A petición del cabildo de Quito (1560) fundó Felipe II la Audiencia de Quito en 1563, incluyendo en ella la gobernación de Popayán, o sea casi todo el occidente de la actual Colombia, con Pasto, hasta el puerto de Buenaventura por el norte, y hasta Paita por el sur; también incluía la gobernación de Juan de Salinas, con Jaén de Bracamoros, en territorio hoy peruano. La Audiencia de Quito era del tipo llamado pretorial, en que el presidente era también capitán general y gobernador; dependía oficialmente del virrey del Perú, pero en realidad formaba una jurisdicción prácticamente independiente.

El primer presidente fue Hernando de Santillán, que inició su actuación en 1563, sin esperar a los oidores y que procedió arbitrariamente, por lo que se elevaron muchas quejas contra él y fue residenciado en 1568; pero trató de mejorar la suerte de los indios y de moderar su trabajo; también fundó el hospital de la Misericordia, primero que hubo en Quito. Vuelto a España, fue nombrado más tarde arzobispo de Charcas. Hubo un periodo en que durante unos ocho años (1581-1587) gobernaron solos los oidores, sin presidente, sin distinguirse ni por su competencia ni por su moralidad y con choques con la autoridad eclesiástica; uno de ellos era Diego de Ortegón, casado con una descendiente de Colón; corrompida fue la época de Pedro de Venegas, cuya esposa, Magdalena de Anaya, fue durante cuatro años la verdadera dueña del gobierno.

Terminó esta situación con la llegada del presidente Manuel Barros de San Millán (1587), de larga experiencia en Indias, pero de áspero carácter, aunque también trató de mejorar la suerte de los indios, rebajando su trabajo y el número de yanaconas. Pero la imposición del tributo de la alcabala de 1592, a pesar de las advertencias del cabildo, provocó un motín popular y Barros estuvo a punto de perecer, disponiéndose la ciudad a resistir a fuerzas enviadas por el virrey del Perú; el visitador Esteban Marañón logró apaciguar el tumulto, pero terminó este trágicamente al procesar y condenar a muerte a varios de los complicados el jefe de las tropas enviadas (1593). Barros fue desterrado por su imprudente rigor.

Dama principal de Quito y su corte. Anónimo, siglo XVI.Dama principal de Quito y su corte. Anónimo, siglo XVI.

Al comenzar el siglo XVII gobernó el presidente Miguel de Ibarra (1600-1609), que contrastó con los anteriores por sus mejores condiciones; pacificó Imbabura y Esmeraldas y fundó la ciudad de su nombre (1606). Otro mandatario de renombre fue Antonio de Morga, ex gobernador de Filipinas (1615-1636), que se destacó ahora por su afán de lucro y sus inmoralidades; enviado como visitador e inquisidor Juan de Mañozca (1624), suspendió a Morga y la Audiencia y gobernó duramente intentando corregir los abusos; sus disensiones con los frailes ocasionaron su relevo (1627), continuando Morga hasta su muerte, aunque llegó después una sentencia condenatoria del Consejo de Indias.

Entre otros presidentes de escaso relieve figuran Alonso Pérez de Salazar (1637-1642), Alonso de la Peña y Montenegro, obispo de Quito, y Lope Antonio de Munive (1678-1689), de corrompida conducta este, durante cuyo gobierno los piratas atacaron las costas, saqueando Guayaquil en 1648 y de nuevo e incendiándola en 1687, repitiéndose el saqueo en 1709. Algo mejoró la situación interior la visita y gobierno de Mateo de la Mata y Ponce de León (1691-1702). Otra periódica calamidad eran las catástrofes naturales, como la última erupción del Pichincha de 1660.

Socialmente, el elemento más numeroso era el indio, exclusivo en varias regiones, sin contar las tribus de bajo nivel de civilización e insumisas de la región oriental. Formaba la clase baja de la población y su cristianización venía a ser más aparente que real; estaba sometido a la encomienda y a los trabajos forzosos, como en los obrajes o fábricas de tejidos, desarrollados por la abundancia del ganado lanar introducido por los colonizadores. Pero muchos aprendieron los oficios traídos de España y su huella se manifiesta en la decoración de los edificios.

El elemento blanco —dominante, pero poco numeroso— estaba formado, como en las demás provincias americanas, por los españoles peninsulares, con su superior categoría, funcionarios o comerciantes, y por los criollos; existía el elemento mestizo, en crecimiento, y en la cálida costa había muchos negros, más adaptados al trabajo en dicha región.

Se había intentado colonizar la zona oriental más allá de los Andes y en las riberas de los afluentes del Amazonas, y así se habían erigido las provincias de Yahuarsongo y Bracamoros al sur; Macas en el centro y Quijos y Mocoa y Sucumbíos al norte, donde surgieron poblaciones de efímera vida la mayoría, Jerez, Jaén —que subsistió—, Valladolid, Loyola, Santiago, Zamora, Baeza, Archidona, Ávila, Écija, todas en el siglo XVI, destruidas por sublevaciones indias o abandonadas.

Más eficacia tuvieron las misiones de jesuitas y franciscanos en el siglo XVII; estos en el Putumayo, Napo y el Caquetá, que sufrieron mucho por la rebelión de 1721. La región de Mainas, en el valle del Amazonas, fue intentada conquistar por Diego de Vaca de Vega, que fundó San Francisco de Borja en 1619, que luego se convirtió de base para las misiones jesuíticas, desarrolladas más firmemente desde 1638 por los padres Gaspar Cugía y Lucas de la Cueva; este intentó de evangelizar a los indómitos jíbaros, llegando a fundar un pueblo entre ellos.

El sardo Cugía desenvolvió gran actividad hasta 1653, en que se retiró, fundando doce pueblos, aunque sin el excesivo aislamiento de las reducciones del Paraguay y con dificultades por la resistencia de los indios a la vida sedentaria y sometida, pero se procuró evitar al soldado, la encomienda y el servicio personal.

El padre Cueva se retiró en 1672, después de treinta y cuatro años de trabajo; otros misioneros jesuitas de relieve fueron el padre Francisco de Figueroa, llegado en 1642, que extendió las misiones a Huallaga, que intentó en vano la conversión entre los jíbaros y que pereció violentamente en 1666, tras veinticuatro años de esfuerzos; el padre Raimundo de Santa Cruz († 1662) y el jesuita alemán padre Samuel Fritz, que evangelizó a los omaguas, aguas abajo del Amazonas, hasta la confluencia del río Negro, fundando ocho reducciones (1686-1689); pero chocó con los portugueses que remontaban el Amazonas cautivando indios; Fritz bajó a su encuentro y descendió el río hasta Pará, pero los portugueses alegaron, sin razón, que les pertenecía Omagua, y lo retuvieron dieciocho meses, logrando comunicar su situación al fin y ser libertado, regresando Amazonas arriba en 1691, y se dirigió a Lima para exponer al virrey que Portugal no debía pasar 4.° 2/3 de la boca del río hasta la confluencia del río de Pinzón; el resto, hasta 9.° al este del río Negro, correspondía a España; fruto de sus viajes fue el primer buen mapa del valle del Amazonas (1707).

En 1697 llegaron a la misión más oriental soldados y misioneros portugueses, con el pretexto de pertenecer aquel país a Portugal, con protesta del padre Fritz. En 1691, por orden de la Audiencia, se llevaron colonos blancos e indios capturados a los jíbaros, fundado Logroño, por creer que había oro; fracasó el intento, chocando una vez más la expedición militar con la reducción pacífica, que resultaba así perturbada.

En 1687 la Audiencia de Lima dividió el territorio misional, adjudicando a los jesuitas hasta los Conibos, entre el Huallaga y el Ucayali, y a los franciscanos este río arriba; pero aquellos consiguieron después el derecho de remontar el Ucayali hasta el río Perene, al Sur de la Pampa del Sacramento, en territorio hoy peruano y boliviano.

Los misiones de Mainas comprendían en 1727 setenta y cinco pueblos. Eran de suma dificultad estas misiones, por el tremendo obstáculo de la selva, el salvajismo de los indígenas y las epidemias que los diezmaban, sin recursos para combatirlas; las expediciones militares contra jíbaros o motilones perturbaban a los indios sometidos.

Sirvió la obra misional también para la exploración geográfica, pues los misioneros hubieron de descubrir nuevas rutas. En 1637 los legos franciscanos Domingo Brieva y Andrés de Toledo, con unos soldados y una canoa recorrieron el Aguarico, Napo y Amazonas hasta Pará, repitiendo el viaje de Orellana. Este viaje despertó en los portugueses el deseo de traficar con Quito, y Pedro de Teixeira remontó el Amazonas con los dos legos dichos hasta llegar a Quito; entonces aún estaba unido Portugal a la corona española.

El virrey y la Audiencia decidieron explorar el Amazonas y enviaron a los jesuitas Cristóbal de Acuña y Andrés de Artieda (1639), que con los portugueses llegaron a Pará y vinieron a Europa para referir al rey la empresa, pero la separación de Portugal impidió proseguir los planes; Acuña redactó su relato Nuevo descubrimiento del gran río de las Amazonas (M. 1641). El citado padre Santa Cruz recorrió río arriba el Huallaga, Marañón y Napo y halló un camino muy breve de Napo a Quito (1654), que fue el usual en adelante. Ya se ha aludido al padre Fritz y a su labor exploradora y cartográfica.

El territorio de Quito sería uno de los más brillantes focos artísticos de la América española. Ya en los primeros tiempos los franciscanos fray Jadoco Ricke, flamenco, y fray Francisco de Morales, fundan una Escuela de Bellas Artes, donde aprovecharon las aptitudes de los indios y educaron numerosos artífices indígenas, y allí enseñó otro flamenco, fray Pedro Gosseal, pintor, que desarrolló una intensa labor.

En el siglo XVI se levantó el templo de San Francisco en Quito, gótico y mudéjar. El barroco tuvo un extraordinario y suntuoso desarrollo, con riquísima decoración, obra de los artistas indios, y continuando la tradición mudéjar, destacando los templos de la Compañía (terminado en 1689), Santo Domingo, San Francisco y San Diego.

También adquirió gran importancia la imaginería, influida por Montañés y los talleres sevillanos, y con obras importadas y sobre todo realizadas en el país, como las realizadas en el taller del padre Carlos (segunda mitad del siglo XVII), autor de algunas de las más bellas imágenes sudamericanas; José Olmos Pampite, autor de crucifijos muy realistas, y el indio Manuel Chill Capiscara (siglo XVIII), autor del Calvario de la Catedral.

La pintura ofrece a Miguel de Santiago (siglo XVII), que pintó las series de lienzos de San Agustín y de Guápulo; y Nicolás Javier de Goríbar, su discípulo, que hizo las grandes figuras de profetas de la iglesia de la Compañía. La carpintería de lo blanco o talla en madera adquirió un extraordinario desarrollo, formándose una de las escuelas más bellas de la América española y manifestada en techumbres de estilo morisco, púlpitos, retablos y muebles litúrgicos.

La enseñanza superior contó con nada menos que con tres centros titulados universidades, aunque de escasa altura en general: la de San Fernando, de los dominicos; la de San Fulgencio, de los agustinos; y la de San Gregorio Magno, de los jesuitas (1620), con reducido número de alumnos en todas. Destacaron más San Fernando y San Gregorio, que educaron individuos selectos y de las que salieron bastantes obispos. El primer centro fue el seminario de san Luis, de los jesuitas, del que salió su universidad citada.

En Quito nació el prelado Gaspar de Villarroel (1587-1665), arzobispo de Charcas y autor del Gobierno eclesiástico pacífico, sobre derecho indiano. Figura atractiva es la de la quiteña Mariana de Jesús Paredes (1618-1645), la Azucena de Quito, canonizada en 1950.

Al crearse el virreinato de Nueva Granada en 1718 se suprimió la Audiencia de Quito, incorporándose a aquella jurisdicción; pero suprimido a su vez el nuevo virreinato se restableció la Audiencia de Quito (1722), aunque dependiente del virreinato peruano, hasta 1739, en que se restableció el virreinato de Nueva Granada, del que dependió Quito, pero conservando la Audiencia.

Comprendía Jaén de Bracamoros, hoy peruano, y Pasto, de Colombia. Comprendía la Audiencia los gobiernos de Quito, con el territorio de Esmeraldas; Popayán, —luego segregado, pero conservó Pasto— y los de Quijos, Macas, Jaén y Mainas, en zona india y misional; había siete corregimientos, de los cuales en el de Guayaquil se titulaba gobernador su corregidor. En 1803 se segregó Guayaquil del virreinato de Nueva Granada y se agregó al de Perú, lo que duró hasta 1819.

En este s. se erigió Cuenca en obispado y también se elevó Mainas a esta categoría, en 1802, al mismo tiempo que se le segregaba teóricamente de Quito para unirla al Perú.

Entre los principales presidentes figuran Dionisio de Alcedo (1728-1736), modelo de gobernantes, pero bajo cuyo mando el país fue azotado por múltiples calamidades naturales; procuró restablecer la normalidad y efectuó mejoras urbanas; la destitución del rector del colegio de la Compañía por un visitador de la orden y su sustitución por un amigo de Alcedo provocó disturbios y sirvió de pretexto a manifestaciones contra los peninsulares.

Bajo el peruano José de Araujo, acusado de favorecer el contrabando, llegó la comisión de los académicos franceses Godin, Bouguer y La Condomine, con los españoles Jorge Juan y Antonio de Ulloa, para medir un grado de meridiano (1736-1743). En 1740 el almirante inglés Anson destruyó Paita. El granadino Juan Pío de Montúfar, marqués de la Selva Alegre, obtuvo la presidencia por 32.000 pesos entregados al tesoro (1753-1761) y fundó una estirpe que trabajó después por la independencia.

En 1765 estalló una violenta insurrección en Quito, motivada por el estanco del aguardiente y el establecimiento de la aduana, destruyéndose edificios y género, pero luego degeneró en movimiento contra los chapetones o peninsulares, que fueron expulsados de la ciudad, marcando un tono nacionalista; las autoridades hubieron de acceder a las exigencias de los rebeldes, pero la llegada de 600 soldados desde Guayaquil restableció el orden; el motín había sido obra de la ínfima plebe, pero probablemente excitada por gentes de más categoría.

Bajo José Diguja (1767-1778), uno de los mejores gobernadores, se procedió a la expulsión de los jesuitas, en número de unos 200; sus bienes eran considerables y bien organizados y explotados, con un centenar de buenas haciendas. Con su expulsión sufrió la enseñanza, pues regían la Universidad de San Gregorio Magno y los mejores centros del país.

José García de León y Pizarro (1778-1784) envió grandes cantidades de dinero al gobierno y restableció el estanco del aguardiente. Uno de los últimos buenos gobernadores fue el barón de Carondelet (1798-1806), antes gobernador de Luisiana. En 1793 se habían explotado las islas de los Galápagos, abandonadas y punto de escala de piratas y balleneros.

La situación social era deficiente, por la mala condición en que se hallaban los indios, y de este territorio trazaron un sombrío cuadro las Noticias secretas de Jorge Juan y Ulloa. El país era pobre y el nivel en general, bastante bajo en las masas. Situación agravada por terremotos y erupciones del Cotopaxi y Tunguragua de 1768 y 1773 y la gran catástrofe sísmica y volcánica de 1797, que destruyó Ambato y Riobamba. La Iglesia disponía de grandes riquezas, existiendo a fines del siglo XVII 42 conventos en Quito y a fines del XVIII había unos dos mil eclesiásticos en el territorio.

La población, según el censo de 1779, ascendía a 442.000 habitantes, de ellos unos 100.000 indios y solo cerca de 40.000 blancos; al consumarse la independencia se calcula en unos 550.000. La base de la economía era la agricultura, habiéndose introducido cultivos europeos y tropicales, al lado de los indígenas, y la ganadería; predominaron el trigo y la caña de azúcar para el consumo interno, y el caco y el tabaco en el litoral.

Aunque se explotó algo el oro, el país no era propiamente minero. La industria consistía en los obrajes de paños, que incluso se exportaban al Perú; y en varias producciones derivadas de la agricultura, para uso local, como aguardiente y alfarería; también se exportaban obras de arte religioso; en la costa había construcción naval. El comercio era limitado, exportándose cacao a México y luego los productos referidos.

La cultura ofrece en este s. aspectos de interés. Los jesuitas introdujeron la imprenta en Ambato en 1754, aunque ya en 1707 se grabó el mapa de Fritz. Ya a comienzos de s. los jesuitas padres Magnin y Larrain introducían a Descartes, Newton y Leibniz en sus enseñanzas y luego renovó el pensamiento el padre Juan Bautista Aguirre, asimismo jesuita.

En el promedio del s. hay tres personalidades de relieve en la cultura: el jesuita padre Juan Antonio de Velasco (1727-1792), autor de una Historia del Reino de Quito, primera historia documentada del país, que quedó entonces inédita, y de un mapa del territorio; el naturalista Pedro Francisco Dávila, cuyas colecciones sirvieron de base al Museo de Ciencias Naturales de Madrid; y el geógrafo Pedro Vicente Maldonado (1709-1748), autor del mejor mapa del país, explorador de la zona amazónica y que con gran esfuerzo abrió el camino de Esmeraldas; en Europa fue nombrado académico correspondiente de la Academia de Ciencias de París.

El presidente Dionisio de Alcedo se interesó por el país y redactó un Compendio histórico de la provincia de Guayaquil, y en Quito nació su hijo Antonio Alcedo, autor del Diccionario geográfico-histórico de las Indias Occidentales. La figura más importante de fines de s. es la de Francisco Eugenio de Santa Cruz y Espejo, representante de los más avanzado de la Ilustración y conspirador separatista, secretario de la Sociedad Patriótica de Amigos del País, fundada en 1791; director de la primera biblioteca pública, a base de los fondos de los jesuitas (1792) y editor del primer periódico, Primicias de la cultura de Quito (1792).

A fines de la época colonial brillarían José Mejía Lequerica, diputado en las Cortes de Cádiz, y el poeta José Joaquín de Olmedo, asimismo miembro de ellas y cantor de la independencia. En 1802 llegó Humboldt que efectuó intensas exploraciones y estudios en el territorio. En 1786 se fundó una cuarta universidad, la Real de Santo Tomás y otros centros. No hubo muchas escuelas y la expulsión de los jesuitas cerró algunos de sus colegios privando de ellos a sus respectivas localidades; a fines del XVIII se fundaron algunas escuelas femeninas en conventos. En cuanto al Arte cabe recordar la protección del presidente Diguja a una fábrica de loza artística, obra del español Salvador Sánchez Pareja, que produjo obras apreciadas por el rey y que rivalizaban con las coetáneas de Europa, aunque falta de suficiente protección oficial concluyó en 1778.

EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. A-E, págs. 1198-1202.