dichas cédulas y se amenazaba con la excomunión a quienes las tuvieran en su poder. Según el cronista de la época Gregorio Martín de Guijo, este acto, que fue un abierto desafío al Gobierno, indujo al conde y a sus hijos a tratar de asesinar al funcionario que leyó el aviso, lo cual a su vez impulsó al obispo a refugiarse, temiendo por su vida, en el monasterio carmelita de Santa Ana, en el pueblo de San Ángel, en las afueras de la capital. El 12 de junio, día del Corpus Christi, el clero secular de la ciudad de México, que tenía instrucciones del obispo de impedir que la procesión pasara frente al palacio virreinal como había ocurrido en 1662 y 1663, cumplió estas órdenes, desafiando así públicamente al conde de Baños.

Ante esto el virrey, después de que los teólogos franciscanos y dominicos le aseguraran la legitimidad de una posible expulsión del obispo, comenzó a buscar un pretexto para ello. Pero el 28 de junio, mientras en la ciudad reinaba una gran tensión y el conde preparaba la expulsión del obispo, se recibió la noticia de la llegada de una cédula real a las manos de Osorio de Escobar dirigida a él en calidad de virrey; ello ocurrió gracias al naufragio cerca de Veracruz de la nave que la traía, lo que impidió a los representantes del virrey interceptarla. Ante esto, el conde hubo de abandonar sus planes, mientras el pueblo se manifestaba en su contra y a favor del obispo; es de destacar la manifestación en Puebla contra el conde, en la que efigies grotescas de éste y su mujer, paseadas por las calles, fueron objeto de bárbaras burlas y obscenidades.

En la mañana del 29, Osorio de Escobar regresó a la capital acompañado de una enorme multitud; y en medio del repique de las campanas y de atronadores aplausos se dirigió a reunirse con la Audiencia en el palacio arzobispal, donde presentó su cédula real. Entonces los oidores se trasladaron al palacio virreinal, donde mostraron al virrey el documento y le pidieron que entregase el poder al obispo. Primero el conde se negó, pero cuando fueron examinados sus papeles y se encontraron otros documentos en que se nombraba virrey provisional a Osorio de Escobar, cedió. El obispo entonces fue proclamado virrey. Esa misma tarde el conde de Baños, acompañado por sus hijos y escoltado por una guardia, cruzó la calle para ir al palacio arzobispal a reconocer al nuevo virrey, pero al regresar sin escolta fue apedreado e insultado, viéndose obligado a emprender la carrera en busca de seguridad. El propio conde y su familia tuvieron que abandonar el palacio e irse a vivir a una casa particular por presión de Osorio de Escobar, el cual, según el virrey, se comportó de manera muy rencorosa y vengativa.

Siguió un cambio político de considerable importancia.

En el mes de julio regresaron a la capital todos aquellos que habían sido desterrados por el conde; cierto número de funcionarios corrompidos fueron suspendidos de sus cargos y encarcelados; veintitrés empleados, nombrados por el conde de Baños durante el tiempo en que el obispo ya había sido designado por el virrey, quedaron despedidos; las pulquerías clandestinas fueron clausuradas, se destruyeron enormes cantidades de pulque y se dispuso que en adelante dicha bebida sólo se vendería en unos cuantos establecimientos con licencia especial. Asimismo, un antiguo pleito de Pedro de Leyva con el III conde de Santiago de Calimaya, Fernando de Altamirano y Velasco, fue suspendido por orden de Osorio de Escobar.

Esta disputa venía desde principios del gobierno del conde de Baños, desde una ocasión en que su hijo Pedro, en presencia del conde de Santiago de Calimaya, hizo ciertas observaciones ofensivas para los criollos. El asunto culminó cuando el hijo del virrey mató de un balazo al criado favorito de su enemigo, al lado mismo de éste. Después de la destitución del conde de Baños parecía que la disputa terminaría con un duelo entre los dos protagonistas; pero la intervención del obispo-virrey lo evitó, al ordenar que ambos nobles fueran arrestados.

En el juicio de residencia se le levantaron ciento setenta y ocho cargos, de los que en cerca de la treintena fue condenado a diversas penas pecuniarias, aunque en el resto fue absuelto, en muchos casos por falta de pruebas. El conde de Baños se defendió con sendos memoriales, donde justificó sus actos de gobierno y denunció la persecución del obispo poblano y de sus enemigos, sobre todo la injuria que suponía el haber hecho correr la voz de que había ocultado los pliegos que ordenaban al obispo asumir el gobierno; según él, si los pliegos no llegaron fue porque se perdió la embarcación que los llevaba. De este cargo fue absuelto en su residencia.

Algunos años después de haber retornado a España murió la que fue X virreina de México en Madrid el 7 de enero de 1676. Poco después, el viudo entró de religioso carmelita descalzo en el monasterio de San Pedro, extramuros de la villa de Pastrana (Guadalajara), donde profesó y tomó el hábito carmelita con el nombre de fray Juan de San José el 10 de octubre de 1677. Cantó su primera misa el 27 siguiente, y muy poco después, a finales de ese año o principios del siguiente, murió.

HIDALGO NUCHERA, Patricio, «Leiva», en Real Academia de la Historia, Diccionario Biográfico electrónico (en red, https://dbe.rah.es/biografias / 11885/juan-francisco-leiva-y-de-la-cerda)