Época Colonial

Índice

Introducción
El virreinato de Nueva España
Las misiones
Las razas
Legislación y asimilación
Fundamentos económicos

Introducción

Los tres siglos de la llamada época colonial formaron la definitiva nacionalidad mexicana, por la confluencia e íntima conexión de los elementos aportados por España —inmigración, religión católica, cultura europea, instituciones, unificación y organización del país—, con los ofrecidos por este —la tierra, sus recursos, la masa india, con su esfuerzo e idiosincrasia, los restos de su antigua cultura.— De este periodo salió la Nueva España apta para constituir un Estado independiente, criollo y mestizo en su población, pero cristiano y de cultura europea plenamente sin perjuicio de la perduración de la mentalidad y tradiciones indígenas.

Ruinas de convento franciscano construido aproximadamente en 1530.Ruinas de convento franciscano construido aproximadamente en 1530.

La norma española fue asimilista, procurando ingresar a los indios en la fe y, en mayor o menor grado, en las normas éticas y culturales de la metrópoli, a la par de la fusión racial por el mestizaje y con la voluntad de que la Nueva España reprodujera en lo posible las líneas de todo orden de la antigua. Con el Perú, fue México el territorio americano en que realizó España el máximo esfuerzo colonizador y civilizador, el que tuvo más importancia de toda clase para la metrópoli, y que, como expresión de este interés, constituyó durante dos siglos uno de los dos únicos virreinatos en que se dividieron las provincias americanas.

El virreinato de Nueva España da carácter a la época colonial mexicana; fue el primero erigido en América, por cédula de 17-IV-1535. en que se nombró por su primer virrey a don Antonio de Mendoza; sin embargo, su creación había sido acordada ya en 1529, aunque se tardaron seis años en hacerla efectiva, durante los cuales gobernó la segunda Audiencia, el otro de los grandes oreganismos de gobierno, erigido en 1527. Los dos primero virreyes, Mendoza y don Luis de Velasco, en sus largos periodos de gobierno (1535-1550 y 1550-1564) y por sus grandes dotes de expertos y celosos gobernantes, acabaron de organizar el país y de imprimirle el sello que había de ostentar, consolidando la indeleble labor realizada por Cortés.

El virreinato de Nueva España

Durante los doscientos ochenta y seis años que duró el virreinato (de 1535 a 1821) rigieron los destinos mexicanos 61 virreyes (dos de ellos dos veces); dos fueron extranjeros (Croix y Branciforte) y tres americanos (Casa Fuerte, Díaz de Armendariz y Revillagigedo II). Diez fueron prelados, que gobernaron, en general, interinamente. Pertenecieron, por corriente, a la nobleza o, por lo menos, a la hidalguía, y durante la casa de Austria predominaron los miembros de la grandeza; en el siglo XVIII, la mayoría pertenecía al ejército, en la clase de tenientes generales, con menor categoría social en el fondo que los de las dos centurias anteriores. la mayoría fueron hombres capaces, probos, humanos y buenos gobernantes; son desde luego minoría las grandes figuras —tales Mendoza y Velasco, el arzobispo Enríquez de Ribera y algunos del siglo XVIII: Linares, Casa Fuerte, Bucareli, Revillagigedo II—, predominando los discretos y medianos, pero también fueron raros los absolutamente incapaces o inmorales, y no los hubo tiránicos o sanguinarios; los últimos fueron, en realidad, generales en campaña, por coincidir con la guerra de la Independencia.

Ejercieron los supremos cargos de gobernadores del territorio, capitanes generales de las fuerzas armadas, presidentes de la Audiencia, vicepatronos en los asuntos eclesiásticos y superintendentes de Hacienda. Les rodeaba hondo respeto —lo que no impidió la destitución violenta de algunos—; se envolvían de etiqueta y solemne fasto y sostenían una especie de corte, que daba tono aristocrático y de distinción a la capital, a lo que coadyuvaba la existencia de una numerosa nobleza colonial.

En los periodos de fallecimiento gobernó, en general provisoriamente, la Audiencia. No como virrey, pero en calidad de visitador, se puede agregar a las figuras de los más notables virreyes la de José de Gálvez (1765-1771), impulsor de las reformas de Carlos III. El virreinato de Nueva España abarcaba teóricamente toda la América situada al norte del istmo de Panamá, incluyendo las Antillas.

En realidad la autoridad del virrey se extendía al territorio de la Audiencia de México —parte central y meridional del México actual—, al de la Audiencia de Nueva Galicia —fundada en 1548, con sede en Compostela, y definitivamente en Guadalajara en 1560—, que comprendía el Noroeste y el llamado reino de Nueva Vizcaya —el Norte—; al gobierno del Yucatán, al Nuevo Reino de León, a Nuevo México, y, más tarde, a Texas y California, sin poseer límites en América del Norte. (Nuevo México y las Californias también se incluían en la Audiencia de Nueva Galicia). Las grandes divisiones tenían gobernadores —salvo el territorio directo de las Audiencias— y se repartían en alcaldías mayores y corregimientos.

El siglo XVIII alteró la división anterior con la implantación de las intendencias (1786), en número de doce, y la erección de la Comandancia de las Provincias Internas (1776), que comprendían Nueva Vizcaya, Sinaloa, Sonora, California y las comarcas hoy norteamericanas. Chiapas pertenecía a Guatemala. La nación mexicana de hoy es creación de la conquista y de la época colonial, incluso en su aspecto territorial, al unificar con el antiguo imperio azteca los otros reinos independientes y un conglomerado de tribus en diverso estado cultural sin relación con aquel.

La formación territorial de México fue fruto de un movimiento expansivo hacia el Norte, que no se detuvo en la época colonial, indicio de la vitalidad de la nueva sociedad, impulsado por motivos económicos, ante todo por la explotación minera, sumamente rica en las comarcas norteñas, y también por la expansión en busca de terrenos para la agricultura y la ganadería; y también por espíritu misional, habiéndose efectuado buena parte de aquella por medio de las misiones, que fueron pacificando las tribus fronterizas y preparando la posterior colonización.

Reales de minas, misiones, presidios o fuertes, pueblos, nuevas ciudades, haciendas fueron ampliando el área colonizada; en este movimiento participaron los tlaxcaltecas, por su probada fidelidad, y fundaron colonias para atraer a los indios bárbaros. En 1548 se descubrieron la minas de Zacatecas, uno de los más ricos focos argentíferos, y de subsiguiente colonización. La infatigable actividad de Francisco de Ibarra, exploradora, conquistadora y minera (1554-1575) produjo la erección de la provincia de Nueva Vizcaya (1562), de la que fue primer gobernador, cuya capital, Durango, fundó en 1563; también inició la colonización de Sinaloa y de Chihuahua.

Más al sur se fundó Querétaro (1550), y en una rica zona minera Guanajato (1554) y Aguas Calientes, expandiéndose rápidamente la colonización en su torno y en las comarcas intermedias (fundación de Celaya, San Miguel el Grande, hoy Allende, y San Luis Potosí (1576).

Hacia el norte aparecieron Saltillo (1575) —por Francisco de Urdiñola, otro gran colonizador (1618)— y Parras, ambas en Coahuila. Colonizó Nuevo León el judío portugués Luis de Carvajal (m. en 1590), procesado luego por la Inquisición, que fue nombrado gobernador de aquel nuevo territorio; abandonadas sus fundaciones, las restableció Diego de Montemayor, que levantó Monterrey en 1596; en 1600 se fundaba Parral (Chih), capital de Nueva Vizcaya durante un siglo.

Y se iniciaba el siglo XVII con la conquista de Nuevo México por Juan de Oñate, desde 1598, ya intentada medio siglo antes por Coronado. Otra ciudad importante procedente del XVI es Valladolid de Michoacán —hoy Morelia—, fundación del primer virrey en 1541. Al terminar el siglo XVI, la conquista ce Cortés había alcanzado los Estados septentrionales de la actual República. Y empresa mexicana en gran parte había sido la sumisión de Filipinas por Legazpi, a las que se puede considerar como una especie de subcolonia de Nueva España, pues de su virreinato dependían y con ella y a través suyo mantenían sus únicas relaciones, llegando por su conducto a México los influjos extremo-orientales.

Las misiones

La expansión fue más lenta en el s. XVII, y en ella tomó parte primordial la acción de los misioneros, con sus reducciones de indios incivilizados, a los que se congregaba en aldeas, evitando el nomadismo y la dispersión, vanguardia de los colonos que se establecían después, y adelantándose luego los misioneros a zonas más lejanas; así, en manchas de aceite, se amplió la acción pobladora, evangelizadora y de asimilación del indígena a todos los Estados septentrionales.

Los jesuitas se reservaron la zona del noroeste: Sinaloa, desde 1591, y Sonora desde 1613, donde se distinguieron los padres Martín Pérez y Andrés Pérez de Ribas y el capitán Diego Martínez de Hurdaide, especie de Búffalo Bill hispánico;; los franciscanos trabajaron en Chihuahua, donde se fundó la villa de este nombre (1705), y el Paso (1659), y en Cohauila, donde surgió Monclova (1674 y 1679). En estas regiones se marcaron los nombres del misionero Juan Larios y de los conquistadores Martín de Zavala y Alonso de León.

En el siglo XVIII adquirió Chihuahua gran prosperidad por la apertura de las minas. Después de muchas tentativas inútiles se acometió decididamente la colonización de la península de California en 1697, por obra del padre Salvatierra y del padre Kino, que laboraron además en Pimeria (norte de Sonora y sur de Arizona). Se iniciaron las primeras misiones en Texas, pero no se consolidó esta nueva provincia hasta 1716, ante la colonización francesa de Luisiana.

Aún quedaba en el Méjico actual una región salvaje, la de Tamaulipas, no colonizada hasta 1746, en que José de Escandón fundó la colonia de Nuevo Santander, donde hasta 1755 levantó 21 poblaciones y llevó cerca de 1.400 familias españolas y tlaxcaltecas. En 1722 se había sometido Nayarit, en la costa del Pacífico. La última expansión de México fue la creación de California en 1769, obra fundamentalmente del padre Junípero Serra.

Las razas

Al elemento indio originario se agregó el español y el negro y surgieron las diversas castas mestizas, como en el resto de la América española. Aun descontando cifras exageradas o lanzadas arbitrariamente, es indudable que en los primeros tiempos de la conquista hubo un notorio descenso de la población, debido, más que a la guerra directamente, a sus consecuencias, a la desorganización social introducida, a la esclavitud, trabajos forzados y excesivos, hambres y, sobre todo, epidemias, que, como la de viruela, antes desconocida, ocasionaron enormes mortandades, repetidas en los siglos siguientes.

La población indígena, en el momento de la conquista, ha sido calculada con gran amplitud entre 12 ó 15.000.000 por Sapper —cifra excesiva— y 3.000.000 por Kroeber (incluyendo Guatemala); Humboldt la supuso en 6.500.000; los minuciosos estudios de Rosemblat le atribuyen en 1492 unos 4.500.000, reducidos a 3.555.000 en 1570, en los que se incluyen unos 30.000 blancos y 25.000 mestizos y negros. Hacia 1650 habría aumentado la población total 3.800.000 habitantes y con ella los blancos (200.000) y mestizos (150.000), disminuyendo, en cambio, los indios (3.400.000).

A raíz de la independencia ascendía la población hacia 1810, a 6.500.000, según Humboldt, o 6.122.354, según el contador Navarro Noriega, con un notable aumento, siendo la proporción de razas: 3.700.000 indios (54,48%), 1.230.000 blancos (18,12%) y 1.860.000 castas (27,40%, mestizos la mayoría). (Rosenblat, referido a 1825; Navarro fijaba la proporción en 60, 18 y 21%, respectivamente). A la disminución del indio había colaborado la formación del mestizaje, que acabaría después por ser el elemento preponderante.

Legislación y asimilación

Como en el resto de América, la legislación referente a los indios se esforzó en hallar el equilibrio entre su protección y el deseo de afirmar su libertad por un lado, y la necesidad de satisfacer a los conquistadores y a sus descendientes, de asegurar el trabajo y su conversión y asimilación cultural, conflicto concretado en el problema de las encomiendas y del trabajo forzoso.

Cortés implantó las encomiendas en Nueva España y de mantuvieron por sus advertencias tras una momentánea prohibición (1523); los conquistadores, encabezados por el mismo Cortés, solicitaron la perpetuidad de las encomiendas, como garantía de permanencia de la colonización, lo que otorgó Carlos V en 1528 y 1529, a la par de medidas contra los abusos con los indios; pero en seguida, en instrucciones a la Audiencia, dispuso la extirpación gradual de las encomiendas; mas la crisis ocasionada motivó su continuación, y en 1535 las prolongó por una vida.

Las Leyes Nuevas de 1542 que representaban la extinción del sistema, hallaron tan fuerte oposición cuando quiso implantarlas el visitador Tello de Sandoval, que por consejo de Mendoza y Zumárraga y petición de las demás autoridades se suspendieron (1545 y 1546), prohibiendo al mismo tiempo el servicio personal forzoso (de nuevo vedado en 1549) y la esclavitud (ya prohibida para los cautivos en guerra en 1526, 1528 y 1530, y de la que abusó Nuño de Guzmán y restablecida para los rebeldes en 1534); se conservó la herencia de las encomiendas, pero se ordenó la liberación de esclavos ilegales, lo que realizó Velasco con energía.

Por tolerancia se prolongaron las encomiendas a más vidas (1555 y 1607), pero se tendió a hacerlas decaer y a su reversión a la corona; Felipe II se opuso a su perpetuidad, contra múltiples presiones, pero no obstante los esfuerzos regios perduraron las encomiendas hasta el s. XVIII.

El trabajo forzoso resurgió en le repartimiento o cuatequil, análogo a la mita peruana, para minas, labores agrícolas, obrajes y obras públicas, y pagado, organizado durante el virreinato de Enríquez de Almansa, pero originó muchos abusos, que provocaron una abundante legislación para contenerlos, como la cédula de 1601, que intentó sustituir el repartimiento por el trabajo libre asalariado; la de 1609, que lo restableció parcialmente, y la disposición del virrey Cerralbo, que la abolió teóricamente para la agricultura en 1632.

A pesar de la legislación protectora y abolicionista continuaron los abusos y el trabajo forzoso en formas disimuladas durante toda la época colonial, como el peonaje, aparecido ya en el s. XVI y agravado en el XVIII por el concepto utilitario dominante en el Gobierno. Pero las circunstancias mexicanas remediaron por sí la cuestión del trabajo indio mucho mejor que en el Perú, pues sus aptitudes agrícolas y artesanas hicieron utilizar a los indígenas como colonos —del modo dicho—, como labradores libres y trabajadores hábiles en las artes industriales en que desarrollaron honda maestría; el trabajo libre en campos, oficios y minas absorbió a gran cantidad de indios y elevó su situación, que Humboldt halló en algunos aspectos igual o superior a la de los proletarios europeos.

Además de los pueblos indios reducciones o congregaciones, en que los misioneros fueron congregando a los bárbaros de la frontera que se iban convirtiendo, hubo otros muchos en las regiones civilizadas de la época prehispánica en que vivían bajo la autoridad de sus caciques, que fue conservada, donde perpetuaban su lengua y costumbres en lo no opuesto al cristianismo y sometidos al tributo o dependientes de una encomienda. Ejemplo típico fue Tlaxcala, que gozó de singulares y extraordinarios privilegios por su conducta cuando la conquista.

Los pueblos indios carecían en general de propiedad individual, prevaleciendo la comunal, en forma de tierras en comunidad, de propios y ejidos; las dos últimas clases existían también en las poblaciones de españoles. Otros indios convivían con los españoles en ciudades y pueblos y asimilaban sus hábitos y lengua y alimentaban el creciente mestizaje. Algunos indios poseían o adquirían riquezas y categoría social, como algunos miembros de la antigua nobleza azteca.

Los grandes defensores de los indios fueron los misioneros que velaron celosamente por su evangelización, mejora de costumbres y protección contra los abusos, especialmente en los primeros tiempos, y siempre en las regiones fronterizas, donde no decayó el fervor. De los esfuerzos por elevar el nivel del indio y proporcionarle la cultura europea son brillante ejemplo la obra de fray Pedro de Gante con la escuela que fundó en 1524 de primeras letras y artes y oficios, con grandísimo éxito, y el colegio de Santa Cruz de Tlaltelolco (1533-1536), fundación de Fuenleal, Zumárraga y Mendoza, de tipo superior, decaído a fines de siglo y sustituido por el de San Gregorio Magno para hijos de caciques, regido por los jesuitas.

Otros varios colegios hubo para indios y numerosas escuelas anejas a conventos y misiones. Aún perdura vivo recuerdo de Vasco de Quiroga, el oidor y obispo de Michoacán, henchido de amor a los indios, que intentó realizar allí los ideales de la Utopía de Tomás Moro, con sus hospitales de México y Pátzcuaro, de carácter colectivista y profundamente caritativo, y otras muchas fundaciones. Fruto de la asimilación de la cultura española fueron escritores de raza india como Ixtlilxóchitl y Tezozomoc. Con mayor o menor resignación aceptó el indio su sometimiento y nuevo estado y no hubo sublevaciones de tipo general o grave, salvo algunas de carácter local, como la de Nueva Galicia (1540-41) y otras citadas en los precedentes de la Independencia.

Los testimonios acerca de la situación del indio son contradictorios, pues por un lado consta que cumplía la legislación tan celosamente protectora a ellos referente y por otro que se cometían muchos abusos. A fines de esta época el indio se hallaba en buena parte sumido en la miseria, por el crecimiento del latifundio y por haberse convertido la legislación, con su excesiva tutela, en un obstáculo y opresión, no siendo ya necesaria su rigidez. Defecto del carácter de legislación fue el aislamiento que mantuvo al indio, impidiendo su asimilación étnica, lingüística y cultural y perpetuando la fuerte heterogeneidad de la sociedad mexicana.

El elemento mestizo, en buena parte de origen ilegítimo, estaba equiparado legalmente al criollo, aunque era socialmente inferior; vino a formar una especie de clase media, de labradores, administradores de haciendas, pequeños comerciantes, bajo clero; constituían la mayoría de la población urbana, impregnaban a las otras razas, a cuyas expensas aumentaban hasta excederlas y tendieron a formar una aparte, dotada de conciencia y solidaridad.

Se importaron negros para las labores duras y aliviar al indio, pero su número a fines de la época colonial era reducido; aun los emancipados se hallaban en situación jurídica inferior, como también los mulatos y zambos, aunque estos representaban un activo elemento en el trabajo y la milicia. El elemento blanco estaba integrado por los españoles, bajo cuyo nombre se comprendía a los peninsulares y a los criollos. Los peninsulares no dejaron de afluir nunca, primero como conquistadores, luego como colonos, comerciantes, funcionarios, religiosos, aventureros, trabajadores en busca de fortuna, militares...

La inmigración de tipo económico, no meramente oficial, aumentó en el siglo XVIII y sus componentes se distinguían por su actividad y laboriosidad que les hacía ascender a muchos de categoría social y ocupar puestos relevantes en la economía mexicana. Su número se calcula en unos 76.000 hacia la época de la Independencia. La mayoría se asentaba para siempre en el país y se enlazaban por matrimonios con las familias criollas.

El elemento criollo procedente de los conquistadores, colonos y de los inmigrantes posteriores y desarrollado luego por sí llegó pronto a ser el más numeroso de los blancos, aunque hubiera dentro de él bastante proporción de mestizaje disimulado. Había en él un factor aristocrático por la descendencia de los conquistadores y primeros inmigrantes, por la posesión de la tierra y minas, mayor riqueza, y con relación al inmigrante peninsular recién llegado, mayor educación y cultura, aunque menor actividad y disciplina.

Al blanco estaban reservados ciertos puestos y carreras frente a las castas, y dentro de su categoría se verificaba la distinción por el nivel económico. Los cargos de autoridad se confiaban por lo general a los peninsulares, que fue una de las causas más añejas de la rivalidad entre los criollos y ellos, surgida ya en la primera generación criolla (conjuración de Martín Cortés) y que fue una de las causas primordiales de la emancipación. Donde ejercían mayor influencia los criollos era en los cabildos o municipios.

Con el tiempo se formó una clase de nobleza titulada, coincidente con las familias criollas más ricas o de más abolengo. Aneja a la aristocracia criolla iba el latifundismo, con propiedades enormes, paralelamente a un estado de miseria en indios y castas, ocasionadores de desequilibrio social y causa de descontento, problema que había de pesar gravemente sobre la época de la Independencia. Por infiltración o tolerancia, pese a las prohibiciones, fue algo crecido el número de extranjeros atraídos por la fama de la riqueza del país, incluso chinos venidos de Filipinas.

Fundamentos económicos de la colonia

La gran fuente de riqueza de Nueva España ha parecido siempre la minería, e indudablemente en los siglos coloniales fue uno de los países de máxima producción minera, y primordialmente en plata, pues la de oro fue muchísimo menor. Sin embargo, a fines de este periodo observaba Humboldt que el valor de la producción minera era solo la cuarta parte de la agrícola.

La minería, sin embargo, fue el gran fermento de la colonización: sus efectos perniciosos sobre la población india fueron mucho menores que en el Perú, y, por el contrario, fomentó la colonización y población de amplias regiones, particularmente las salvajes y despobladas de Nueva Vizcaya y el Norte en general, por la atracción de habitantes, fundación de ciudades o reales de minas —muchas de aquellas comenzaron por ser lo segundo— y roturación de terrenos o introducción a gran escala de la ganadería, para subvenir a sus necesidades.

Las minas más productivas fueron las de Guanajuato (Valenciana, la mejor), Zacatecas (Veta Grande), Catorce, Real del Monte, Sombrerete, Fresnillo, Parral, etc., origen de enormes fortunas; su número a fines de la colonia era de 500 entre grandes u chicas. La extracción de plata fue facilitada considerablemente por el invento del procedimiento de patio o amalgamación por Bartolomé de Medina (hasta 1557), que requería la importación de grandes cantidades de azogue. Formaban los mineros una corporación privilegiada (1774), con tribunal propio, y un colegio de minería (1792).

Zacatecas dio en ciento ochenta años (hasta 1732) 832.000.000 de pesos; Guanajuato, en el s. XVIII superó a todas las demás vetas americanas. La minería mexicana daba más de la mitad de la continental y superaba en metales preciosos al resto del mundo. El metal acuñado en la ceca mexicana durante la época colonial sube a 2.151.581.961 de pesos (cerca de la mitad de lo extraído en toda América), y conocida es la revolución económica causada en Europa en el s. XVI por la catarata de metales.

A pesar de las condiciones poco favorables de suelo y clima, la agricultura prosperó en el grado dicho, se extendió a amplias regiones y mejoró con la introducción de plantas nuevas —trigo, caña de azúcar, morera, plátano—, más otras que no se desarrollaron, o fue prohibido su cultivo, como la vid y el olivo, al lado de las indígenas, maíz —que siguió siendo el cereal básico—, el frijol, el tabaco, el algodón y el maguey, mientras Europa recibía plantas mexicanas (cacao, tomate, vainilla); gran progreso supuso la introducción del arado y de nuevos aperos y la de la ganadería, totalmente desconocida antes, que pronto constituyó una de las principales riquezas y puede considerarse como una de las máximas aportaciones españolas.

Aprovechando la abundancia de mano de obra y la habilidad de los indios, se desarrollaron en México algunas industrias rápidamente y que alcanzaron gran florecimiento, para decaer después; así la de la seda, muy próspera en el s. XVI, a base de la producción del país y decaída ya a fines del mismo por la competencia de China a través de Filipinas; la platería, continuación de la doble tradición indígena y española; otras artes decorativas (hierros, tallas, etc.); y la fabricación de tejidos de lana y algodón —muy cultivado este—. en las fábricas y obrajes, causa de abusos con los indios; los curtidos, obtención de grana y pulque.

La política monopolista de la metrópoli restringía las industrias, pero menos que en el terreno mercantil. México era el destino de una de las dos flotas que enlazaban comercialmente España y América, por el puerto de Veracruz; el de Acapulco, durante dos siglos y medio, concentró todo el tráfico de Filipinas y Extremo Oriente. El comercio mexicano aumentó en gran proporción desde la promulgación de su relativa libertad en 1765, 1774 y 1778, extendida a México en 1789, abriéndose nuevos puertos, y superó al de Sudamérica. A fines de esta época exportaba México en primer lugar plata, grana, azúcar, añil, oro, cacao, campeche, zarza y jalapa, es decir, productos naturales.

El Consulado se fundó ya en 1592, dispuso de grandes medios y tuvo a su cargo varias obras públicas. Se construyó una red de caminos —el mejor, el de la capital a Veracruz—, que llegaban a Guatemala y a Santa Fe de México. (Otra obra pública de empuje —entre varias— fue la desecación de gran parte del lago de México).

La introducción de caballerías y carros alivió al indio de la abrumadora obligación de cargar las mercancías, procedente de la época prehispánica, agravada a raíz de la conquista y que nunca desapareció del todo. Como en el resto de América fue el contrabando la institución que suplió las deficiencias del monopolio, y su allegada, la piratería, también hizo víctima a los puertos mexicanos (Acapulco, 1625; Veracruz, 1683), aparte de la captura de galones y flotas.

México poseyó a fines de la época colonial un verdadero ejército regular, montado a la europea, organizado ante los riesgos de ataques extranjeros; se inició en 1761, a base de las antiguas milicias, y fue organizado en 1765, dividido en permanente (6.000 hombres en 1808, con cinco regimientos de infantería, dos de caballería y otros cuerpos) y milicias (siete y ocho, más diversos cuerpos, con 34.000 hombres), con un total de 40.000 soldados, que durante la guerra de la Independencia subió a 85.000 solo en el campo realista.

Su única función fue combatir la emancipación primero y llevarla a cabo al final. Antes efectuó México la conquista de Filipinas bajo Legazpi, y una expedición mexicana derrotó a los franceses en la batalla de la Limonada (Santo Domingo) en 1691.

La Iglesia desenvolvió en México la misma actividad que en el resto de América y el celo misional no decayó, propagándose las misiones hacia el Norte, hasta coronar su labor con la creación de California. A las primeras órdenes se unieron los jesuitas desde 1572 y otras de menos trascendencia. Al ser expulsados ascendía el número de jesuitas a 678, y su extrañamiento ocasionó hondo disgusto y los mismos efectos perjudiciales a la soberanía española que en el resto de América, pues eran los principales educadores y guías espirituales de los criollos.

Las otras Órdenes se relajaron más o menos fuera del campo misional, en el que se llevó a cabo la conversión de la mayoría de la población indígena —con mayor o menor hondura y eficacia—, se procuró introducirla en la civilización española, se la protegió contra los desmanes y se estudiaron sus lenguas y cultura. Figuras ilustres fueron además de los citados antes, Motolinía, Sahagún, Gante, Andrés de Olmos, Martín Pérez, Zárate Salmerón, Juan Larios, Kino, Salvatierra, Margil, Serra, Juan de Ugarte, Garcés y otros, no faltando los mártires.

Después de la primera sede episcopal —Tlaxcala, trasladada a Puebla, cuyo primer obispo fue fray Julián Garcés (1527)— se erigió la de México (1527), regida por la ilustre figura de fray Juan de Zumárraga, asimismo nombrado protector de indios y luego primer arzobispo de México (1546); en 1534 se erigieron otras tres sedes y al final de la colonia había diez. Prelados célebres fueron, además, Vasco de Quiroga, Las Casas, que lo fue de Chiapas, Moya de Contreras, virrey (1584-85), como también Enríquez de Ribera (1673-80), ambos arzobispos, y Juan de Palafox (1642), obispo de Puebla.

Hechos importantes de la historia religiosa mexicana fueron la aparición de la Virgen de Guadalupe (1531), las juntas eclesiásticas y los concilios para los problemas de la conversión especialmente, de los cuales los de más relieve fueron el III (1585) y el IV (1771), que no obtuvo la aprobación del Papa; el conflicto de Palafox con los jesuitas (1647-53) y el establecimiento de la Inquisición, en forma poco organizada desde 1522 Zumárraga y Tello de Sandoval fueron inquisidores), y constituida en 1571; salvo en los primero tiempos, los indios quedaron exentos de ella, por ser nuevos en la fe, y procedió principalmente contra luteranos extranjeros, judaizantes, pecados de jurisdicción, lectores o secuaces del enciclopedismo en el s. XVIII y contra jefes de la revolución de la Independencia. El número de reos relajados en los tres siglos fue de 43, según Mariano Cuevas Historia de la Iglesia en México.

España llevó su cultura intelectual a México, con las características de la época y de la metrópoli y el tono especial que recibió en América. Las Órdenes religiosas erigieron numerosos colegios y escuelas para sus miembros y para los criollos y asimismo para los indios, como queda dicho, elementales y superiores, aunque por la educación india hubo más celo en los primeros tiempos, desatendiéndosela después; no faltaron escuelas femeninas.

En 1553 se inauguró la Universidad de México, fundada en 1551, segunda del Nuevo Mundo, que tuvo cátedras de Medicina y lenguas indígenas; también se abrió la de Guadalajara (1792) y tuvo categoría de tal la jesuítica de Mérida. La imprenta —primera de América— comenzó a funcionar en 1539, y hasta 1810 se extendió a Puebla, Oaxaca, Guadalajara y Veracruz, conociéndose hasta 1810 más de 12.000 impresos.

En el s. XVIII se fundaron nuevos centros de carácter científico y apareció el periodismo. Conocidos nombres de la literatura española y de otras ramas culturales residieron en México: Bernal Díaz, Cervantes de Salazar, Cetina, Juan de la Cueva, Alemán, Balbuena, Sahagún el médico y botánico Francisco Hernández, enviado en misión científica por Felipe II; el escultor Tolsá, los químicos Andrés del Río y los hermanos Elhuyar en el s. XVIII. Criollas fueron las dos grandes personalidades de Juan Ruiz de Alarcón y sor Juana Inés de la Cruz y Sigüenza, Góngora y P. Landívar, numerosos historiadores y personalidades científicas (Alzate, Velázquez de León, etc.).

En México laboró el ingeniero Enrique Martínez (siglo XVII) y a fines del XVIII fue visitado en trascendental viaje por Alejandro de Humboldt, que en su Ensayo político sobre el reino de la Nueva España (1811) presentó un perfecto cuadro de todos los aspectos de México, cuya madurez para la vía independiente percibía y con la que simpatizaba, pero a la par le impresionaba, dentro de sus desigualdades e imperfecciones, el desarrollo conseguido y el alto nivel a que había llegado por la acción de la metrópoli desde el comienzo, que superaba en varios aspectos al de los nacientes Estados Unidos, haciendo prever un futuro brillantísimo, que no habría de darse.

La capital con su sociedad, sus centros culturales, su aire de corte, sus monumentos y sus 137.000 habitantes, según Humboldt, era la mayor ciudad de América, sin exceptuar a las norteamericanas, excediendo también a las de España, Francia e Inglaterra, fuera de sus capitales. En conjunto, Nueva España se hallaba en 1810 a la cabeza de la América española.

EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo F-M, págs. 1033-1039.