Independencia de Ecuador

De Ramón Ezquerra

Introducción

Pocos precedentes próximos tuvo la independencia del territorio de la Audiencia de Quito, siendo de señalar la sublevación contra el estanco de aguardientes y la aduana en 1765, obra de la ínfima plebe de Quito, convertida pronto en movimiento contra los chapetones o peninsulares, que fueron expulsados por breve tiempo, y rebeliones de indios indistíntamente contra los blancos. Existía, como en los demás países, rivalidad contra el español, por parte del elemento mestizo en especial y del clero dentro de él, y adelantando el siglo XVIII por parte de la aristocracia criolla, irritada por la exclusión de los altos cargos y deseosa de regir sola el país.

Ideas separatistas y republicanas profesaba el mestizo Eugenio de Santa Cruz y Espejo, la principal figura de la Ilustración ecuatoriana (1747-1795), médico y abogado, que propagó con su ingenio satírico sus ideas en el Nuevo Luciano, lo que le valió un proceso y un destierro a Bogotá donde trató a Nariño; al regreso formó parte como secretario de la Sociedad patriótica de Amigos del País y publicó en 1792 el primer periódico de allí, Primicias de la cultura de Quito; asimismo fue director de la biblioteca pública; por incitaciones a la rebeldía fue encarcelado en 1795 y murió en la prisión. Su ideología procedía de la Enciclopedía y de la Revolución francesa. Influyó sobre un grupo aristocrático, cuya principal personalidad era la de Juan Pío de Montúfar, marqués de Selva Alegre (n. 1762), imbuido de tendecias separatistas.

La Primera Revolución

Al conocerse los sucesos de 1808, se organizó inmediatamente una conspiración para formar una Junta como las de España, pero con carácter de gobierno nacional; en ella entraba el marqués y otros elementos de la alta sociedad quiteña, los doctores Antonio Ante, Juan de Dios Morales y Manuel Rodríguez de Quiroga y el capitán Juan Salinas (XII-1808)

Tuvo noticia el presidente de la Audiencia, Manuel Urríes, conde Ruiz de Castilla, y apresó a los conjurados (II-1809), pero estos hicieron desaparecer el sumario. Reanudaron enseguida la conspiración y en ella entró lo más selecto del elemento criollo, incluso el obispo y parte de las tropas. Preparado el plan en casa de Manuela Cañizares, estalló por sorpresa el movimiento el 10-VIII-1809; se depuso a Ruiz de Castilla, y sin hallar resistencia se formó la Junta Soberana, presidida por Selva Alegre, con el prelado José Cuero y Caicedo, que era criollo, y tres miembros a modo de ministros, Quiroga, Morales y Juan Larrea.

Era la segunda revolución de este tipo y con este método que estallaba en América, habiéndola precedido brevemente la de Charcas y la formación de las juntas de Chuquisaca y La Paz (25-V y 16-VII-1809); un cabildo abierto el 16-VIII confirmó lo hecho. Como en movimientos análogos se proclamaba la fidelidad a Fernando VII, defensa de la religión y de la patria, que era la tierra natal, y actuaba como un verdadero gobierno nacional.

Comunicó su formación la Junta a los virreyes próximos y agitó los espíritus en Santa Fe, donde encontró muchos simpatizantes. Pero el movimiento de Quito había sido obra exclusiva de un grupo restringido, tanto que no halló eco en la masa popular mestiza ni india ni en el resto del país, rechazándose violentamente en Guayaquil, Cuenca y Pasto; en la primera fue detenido Vicente Rocafuerte, famosa figura de la época independiente. De Cuenca era gobernador Melchor Aymerich, que defendió enérgicamente la causa española.

Además, bloqueado el país entre Nueva Granada y el Perú, sus virreyes, Amar y sobretodo el enérgico Abascal y el gobernador de Popayán, Miguel Tacón, se dispusieron a reprimir un hecho, cuyo alcance no se les escondía; Abascal envió un ejército peruano bajo Manuel Arredondo. Contra Pasto se envió una hueste patriota, al mando del republicano Francisco J. Ascásubi, que, mermada por las deserciones, fue derrotada por las milicias de aquella región, hondamente realista. Carecían de dotes políticas los nuevos gobernantes y dimitió Selva Alegre (13-X-1809), asumiendo su sucesión Juan José Guerrero, conde de Selva Florida. Ante el fracaso, la Junta se disolvió el 25 de octubre y Selva Florida devolvió el mando a Ruiz de Castilla, quien prometió no perseguir a los patriotas. Pero cuando llegó Arredondo (24-XI) con sus tropas y otras reclutadas en el mismo país anuló el perdón y encarceló a 84 de los más comprometidos (4-XII-1809) y a otros muchos menos importantes. La persecución y las amenazas afectaron ya a elementos populares, entre quienes empezó a difundirse la idea derrotada. El fiscal Tomás de Aréchaga incoó un amplio proceso contra los comprometidos.

Los atropellos de los peruanos fomentaron una nueva sublevación de tipo popular el 2-VIII-1810, que por sorpresa intentó libertar a los presos, pero las tropas reaccionaron violentamente, y en la lucha hicieron perecer a 72 de los principales presos, entre ellos los tres ministros, Ascásubi y Salinas, muriendo varios cientos de personas en las calles y procediéndose luego al saqueo. Dos días después, sin embargo, se reunió una junta de notables, y el obispo y otras personas de significación protestaron contra lo ocurrido y los desmanes de la tropa y consiguieron que esta fuera alejada, tomándose otros acuerdos, que equivalían al triunfo de los patriotas.

El 12 de septiembre llegó Carlos de Montúfar, hijo del marqués de Selva Alegre, comisionado de la regencia de España y partidario del movimiento reprimido, quien instaló de nuevo una Junta Superior de Gobierno (19-IX), acordada ya en la reunión del 4-VIII, presidida por Ruiz de Castilla, y con participación de él mismo, de su padre, del obispo y representantes de los principales elementos sociales, y organizó un ejército criollo (22-IX), comunicando su constitución a las autoridades de los países vecinos, y recibió incluso la aprobación de la Regencia. Guayaquil y Cuenca no se adhirieron y Abascal decidió combatir la nueva Junta, nombrando presidente de la Audiencia a Joaquín Molina, que llegó a Guayaquil en XI-10, pero no fue admitido en Quito. Ruiz de Castilla, muy viejo y juguete de los demás, abandonó la nominal presidencia de la Junta (11-X-1811), sucediéndole el obispo.

Las tropas de la Junta atacaron a Arredondo en Guaranda y se apoderaron de Pasto (comienzos de 1812), pero cundieron las disensiones, por la rivalidad entre la familia Montúfar y la del marqués de Villa Orellana, siendo sustituido Carlos Montúfar y reemplazado por el cubano Francisco Calderón, que no pudo tomar Cuenca, cuya población era hostil; mientras Abascal había sustituido al inepto Molina por un jefe más enérgico, Toribio Montes. Depuesto Calderón, la amenaza de invasión irritó los ánimos, y Ruiz de Castilla fue atropellado por las turbas, dejándose morir de hambre por no ser fusilado. Había honda división entre el elemento aristocrático, conservador y monárquico, y el popular y mesocrático, en el que cundían las tendencias republicanas y francamente separatistas, sin los disimulos de aquellos.

Se convocó un Congreso, reunido el 4-XII-1811, presidido por el obispo, que propuso la declaración de la independencia, acordada el 11-XII; era el segundo país hispanoamericano que la declaraba oficialmente (el primero había sido Venezuela; un mes antes lo había hecho Cartagena de Indias). Aún había partidarios de reconocer por rey a Fernando VII, y este criterio, con influjos de la ideología revolucionaria francesa —libertad, soberanía popular, derechos del hombre, pacto social—, procedentes de Nariño y Espejo, se impuso en la Constitución del 15-II-1812 —Pacto solemne de la Sociedad y Unión entre las provincias que forman el Estado de Quito—, que instauraba un Supremo Congreso de elección popular; el tono monárquico procedía del partido de los Montúfar; los partidarios de Villa Orellana (sanchistas por llamarse Sánchez Carrión ) y los republicanos se trasladaron a Latacunga, para formar otro Gobierno, derribaron a los montufaristas y persiguieron a sus jefes. Estas disensiones favorecieron la campaña españolista llevada por Montes, Aymerich y Juan de Sámano.

La Restauración Española

Preparado el ejército, derrotó Montes en Mocha a los insurgentes, mandados por el doctor Antonio Ante (2-X-1812); las medidas enérgicas de la Junta fueron estériles, minada la resistencia por los particularismos y la falta de ambiente en muchas regiones y sectores, y Montes entró en la capital el 8 de noviembre; Sámano derrotó en San Antonio de Ibarra, finalmente, a los patriotas, mandados por Feliciano Checa (1-XII), y fusiló a Calderón. Fueron castigados los que no huyeron, y Carlos Muntúfar fue fusilado en 1816 en Nueva Granada, a raíz del triunfo de Morillo. Pero Montes no extremó el rigor sangrientamente, procediendo a procesos y destierros, como el de Ante, y logrando restablecer la paz. En los años siguientes se luchó en las regiones de Pasto y Popayán contra los insurgentes granadinos, llevando la lucha Aymerich, y cayó prisionero Nariño en 1814.

Quito estuvo bien representado en las Cortes de Cádiz por el poeta José Joaquín Olmedo y por José Mejía Lequerica (1775-1813), la figura más destacada de los diputados americanos, de los que vino a ser jefe, liberal y exaltado, que tomó parte muy activa en las deliberaciones, siempre en sentido reformista y revolucionario, y que defendió a América y el movimiento emancipador. En las Cortes ordinarias fue diputado Rocafuerte. A Montes sucedió en la presidencia Juan Ramírez (1817) que mantuvo la autoridad española con severidad, y luego Aymerich (1819). Guayaquil había sido agregado al virreinato del Perú en 1803, y desde 1807 solo en lo militar; Abascal lo unió de nuevo al Perú a raíz de las primeras revoluciones, pero el rey lo incorporó otra vez a la Audiencia de Quito en 1819. En 1816 rechazó un ataque marítimo de Brown.

La Emancipación

El 9-X-1820, cuando la causa española presentaba mal aspecto en el resto del continente, estalló una sublevación por la independencia en Guayaquil, dirigida por José de Villamil, los venezolanos León de Febres Cordero y Luis Urdaneta y el comandante militar peruano Gregorio Escobedo; reprimieron duramente a los realistas con el terror, y Febres, nombrado por un cabildo abierto, rehusó el gobierno, que ejercía una Junta de Guerra, y que se encomendó a Olmedo, que convocó una asamblea de la provincia para decidir el futuro de Guayaquil, que se reunió el 8-XI, promulgó un reglamento constitucional y dejó indeciso el porvenir, pues había partidarios de la unión a la Colombia de Bolívar y al Perú de San Martín; se pidieron auxilios a ambos y Bolívar envió tropas mandadas por José Mires.

Se formó otra Junta, presidida por Olmedo. San Martín envió armas y un representante, Tomás Guido, para gestionar la unión con el Perú. Aymerich preparó rápidamente tropas, que derrotaron a las independientes de Luis Urdaneta en Huachi (22-XI-1820) y a otros en Verdelona y Tanizahua (3-I-1821).

En mayo de 1821 llegó a Guayaquil Antonio José de Sucre con 700 combatientes enviado por Bolívar, con la misión fundamental de obtener la unión de la ciudad a Colombia; por lo pronto solo consiguió de la Junta que se pusiera bajo la protección de aquella república (15-V). Sucre derrotó a Francisco González en Yauachi (19-VIII-1821), pero sus tropas fueron derrotadas en Huachi de nuevo (12-IX); una vez más los independientes tuvieron que reprimir las reacciones realistas, reveladoras de la falta de unanimidad que hallaba el nuevo régimen.

Bolívar estaba detenido ante la resistencia de Pasto y la energía de Aymerich amenazaba seriamente el movimiento insurgente, obligando al Gobierno de Guayaquil a pedir auxilio a San Martín, quien envió un contingente con argentinos y chilenos, mandados por Andrés de Santa Cruz (II-1822).

A fines de 1821 había llegado el nuevo capitán general de Quito, Juan de la Cruz Mourgeon, virrey nominal de Nueva Granada, humano y de idas liberales, que murió a poco, continuando Aymerich con el mando. Sucre emprendió la campaña decisiva a comienzos de 1821; se unió a Santa Cruz y se apoderó de Cuenca y Loja y avanzó sobre Quito, sorprendiendo a Aymerich, al pie del Pichincha, donde se dio la batalla final de 24-V-1822; vencido Aymerich se rindió y entregó la capital, donde se proclamó la independencia el día 29, agregándose a la República de Colombia, creada por Bolívar, como tercer gran departamento suyo o distrito del Sur, agregación ya acordada en el Congreso de Angostura de 1819.

Quito en la Gran Colombia

La caída de Quito arrastró la de Pasto, y Bolívar pudo llegar allí poco después —el 16 de junio— y a Guayaquil (11 de julio) y sancionó la anexión del último contra la Junta y el Municipio, partidarios de la Independencia, y contra los partidarios del Perú, disolviendo aquella y reuniendo una Asamblea Provincial, que votó la incorporación a Colombia (31-VII-1822)

Igualmente, en Quito hubieron de callar los viejos patriotas, que preferían la independencia del país. El 25 de julio había llegado San Martín y celebró con Bolívar la célebre entrevista en que tuvo que inclinarse ante el caudillo venezolano, irreductible en la cuestión de Guayaquil, y en otras, como la del régimen republicano para las nuevas naciones. Permaneció Bolívar en territorio ecuatoriano, atendiendo a las rebeliones de Pasto y a la guerra en el Perú, hasta que en VIII-1823 partió de Guayaquil para concluir la emancipación peruana.

La región de Quito fue la más sacrificada en los últimos años de la guerra, por el agotamiento a que habían llegado Nueva Granada y Venezuela, y hubo de proporcionar grandes contingentes de soldados y de dinero, extraídos sin contemplaciones, a pesar de que también había padecido mucho el país. Sucre, intendente algún tiempo, supo por su rectitud atenuar la dureza de la situación.

De 1822 a 1826 para las expediciones militares se sacaron de las cajas del país 1.669.202 pesos frente a 160.223 de Venezuela y 426.677 de Nueva Granada, y se calcula que de 1810 a 1820 perdió el país por muertes o dispersión la sexta parte de su población. En 1824 se dio el nombre de Ecuador al departamento de Quito, uno de los tres en que se subdividió el distrito Sur de la Gran Colombia o Quito; los otros fueron Azuay y Guayaquil.

Las aspiraciones sobre Guayaquil causaron la guerra de 1828, en la que la derrota del presidente peruano Lamar por Sucre en el Portete de Tarqui (27-II-1829) aseguraron Guayaquil a la Gran Colombia. A fines de 1826 reunió Bolívar los departamentos del Sur (Guayaquil, Azuay y Quito) en una sola jurisdicción bajo un solo jefe con facultades extraordinarias en los militar y en lo civil, consecuencia de la actitud rebelde de Páez en Venezuela, que quedaba así cohonestada, y a la par se reconocía la realidad de la existencia de tres naciones con aspiraciones e intereses propios, aunque se movieran entonces solo según la voluntad de sus caudillos; la unión efectuada por Bolívar resultaba forzada y no sentida.

Para el mando del Sur nombró al general venezolano Juan José Flórez, llamado Flores usualmente, ya muy vinculado a Quito (1827), donde era comandante general. Ambicioso, se apoyó en el sentimiento autonomista quiteño, y al sobrevenir la disolución de Colombia por la separación de Venezuela y la renuncia de Bolívar, reunió una asamblea de personalidades, que acordó separarse de Colombia y erigir el país en Estado independiente (13-V-1830).

Flores convocó una convención en Riobamba (14-VIII-1830) que sancionó la separación y dio al Estado el nombre de República del Ecuador. España reconoció la independencia en 1840.

EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. A-E, págs. 1202-1205.