Costa Rica Época Colonial

La costa atlántica de Costa Rica fue descubierta por Colón en su cuarto viaje (1502) y recorrida en parte por Nicuesa, a quien le había sido encomendada la exploración de Tierra Firme o Veragua (1510). Los capitanes Pedrarias, Hernán Ponce de León y Bartolomé Hurtado en la expedición de Gaspar de Espinosa recorrieron la costa hasta el golfo de Nicoya. En 1519 volvió Espinosa y Juan de Castañeda costeó de nuevo hasta Nicoya. La península de Nicoya fue recorrida por Gil González Dávila en 1522 y 1523. Francisco de Córdoba, enviado por Pedrarias, fundó la efímera villa de Bruselas (1524) en Nicoya. Después de varias tentativas fracasadas, en 1539 Alonso de Calero y Diego Machuca lograron recorrer el río San Juan o Desaguadero hasta el Atlántico.

Otros intentos de colonización en la actual Costa Rica fueron los de Hernán Sánchez de Badajoz por la costa del mar Caribe fundando Badajoz (1540), pero le desposeyó Rodrigo de Contreras y se abandonó la fundación; el de Diego Gutiérrez (1543), que llamó al país Nuevo Cartago y Costa Rica y fundó la villa de Santiago, pero sus excesos hicieron que los indios acabaran con la expedición, salvándose el historiador italiano Benzoni. Juan de Cavallón, natural de Garcimuñoz (Cuenca), en compañía del padre Juan de Estrada Rávago, en 1560 por encargo de la Audiencia de Guatemala organizó una expedición y fundó la primera ciudad costarricense: Garcimuñoz (1561).

Pero el verdadero conquistador de Costa Rica fue Juan Vázquez Coronado. Fundó la ciudad de Cartago (1563), abandonando Garcimuñoz, y se inició la exploración de la provincia de Talamanca. Coronado, a diferencia de sus antecesores, trataba humanamente a los indios. Por sus descubrimientos y actuación Felipe II le concedió en 1565 el cargo de Adelantado Mayor de la provincia de Costa Rica, pero pereció en el mar al regreso. A su muerte fue nombrado gobernador Perafán de Rivera (1566), quien fundó la ciudad de Aranjuez y obligó a los indios a levantar el sitio de Cartago. Recorrió el país luchando con el hambre, la naturaleza y la bravura de los indios y fundó Nombre de Jesús (1571). Fue sustituido (1573) por Alonso de Anguciana de Gamboa —que despobló Aranjuez— hasta la llegada del nuevo gobernador don Diego de Artieda Chirinos; al nombrarle Felipe II determinó los límites de Costa Rica, algo mayor por el Sur que ahora.

Costa Rica durante casi toda la época colonial perteneció a la Capitanía General de Guatemala. Progresó muy lentamente y Cartago, la principal ciudad, era solo un campamento; los españoles se adaptaban difícilmente al medio mientras eran combatidos sin descanso por los indios. Pese a su nombre el país era muy pobre y carecía de oro.

Tres son los hechos que durante el siglo XVII demuestran los esfuerzos de los españoles de Costa Rica por mejorar sus condiciones de vida: la construcción de un camino de mulas, la conquista de Talamanca y el cultivo del cacao en el Atlántico con el consiguiente movimiento hacia el Este. A partir de 1601 se empezó a construir por los habitantes de Cartago un camino a Chiriquí para las mulas que se llevaban del resto de América Central a Panamá y que transportaban las mercancías desde esta ciudad a Portobelo y viceversa. Como consecuencia se pacificó a los indios del valle de Térraba.

Muchos habían sido los intentos de conquista de Talamanca, pero la geografía del terreno, el clima y la lejanía del punto de partida (Cartago) hicieron fracasar las diferentes expediciones. En 1605 siendo gobernador Ocón Trillo se fundó la ciudad de Santiago de Talamanca por el capitán Diego de Sojo. Los sucesivos intentos de conquistar la región fracasaron y la ciudad apenas duró cinco años. Igual resultado tuvo la expedición de Rodrigo Arias Maldonado en 1662 y 1663. Son dignos de mencionar los franciscanos quienes, a pesar de los enormes peligros, se internaron tierra adentro en su afán misionero. A orillas de los ríos Matina, Barbilla y Suerre los encomenderos de Cartago hicieron los cultivos de cacao.

Durante la segunda mitad del siglo XVII la actividad agrícola de la región atlántica fue extraordinaria y hacia allí gravitó el país. Este movimiento hacia el Este fue solo una empresa económica muy especial: los propietarios de las haciendas solamente se trasladaban a Matina dos veces al año para la recolección, y la explotación agrícola estaba en manos de los negros. Sin embargo, muchos de estos esfuerzos fueron inútiles, pues los piratas y los zambo-mosquitos se encargaban de robar el fruto.

En 1666 Mansfield y Morgan invadieron Costa Rica, pero no pudieron tomar posesión del territorio, defendido por el gobernador López de la Flor. Diez años después los piratas tomaron Marina, pero tuvieron que abandonarla. También por el Pacífico fueron constantes las incursiones de los piratas que en 1687 incendiaron Nicoya, y con sus incursiones se arruinó Esparza. En Costa Rica se insistía en la necesidad de fortificar la costa atlántica para defenderse de estos ataques, pero hasta 1741, no se empezó a levantar el fuerte de San Fernando en Marina, que fue destruido por ingleses y zambos en 1747.

Al fin se estableció un constante contrabando con los ingleses en Matina, dadas las dificultades del tráfico legal, que venía desde Omoa en Honduras y era muy caro. Otro azote del país eran los ataques de los agresivos zambo-mosquitos, descendientes de negros naufragados en 1641 y refugiados en la costa de Nicaragua y mezclados con indias. Sus descendientes arrasaban las cosechas y pirateaban por mar, aliados con los ingleses que les protegían para tener en jaque a los españoles; las autoridades llegaron a pagar tributo al rey de los mosquitos y a reconocerlo por gobernador en su zona, lo que duró hasta plena época independiente.

A fines del siglo XVII intentaron de nuevo los franciscanos la sumisión de Talamanca, con el famoso fray Antonio Margil, pero su labor quedó destruida con una sublevación en 1709, que motivó una expedición de castigo.

El siglo XVIII se caracteriza por la expansión hacia el Oeste con la fundación de San José (1757) y por la aparición del pequeño labrador independiente, que vivía aislado y se resistía a concentrarse en pueblos, a pesar de las órdenes de la autoridad religiosa, pues así no cumplían con la Iglesia, y de la civil, para obligarles al pago de impuestos. No tenían indios que trabajasen para ellos y lo hacían personalmente; así se poblaron los fértiles valles de Virilla, Aserrí y Santa Ana. En 1706 surgió la parroquia de Cubujuquí, cuna de la ciudad de Heredia. Para los vecinos de las haciendas del Aserrí se estableció la parroquia de San José en Boca del Monte por el gobernador Antonio Vázquez de la Cuadra (1736); pero años después la Villita era un pequeñísimo grupo de casas solo; el gobernador Gemmir dispuso llevarles agua, pero aún así tuvo que ordenarse en 1755 que residieran allí obligatoriamente los dispersos y así fue creciendo Villanueva de Boca del Monte, es decir, San José, erigida en ciudad en 1813. También surgió así Alajuela.

La sociedad era, por tanto, labriega, modesta, sin distinción de clases salvo una especie de clase superior residente en la capital Cartago; como habían fallado los productos de exportación, cultivaban solo para sí y de ahí el predominio de la pequeña propiedad, su afán de vivir en sus haciendas y dispersos, pero en forma antisocial indisciplinada e individualista y poco religiosa, que provocó las referidas medidas.

En 1803, en tiempo del gobernador Tomás de Acosta (1797-1810), que dejó muy buen recuerdo, se fundó la primera escuela de Gramática en San José. Costarricenses eran el padre Goicoechea, figura de la Ilustración, pero que vivió en Guatemala, y Florencio del Castillo (1760-1834), sacerdote y diputado en las Cortes de Cádiz, donde combatió la esclavitud. Otro buen gobernador, que rigió paternalmente en vísperas de la independencia fue Juan de Dios Ayala (1810-1819).

CALVO, Pilar - EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo A-E, pág. 1014-1016.