Tupac Ypanqui, Sayri [Bautizado Diego]. Vilcabamba (Perú), c. 1540 – Yucay, Cuzco (Perú), 1561. Inca sublevado en Vilcabamba, que en 1558 salió de paz y dio obediencia a la Corona española. Hijo legítimo de Manco Inca y de la coya Sihihui Chimpo Ocllo. Heredó el Trono en 1544, siendo un niño de corta edad, al ser asesinado su padre por un grupo de españoles infiltrados en la corte Vilcabambina.

El príncipe quedó bajo la tutela de su ayo Puma Supa y asumió la regencia su tío, Atoq Supa, que había sido capitán de Huyana Capac y del mismo Manco Inca. Este continuó la lucha de guerrillas iniciada por Manco, atacando principalmente las comarcas vecinas a los ríos Apurimac y Willkamayo (Urubamba) y a las ciudades de Cusco y Guamanga.

Coincidieron esos hechos con el levantamiento de los encomenderos, encabezado por Gonzalo Pizarro, por lo que el Gobierno español no pudo intervenir en aquellos momentos. Cuando en 1548 quedó restablecida la autoridad real, el presidente Pedro La Gasca decidió terminar con el foco rebelde y a tal fin destacó al intérprete Martinillo de Poechos para que en su nombre tratase de alcanzar la paz con Puma Supa. Una vez que en Vilcabamba se aceptó negociar, el Presidente indagó en el Cusco la forma que se debía adoptar para hacer salir al Inca. Los máximos conocedores de la situación indicaron que lo mejor era encomendar la negociación a Cristóbal Paullu Topa, tío de Sayri Tupac; de ahí que al marchar a Lima, el presidente le dejase poderes para que iniciase las gestiones.

Paullu envió enseguida una embajada a su sobrino con presentes de oro y plata, valorados en más de cien mil pesos; Atoq Supa, Puma Supa y los restantes capitanes recibieron muy bien a los emisarios. Durante dos meses les hicieron toda clase de agasajos y, al cabo de ese tiempo, les dijeron que saldrían de la selva al verano siguiente, pues entonces era invierno y en dicha época resultaba dificultoso preparar y realizar la marcha. También acompañaron la respuesta con valiosos regalos de oro, plata, tejidos de cumbi y animales extraños, propios de aquellos parajes.

Paullu se dedicó a organizar con anticipación la expedición que iba a sacar de Vilcabamba a su sobrino Sayri Tupac y al verano siguiente partió hacia allí con un gran acompañamiento de indios principales, pero al llegar al pueblo de Guyanacapaco (Limatambo) enfermó tan gravemente que hubo de regresar al Cusco, donde murió a los pocos días, en la primera quincena del mes de julio de 1549. A partir del trágico acontecimiento, los incas refugiados en la selva desconfiaron de los españoles y rompieron todos los contactos establecidos hasta unos ocho años más tarde. Por su parte, la Corona tampoco pudo realizar nuevas gestiones debido a varios motivos: el regreso a España del presidente La Gasca en 1550, el fallecimiento del virrey Antonio de Mendoza, al poco tiempo de hacerse cargo del virreinato, y por tener que hacer frente a varias rebeliones, como en 1553 la de Hernández Girón.

El 29 de junio de 1556 hizo su entrada en Lima el nuevo virrey Andrés Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete. Al comprobar que el joven Sayri Tupac seguía atacando las encomiendas situadas en las márgenes de los ríos Apurimac y Wilcamayo, y que había una fuerte inestabilidad en aquellos territorios, en julio de 1557 decidió reiniciar las negociaciones con Vilcabamba, en cumplimiento de una Real Cédula del emperador Carlos V, fechada el 10 de mayo de 1555, por la que ordenaba terminar con la insurrección.

Garcilaso de la Vega cuenta que el virrey comunicó sus propósitos a la princesa Beatriz de Guaylas, tía de Sayri Tupac, y que esta, con el fin de iniciar los trámites, envió una embajada a la selva, presidida por un mensajero de sangre real. Los capitanes del inca, quien todavía era menor de edad, decidieron verificar que los españoles no iban con engañaos, por lo que con el fin de asegurarse pidieron la intervención de Juan Serra de Leguízano, hijo de Beatriz y primo de Sayri. Esto hizo que hubiera varias idas y venidas por los difíciles caminos de Cusco a Vilcabamba, o viceversa, y que la negociación se alargara demasiado tiempo.

Ante la lentitud de las gestiones, en la ciudad imperial el cronista Juan de Betanzos, gran conocedor del quechua y casado con la princesa Cuxirimay Ocllo, viajó desde dicha urbe a Lima para entrevistarse con el virrey y ofrecerse a ir como embajador a la sede de los incas rebeldes. Don Andrés aceptó el ofrecimiento y pidió al cronista que, en nombre de la Corona, les entregase nuevos regalos y provisiones en las que se otorgaba el perdón general a Sayri Tupac, a sus hermanos y a los capitanes, desde que se habían alzado con Manco Inca; pero también debería hacerles saber que, en caso de no aceptar la paz, entraría en guerra.

Juan de Betanzos llegó a Vilcabamba, junto con el fraile dominico, fray Melchor de los Reyes. Los desconfiados gobernantes confrontaron su embajada con la anteriormente llegada, que todavía se hallaba retenida y, después de varios días, se permitió a Juan Serra llegar ante Sayri Tupac. Al no haber sido coronado Inca, dada su minoría de edad, los capitanes debían autorizar la salida del príncipe, pero antes de tomar una decisión, tenían que determinar si los augurios de las huacas eran positivos. Entre tanto decidieron enviar a Lima a Serra y al fraile dominico para solicitar mercedes al virrey.

Los emisarios llegaron el 29 de junio de 1557. Pidieron al marqués de Cañete la concesión de las tierras de Vilcabamba; en Cusco dos casas de Guayna Capac y un solar que había poseído Manco Inca, el padre de Sayri Tupac, en Jaquijahuana. El virrey no dio las tierras de Vilcabamba por temor a posteriores levantamientos. Concedió a Sayri Tupac 17.000 castellanos de renta, para él y sus hijos, y los títulos a perpetuidad de las encomiendas de Yucay, Qiquijana y Pucara, situados en la comarca del Cusco. En la misma ciudad le adjudicó unos terrenos que se hallaban encima de la fortaleza de Sacsayhuamán, para que en ellos construyese su casa y las de los indios servidores y también le otorgó un escudo con armas propias. A cambio le impuso la condición de que abandonase Vilcabamba durante los seis meses siguientes y que pudiesen entrar frailes o clérigos a predicar a sus súbditos.

Cuando le entregaron las provisiones del virrey, Sayri Tupac ya había sido nombrado Inca en Vitcos, entonces el asentamiento humano más importante del engranaje urbano vilcabambino, y había tomado el nombre de Manco Capac Pachacuti Yupanqui. Fortalecido por los augurios consultados por sus capitanes, que presagiaban una negociación con final feliz, demostró mucha alegría por el pacto alcanzado con los conquistadores, pues no deseaba que se continuara derramando más sangre. Los españoles pensaban que sus hombres, tomando ejemplo de su conducta, abandonarían la selva. Pero no todos estuvieron de acuerdo con la salida; algunos consideraron que significaba la total desmembración del Imperio y que era muy poco lo que el inca recibía, comparado con su pasada alcurnia; sin embargo, según Garcilaso de la Vega, Sayri creía que podría amparar mejor a su pueblo viviendo a su lado.

El 7 de octubre de 1557, antes de cumplirse el plazo señalado, Sayri se puso en camino con su hermana y esposa Cusi Huarcay; le acompañaban los capitanes y 300 hombres. Iba en andas llevadas por sus más fieles allegados, aunque no eran de oro como las de sus antepasados, y no lucía la borla imperial para no causar agravio a los españoles. A pesar de esto, por todo el trayecto recibió el afecto de su pueblo.

Tras un largo viaje, el 5 de enero de 1558 llegó a Lima, después de haber dejado a Cusi Huarcay en Jauja con 100 indios de escolta. El virrey le recibió con gran solemnidad y el Inca renunció a sus derechos en favor de la Corona española. Era un muchacho de 18 años que causó muy buena impresión en la corte virreinal.

Pensando el virrey que Sayri recibiría mejor los títulos de las tierras y mercedes otorgadas durante el transcurso de una comida, organizó que el arzobispo Jerónimo de Loaysa le invitase a comer en su casa, dos días después de la llegada. Estando previsto que en la sobremesa le entregara la documentación, el maestresala llevó las cédulas de propiedad en una gran fuente de plata dorada. Cuenta Garcilaso que, una vez oído lo que le concedían, el Inca tomando un hilo del fleco de un paño de terciopelo que cubría la mesa, dijo al arzobispo que todo el paño y su guarnición eran suyos y que solo le daban un hilito del paño para su sustento y el de los suyos. El inca se sintió desolado y triste, pero pensaba que valía más la vida de un vasallo, que todo el Imperio.

Tras quince días de estancia en Lima, emprendió viaje al Cusco. Durante el camino, nuevamente oyó las aclamaciones de su pueblo por todos los lugares que pasó. En Huamanga (Ayacucho) el cronista Miguel de Estete le obsequió con la borla colorada que él mismo había quitado a Atahualpa en Cajamarca: creyó que le hacía un gran regalo. No fue así; por el contrario, Sayri la miró con ira: había visto en ella la insignia del usurpador de la corona de Huascar, con quien cayó el Imperio. Después, el 13 de febrero de 1558, el virrey le otorgó el título de adelantado mayor de Yucay y el mayorazgo de Oropesa, en Urubamba. Al llegar al Cusco se aposentó en casa de su tía Beatriz y allí acudieron sus parientes y todos los caciques para darle la bienvenida. Estando en ella, llegó una bula papal, la cual respetando su ancestral costumbre, le permitía casarse con su hermana Cusi Guarcay, quien apenas contaba diecisiete años. Con el fin de cumplir con el sacramento del matrimonio, el fraile dominico, fray Juan de Vivero, adoctrinó a ambos príncipes y a finales de 1558 fueron bautizados y casados. Sayri tomó el nombre de Diego, en recuerdo de la ayuda prestada al Cusco por el apóstol Santiago, cuando en 1536 estuvo cercado por su padre, y Cusi Guarcay el de María.

Sin embargo, según Garcilaso de la Vega, al visitar el gran templo del Qorikancha: Casa de oro, especie de catedral dedicada al Sol, donde siempre habían estado momificados y expuestos los cuerpos de los Monarcas incas y sus esposas las coyas, entonces convertido en Convento de Santo Domingo, al hallarse delante del altar mayor, invocó al legendario dios Pachacamc y le oró con gran devoción.

Seguidamente pasó al pueblo de Yucay para hacerse cargo de su encomienda; mas vivió en ella muy poco tiempo porque, falleció entre julio y agosto de 1561, al parecer envenenado por el cacique principal de dicho pueblo, Francisco Chilche. El cacique fue acusado de la muerte y encarcelado, mas no se le pudo probar ninguna culpa y un año después quedó en libertad. Sayri Tupac murió con 21 años y dejó como heredera y mayorazga del marquesado de Oropesa a su hija Beatriz Clara Coya, niña de corta edad.

Sus restos mortales fueron trasladados al Cusco y enterrados en una bóveda funeraria, fabricada en el altar mayor de la iglesia del convento de Santo Domingo, la cual compró su esposa María Cusi Guarcay. La cripta se hallaba situada al este del convento, por donde sale el sol naciente, el Punchao adorado por los Incas en Vilcabamba y, sobre ella, durante el Imperio se había alzado la capilla más importante del Qorikancha, la dedicada al dios Inti, el astro solar del día.

Sayri Tupac era un pacifista, de ahí que aceptara someterse al dominio hispano y se convirtiera al cristianismo, aún en contra de sus propias creencias. Ocultamente debió de seguir practicando sus ritos y ceremonias religiosas, por lo que Cusi Guarcay le hizo un enterramiento aparentemente cristiano pero en fondo, andino, dado que depositó sus restos en el panteón de sus antepasados.

MARTÍN RUBIO, María del Carmen «Sayri Tupac», en Real Academia de la Historia, Diccionario Biográfico electrónico (en red, http://dbe.rah.es/biografias / 6165/sayri-tupac-ypanqui)