Independencia de México

Índice

Introducción
La insurrección del cura Hidalgo
La insurrección del cura Morelos
Proclamación de independencia 1813
El definitivo periodo de la emancipación

Introducción

Las mismas causas generales que motivaron la emancipación de la América española actuaron en Nueva España, pudiendo puntualizarse el desarrollo adquirido por el país, que le hacía sentirse maduro para la separación y apto para llevar una vida independiente; la vieja rivalidad entre criollos y peninsulares, el descontento por los privilegios de estos y su preferencia para los cargos de gobierno y autoridad; las restricciones económicas, industriales y mercantiles; la conciencia ya formada de la nacionalidad, la pobreza y la opresión del indio, aunque obra principalmente de los criollos y agravada por la inadecuación de las leyes protectoras; el ejemplo de los Estados Unidos y la inquietud sembrada por la Revolución francesa y las ideas que la prepararon; la hostilidad con que criollos y mestizos veían la política de la metrópoli, achacándole injusticia y desatención por los problemas americanos y el deseo de aquellos de monopolizar el gobierno de su patria.

Miguel HidalgoMiguel Hidalgo por Antonio Fabres.

La emancipación de México se produjo al mismo tiempo que en el resto de América, aunque con rasgos propios. La falta de cohesión entre sus diversas clases —criollos ricos, clase media de criollos y mestizos, peninsulares afectos a la metrópoli, indios y castas pobres—, distanciadas hondamente entre sí impidieron que el movimiento de la emancipación se coordinara y triunfara rápidamente, prologándose, al contrario, mucho tiempo, en lucha mutua los diversos elementos, hasta que su conjunción precipitó el resultado final.

Se asemejó México al Perú en que fue un baluarte de la resistencia española, pero distinguiéndose que se luchó con energía, al mismo tiempo por la independencia, por lo que la lucha por ella tomó aspecto de guerra civil entre mexicanos, pero difundiéndose paulatinamente la tendencia secesionista por los mismos que la combatían. También fue el primer estallido, el único en América apoyado en la masa india, lo que distanció al movimiento criollo, hasta que este se inclinó a los mismos ideales, haciéndolo manifiesto a raíz de una tendencia extrema conservadora —pronto arrollada después—, también singular, y que sirvió de ocasión y pretexto.

Al referir los precedentes de la independencia se han enumerado aparte de las tentativas anteriores, extrañas a esa época, algunas del s. XVIII, carentes todas de gravedad, aunque sintomáticas. Quedan testimonios de la introducción de la masonería, por franceses principalmente, aunque de baja categoría social, venidos con el virrey Revillagigedo II, procesados por el Santo Oficio en 1794, y de la difusión de ideas enciclopedistas, anejas al movimiento de la Ilustración, a partir de la llegada de oficiales para el nuevo ejército mexicano, y esparcidas entre personas cultas, en especial del clero, avivadas por el ejemplo de la Revolución francesa, como atestiguan procesos inquisitoriales y precauciones de la autoridad, tanto que a fines del s. XVIII se incoaron un millar de causas, pero sin consecuencias graves para los acusados; entre ellos estaba Hidalgo.

También se atizaba la rebeldía desde los Estados Unidos y no faltaban conspiraciones de indios con otras frustradas de criollos, sin fundamento sólido. La coyuntura favorable para la independencia la dio, como para el resto del continente, la invasión de España por Napoleón. Gobernaba entonces el virrey José de Iturrigaray (1803-1808), hechura de Godoy y hombre ambicioso y codicioso, como reveló el proceso que luego se le siguió (Enrique Lafuente, El virrey Iturrigaray y los orígenes de la independencia de México, 1941).

Al recibirse las noticias de las abdicaciones de Bayona el 14-VII-1808 hubo impresión de carecerse por completo de gobierno metropolitano, pues no se quería reconocer a José Bonaparte. El Ayuntamiento de la capital, haciéndose eco de las aspiraciones autonómicas, pidió al virrey el 19 de julio su continuación en reserva de los derechos de la dinastía legítima, pero como Gobierno provisional en cierto modo, solicitándose luego la formación de una junta; había afirmado el Ayuntamiento que la soberanía, por las circunstancias, había recaído en el reino. Tal gestión fue un toque de alerta, y ambos partidos, criollo y peninsular, se dispusieron a actuar.

Al saberse la insurrección de España pidió de nuevo el ayuntamiento la formación de una junta gubernativa, a la que se inclinaba el virrey, deseoso de seguir en el mando como su presidente; se trató de la cuestión en una reunión de altas autoridades (9-VIII), que no llegó a un acuerdo, pero en la que el síndico municipal licenciado Francisco Verdad y Ramos sostuvo la soberanía nacional, por falta de monarca. Se juró a Fernando VII, pero la llegada de representantes de la Junta de Sevilla (el principal, el marino Juan Jabat) y cartas de la de Oviedo, pretendiendo se las reconociera como Gobierno de España, planteó de nuevo el problema: Iturrigaray, apoyado por los criollos y el municipio, quiso convocar una junta de todo el territorio de Nueva España, a modo de congreso.

Para evitarlo, un grupo de españoles, inspirados por el oidor Guillermo de Aguirre, con la simpatía de las altas autoridades, opuestas a innovaciones revolucionarias, y dirigidos por Gabriel de Yermo, dieron un golpe de Estado el 15-IX, apresando al virrey, que fue destituido y enviado a España, y prendiendo a los jefes visibles del partido criollo: Verdad, el regidor Juan Francisco Azcárate, el mercedario Fray Melchor de Talamantes, partidario de la independencia y de un Congreso nacional murieron en la cárcel (1808 y 1809).

Fue nombrado virrey por los sublevados el anciano mariscal de campo Pedro Garibay, cortando así las tentativas criollas. Este hecho impidió que la revolución mexicana siguiera el mismo método que las restantes de América, por el sistema de cabildo abierto y junta gubernativa, y motivó que, a diferencia de ellas, empezara por la rebelión violenta. Garibay, carente de dotes, disolvió el ejército movilizado por su antecesor y envió copiosos auxilios en dinero a España. El 19-VII-1809 le sustituyó el arzobispo de México, Francisco Javier de Lizana y Beaumont, que trató favorablemente a los criollos y expulsó a algunos españolistas.

Pero la mala suerte de la guerra, con la perspectiva de la caída de España en poder de Napoleón, reavivaron las esperanzas de los criollos y se tramaron conspiraciones en Valladolid y Querétaro. La primera tenía carácter insurgente y antiespañol y fue denunciada en XII-1809, apresándose a los conjurados, a los que el virrey dejó realmente en libertad, lo que coadyuvó a su remoción el 8-V-1810, sustituyéndole la Audiencia —cuyo regente era Pedro Catani—, en tanto llegaba el nuevo virrey, nombrado por la Regencia de España, general Francisco Javier Venegas, quien tomó posesión el 13-IX-1910, y tres días después estallaba la insurrección.

La insurrección del cura Hidalgo, de Dolores

En Querétaro habían conspirado varios criollos, los capitanes Ignacio Allende (1778-1811) y Juan Aldama, el corregidor Manuel Domínguez y varios elementos más, entre ellos militares y eclesiásticos, en pro de la independencia y con honda hostilidad contra los peninsulares, cuyos bienes serían confiscados; el general sería Allende y la sublevación sería general. Se adhirió a la conjura el cura del pueblo de Dolores (Estado de Guanajato), Miguel Hidalgo; denunciada insistentemente la conspiración, parecía fracasada y así lo hizo avisar la mujer del corregidor a Hidalgo por Aldama. Hidalgo decidió precipitar la insurrección; lo efectuó el 16-IX-1810 por el famoso grito de Dolores, poniéndose al frente de una horda de indios, bajo la consigna de fidelidad a Fernando VII y con la Virgen de Guadalupe por bandera, para romper con un pretexto religioso la vieja sumisión y el temor de las masas.

El propósito de Hidalgo era sublevar a los mexicanos en general, sin distinción de razas, contra la dominación española, señalando a sus huestes los peninsulares como blanco de su odio, por lo que el avance de los insurrectos, en pocos días reunidos a millares, se marcó por asesinatos y saqueos, que afectaron también a los criollos, pues las turbas no distinguían de origen al saciar sus viejos rencores contra el blanco; tomó así la sublevación de Hidalgo carácter social y racial, de rebelión del indio mísero y oprimido, y sus terribles excesos le enajenaron el eco que esperaba aquel hallar en todo el país, aunque se le sumaron muchos elementos y tropas mexicanas, como el regimiento acantonado en San Miguel el Grande. Tomó esta ciudad, Celaya y Guanajuato, donde pereció el intendente Riaño defendiendo la alhóndiga de Granaditas (28-IX), procediéndose al saqueo, que es lo que atraía a los indios, y a la matanza.

El virrey nombró jefes al brigadier Félix María Calleja y Manuel Flon para combatir a Hidalgo, y el obispo de Michoacán, Abad y Queipo, antiguo amigo suyo, le excomulgó a él y a sus secuaces, y lo mismo hizo Lizana. Sin resistencia entró Hidalgo en Valladolid (17-X), donde el gobernador eclesiástico levantó la excomunión; se le pasaron dos regimientos; abolió el tributo que pesaba duramente sobre los indios, y la esclavitud; avanzó Hidalgo sobre México y con Allende y 80.000 hombres que le seguían derrotó a las tropas virreinales en el Monte de las Cruces (30-X); quedaba indefensa la capital, pero no se atrevió Hidalgo a entrar en ella, por no responder a sus incitaciones o por evitar las escenas de terror, y retrocedió, siendo derrotado en Aculco por Calleja (7-XI).

Pero la sublevación se había corrido rápidamente por gran parte de México, apareciendo muchos jefes nuevos: Rafael Iriarte, que se apoderó de Zacatecas y San Luis Potosí; Morelos, en el Sur, y José Antonio Torres, que tomó Guadalajara (11-XI), propagándose el movimiento hasta Coahuila, Nuevo León, Nuevo Santander y Texas. Tras nuevos asesinatos de españoles en Valladolid, se instaló Hidalgo en Guadalajara, donde organizó un gobierno con dos ministros, y promulgó medidas favorables a los indios, aboliendo impuestos; se manchó de nuevo con la matanza de 350 españoles.

El virrey, apoyado por las clases altas y por el ejército mexicano —en el que figuraban futuros generales y presidentes—, tomó la ofensiva, a cargo de Calleja, que tomó Guanajuato a Allende (26-XI), y donde entró a degüello, tomando la guerra un carácter sanguinario e implacable. Recobró el realista José de la Cruz Valladolid, y con Calleja efectuó un avance convergente sobre Guadalajara; al tratar de impedirlo con sus desorganizadas hordas, fue derrotado Hidalgo en la decisiva batalla del Puente de Calderón por Calleja (17-I-1811), perdiendo Guadalajara y dispersándose sus huestes; los otros jefes le destituyeron del mando militar, que dieron a Allende, pero se retiraron hacia el Norte para ir a los Estados Unidos, siendo capturados en Acatita de Baján (Cohauila) el 21-III, por una asechanza; el 30-VII-1811 fue fusilado en Chihuahua Hidalgo y el 26-VI lo habían sido Allende, Aldama, Mariano Jiménez y otros jefes; Mariano Abasolo murió preso en España, e Iriarte fue muerto por Ignacio Pérez Rayón, que había quedado al frente de los insurgentes y se retiró a Zacatecas y Michoacán.

Los leales reaccionaron en varias provincias y perecieron otros jefes rebeldes, como Ignacio Aldama y el cura Mercado. Con la derrota y muerte de Hidalgo terminó la primera parte de la insurrección, anárquica, mal dirigida, feroz, sin ideología precisa, estallido demagógico, que desbordó a su jefe, cuya poderosa personalidad solo supo encenderla y conducirla como símbolo, promoviendo una guerra que ya no terminaría hasta la consecución de la independencia. Gran cantidad de curas habían tomado el partido de la insurrección, y de ellos salieron muchos jefes notables.

La insurrección del cura Morelos

El segundo periodo (1811-1815) fue dominado por la potente personalidad de otro caudillo y sacerdote, José María Morelos, ya sublevado en octubre de 1810; aumentó rápidamente su partida, con la que obtuvo varios éxitos, pero no pudo tomar Acapulco (II-1811), uniéndosele después los hermanos Bravo, los Galeana y Vicente Guerrero. Su primer campaña, hasta agosto de 1811, demostró sus cualidades militares y estuvo llena de triunfos, habiendo organizado un ejército pequeño, pero eficiente, y esforzándose en evitar la lucha racial.

Entre tanto, Rayón se apoderó de Zitácuaro (Michoacán), donde rechazó a Emparan, en instaló una Suprema Junta Nacional Americana (19-VIII-1811) en nombre, ficticiamente, del rey, compuesta por Rayón, José María Liceaga, José Sixto Verdusco y por Morelos desde VIII-1812. Este comenzó una segunda campaña en XI-1811, en la que demostró su pericia militar, teniendo a raya a los ejércitos realistas: se apoderó de Chiautla (XII-1811), Izúcar y Cuautla (25-XII) y derrotó a Rosendo Porlier en Tenancingo (22-I-1812). En Izúcar se le unió el cura Mariano Matamoros, que pronto fue su segundo. Amenazaba así Morelos por el Oeste la capital, pero Calleja tomó Zitácuaro el 2-I-1812, y la Junta se refugió en Sultepec.

Calleja disponía además de tropas peninsulares llegadas, distribuyó fuerzas por todas partes, armó a parte de la población, logrando buenos resultados, pero fracasó en el sitio y bloqueo de Cautla, defendida por Morelos (febrero a mayo de 1812) y que no pudo tomar a pesar de su superioridad, hecho que llevó a Europa el renombre militar de Morelos, hasta que este evacuó la ciudad (2-V). A la Junta se le unió otro cura, José María Cos, que publicó en Sulpetec un periódico, en que proponía la independencia bajo Fernando VII, respecto a los españoles, pero excluyéndolos de los cargos, y apoyo a España contra Francia; López Rayón proponía algo semejante, mezcla de liberalismo y tradición, como la unidad religiosa, pero Morelos se oponía a la ficción de conservar a Fernando.

Pero el ejército insurgente estaba dividido y cada jefe efectuaba por su cuenta, sin disciplina ni coordinación; en VI de 1812, la Junta huyó a Sulpetec y se dispersó, y sus miembros se desavinieron. Otro golpe fue la muerte del guerrillero Albino García, que durante año y medio campó por Guanajuato; había aparecido una serie de ellos, muchos simples bandidos, famosos por sus atrocidades.

En junio de 1812 comenzó Morelos su tercera campaña, con Miguel Bravo y Hermenegildo Galeana, la más importante de las suyas: Hizo levantar el sitio de Huajpam, fue rechazado en Jalapa, se apoderó de Orizada, donde causo mucho daño a la hacienda virreinal (X-1812), tomó Oaxaca (25-XI), donde fusiló a su defensor González Saravia, que iba a ejercer el supremo mando militar de México, y la saqueó. En medio de los horrores destacó el rasgo de Nicolás Bravo, que libertó a 300 prisioneros realistas, cuando se acababa de fusilar a su padre.

Volviendo Morelos al Oeste, el 12-IV-1813, se apoderó de Acapulco, el gran puerto del Pacífico, sitiado hacía tiempo, cuya fortaleza no se rindió hasta el 20 de agosto. Calleja sustituía a Venegas como virrey (4-III-1813) e impulsó con energía la campaña. Venegas hubo de poner en vigor la Constitución de Cádiz, en realidad nominalmente, y Calleja aplicar la abolición del Santo Oficio.

En las Cortes se habían distinguido algunos diputados mexicanos, como Antonio Joaquín Pérez, luego absolutista y obispo de Puebla; José Miguel Guridi Alcocer, José Miguel Ramos Arizpe y José Miguel Gordoa; fray Servando Teresa de Mier, fraile rebelde y andariego, defendía en Cádiz a sus compatriotas contra el periodista López Cancelada, expulsado por el virrey Lizana. Después de Acapulco, Morelos tomó la dirección política en su mano y convocó un congreso en Chilpancingo, abierto el 14-IX-1813, con ocho diputados, nombrados casi todos por él mismo, pues era imposible verificar elecciones; al día siguiente le eligieron generalísimo y asumió todo el mando, disolviendo la Junta.

Proclamación de independencia de 1813

El 6-XI-1813 fue proclamada la independencia de México, desligándose de España y de Fernando VII, cuyo nombre hubiera querido conservar Rayón. También acordó el regreso de los jesuitas. Miembros relevantes del Congreso eran el historiador y político Carlos María de Bustamante, Andrés Quintana Roa y los componentes de la Junta.

La constitución fue promulgada más tarde en Apatzingan (22-X-1814) (Decreto Constitucional para la Libertad de la América Mexicana) en plena desbandada; mezcla de espíritu religioso y de ideas liberales, tanto de Rousseau como de Cádiz, con unidad de religión, soberanía popular, división de poderes, elecciones en tres grados, cámara única y ejecutivo confiado a un triunvirato, formado el primero por Morelos, Liceaga y Cos; tal constitución no rigió, en realidad, por estar ya la insurrección en decadencia.

Morelos tenía ideas y tendencias organizadoras más definidas que Hidalgo; su tendencia era democrática, igualitaria, anuladora de las distinciones raciales, y tendía a elevar el nivel económico de la masa india, buscando mayor equilibrio social por la abolición de los latifundios y su reparto, especialmente los pertenecientes a españoles y criollos adictos a la metrópoli, siendo en esto más avanzado que Hidalgo.

A fines de 1813 realizó Morales una expedición contra Valladolid con Matamoros, Galeana y Bravo, pero Calleja estaba sobre aviso y tenía fuerzas dispuestas; la ciudad fue defendida por Ciriaco del Llano y Agustín de Iturbide, quien infligió una seria derrota a los atacantes (24-XII), renovada en la batalla de Puruarán por los mismos, el 5-I-1814; Matamoros cayó prisionero y fue fusilado.

Una rápida campaña del realista Gabriel Armijo expulsó al Congreso de Chilpancingo y de Tlacopetec, tras vencer a los principales jefes insurgentes en Chichihualco (19-II-14); recuperó Acapulco (14-IV) e hizo perecer a Galeana, mientras Melchor Álvarez recobraba Oaxaca (29-III); también fue ejecutad Miguel Bravo, destruyéndose la insurrección en el Sur; aún se sostenía en el Oeste, donde se resistía Ramón Rayón en el cerro de Cóporo. Ignacio L. Rayón se asentó en Zacatecas, donde tuvo disensiones con el otro jefe superior Rosains, que, depuesto, se acogió a indulto del virrey. Calleja ordenó (22-I-14) el fusilamiento de todos los insurgentes capturados.

El Congreso, entre tanto, andaba errante, por las derrotas: en Tlacotepec quitó a Morelos el mando supremo y asumió el ejecutivo; pasó luego a Uruapan y Apatzingán, donde se dio la citada Constitución y se enviaron representantes a los Estados Unidos; uno de ellos, Bernardo Gutiérrez de Lara, remitido ya por Allende, auxiliado por los yanquis, que ya ambicionaban la anexión de Texas, proclamó la independencia de este país (IV-1813) por breve periodo de tiempo.

Congreso y triunvirato estaban desavenidos, y Cos estuvo a punto de ser ejecutado por Morelos.. En IX-1815 se trasladó el Gobierno y sus precarios organismos de Uruapán a Tehuacán, donde siguieron las contiendas, hasta que los disolvió a fin de año Manuel Mier y Terán, que asumió, con otros dos, un mando civil imaginario.

En la retirada del Congreso cayó prisionero Morelos en Tesmalaca (Guerrero) el 5-XI, y llevado a México, sufrió un proceso militar y otro inquisitorial; fue degradado canónicamente y fusilado en san Cristóbal de Ecatepec, el 22-XII-1815. Con su muerte y los reveses experimentados, quedaba desarticulada la insurrección y concluido el segundo periodo de la revolución; pero se mantuvieron numerosas fuerzas y partidas, con unos 8.000 hombres esparcidos por todo el país, y cuyos jefes eran rivales entre sí, mientras el Gobierno disponía de 40.000 soldados y otros tantos milicianos.

Durante los años siguientes fue decayendo la insurrección, perdiendo posiciones en las provincias que rodeaban a la capital, y acogiéndose a indulto muchos jefes: Cos, Ramón Rayón en Cóporo (1817), Terá, Mariano Guerrero, etc., y perdiendo muchos fuertes, que eran focos de resistencia. Desde el 20-IX-1816, Calleja, victorioso, había sido sustituido en el virreinato por Juan Ruiz de Apodaca.

En 1818 se reanimó la insurrección por la llegada del guerrillero español Francisco Javier Mina Mina el Mozo, famoso por sus hechos en la guerra de la Independencia, y que por espíritu liberal, para combatir a Fernando VII, acudió a México para ayudar a su emancipación, con auxilios ingleses y yanquis; desembarcó cerca de Soto la Marina (15-IV-1817), donde se le reunieron más hombres; se internó audazmente en una brillante campaña, poniendo su base en el fuerte del Sombrero y venciendo en Peotillos y Hacienda de San Juan; pero reunidas fuerzas suficientes, perdió el fuerte (19-VIII) y fracasó en el ataque a Guanajuato; capturado en el Venadito, fue fusilado ante el fuerte de los Remedios, el 11 de noviembre, que se rindió a Pascual de Liñán el 11-I-1918.

En 1817 cayeron prisioneros Verdusco, López Rayón y Nicolás Bravo, y otros se acogieron a indulto; imperaba una política más humana, y ya no se ejecutaba a los insurgentes, en general, disolviéndose las tropas de ellos. En 1818 se tomó el fuerte de la Jaujilla, donde residía un residuo de Gobierno, cuyo presidente, Pagola, fue fusilado después; la última Junta se disolvió en 1819, y solo quedaban partidas, principalmente en el Sur, bajo Guerrero, Guadalupe Victoria Félix Fernández, Pedro Asencio y otros menos notorios.

El 4º y definitivo periodo de la emancipación

La causa española parecía completamente triunfante en contraste con otros países sudamericanos, ya emancipados. Pero la revolución liberal de Riego en 1820 cambió bruscamente la situación y abrió un cuarto y definitivo periodo. En él se consuma la emancipación, cambiando de signo la lucha mantenida hasta entonces, por la incorporación al movimiento independiente del ejército y del elemento criollo que hasta entonces lo habían combatido.

Varios personajes de ideas tradicionalistas, como el virrey, el regente de la Audiencia Miguel Bataller, el canónigo Matías Monteagudo, el ex inquisidor Tirado, temerosos del triunfo del liberalismo y de su implantación en Nueva España, pensaron por el Plan de la Profesa separarla de la metrópoli bajo el gobierno de Apodaca, en tanto el rey estuviera privado de su autoridad absoluta. La Constitución no obstante fue jurada.

Las ideas en pro de la independencia habían cundido mucho, y las clases elevadas que la temían o la habían combatido —aristocracia, ejército, clero, grandes propietarios—, por descontento o los motivos dichos se inclinaron a ella. Como instrumento, los conjurados de la Profesa, eligieron a Iturbide, uno de los más prestigiosos jefes realistas, coronel a la sazón e implacable perseguidor de los insurgentes, que había tenido la jefatura del ejército del Norte.

El virrey le ascendió a brigadier y le dio el mando del ejército del Sur contra Guerrero (1820); sufrió varios reveses y acabó por ponerse de acuerdo con él y los otros jefes insurgentes que se le unieron para proclamar la independencia, por el plan de Iguala (24-II-1821), obra de Iturbide, que quería unir a todos los elementos contrapuestos y a los mexicanos y españoles, con garantías para todos, e independencia bajo la soberanía de Fernando VII, que se creyó quería ir a refugiarse a México; sin embargo, la monarquía sería constitucional, pero no se permitiría otra religión que la católica.

Una hábil labor de atracción le adhirió una gran cantidad de jefes militares, prelados y otros elementos importantes, y en colaboración con los caudillos insurgentes, Guerrero, Bravo, Mier y Terán, Guadalupe Victoria y otros, más los hasta entonces realistas, Anastasio Bustamante y el célebre futuro dictador, Antonio López de Sata Anna, emprendió la campaña, que apenas halló resistencia, capitulando la mayoría de los jefes realistas y rindiéndose las ciudades, salvo Hevia en el Este, hasta que pereció, y José de la Cruz, que tuvo que rendirse en Durango (3-IX); el ejército criollo estaba ganado a la independencia y el peninsular (unos 8.000 hombres), al liberalismo.

Descontentos los oficiales españoles por los sucedido, culparon al virrey y le destituyeron, el 5-VII-1821, haciéndose cargo del gobierno el general Francisco Novella; caídas Puebla y Oaxaca, en julio, en este mes y el siguiente se proclamó la independencia en casi todo el resto del país.

El 30 de julio llegó el último virrey, Juan O´Donojú, liberal y masón, que al ver la situación se mostró inmediatamente dispuesto a reconocer la independencia; el 24 de agosto firmó con Iturbide el tratado de Córdoba, adhiriéndose al plan de Iguala, y se acordó llamar al trono del Imperio mexicano, en defecto de Fernando, a sus hermanos o al príncipe de Luca, y si no aceptaban, a quien desinaran las cortes mexicanas, lo que abrió el camino a las ambiciones de Iturbide. Carecía O´Donojú de autoridad para su acto, y fue desautorizado por las Cortes españolas.

Novella acabó por reconocer a O´Donojú y se evacuó México por las tropas realistas, ocupándolo José Joaquín de Herrera y Vicente Filisola, el 24-IX-1821; el día 27 entró Iturbide con el ejército trigarante (de las tres garantías: religión, independencia, unión de mexicanos y españoles). Se rindieron Acapulco y Veracruz (octubre), cuyo gobernador José Dávila se defendió en el castillo de Ulúa, y luego en él resistieron Lemaur y Coppinger, hasta 1825 (19-XI); Yucatán y Chiapas, que pertenecían a la capitanía general de Guatemala, se unieron a México.

Se formó una Junta provisional gubernativa, que publicó el Acta de Independencia del Imperio Mexicano, el 28 de septiembre, y designo una regencia de cinco miembros, presidida por Iturbide y de la que formó parte O´Donojú hasta su pronto fallecimiento (8-X).

Quedaba consolidada la nueva nación: el congreso constituyente (24-II-1822) se compuso de liberales y enemigos de Iturbide y del plan de Iguala. Rechazado en España el tratado de Córdoba, Iturbide fue proclamado emperador (18-V-1822) para abdicar el 19-III-1823 ante el triunfo del republicanismo liberal y federalista que acabó con la monarquía y el régimen conservador que habían soñado los promotores de la revolución final de la independencia, adueñándose del Poder los antiguos patriotas y los nuevos republicanos.

Se anuló el plan de la Iguala y sus postulados; se separó de México la América Central, unida momentáneamente bajo Iturbide, y se inició una larga etapa de anarquía e inestabilidad. Una conjura española sin importancia, según se ha creído, quizá erróneamente, por Eugenio de Avinareta (1827) —la de fray Joaquín de Aranas—, ocasionó varias ejecuciones y una expulsión parcial de peninsulares. Creyendo fácil la reconquista, por el desorden político, se envió una última expedición bajo Isidro Barradas, que desembarcó en Tampico, el 27-VII-1829, pero tuvo que capitular el 11-IX ante Santa Anna y Mier y Terán. El 20-III-1829, se decretó la expulsión total de los españoles, sin consideración alguna, y sin los beneficios que se esperaban de ello para el país.

De 1824 a 1826, pretendió México la conquista de Cuba, con ayuda de Colombia, para arrebatar a España una base peligrosa para la independencia, y declararla libre o unirla a aquel, pero tropezó con el veto norteamericano. Durante el resto del reinado, Fernando VII solo pensó en la reconquista (cf. J. Delgado, España y México en el siglo XIX, Madrid, 1950). El reconocimiento de la independencia no lo verificó España hasta 1836, y fue el primero realizado de una nación hispanoamericana.

EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo F-M, págs. 1039-1045.