México Independiente

Índice

Introducción
El Imperio de Iturbide
La primera República Federal
La República Central
La guerra con los Estados Unidos
La Reforma
La intervención europea y el Imperio
La República laica
El Porfiriato
La revolución mexicana
El régimen revolucionario
El régimen institucional

Introducción

La agitada y dramática historia contemporánea de México se puede dividir, para introducir cierta claridad en lo hechos, en los siguientes grandes periodos: Constitutivo o de inestabilidad (1821-1867), a la Reforma y el Porfiriato (1867-1911), la Revolución (de 1911 en adelante). Cada uno de estos periodos se subdivide en otras etapas, algunas de bastante acusado relieve.

El Imperio de Iturbide

Proclamada la independencia de México, con el nombre de Imperio Mexicano, por Agustín de Iturbide el 28-IX-1821, sobre la base del plan de Iguala y el tratado de Córdoba, se había consumado prescindiendo de los antiguos insurgentes y con carácter monárquico y católico, frente al republicanismo de aquellos y frente al liberalismo dominante a la sazón en España, conciliador hacia España, frente a la saña insurgente.

Pero habían colaborado al triunfo de Iturbide los insurgentes, muchos militares liberales españoles, junto con la mayoría de la población, deseosa de la independencia y a cuyas clases medias y altas se ofrecía una garantía de orden, de contención de la demagogia, de conservación del régimen monárquico al lado de un moderado constitucionalismo; a los españoles se les ofrecía consideración y respeto. La capitanía general de Yucatán —que era independiente de Nueva España, pero no de su Audiencia—, mandada por Juan M. Echéverri, se declaró independiente de España el 5-IX-1821 y se unió a México.

Gobernó la nueva nación una Soberana Junta Provisional Gubernativa de 38 miembros de diversas tendencias, que actuó como poder legislativo, designándose una regencia de cinco miembros, presidida por Iturbide, que fue nombrado generalísimo de todos los ejércitos. Se perfilaron enseguida dos partidos: el iturbidista, conservador, monárquico, católico y constitucional, defensor del Plan de Iguala, y otro, opuesto al caudillo, liberal avanzado, antiespañol, anticlerical y republicano en muchos de sus miembros, organizado por los antiguos insurgentes y por la masonería escocesa fomentada por Nicolás Bravo.

Había borbonistas, enemigos de Iturbide y partidarios de un príncipe español. La situación económica era difícil, por los despilfarros y daños de los años de la guerra y el exceso de gastos, en los que entraba el sostenimiento de las tropas españolas que debían ser evacuadas. Convocadas elecciones, se abrió el Congreso el 24-II-1822, con predominio de liberales avanzados, el cual acordó que la soberanía nacional radicaba en él, lo que equivalía en el fondo a anular lo hecho antes, como el Plan de Iguala, y a minar el poder de Iturbide. Pronto entraron en conflicto el Congreso e Iturbide, quien se apoyaba en el ejército, el clero, las clases altas y la masa popular.

Rechazado el tratado de Córdoba en España y sin la perspectiva de que viniera un príncipe europeo, Iturbide, con el terreno despejado, zanjó el conflicto, al proclamarle emperador un sargento el 18-V-1822, tomando el nombre de Agustín I. Fue bien recibido por muchos elementos y el Congreso obligado a proclamarlo, coronándose solemnemente en la catedral el 21 de julio. La monarquía sería constitucional, rigiendo provisionalmente la Constitución española de 1812.

A pesar del apoyo militar y popular a Iturbide, el partido republicano organizado en las logias escocesas y atizado por el yanqui Joel R. Poinsset se le puso enfrente, uniéndoseles los borbonistas. Disolvió el emperador el Congreso, creó una Junta Instituyente y se dio un Reglamento provisional de tono conservador. A sus enemigos ideológicos se unieron militares ambiciosos y descontentos, como Antonio López de Santa Anna, ex realista, que se sublevó en XII-1822, uniéndosele Guadalupe Victoria, las logias, el partido republicano y el ejército que sitiaba a Veracruz, proclamando el Plan de Casa Mata (1-II-1823), contra Iturbide, aunque con vaguedades.

Cundió la insurrección rápidamente, quedando Iturbide sin medios de resistencia, cuando parecía más popular; reunió de nuevo el disuelto Congreso y abdicó el 19-III-1823, fracasando así el único intento efectivo de monarquía en la América española a raíz de la emancipación. Se formó un Supremo Poder Ejecutivo, con Bravo, Victoria y Negrete, y fue ministro de Relaciones Interiores y Exteriores el historiador Lucas Alamán; se anularon el Plan de la Iguala, el tratado de Córdoba y los planes monárquicos anteriores. Iturbide fue desterrado a Italia.

Al año siguiente el Congreso lo proscribió y condenó a muerte, y habiendo regresado para servir a su país, sin tener noticia de ello, fue detenido en el Estado de Tamaulipas y fusilado en Padilla el 19-VII-1824, por orden del Congreso de dicho estado, lo que aprobó el Poder Ejecutivo nacional. Su trágico fin sirvió de ejemplo a otros caudillos hispanoamericanos.

Durante el gobierno de Iturbide, la capitanía general de Guatemala se unió al imperio mexicano, impulsada por los elementos conservadores (1822), ya antes de la proclamación imperial de aquel, con gran resistencia de San Salvador; pero a su caída, se separó de nuevo (1-VII-1823). Sin embargo, Chiapas, perteneciente a Guatemala, optó por seguir unida a México. Soconusco, disputado entre México y Centroamérica, fue neutralizado hasta 1842, que se separó definitivamente de la América Central y se incorporó a México.

La primera República Federal

A la caída de Iturbide se implantó la República en México, pero también prosiguió una época de inestabilidad, anarquía y cuartelazos, que duraría hasta la caída del segundo imperio en 1867, época en la que México ensayaría diversos sistemas de gobierno, pero con divorcio entre las instituciones oficiales y la realidad política, cuyos métodos serían habitualmente las revoluciones, guerras civiles, los pronunciamientos y las dictaduras.

La lucha no sería solo entre ambiciones privadas, sino también de ideas, entre centralistas y federales y entre liberales anticlericales y conservadores defensores de la Iglesia. Este periodo se caracterizaría asimismo por conflictos con el extranjero, que acarrearían enormes pérdidas territoriales, y los intentos de intervención por parte de otras potencias.

El Poder Ejecutivo, dirigido en realidad por Alamán, procuró organizar el país y hacer frente a la crisis económica con empréstitos usurarios en Inglaterra que dieron escaso fruto. Ante la agitación federal de las provincias, el nuevo Congreso constituyente, ya reunido el 7 de noviembre, promulgó el Acta Constitutiva de 31-I-1824, que adoptaba ya el régimen republicano federal, lo que confirmo la constitución federal del mismo año (4 de octubre) con una organización imitada de la de los Estados Unidos y dividiendo a México en Estados; el presidente sería elegido por las legislaturas de estos.

Respondía el federalismo no solo a ideas abstractas, sino a los intereses de los oligarquías locales y a ciertas autonomías de la época colonial. El primer presidente fue Guadalupe Victoria (10-X-1824). Había triunfado el liberalismo exaltado, federal y antirreligioso, cuya bandera serían la democracia, el laicismo y la igualdad, pero no la económica.

A esta tendencia respondió el partido yorkino, del nombre de su rito masónico, organizado por Poinsset, vuelto en calidad de representante diplomático yanqui, como instrumento de la política norteamericana para debilitar a México, perseguir la Iglesia y borrar la tradición española, azuzando el odio contra los peninsulares; en adelante el federalismo sería equivalente a izquierdismo, anticlericalismo y demagogia; agradaba a la clase media por ofrecer gran cantidad de empleos y la disposición de los presupuestos locales. Los escoceses, sin elementos extremistas, ya formaron un partido más conservador, de clases altas, centralista, al que se adhirieron viejos monárquicos y españoles, y ya no masónico después.

Con motivo del aniversario de la revolución, en 1825 se llevó a efecto la abolición de la esclavitud. En ese año acabó la resistencia española en Ulúa, que, no obstante las hostilidades, gravaba el tráfico marítimo de Veracruz. En 1826 se adhirió México al Congreso de Panamá, reunido por Bolívar, preocupado aquel por el peligro de una expedición española desde Cuba, pero el segundo Congreso, que iba a reunirse en Tacubaya en 1827, no logró a abrirse. México hubiera aspirado a Cuba, pero por lo pronto deseaba que no cayera en manos de otro país ni de Bolívar.

La conspiración del padre Arenas en 1827 sirvió para desencadenar la fobia antiespañola, recrudecida de antes y aneja al yorkismo; se procedió a destituciones de españoles que tenía cargos —entre ellos los generales Negrete y Echávarri— y a una expulsión casi general, incluso de los que se quedaron adhiriéndose a la independencia. Guerrero, al sublevarse en 1828, permitió a las turbas el saqueo de Parián, emporio del comercio de la capital, arruinando a los comerciantes españoles (4-XII); el 20-III-1829 el Congreso decretó la expulsión total.

En las elecciones presidenciales de 1828 triunfó el general Manuel Gómez Pedraza, más moderado, sobre el viejo insurgente Guerrero; pero este, apoyado por Santa Anna, izquierdista por el momento, se alzó por el motín de la Acordada, permitió el referido saqueo y se hizo reconocer presidente, tomando posesión el 1-IV-1829, ocurriendo bajo su mandato la fracasada expedición reconquistadora de Barradas.

La anarquía y desorden tolerados por Guerrero provocaron otra rebelión con otro plan, el de Jalapa, y el triunfo de Anastasio Bustamante, adueñado de la presidencia el 1-I-1830 y cuyo equipo ministerial arregló la hacienda, restableció el orden y logró un acuerdo con la Santa Sede, desarrollando una administración progresiva; pero reprimió duramente las rebeldías y víctima de una asechanza fue fusilado Guerrero (14-II-1831).

Al año siguiente estalló una gran insurrección, en la que se mezcló, como de costumbre, Santa Anna, y a pesar del sangriento triunfo de Bustamante en la Hacienda del Gallinero tuvo que renunciar (fin de 1832), ocupando por breve tiempo la presidencia Gómez Pedraza, que dio nuevas medidas contra los españoles. Volvieron los yorkinos al poder con el vicepresidente Valentín Gómez Farías, que inauguró las medidas antieclesiásticas, pretendiendo un patronato total, la libertad de los votos religiosos, la del pago de diezmos, el cierre de la universidad y la exclusión del clero de la enseñanza; también se suprimió el fuero militar. Pero en abril de 1834 Santa Anna, que era el presidente legal, asumió el cargo y suprimió parte de las leyes citadas.

La República Central

En versátil Santa Anna (1794-1876) realizó una reacción conservadora y anuló el régimen federal, por una ley provisional del presidente interino, Miguel Barragán (octubre de 1835), y las Siete Leyes Constitucionales de 30-XII-1836, que establecían un régimen unitario, presidencia de ocho años y un cuarto poder, el conservador, teórico árbitro de los demás, suprimiéndose la cámara de senadores.

Este cambio dio pretexto a la sublevación de Texas, que había formado un estado con Coahuila, pero que estaba llena de inmigrantes norteamericanos que se sublevaron. Santa Anna tomó el Álamo y degolló a sus defensores, pero fue sorprendido y hecho prisionero en el río San Jacinto (21-IV-1836); por temor a ser fusilado, dio orden al resto del ejército de retirarse y Texas quedó de hecho independiente, no anexionándose a los Estados Unidos por ser esclavista. Santa Anna no fue castigado por su cobarde conducta. En 1837 fue presidente de nuevo Bustamante, que sufrió un bloqueo y un ataque naval francés (1838) a causa de reclamaciones desatendidas.

Siguió una época de constantes pronunciamientos —que eran ya de mucho atrás endémicos— y desorden que es innecesario detallar, apareciendo siempre en el fondo y frecuentemente en la presidencia Santa Anna con su ambición y su carencia de ideas arraigadas. Cayó Bustamente en 1841; en 1843 se dio un nuevo reglamento centralista, las Bases Orgánicas, que suprimieron el poder conservador; Yucatán se separó de México en 1840, alegando el centralismo de este, proclamándose independiente en 1841 y llegando a un acuerdo en 1843.

Pero en 1847 se reanudó la guerra yucateca, convertida ahora en racial, del indio contra el blanco, al que pretendía exterminar, con terribles represalias; apurado el gobierno yucateco, ofreció la soberanía del país a algunas potencias, entre ellas a España; tras un acuerdo lleno de concesiones a los indios, con más medios el Gobierno logró derrotar a los mayas y en 1848 se efectuó la plena reincorporación a la nación.

La guerra con los Estados Unidos

Cayó Santa Anna de su dictadura, casi permanente, en 1844, sucediéndole José Joaquín de Herrera, que se esforzó en evitar el conflicto con los Estados Unidos, a raíz de la incorporación de Texas a estos. Mariano Paredes preparó el ejército para él, mejoró la Hacienda y por iniciativa de Alamán convocó un Congreso Nacional Extraordinario, de carácter corporativo, y permitió propaganda en favor de la monarquía, inclinándose él a favor del infante don Enrique, cuñado de Isabel II, pero una rebelión federalista restableció la Constitución de 1824 (agosto de 1846).

La guerra con los Estados Unidos estalló al incorporarse Texas a la Unión en 1845, considerándolo México como un motivo de ruptura de relaciones. El presidente Polk quería extender la Unión hasta el Pacífico y propuso a México la cesión de Nuevo México y California y fijar la frontera en el Río Grande del Norte, en lugar del Nueces, que reclamaba México. La guerra estalló en 1846 (13 de mayo), después de haberse combatido ya en Palo Alto (8 de mayo), existiendo tres frentes: el del Norte, invadiendo Zacarías Taylor el territorio mexicano y derrotó a Mariano Arista en el citado combate de Palo Alto y se apoderó de Matamoros, Monterrey y Saltillo (1846) y contuvo a Santa Anna en la batalla de Angostura (23-I-1847); otras fuerzas se apoderaron de Monclova, Parras, el Paso del Norte (1846) y Chihuahua (1847).

Pero las dificultades halladas por los yanquis les hicieron cambiar la zona ofensiva, trasladándola a la costa del Golfo. Kearney se apoderó de Nuevo México, tomando Santa Fe el 18-VIII-1846, y la escuadra del Pacífico conquistó los puertos de California, donde ya Frémont se había sublevado. Vuelto Santa Anna a México, se negó a ceder, y entonces se efectuó una campaña al mando de Winfield Scott desde Veracruz, siguiendo la ruta de Cortés, marcada por la toma de esta ciudad (27-III-1847), la de Jalapa y Puebla, y tras unas negociaciones, la batalla de Churubusco, y venció la heroica resistencia mexicana en Molino del Rey (8 de septiembre) y Chapultepec (13 del mismo), ocupando la capital el 15.

Tuvo México que someterse al tratado de Guadalupe Hidalgo (2-II-1848), por el que cedió Nuevo México, Arizona, California y otros territorios, de los que salieron los estados de Uthat, Nevada y Colorado; aunque eran países muy poco poblados, equivalían casi a la mitad de su territorio. Todavía en 1853 tuvo que ceder México la región de la Mesilla (sur de Arizona), mediante una indemnización, por el tratado de Gadsden, para facilitar la construcción de un ferrocarril al Pacífico.

La Reforma

Durante la guerra había habido un desfile de presidentes. José Mariano de Salas restableció la República Federal (1846) y Gómez Farías vendió bienes del clero (1847), con oposición de este y de los católicos. Santa Anna, que soportó la derrota, fue expulsado en 1847; Manuel de la Peña firmó el referido tratado; le sucedieron Herrera y Arista; derribado por otra revolución en 1853, se hizo cargo de nuevo Santa Anna del Gobierno y se apoyó en los conservadores, siendo Alamán una vez más ministro, pero su próxima muerte impidió llevar a cabo sus proyectos de buen gobierno.

Ejerció Santa Anna una auténtica dictadura, negoció otra vez la ida de un infante español, aumentó el ejército y metió la Hacienda en un gran desbarajuste. A fines de ese año se hizo prorrogar indefinidamente su presidencia, con derecho a designar sucesor, y adoptó el tratamiento de Alteza Serenísima. Introdujo un régimen centralista riguroso y favoreció a la Iglesia, a la par que persiguió a los liberales. El partido liberal proclamó el 1-III-1854 el Plan de Ayutla, para derribar a Santa Anna y convocar un Congreso Constituyente. La insurrección había sido preparada por Juan N. Álvarez e Ignacio Comonfort, y fue ayudada por los Estados Unidos.

La combatió Santa Anna, pero ante su extensión renunció al poder el 12-VIII-1855, abandonándolo para siempre. Asumió al fin Álvarez la presidencia con un ministerio exaltado, en el que figuraba Benito Juárez; se convocó el Congreso Constituyente y Juárez dio una ley que abolía el fuero eclesiástico; en diciembre del mismo año tomó la presidencia Comonfort, que acentuó la política irreligiosa, mediante las leyes Lerdo de Tejada (Miguel), de desamortización (25-VI-1856), que suprimió toda propiedad colectiva, no solo la eclesiástica; la ley Iglesias (José María) (11-IV-1857) prohibió los derechos parroquiales. Fue disuelta la Compañía de Jesús y desterrado el obispo de Puebla Pelagio A. de Labastida.

Reunido el Congreso, dio una Constitución el 5-II-1857, de tono muy liberal, que incorporaba las leyes referidas; abolía los votos religiosos, establecía plena libertad de imprenta y sometía la actividad de la Iglesia a la intervención del Estado. Más tarde se acentuó la política antirreligiosa con las llamadas Leyes de Reforma, base institucional en adelante: nacionalización de los bienes de la Iglesia, supresión de las órdenes religiosas, matrimonio y registro civiles, secularización de cementerios y tolerancia de cultos (1859-1860). En la organización del Estado se adoptaba el régimen federal, con una sola cámara, presidencia de cuatro años y Suprema Corte de Justicia.

El partido conservador rechazó esta revolución y acudió a las insurrecciones, que venció Comonfort, elegido presidente legal el 1-XII-1857, pero convencido de los perjudicial de la constitución, él mismo fomentó un pronunciamiento a los pocos días, adhiriéndose al plan de Tacubaya, proclamado por el general conservador Félix M. Zuloaga para suspender y reemplazar la Constitución, quien no obstante derribó a Comonfort (enero de 1858), y abolió las leyes antieclesiásticas ya promulgadas.

Juárez, presidente de la Suprema Corte, asumió la presidencia por el régimen liberal, pero echado de Guadalajara emigró al extranjero. Se encendió una feroz guerra civil, con grandes excesos. A Zuloaga sucedió el general, también conservador, Miguel Miramón. Juárez regresó con apoyo norteamericano y fijó su gobierno en Veracruz (1858) y es cuando promulgó las Leyes de Reforma; firmó también con los Estado Unidos un tratado —MacLane-Ocampo— que equivalía a entregarles el territorio mexicano y que no aprobó el congreso de la Unión (1859). Derrotado Miramón en San Miguel Calpulálpam (22-XII-1860), triunfó el gobierno constitucional de Juárez.

La intervención europea y el Imperio

Juárez expulsó al ministro español Joaquín F. Pacheco y al delegado apostólico; acabó con las últimas resistencias conservadoras y por el agotamiento de los recursos —pese a la desamortización y confiscación de los bienes eclesiásticos, malbaratados— suspendió los pagos de la deuda extranjera (17-VII-1861).

Esta medida provocó la intervención armada de Inglaterra, Francia y España, en virtud del acuerdo de Londres de 31-X-1861, para arreglar la cuestión financiera, comprometiéndose a no adquirir territorio mexicano ni intervenir en sus asuntos internos; pero Napoleón III aspiraba a establecer una monarquía católica, que fortaleciera el espíritu latino frente a la absorción yanqui, a lo que le incitaba la emperatriz Eugenia y varios conservadores mexicanos, entre ellos Juan N. Aloonte, hijo de Morelos, y para hallar un campo de explotación económica y cobrar los beneficios del empréstito usurario del banquero suizo Jecker.

España también deseaba una monarquía para un infante español. Las fuerzas españolas se colocaron al mando de Prim, quien ocupó antes que los otros Veracruz, el 17-XII-1861; por una convención se acordó negociar en Orizaba, y si no se llegaba a un acuerdo las tropas intervencionistas retrocederían de la salubre zona alta para no aprovechar esa ventaja. México accedía a las reclamaciones financieras; al ver que los propósitos franceses eran distintos, Prim y la representación inglesa rompieron el acuerdo y se retiraron.

Continuó Francia la campaña, con base en Orizaba; rechazados en Puebla por Ignacio Zaragoza (5-V-1862), que al fin tomó Forey tras dos meses de sitio (17-V-1863), y Bazaine —el vencido en Metz en 1870— entró en la capital (7 de junio), instalando una Junta de Gobierno, en la que entraron Almonte y Labastida, que convocó una Junta de Notables, la cual decidió establecer la monarquía y ofrecer la corona imperial al archiduque Fernando Maximiliano, hermano del emperador de Austria Francisco José y candidato ya impuesto pos Napoleón III (n. en 1832), casado con Carlota, hija del rey de los belgas Leopoldo I.

Aceptó definitivamente el 10-IV-1864 y exigió una especie de plebiscito que le llamase y tomó el nombre de Maximiliano I. Por un tratado con Napoleón le sostendrían las tropas francesas, que se retirarían gradualmente y cuyos gastos abonaría, junto con otras cuantiosas deudas. De la regencia se hizo cargo Labastida, que era entonces arzobispo de México, por breve tiempo, ante la continuación de las Leyes de Reforma.

Entró Maximiliano en la capital el 12-VI-1864, y contrariamente al partido conservador que lo había llamado, quiso atraerse y apoyarse en los liberales y mantuvo las leyes anticlericales, sin que le apoyasen los elementos intransigentes. Siguió la guerra con estos, pereciendo Comonfort, pero los éxitos franceses, con tropas mexicanas y algunas belgas y austriacas, acabaron por el momento con la resistencia republicana; Juárez en la frontera no quiso renunciar y en el Paso del Norte —adonde quedó reducido—, el 8 de noviembre, se prorrogó sus poderes presidenciales.

El descontento con Maximiliano fue general por dar a extranjeros, en especial franceses, los principales cargos de gobierno, ejército y hacienda y a los conservadores al no revocar las leyes contrarias a la Iglesia, ni su carácter ni sus cualidades de gobernante eran a propósito para circunstancias tan difíciles y Napoleón III se encontró con un mal asunto, con el crecimiento de Prusia y las amenazas de los Estados Unidos, ya con las manos libres terminada la guerra de Secesión.

Seguía encarnizadamente la lucha con los republicanos y Napoleón decidió retirar las tropas francesas; Carlota intentó en vano disuadirle y visitando al papa Pío IX en Roma perdió la razón. En diciembre de 1866 comenzó la evacuación del ejército francés y ante la gravedad de la situación quiso abdicar Maximiliano, pero varias influencias le hicieron desistir, votando contra la renuncia sus ministros y consejeros (20-XI-1866 y de nuevo el 17-I-1867). Prosiguió con éxito la ofensiva republicana, luchando a favor de Maximiliano los generales Miramón y Tomás Mejía; pero sitiado en Querétaro, fracasado el intento de socorro del general Márquez y entregada la plaza, cayó prisionero Maximiliano y basándose en una ley de 1862 fue fusilado, junto con Miramón y Mejía, en el Cerro de las Campanas el 18-VI-1867.

La República laica

Triunfante Juárez, entró en la capital el 15-VII-1867 y luego fue reelegido constitucionalmente; reorganizó el régimen, persiguió a los imperialistas y mantuvo la legislación irreligiosa. Se hizo reelegir para los periodos sucesivos y gobernó dictatorialmente, reprimiendo bastantes rebeliones, hasta su muerte el 18-VII-1872 (nacido en 1806, era de raza india y siempre liberal acérrimo, adverso a la Iglesia y a la tradición hispánica, tenaz, impasible y honrado.

Le sustituyó Sebastián Lerdo de Tejada, que estableció el Senado e incorporó a la Constitución la Leyes de la Reforma, consolidándose la separación entre la Iglesia y el Estado; dio medidas anticlericales, con destierro de religiosas, incluso las Hermanas de la Caridad, y favoreció el protestantismo. Habiéndose hecho reelegir, fue vencido por la sublevación de Porfirio Díaz, que triunfó el 20-IX-1876, y tomó posesión el 26, tras el correspondiente plan de, el de Tuxtepec, en que se declaraba opuesto a la reelección.

El Porfiriato

Se llama ahora así al largo periodo de la dictadura del general Porfirio Díaz (1830-1915), perteneciente al partido liberal y que se había distinguido en la guerra contra Francia. Duró el gobierno de don Porfirio de 1876 a 1911, época en que se hizo reelegir ininterrumpidamente, salvo un periodo que desempeñó un testaferro suyo (Manuel González, su capaz y leal colaborador, 1880-1884). Para ello hizo reformar la Constitución, anulándose la no reelección y permitiéndose indefinidamente y se alteró la provisión de la presidencia interina.

En los primeros años reprimió Díaz las rebeldías severamente y luego ya gozó de paz. Respetó la Constitución de 1867 en la letra y las Leyes de Reforma, pero gobernó dictatorialmente, reduciendo las instituciones a mera fórmula y como un monarca absoluto. Se atrajo a miembros de los diversos partidos, que acabaron por desaparecer, y sin abolir las leyes de Reforma, las dejó de hecho en suspenso, dando paz a la Iglesia, resurgiendo las órdenes religiosas con otras nuevas y sus centros de enseñanza.

Procuró que la política fuera sustituida por la economía y fomentó el desarrollo del país, que bajo la tranquilidad de su régimen alcanzó un elevado grado de prosperidad; para ello logró poner en orden en la Hacienda y en la Deuda Pública, por la colaboración del ministro de Hacienda José Ives Limantour; se construyó una amplia red de ferrocarriles y se fomentaron los demás medios de comunicación, y se dieron grandes facilidades al capital extranjero, especialmente norteamericano, que llevó a efecto amplias inversiones.

Estuvo a su lado el grupo llamado de los científicos, cuyo portavoz intelectual era el prestigioso sociólogo Justo Sierra. Hubo trabajo y se protegieron todos los ramos de la economía y de la cultura, cuyos beneficiosos efectos culminaron desde 1896.

Los ingresos fiscales se quintuplicaron bajo su régimen y llegó a haber superávit; las importaciones, desde 1894, se multiplicaron por ocho y las exportaciones por seis cas; la red ferroviaria llegó a más de 24.000 Km.; la producción minera se multiplicó por seis y surgió una industria antes inexistente. Igualmente se construyeron otras obras públicas, y mejoró el crédito.

Aumentó la influencia norteamericana, buscando Díaz, además el fomento del país, la amistad de su vecino, convirtiendo su imperialismo político en otro económico. Anulado de hecho el sufragio y las libertades, la burguesía halló la paz y orden y explotó los latifundios y el tesoro público; también hubo inversiones de otros países, que buscaba Díaz para contrarrestar la excesiva penetración yanqui, convirtiéndose México en una especie de colonia capitalista.

El positivismo filosófico, cultivado por los científicos, fue la doctrina dominante y adoptada por la burguesía. Pero la paz porfiriana dejó bastantes problemas sin resolver, comenzando por la situación del campesino, sometida a la pobreza y a la explotación del peonaje, problema el agrario agravado por la supresión con la desamortización de la propiedad colectiva de los pueblos, desatendido por Díaz, pero que fue incubando el descontento. También se dio una penetración de ideas socialistas, que fue en aumento. La Iglesia, durante la paz del periodo, comenzó a interesarse por los problemas sociales, con asambleas y propuestas de reformas.

La revolución mexicana

Ya Morelos y Francisco Severo Maldonado tuvieron ideas de profunda reforma agraria en la época de la emancipación. En los últimos años de Porfirio Díaz creció la disconformidad campesina y se extendió una agitación política, creciendo la oposición a la reelección indefinida del dictador.

En 1908 se formó un partido democrático y en 1909 el antirreeleccionista; el primero y otros resurgidos estaban conformes en prorrogar vitaliciamente la elección de Díaz, que gozaba de honda popularidad, pero querían libertad en cuanto al vicepresidente, cargo creado en 1904; no aceptó Díaz, que impuso la candidatura de Ramón Corral, jefe de los científicos, ya vicepresidente, y expulsó al otro candidato, Bernardo Reyes.

El partido contrario a la reelección presentó como candidatos a Francisco I, Madero y Francisco Vázquez Gómez, respectivamente. Ganadas las elecciones por Díaz y Corral, se sublevó Madero, lanzando el Plan de San Luis, declarándose presidente y proclamando el sufragio electivo y la no reelección (fines de 1910). Cundió el movimiento revolucionario, sumándose elementos agrarios y nuevos jefes, como Emiliano Zapata y Pascual Orozco. Hubo de capitular don Porfirio y renunció el 25-V-1911, exiliándose a Europa.

Madero representaba una aspiración puramente política y burguesa, pero se habían desencadenado las fuerzas populares agrarias con Zapata y Orozco hijo. En las elecciones de 1911 lucharon ocho partidos, entre ellos el constitucional progresista de Madero, el católico nacional, el reyista de Bernardo Reyes y el de Emilio Vázquez Gómez.

Triunfó Madero, con Pino Suárez como vicepresidente, y asumió el poder el 6-XI-1911, pero su idealismo democrático y poco real tropezó con las exigencias agrarias y demagógicas de Zapata, de Ambrosio Figueroa y de Orozco; el primero y el tercero lanzaron sus correspondientes Planes de Ayala y de Chihuahua; a su vez, los reaccionarios, defensores del orden y procedentes del ejército porfirista, se alzaron con Reyes y Félix Díaz; el primero pereció al asaltar el Palacio Nacional (1913).

Victoriano Huertas, que dirigía la campaña contra los rebeldes, no pensó más solución que sublevarse a su vez y apresó a Madero y Pino (18-II-1913), asumió la presidencia e hizo asesinar a ambos (22 de febrero).

Huertas, reconocido al pronto, con la adhesión de valiosos elementos, quedó luego desprestigiado por su arbitraria dictadura y falta de tacto y se vio a no tardar atacado por una coalición revolucionaria, encabezada por Venustiano Carranza, con su consiguiente Plan de Guadalupe para la Restauración Constitucional (26-III-1913), secundado por Álvaro Obregón, Pablo González y el famoso, audaz y cruel guerrillero Pancho Villa (Doroteo Arango); por otra parte, le combatían Zapata y otros jefes agrarios.

El presidente de los Estados Unidos, Woodrow Wilson, se colocó contra Huertas e hizo lo posible por derribarlo, hasta hacerle la guerra, con el ataque y toma de Veracruz (21-IV-1914), interviniendo para evitar la continuación de la lucha las naciones del A. B. C. (Argentina, Brasil y Chile; conferencia de Niágara Falls, mayo y junio de 1914). Villa tomó Zacatecas (VI-1914) y Obregón Guadalajara (8-VII); estas derrotas y la actitud yanqui obligaron a Huertas a renunciar (15-VII-1914).

Entró Carranza en la capital, pero ya tenía enfrente a Villa y a Zapata; la Convención de Aguascalientes (10-XI-1914) eligió otro presidente y se le declaró hostil; siguió la guerra civil, pero Obregón dio el triunfo a Carranza, derrotando a los villistas en Celaya y León (1915). Un ataque de Villa al territorio de los EE.UU. motivó una expedición de castigo norteamericana contra él, que permaneció casi un año en México, sin lograr capturarlo (1916-1917). Carranza gobernó desde Veracruz entre tanto, y dio una serie de leyes revolucionarias sobre el municipio, divorcio, reforma agraria, trabajo y otros puntos, y convocó un Congreso Constituyente en Querétaro, el cual promulgó la Constitución de 1917 (5 de febrero), de tono socialista y que incluía las citadas leyes.

Mantenía el régimen federal, dos cámaras, presidencia de cuatro años, por voto directo, habiéndose establecido la rotunda irreelegibilidad. Se afirmaba el dominio directo de la nación sobre el petróleo, convertido rápidamente en la gran riqueza del país, pero por respeto a los intereses yanquis y la necesidad de apoyo de los EE. UU. Carranza, Obregón (convenio de Bucareli) y Calles no aplicaron ese principio.

La reforma agraria dividía los latifundios, fomentaba la pequeña propiedad, su devolución a los despojados y facilitaría aguas y tierras a las pequeñas poblaciones que no los poseyeran. Instituía los ejidos, divididos en parcelas de 3 a 8 ha., luego ampliadas, concedidas a campesinos, con la intención asimismo de hacer de ellos milicia revolucionaria; se admitía la pequeña propiedad o parvifundio, cuya extensión máxima era en principio de 150 ha. de regadío y 250 de secano, ampliadas luego.

La división y distribución de tierras se fue llevando a cabo y se le dio fuerte impulso bajo Cárdenas y Ávila Camacho, multiplicando enormemente el número de propietarios, aunque con arbitrariedades, persecuciones y una crisis económica, superada lentamente. La constitución afirmó asimismo los derechos de los obreros.

La revolución mexicana fue muy hostil a la Iglesia. Además de los desmanes, destrucciones y muertos de las épocas revolucionarias, las leyes de Carranza y la Constitución de 1917 privaban a la Iglesia de toda libertad: el culto solo se podía celebrar en los templos o en privado, la educación sería laica y el Estado, tanto el nacional como los federales, intervendrían en el culto y la disciplina.

El régimen revolucionario

La revolución mexicana —anterior a la rusa y, por tanto, sin implantar el puro marxismo como esta— se consolidó y ya no fueron derribados sus principios, aunque se suavizara su aplicación, como bajo el porfiriato. Carranza logró afirmarse, y acabó duramente con sus adversarios y rebeldes, como Felipe Ángeles y Zapata (1919 ambos). Contra el candidato que quería le sucediera, estalló una vasta insurrección (Plan de Agua Prieta, 1920). En su huida fue asesinado Carranza (21-V-1920).

Tras el interinato de Adolfo de la Huerta fue elegido Obregón (tomó posesión el 1-XII-1920), que impulsó la reforma agraria y la restricción del culto; el secretario de Hacienda Alberto J. Pani, reorganizó este ramo, y el escritor y pensador José Vasconcelos dio el poderoso impulso a la educación, especialmente la primaria.

También se desarrolló el movimiento obrero dirigido por Luis N. Morones y organizado en la CROM (Confederación Regional Obrera Mexicana). Fue asesinado Villa (1923) y Obregón aplastó las rebeldías que se oponían al candidato que impuso y que hizo elegir, Plutarco Elías Calles, oponiéndole a Adolfo de la Huerta; con lujo de fusilamientos fue vencida esta guerra civil (1923-1924).

Calles (1924-1930) administró con acierto en Hacienda, Obras Públicas, Educación y distribución de las tierras. Pero fue durísimo con la Iglesia, lo que vino a ser una diversión estratégica de su conflicto con los Estados Unidos por las leyes sobre latifundios y el petróleo —expulsión de clérigos extranjeros, cierre de centros, prohibición del culto, destierros y prisiones—, y sus persecuciones provocaron una insurrección católica (los cristeros, 1926-1929), reprimida con abundancia de ejecuciones; esta se aplicaron también a los rivales de Calles y de Obregón, a quien hizo elegir, suprimiendo el principio de antirreeleccionista, pero antes de tomar posesión fue asesinado (17-VII-1928).

Calles, titulado el Jefe Máximo de la Revolución, hizo elegir sucesivamente a hechuras suyas: Emilio Portes Gil (1928-1930), Pascual Ortiz Rubio (1930-1932) y Abelardo Rodríguez (1932-1934), pertenecientes al PNR (Partido Nacional Revolucionario). Portes dio un nuevo impulso al agrarismo y realizó un arreglo con la Iglesia, por mediación del embajador yanqui Dwight W. Morrow, que ejerció gran influjo en tiempo de Calles y sus sucesores; pero careció de efectividad el acuerdo.

La depresión mundial de 1929 produjo efectos negativos. Vasconcelos presentó su candidatura presidencial, pero el peso de Calles impuso a Ortiz Rubio, bajo quien se recrudeció la represión, y los Estados limitaron extraordinariamente el número de sacerdotes en cada uno, tendiendo a suprimirlos y declarando a los demás fuera de la ley; los bienes eclesiásticos fueron confiscados. Abelardo Rodríguez, en respuesta a una encíclica de Pío XI sobre tales sucesos, expulsó al delegado apostólico y detuvo al arzobispo de la capital; en muchos Estados fueron cerradas todas las iglesias y expulsado el clero. Se dio el Plan de Querétaro (1933), impuesto por Calles, de tono socialista, especialmente en la educación, y se prorrogó la presidencia a seis años.

El régimen institucional

Rodríguez trasmitió por primera vez pacíficamente el poder desde la revolución a Lázaro Cárdenas (1934-1940), que sacudió la tutela de calles desterrándolo, y procuró poner paz en el país; suavizó las relaciones con la Iglesia y fomentó las obras públicas. Dio un impulso poderoso a la distribución de tierras, otorgando a más de un millón de campesinos 18 millones de ha.

Por otra parte, llevó a cabo una política socialista, manifiesta en la educación, colocada bajo este signo; en más confiscaciones de bienes eclesiásticos; en las leyes de nacionalización y expropiación (1935 y 1936), aplicándose la última en zonas de plantación; en la explotación colectiva de los ejidos y en la actuación de las organizaciones obreras CTM (Confederación de Trabajadores de México), fundada por Vicente Lombardo Toledano, de tendencia comunista al comienzo, y CNC (Confederación Nacional Campesina).

De la CTM surgió la CTAL (Confederación de Trabajadores de la América Latina, 1938). El PNR pasó a ser em PRM (Partido de la Revolución Mexicana, de tendencia más avanzada). Hecho transcendente de esta época fue la nacionalización de los yacimientos de petróleo, sirviendo de motivo un conflicto laboral de sus compañías; decretándose la expropiación el 18-III-1938 mediante indemnización.

Hubo una crisis, por la resistencia de las compañías extranjeras y la actitud de Estados Unidos e Inglaterra, más dura esta, pero las circunstancias internacionales les impulsaron a transigir y aceptar lo consumado. México dueño de su petróleo, aunque estuviera lejos de la situación mundial como productor de comienzos de siglo, ha sacado de él un gran partido para su economía y desarrollo. Frente a la tendencia extremista de Cárdenas surgió el sinarquismo, de cierta boga algún tiempo (1937), de tipo social y conservador, favorecedor de la religión y antirrevolucionario, pero no supo organizarse políticamente, lo que quiso subsanar un grupo más minoritario, Acción Nacional.

Con Manuel Ávila Camacho (1940-1946) termina la etapa virulenta de aplicación del espíritu revolucionario, y sin abandonar los principios de la revolución y de 1917, se entra en una etapa más moderada y tranquila, sin persecuciones y con la actuación de una burguesía que aprovecha la paz para un amplio desarrollo económico, especialmente industrial, prefiriéndose la estabilidad y el orden a las reformas. El PRM pasó a ser el PRI (Partido Revolucionario Institucional, 1946).

En esta época México siguió la política general americana respecto al Eje y participó en la segunda guerra mundial, prestando un intenso apoyo, especialmente económico, a los Estados Unidos. También siguió reconociendo al gobierno republicano español después de 1939. Esta tendencia moderada continuó bajo las presidencias sucesivas de Miguel Alemán (1946), Adolfo Ruiz Cortines (1952), Adolfo López Mateos (1958) y Gustavo Díaz Ordaz (1964), realizándose normalmente la transmisión de poderes y con una estabilidad política que contrasta con la agitación del siglo XIX y de la época revolucionaria.

EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo F-M, págs. 1045-1054.