CONDORCANQUI, JOSÉ GABRIEL. Túpac Amaru II. Surimana (Tinta, actual provincia de Canchis) (Perú), 10.III.1738 – Cuzco (Perú), 18.V.1781. Cacique y líder indígena peruano.

Conocido como José Gabriel Túpac Amaru —nombre que adoptó, como también había hecho su padre, por ser descendiente directo del último Soberano inca, Felipe Túpac Amaru, ejecutado en 1572 por orden del virrey Toledo—, asumió el liderazgo de los indios de la sierra peruana, a cuyo frente se rebeló en 1780 contra el régimen colonial español, dando lugar a un movimiento de masas que conmocionó profundamente la sociedad americana y puso en serio peligro la dominación española, cuarenta años antes de que se produjera la independencia.

Era el segundo hijo del matrimonio formado por el curaca quechua Miguel Condorcanqui del Camino y la mestiza Rosa Noguera Valenzuela, ambos fallecidos siendo niño José Gabriel, que al morir también su hermano mayor, heredó el cacicazgo de Surimana, Pampamarca y Tungasuca (provincia de Tinta, a unos cien kilómetros al sur de Cuzco). Aunque biológicamente era mestizo (tanto por su madre como por tener antepasados españoles también por línea paterna), políticamente estaba adscrito a la “nación indígena”, de cuya elite noble y rica formaba parte.

En la década de 1750 estudió en el Cuzco en el Colegio San Francisco de Borja para caciques e indios nobles, regentado entonces por los jesuitas, y parece que era muy aficionado a la lectura y llegó a ser bastante culto. Hombre de estatura mediana, de gran fortaleza física y psíquica, elegante en el vestir, se expresaba correctamente en castellano y en quechua, y fue un cacique rico que poseía casas, tierras y un próspero negocio de arriería, gracias al cual hacía frecuentes viajes que le permitieron entrar en contacto con los grupos criollos e indios influidos por las corrientes ilustradas.

El 25 de mayo de 1760 se casó con Micaela Bastidas Puyucawa (1745-1781), con quien tuvo tres hijos: Hipólito (1761-1781), Mariano (1762-1784) y Fernando (1768-1798).

Los elementos permanentes en el pensamiento y la acción de Túpac Amaru son: defensa a ultranza de los indios; odio a los corregidores, como símbolos de la opresión colonial, exaltación de la religión católica y enaltecimiento de su condición de Inca. Este último aspecto es el que marca el comienzo de su actividad política, al iniciar en 1776 un pleito contra Diego Felipe Betancur, cuya versión de la genealogía entraba en conflicto directo con la de Túpac Amaru, lo cual significaría la pérdida de su cacicazgo y de su condición de descendiente directo de los Incas (“los señores que fueron de estos reinos”). Aunque el pleito no llegó a resolverse oficialmente, en la práctica las gestiones de Túpac Amaru para ser reconocido como inca tuvieron éxito, pues la difusión pública de ese título le permitió ser aceptado como jefe nato por gran parte de los indios y de sus curacas.

Esa conciencia de ser inca y como tal representante y defensor de su pueblo, le impulsó a tratar de mejorar la situación de los indios, que en el Perú de fines del XVIII era de verdadera explotación, simbolizada en las tres instituciones que más odiaron los indígenas: la mita (obligación de ciertas provincias de proporcionar un determinado número de indios para trabajar en las minas y otros servicios considerados de utilidad pública), los obrajes (especie de primitivas fábricas textiles, donde los indios trabajaban en condiciones penosas) y los repartos forzosos de mercancías, que efectuaban los corregidores y en la práctica equivalían a una forma de extorsión. Así, la primera intervención pública de Túpac Amaru tuvo lugar en 1776, cuando protesta ante el corregidor de la provincia de Tinta y luego también ante el cabildo del Cuzco, por los abusos de funcionarios y solicita el fin de la mita.

En 1777 presenta ante la Audiencia de Lima dos solicitudes para que los indios de su provincia fueran exonerados de servir en la mita de Potosí.

El fracaso de estas reclamaciones (la llamada “rebelión de rodillas”) decidirá el levantamiento armado, que no es sino el último eslabón de la cadena de conflictos sociales que caracteriza la evolución histórica peruana en el siglo XVIII. Pero aunque se relaciona con los movimientos anteriores —de los que viene a ser la culminación—, el movimiento tupamarista tiene características propias por la personalidad de su jefe, por su extensión y arraigo y, sobre todo, por sus objetivos, que en síntesis son: supresión de gravámenes y explotación (impuestos de aduana y alcabalas; repartos forzosos de mercancías); liberación de los esclavos que se unieran a su causa (Bando promulgado en Tungasuca el 16 de noviembre de 1780); acatamiento de la religión católica; ruptura con España y restauración del poder Inca bajo nuevas formas (Bando de coronación de José Gabriel Túpac Amaru como “José Primero, por la gracia de Dios Inca Rey del Perú, Santa Fe, Quito, Chile, Buenos Aires y Continentes de los Mares del Sur [...]”, fechado en el “Real Asiento de Tungasuca, cabeza de estos reinos” el 18 de marzo de 1781); y unión de todos los peruanos (los “paisanos” o “compatriotas”, sin distinción de razas) en contra de los que llama “europeos intrusos”.

Se trataba, pues, de un programa utópico —especialmente en su apelación a la solidaridad y la unidad peruana—, pero el hecho mismo de haber sido formulado es lo que permite considerar a Túpac Amaru no solo como precursor de la independencia del Perú o como líder en la lucha por la justicia social, sino también como uno de los creadores de la identidad nacional peruana.

La rebelión tupamarista comenzó el día 4 de noviembre de 1780, con la detención del corregidor de Tinta, Antonio de Arriaga, que seis días después fue ejecutado públicamente en la plaza de Tungasuca. A partir de ese momento, y desde su epicentro en la provincia de Tinta, la rebelión se expandió con gran rapidez tanto hacia el norte (hasta el Cuzco) como hacia el sur, llegando hasta el lago Titicaca para penetrar finalmente en territorio de la Audiencia de Charcas, hoy Bolivia. Se movilizan decenas de miles de personas, tanto entre los rebeldes como por parte de las autoridades coloniales, siendo los principales hechos de armas la batalla de Sangarará, el asedio del Cuzco y la batalla de Tinta.

El 18 de noviembre de 1780, en Sangarará, se produce la primera gran victoria militar de los rebeldes, que fue también una gran masacre (murieron casi todos los integrantes del ejército español, cerca de seiscientas personas que se habían refugiado en la iglesia, mientras entre los asaltantes hubo quince muertos).

La noticia de los sucesos de Sangarará provocó el temor y la desbandada en el Cuzco, donde el corregidor promulga un bando prohibiendo abandonar la ciudad y prometiendo acceder a todas las peticiones formuladas por los rebeldes, a la vez que el obispo Juan Manuel Moscoso excomulga a Túpac Amaru y a todos sus seguidores, reforzándose en adelante la beligerancia de la jerarquía eclesiástica y el clero contra el movimiento tupamarista.

Tras la victoria de Sangarará, Túpac Amaru tenía abierto el camino hacia el Cuzco; sin embargo, no se decidió entonces a avanzar hacia la ciudad (donde creía tener muchos apoyos y tal vez confiaba en poder tomarla por medios pacíficos), en lo que se considera el primer error táctico del movimiento, pues dio tiempo a las autoridades virreinales coloniales a organizar la defensa. El 28 de diciembre inicia el asedio del Cuzco, que durará hasta el 10 de enero de 1781, cuando tras haber librado tres duros combates sin conseguir tomar la ciudad, Túpac Amaru ordena la retirada, en una decisión que se considera prematura y poco acertada militarmente. Poco después llegan las tropas enviadas desde Lima al mando del mariscal José del Valle, de manera que a comienzos de marzo hay en la zona un ejército de más de 18.000 hombres, de los cuales más de 14.000 eran indios. El 6 de abril se produce la batalla de Tinta, que supuso la derrota y captura de Túpac Amaru y otros jefes rebeldes y miembros de su familia.

Tras el correspondiente juicio, el visitador José Antonio Areche dictó sentencia el 15 de mayo de 1781 condenando a muerte a José Gabriel, a su esposa, sus hijos y otros reos; una sentencia cruel, aunque dictada de acuerdo con las normas legales de la época para reos de rebeldía y traición. La sentencia se ejecutó en la Plaza Mayor del Cuzco el viernes 18 de mayo de 1781 en circunstancias especialmente dramáticas: tras presenciar las ejecuciones (mediante horca o —en el caso de las mujeres— garrote vil) de otros ocho reos, casi todos miembros de su familia, incluidos su hijo mayor y su esposa, Túpac Amaru fue descuartizado. Y todo ello en presencia asimismo de su hijo pequeño, Fernando, también condenado a muerte pero a quien se le perdonó la vida en atención a su corta edad (doce años).

Comenzó entonces la segunda fase del movimiento tupamarista, que será mucho más sangrienta que la primera y se prolongará durante todo el año 1781 bajo el liderazgo de Diego Cristóbal Túpac Amaru (primo hermano de José Gabriel), extendiéndose hasta el norte de la actual Argentina y Chile y enlazando con la rebelión de Túpac Catari en el Altiplano boliviano. Sucesos notables de esta etapa fueron la conquista de Sorata, por el joven Andrés Mendigure en agosto de 1781, y el largo asedio de La Paz, sitiada por Túpac Catari durante casi seis meses. Finalmente, los rebeldes aceptaron el indulto general ofrecido por el virrey y el 11 de noviembre de 1781 se firmó el tratado de paz, que, sin embargo, un año después será violado por las autoridades coloniales al ordenar la detención y posterior ejecución (en julio de 1783) de los principales protagonistas de los sucesos anteriores, con el pretexto de que estaban preparando una “nueva sublevación”, pero en realidad con objeto de cumplir las órdenes del Gobierno español para que no quedaran “restos ningunos de la infame y vil familia de los Túpac Amaru”.

Terminó así la “gran rebelión” iniciada en noviembre de 1780, aunque durante mucho tiempo continuará el “gran miedo” de españoles y criollos ante las masas indígenas, miedo que se había reflejado en la inusitada dureza de las sentencias contra los dirigentes rebeldes, en la brutal represión a que fue sometida la población indígena, en la práctica aniquilación de la nobleza india, y en las severas medidas encaminadas a hispanizar obligatoriamente a los indios.

Pero pese a la frustración de su victoria, José Gabriel Túpac Amaru ocupa un lugar destacado entre los grandes libertadores de América, donde su figura y su mismo nombre se utilizarán como expresión de rebeldía, y no solo indígena, sino de rebeldía en general frente al sistema establecido. Y además de símbolo de la América insurrecta, en el Perú actual Túpac Amaru es considerado como símbolo de la peruanidad y precursor de la propia unidad del país, es su verdadero héroe nacional.

LAVIANA CUETOS, María Luisa «Túpac Amaru II», en Real Academia de la Historia, Diccionario Biográfico electrónico (en red, http://dbe.rah.es/biografias / 15298/jose-gabriel-condorcanqui)